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Apocalipsis
                                     

Ningún indio, de ningún bando, pensó ni pudo pensar jamás lo que seguiría a la victoria que habían logrado para "Quetzalcóatl", que en realidad fue para España. Lo que siguió, en pocas palabras, fue el fin de su mundo, Charles Gibson, en su libro "Los Aztecas bajo el Dominio Español", calcula conservadoramente que la población del solo Valle de México se desplomó de cosa de millón y medio de indios a apenas setenta mil en su punto más bajo
[81], y en algunos casos concretos las cifras eran aún más espantosas. Chimalhuacán, por ejemplo, de 8,000 a 300; Chicolapa, de 6,000 a 200; Tizayuca, de 4,000 a 150[82], y esos pueblos todavía podían decirse "afortunados"... otros muchos, sobre todo fuera del Valle, sencillamente dejaron de existir... 
                                   
(Vale la pena abrir un paréntesis y hacer notar que estas cifras dicen mucho más que una catástrofe demográfica; también quieren decir que el México actual NO es ya un mundo indio, sino genuinamente mestizo. El desplome de la población indígena igualó bastante las proporciones numéricas de los dos fundadores de nuestra raza. Hemos de reconocer que -para bien o para mal- México es sociológica y racialmente una entidad nueva, hija de los dos.)
 
                                   
Las solas cifras son estremecedoras, pero examinar la forma puede darnos una mejor idea de ese apocalipsis indio, que fue el doloroso parto de nuestra raza. Por supuesto que la inmensa mayoría de esos millones no sucumbieron al filo de las espadas españolas. Ya Bernal Díaz, más por modestia que por apología, lo desmiente: "... harto teníamos que defendernos que no nos matasen y nos llevasen de vencida, que aunque estuvieran los indios atados, no hiciéramos tantas muertes, en especial que tenían sus armas de algodón, que les cubrían en cuerpo, arcos y saetas, rodelas, lanzas grandes, espadas de navajas que cortan más que nuestras espadas, y muy denodados guerreros."
[83].  



Importaciones letales                                     

La mayoría de esas muertes obedeció a que la presencia española -voluntaria e involuntariamente- desquicio en todo sentido al mundo indio. Unas pocos de esas importaciones nacieron de codicia y rapacidad, pero las más graves, las epidemias, fueron del todo involuntarias, y algunas nacieron incluso de buena voluntad.
                                    
Producto de rapacidad y codicia fue exigirles tributos imposibles, cazarlos como a bestias para reducirlos a esclavos o enterrarlos en las minas: "... como los tributos era tan continuos, para los cumplir vendían a sus hijos y tierras a los mercaderes, y faltando de cumplir el tributo, hartos murieron por ello, unos a tormentos, otros en prisiones, de las cuales salían tales que muchos morían, porque los trataban bestialmente..."
[84]. "Las minas, a las cuales de sesenta y setenta leguas, y aun más [como 400 kilómetros] los indios cargados iban con mantenimientos; e la comida que para sí mismo llevaban a unos se les acababa en llegando a las minas, a otros en el camino de vuelta, antes de su casa, a otros detenían los mineros algunos días para que los ayudasen a descupetar, o los ocupaban en hacer casas y servirse de ellos, a do acababan la comida, o se morían allá en las minas o por el camino; otros volvían tales que podían escapar; pero de estos, y de los esclavos que en las minas murieron, fue tanto el hedor que causó pestilencia, en especial en las minas de Huaxyacac en las cuales media legua alderredor y mucha parte del camino apenas pisaban sino sobre huesos o sobre muertos..."[85].
                                    
Nació, en cambio, de buena voluntad, forzar a los indios dentro de las leyes y estructuras españolas, lo que de inmediato provocó el colapso de su gobierno interno y una corrupción y explotación de indios contra indios tan generalizada y profunda que, hasta nuestros días, casi cinco siglos después, no se ha podido eliminar: "Dicen los religiosos antiguos que después que los naturales están en sujeción de los españoles se perdió la buena manera de gobierno que entre ellos había, comenzó a no haber orden ni concierto, y se perdió la policía y justicia y ejecución de ella que entre ellos había, y se han frecuentado muchos los pleitos y divorcios, y anda todo confuso."
[86] "Preguntando a un indio principal de México qué era la causa por que ahora se habían dado tanto los indios a pleitos y andaban tan viciosos, dijo: <<Porque ni vosotros nos entendéis ni nosotros os entendemos ni sabemos qué queréis. Nos habéis quitado nuestra buena orden y manera de gobierno, y la que nos habéis puesto no la entendemos, y así anda todo confuso y sin orden ni concierto..>>"[87]. 
                                   
Y esto venía a sumarse a la irreparable tragedia de que la clase dirigente india había quedado prácticamente eliminada, cosa especialmente grave en su contexto, Aun hoy, en nuestras sociedades democráticas y tecnificadas, una bien organizada masacre de unos pocos miles de dirigentes, bastaría para dejarnos sin cerebro y sin manos. ¿En qué pararíamos, por ejemplo, si de improviso nos quitasen a todos los ingenieros, médicos, profesores, intelectuales... aun suponiendo que libros, máquinas e instalaciones continuasen intactos? En el Anáhuac la ciencia, a más de profundamente amalgamada con la religión, había sido, por necesidad, casi esotérica, pues los códices pictografiados suponían una explicación oral memorizada. Los españoles, convencidos de que eran obras diabólicas, no sólo exterminaron a esos lectores, sino a los propios libros, al grado de que de centenares de miles no conservamos sino unos cuantos... Aunque la conquista sólo hubiese costado al mundo indio la ablación de su clase dirigente, esa única herida ya habría sido culturalmente mortal.
 


Alimentos mortíferos

Nada más que la mejor de las buenas voluntades fue lo que produjo otra catástrofe, por cambiarles su régimen alimenticio, con la mejor intención de mejorarlo. La dieta india había sido básicamente vegetariana, cimentada en cuatro productos básicos: maíz. frijol, chile y "huatli". Los cuatro, juntos, bastan para una dieta correctamente balanceada en carbohidratos, proteinas, minerales y vitaminas[88]. Los españoles eliminaron el "huatli" ("Amarathus Leococarpus"), parte porque no les gustó su sabor insípido, pero sobre todo porque era un elemento de primera importancia en el culto religioso[89], pero con eso les quitaron -sin pretenderlo ni saberlo, desde luego- la indispensable tiamina, rompiendo así el equilibrio de la nutrición india[90].                                     
En su lugar les ofrecieron todos los alimentos europeos, tanto vegetales como animales, que los indios adoptaron de inmediato, pero que nunca llegaron a ocupar el lugar "normal" de los antiguos, pues, hasta la fecha, son alimentos "de lujo", no de consumo diario, y si, en cambio, su producción vino a romper aún más el ya deficiente equilibrio: "Otras cosas se pudieran decir que son causa para se acabar y consumir estas misérrimas gentes; pero diré una que es por si sola bastante para ello, y es la multitud de labranzas que ahora hay de españoles, porque ahora diez, quince, veinte años había muy pocas y muchos más indios que ahora, y les hacían ir por fuerza a ellas, donde padecían hartos trabajos, y como la gente era mucha y las labranzas pocas, no se sentía ni echaba tanto de ver. Ahora son las heredades muchas y muy grandes, los indios muy pocos, y ellos las han de alimpiar, labrar, desherbar, y coger y encerrar los frutos en casa, y así cargan todos estos trabajos sobre los pocos que han quedado, siendo diez veces más los españoles y heredades y labranzas y estancias, que antes eran, y los indios son de tres partes la una de los que solía haber, y en estos pocos nunca falta pestilencia, y así mueren de ordinario muchos.."
[91]. "Halos consumido hacerlos hacer gran suma de estancias de ovejas, vacas, puercos y cercas para ellas, fuera de su natural, de su paso y de su modo de trabajar y de su ordinario, ocupándolos en ello muchos días, u aun semanas, y en hacer muchos otros edificios en el campo y en las heredades y huertas y caminos, puentes, fuentes, albarradas, ingenios de azúcar, y traían todos los materiales para estas obras a su costa y a sus cuestas, sin paga y sin darles siquiera la comida..." [92].

                                    "Con la conquista española -analiza Gibson- el equilibrio de recursos y población cambrió abruptamente. Los conquistadores talaron grandes cantidades de árboles para utilizarlos como material y combustible. Sus arados penetraron más profundamente en la tierra que los palos de cavar de los indígenas, y su ganado y sus ovejas dejaban desnudo el terreno. Nuevos molinos harineros concentraban o disminuían las afluencias de agua. Ninguno de los nuevos procedimientos era desastroso en sí mismo, pero el efecto combinado a través de los años fue una disminución acelerada del terreno agrícola. En la estación de lluvias, las tierras altas bajaron hasta el fondo del valle. La erosión produjo barrancas y las laderas, que antes habían sido susceptibles de cultivo, se volvieron yermas."[93]. 
                                   
Más daño, sin embargo, sufrieron los indios por lo que los españoles les dieron que por lo que les quitaron, sobre todo el mal ejemplo, (irresistible cuando viene de una cultura dominante), y el alcohol. Mendieta, advirtiendo que en poblaciones organizadas, como México y Puebla, sí podían encontrarse españoles ejemplares que podían edificar a los indios, lamenta que los que convivían con ellos, sobre todo las autoridades, no podían, en general, ser peores. En el capítulo 33 de su libro IV, que titula significativamente "De muchos daños que la frecuente comunicación de los españoles ha causado a los indios para su cristiandad", lamenta:

 
            "Son tantos los inconvenientes que se han seguido y daños que se han recrecido a los indios [...] que no sé quién podría bastar a contarlos [...] ¿Qué indio se atreviera en tiempo de su infidelidad a hurtar una mujer ajena, y llevársela por ahí delante con tanta disimulación y seguro como si fuese propia suya? [...] Ahora como han visto que sin pena se las quitan a ellos o a sus vecinos o a sus deudos, hay millares de ellos que hacen lo mesmo. El indio, si hurtaba, era ladrón, ratero (trato después de cristiano, que en su infidelidad pocos se atrevían a hurtar); mas después que han tomado atrevimiento con el ejemplo de los españoles y esas otras gentes, tan buenos ladrones se van haciendo como ellos, y algunos ya salen a saltear en los caminos [...] Cuando los indios no conocían españoles, o criados de españoles en sus pueblos, no tenían puertas en sus casas, ni temor que en ellas les faltase alguna cosa [...] ahora ni les bastan puertas ni cerrojos con llave [...]  

            "Uno de los mayores daños que la compañía de los españoles les hace a los indios es mediante el vino, que por ser ellos inclinados a beberlo, sirve de reclamo y alcahuete para hacer los españoles cuanto quisieren de sus personas y bienes. Y así, el ordinario entrar del español por convecino de los indios es con una pipa de vino por delante, y acaece en algún pueblo de indios, a do no residen más de doce o quince españoles, ser todos ellos taberneros, o poco menos. Los males que de aquí han sucedido y suceden nadie los podrá contar: matarse los mesmes compañeros y amigos unos a otros después de haber bebido, sin saber lo que se hacer; matar también muchos a sus inocentes mujeres, porque con el vino comunmente son furiosos. El aporrearlas y herirlas es el pan de cada día, y venderles sus ropillas para beber, y cuando otras no hay, las suyas propias y cuanto pueden apañar. Las mismas mujeres casadas y por casar, acudir a las tabernas y venderse por el vino. Consumir la gente principal en este ejercicio sus tierras y casas es lo de menos, porque acabado el caudal, piden a los españoles prestado para beber, y no teniendo de qué echar mano, pagan las personas sirviendo en algún obraje [...] Demás de esto, hácense los españoles casamenteros de los indios, ordenando el casamiento de fulano con fulana, como más les cuadra para servirse de ellos [...] y lo que de aquí sucede es, que como el casamiento no salió de su aljaba de ellos, en breve tiempo se desamparan y cada uno de ellos va por su parte..."[94]. 



"Halos consumido..."                                    

Los resultados de la liberación española difícilmente se podrían resumir mejor, ni de boca de un testigo más calificado, que en el informe del Oidor Alonso de Zorita rendido al Rey. Podría pensarse que los frailes exageraban, por mojigatería o amor a los indios, pero él no está defendiendo ni atacando, sino que es una autoridad oficial que rinde un informe oficial de la situación de sus gobernados, con miras primordialente fiscales
[95]. En su capítulo X desglosa precisamente las consecuencias que acarreó a los indios la fortuna de haber trocado la tiranía de los mexicas por el cristiano y benevolente gobierno español. El capítulo es largo y minucioso, 14 páginas a renglón cerrado en la edición de Chávez Hayhoe, pero basta entresacar algunos trozos:
             "Las cosas de los españoles fueron a los principios, y aun ahora lo son en algunas partes, tan exorbitantes y demasiadas, y tan fuera de toda razón, que si se hubiere de responder a todo lo que este capítulo contiene, sería hacer muy largo proceso [...] (En cuestión de tributos) los españoles les compelían a que les diesen cuanto les pedían, y sobre ello los atormentaban con martirios y crueldades nunca vistas [...] por los trabajos y crueldades que con ellos han usado, y por las pestilencias que entre ellos ha habido, no hay la tercia parte de la gente que había..." 

            "Los días que en sus repúblicas trabajasen y trabajan es dentro de sus mismos pueblos. El trabajo era y es poco: era y con bien tratados [...] no ha sido esto ni en las obras de su república lo que los acaba, por la buena orden que tienen en trabajar en ellas, sino las obras públicas y servicio de los españoles, muy al contrario de su modo y de su paso..." 

            "Lo que los ha consumido e aun consume en estos tiempos, es los edificios de cal y canto que han edificado y edifican en los pueblos de los españoles, viniendo a ello fuera de su natural, de tierra fría a caliente y de caliente a fría, veinte, treinta y cuarenta y más leguas, sacándoles de su paso en todo, así en el trabajo como en el tiempo y modo y comida y cama, muchos días y semanas sin ningún refrigerio, haciéndoles trabajar desde que amanece hasta después de anochecido..."

             "Halos destruido y los ha consumido y consume, los grandes y desordenados tributos que les han dado y dan, y con el gran temor que tenían a los españoles dábanles cuanto tenían, y como los tributos eran excesivos y contínuos, para los cumplir vendían las tierras que tenían, a menosprecio, y los hijos por esclavos; y faltando de cumplir el tributo, muchos murieron por ello en prisiones, y si escapaban de ellas salían tales que desde a pocos días morían. Otros murieron en tormentos, porque dijesen dónde había oro y dónde lo tenían, y en todo los trataban bestialmente y sin términos de razón..." 

            "Halos disminuido los esclavos que de ellos se hicieron para servicio de los españoles y para las minas, que fue tanta la prisa que en los primeros años se dieron a hacerlos, que en todas partes entraban a México, y en todas las demás partes de Indias, manadas de ellos como de ovejas para echarles el hierro [...] Halos también apocado llevarlos a millaradas a las minas de oro y plata, con grandes trabajos a ellos no usados, en partes a ochenta y cien leguas, y se quedaban muertos por los caminos y allá de hambre y de frío o demasiado calor, y por el excesivo trabajo y carga que llevaban, grandes y muy pesadas, de herramientas para las minas y otras cosas de gran peso y muy penosas [...] y ya que llevaban de sus casas alguna comida, era poca porque no podían ni tenían para más, y se les acababa llegados allá o en el camino antes de llegar a la vuelta de sus casas, y así morían infinitos..." 

            "Halos asimesmo consumido, llevarlos de mil en mil y más y menos con grandes y pesadas cargas de mercaderías, reventando muchas jornadas, sacándoles de tierra caliente a fría y de fría a caliente, que les es muy mortal [...] por los caminos y sierras quebrantándolos, y volvían a su casa casi muertos, y en llegando les daba el mal de muerte, y morían por ello o se quedaban muertos por los caminos; y sobre todas estas cargas llevaban a sus cuestas la comida; y todavía lo hacen los encomenderos cuando se van con toda su casa a sus pueblos y cuando se tornan de ellos..."

             "Halos consumido llevar los tributos en casa un año a los pueblos de los españoles, a sus cuestas, de muy lejos y diferentes temples, con mala y poca comida [...] Halos consumido el servicio ordinario que daban y dan en algunas partes hoy en día para las casas de servir su semana y llevar el servicio de leña y comida a sus encomenderos, habían de partir de algunas partes 15 días antes, y así, para servir una semana, habían de caminar cuatro de ida e vuelta, fatigados, muertos de hambre, cansados e afligidos, y los caminos poblados de muertos, hombres y mujeres y sus niños pequeñitos [...] cosa jamás entre ellos vista."

             "No hay para qué decir la multitud que se ha consumido y consume, llevándolos cargados a las conquistas y entradas, y otros para servicio de la gente de guerra, sacándolos por fuerza de su natural y apartándolos de sus mujeres e hijos, deudos y parientes, y de ellos volvían muy pocos o ninguno [...] y están en los caminos unas aves que, en cayendo el indio, le sacan los ojos, y lo matan y se lo comen, y como cosa sabida acuden a ello cuando hay entradas o descubrimiento de minas; y aconteció que indias que iban cargadas mataban a las creaturas que llevaban a los pechos, y decían que no podían con ellas y con la carga, y que no querían que viviesen sus hijos a pasar el trabajo que ellas pasaban [...] y no hay para que decir como los llevaban en colleras, y el tratamiento que les hacían por todo el camino, y como en cansándose el indio o la india con la carga les cortaban la cabeza, por no pararse a desensartar la cadena, y repartían la carga en los demás."

             "No hay para que decir la multitud que han perecido en los puertos haciendo los navíos para el Marqués para la California y para los que fueron a la Especería y a las islas del Poniente, llevándolos de cuarenta y cincuenta y más leguas, con que se despobló aquella tierra que estaba llena de gente..." 

            "De estas idas y venidas sucede otro daño no pequeño, que como ya son pocos y las obras muchas, cábeles muchas veces la rueda, y contra lo que V. M. tiene provehido, los hacen ir en tiempos que habían de sembrar sus sementeras o desherbarlas, que esto es todo su caudal y no tiene otra cosa de que se sustentar, y en ocho días se pierden o se ganan [...] y así no cogen cosa alguna o muy poco, y todo el año pasan hambre y enferman y mueren ellos y su familia..." 

            "Quién podrá acabar de referir las miserias y trabajos que aquellas más que miserables y malaventuradas gentes pasan y sufren [...] quién y qué hay que no sea contra ellos, quien no les persiga y aflija, y quién que los robe y aproveche de su sudor [...] y pues no se puede decir todo [...] quédese lo infinito que se pudiera referir con verdad, así de lo que he visto e averiguado como de lo que he oído a personas de crédito [...] Oidor ha habido que públicamente en estrados dijo a voces que, cuando faltase agua para regar las heredades de los españoles, se habían de regar con sangre de indios; y otros he oído decir que no han de trabajar los españoles sino los indios, que trabajen y mueran los perros..."[96]. 



El Trauma español de la Conquista                                     

No pueden dejar de percibirse en Zorita tonos de autocrítica, pero él mismo expone las opiniones contrarias, implicando que eso nunca hubiera posido pasar si no hubiesen estado de acuerdo los más en que pasase. Y, en efecto, los más de los españoles veían su obra no como mala, sino como meritísima, y benéfica para los indios. Cortés mismo -o al menos Gomara, su portavoz- tuvo la desvengüenza -o la ignorancia- de proclamar:
 
            "Ahora (los indios) son señores de lo que tienen con tanta libertad que les daña. Pagan tan pocos tributos que viven holgando, que el emperador se los tasa. Tienen hacienda propia, y granjerías de seda, ganados, azúcar, trigo y otras cosas. Saben oficios y venden bien y mucho las obras y las manos."
             "No les fuerza nadie, que no le castiguen, a llevar cargas, si algo hacen, son bien pagados. No hacen nada sin mandárselo el señor que tienen indio, aunque lo mande el señor español a quien están encomendados, ni aunque lo mande el Virrey; y ésta es grandísima exención [...] Si faltan hombres de aquella casta (jefes), escogen ellos al que quieren, y confírmalo el rey [...] así que nadie piense que les quitan los señoríos, las haciendas y libertad, sino que Dios les hizo merced en ser de españoles, que los cristianaron, y que los tratan y que los tienen ni más ni menos que digo." 

            "Diéronles bestias de carga para que no se carguen, y de lana para que se vistan, no por necesidad, sino por honestidad, si quisieren, y de carne para que coman, que les faltaba. Mostráronles el uso del hierro y del candil, con que mejoran la vida. Hanles dado moneda, para que sepan lo que compran y venden, lo que deben y tienen. Hanles enseñado latín y ciencias, que vale más que cuanta plata y oro les tomaron, porque con letras son verdaderamente hombres, y de la plata no se aprovechan mucho ni todos. Así que libraron bien en ser conquistados, y mejor en ser cristianos." 
                                   
Ese "wishfull thinking" era la doctrina oficial. Los más de los españoles de España creían, y los de México querían creer, que los indios eran ahora letrados, libérrimos, bien comidos y vestidos, sin nada que hacer y mucho que gozar, y que todo era mérito de ellos... pero, por más que intentaran acallárselo, acá y acullá despuntaban incómodos remordimientos. El más inamordazable era su propia carne y sangre, viva y activa en miles y miles de niños mestizos. Casi todos los conquistadores eran jóvenes, y casi todos habían actuado con el frenesí de garañones enloquecidos, fecundando cada uno a muchas jóvenes indias. Eso no incomodó a los indios en un principio, habituados como estaban a que un gran guerrero tuviese y mantuviese a varias esposas, pero pronto se llevaron el penoso chasco de ver que los españoles, lejos de sentirse más allegados a ellas al nacer los hijos, no se hacían cargo de éstas, antes las consideraban por eso infamadas como madres de bastardos. Y así, esos pobres niños -los primeros verdaderos mexicanos- empezaban a crecer en el abandono y miseria más abyectos, rechazados y despreciados por los dos mundos que les habían dado el ser. Y por brutales que pudiesen ser, esos padres eran humanos y eran cristianos, y esos vástagos suyos que crecían como animales acosados, constituían una inequívoca acusación que no les dejaba estar tan convencidos de que todo hubiese estado perfecto.
 
                                   
Además, justo es decir para gloria de España y de su Cristianismo, que también hubo contemporáneos que enjuiciaron la conquista con un rigor aun más duro del que podríamos usar nosotros, y que, aunque en combatida minoría, lejos de ser comprados y amordazados por las autoridades, como se estila ahora, fueron escuchados con respeto y tomada en cuenta su postura para correcciones sustanciales a las leyes. El portaestandarte de esta corriente, pero ni mucho menos el único, fue Fray Bartolomé de las Casas, un dominico sevillano que, con la dureza y tesón de un antiguo profeta, martilleó siempre ásperos reproches en los oídos españoles, y consiguió tardías pero sustanciales mejoras. El propugnaba que, de plano, la conquista era "injustísima"; pero aun colegas suyos más moderados, que aprobaban y bendecían de corazón la conquista, se permitían recriminaciones tan acerbas como ésta de Mendieta:
 
            "¿Qué ley es ésta -afirma que tiene que pensar los indios 'aunque por miedo lo callen'- que estos hombres nos predican y enseñan con sus obras? ¿En qué buena ley cabe que siendo nosotros los naturales de esta tierra y ellos advenedizos, sin haberles nosotros a ellos ofendido antes ellos a nosotros, les hayamos de servir por fuerza? ¿En qué razón y buena ley cabe que, habiendo nosotros recibido sin contradicción la ley que ellos profesan, en lugar de hacernos caricias y regalos, (como dicen lo hacen los moros con los cristianos que reciben su secta), nos hagan sus esclavos, pues el servicio a que nos compelen no es otra cosa que esclavonía? ¿En qué ley y buena razón cabe, que nos hagan de peor condición y traten peor que a sus esclavos comprados, pues vemos que sus negros son regalados, y ellos son los que nos mandan y fuerzan a que hagamos lo que ellos debían hacer? ¿En qué buena ley y razón cabe, que sobre usurparnos nuestras tierras, (que todas ellas fueron de nuestros padres y abuelos), nos compelan a que se las labremos y cultivemos para ellos? ¿Mayormente en el mesme tiempo que habríamos de acudir a beneficiar las pocas que nos dejan para nuestro sustento, y por su causa se nos pierden? [...] ¿En qué buena ley y razón cabe, que viendo van ellos en mucho aumento, y nosotros en tanta disminución, y que claramente nos van consumiendo, no se compadezcan de nosotros, ni se contenten con que les tenemos edificadas ciudades de muy grandes y buenas casas, iglesias y monasterios, estancias y granjas con que están muy sobradamente acomodados, y las que nosotros, los que éramos señores y principales antes que ellos viniesen, están unas medio caídas, otras del todo asoladas por no haber quien nos ayude a repararlas? [...] ¿Que los más bajos villanos venidos de España, y las mujeres que allá oviesen de servir de mozas de cántaro, aunque tengan sus casas proveídas de gente, quieren que de barato se les den indios de servicio y de por fuerza, y que también lo pidan como por derecho?"

             "¿En qué buena ley cabe, (dirá el indio), que el día que me desposan con mi mujer, (cuando todos los hombres del mundo se huelgan con sus mujeres), me han de hacer ir al repartimiento, y voy por ocho días y me hacen estar treinta? ¿En qué buena ley cabe que el día que pare mi mujer y tiene la tierra por cama, y cuando mucho una sola estera, sin otro colchón ni frazada, y habiéndole de traer alguna leña con que se calentar y darle de comer, me han de hacer ir por fuerza a servir al extraño, y cuando vuelvo la hallo muerta a ella y a la creatura, por no haber quien les sirviese y diese recado? ¿En qué buena ley cabe que si ando trabajando en la labranza o hacienda del español, y me da la enfermedad, y le digo que estoy malo, que no puedo trabajar, me responda que miento como perro indio, y hasta que allí acabe la vida no me deja venir a mi casa? ¿En qué buena ley cabe que, si estoy convaleciendo de mi enfermedad, me han de hacer ir, (aunque más me escuse), flaco y desventurado al repartimiento, y en el camino tengo que acabar la vida, porque si no puedo caminar de flaco diez o doce leguas adonde me llevan, me dan con un verdascón que me hacen atrancar más que de paso? ¿En qué ley de caridad cabe que, sabiendo los que gobiernan cómo muchos de los españoles en cuyo servicio nos ponen, por ver que nos tienen en su poder por fuerza, nos tratan mucho peor que a sus galgos, haciéndonos infinitos agravios, ellos y sus negros o criados, quitándonos la pobre comida que llevamos de nuestras casas, encerrándonos en pocilgas donde sin ella dormimos, haciéndonos trabajar cuando hace luna de noche, como cuando no la hace todo el día, cargándonos pesadísimas cargas, no dejándonos oír misa domingos y fiestas, teniéndonos a veces dos y tres semanas en lugar de una, levantándonos algún hurto o cosa semejante para que nos vayamos huyendo sin paga y sin nuestra ropa; con todas estas vejaciones, (que muchas veces se les han representado), no se mueven a compasión para quitarnos de a cuestas tan dura esclavonía, sino que la quieren llevar adelante hasta acabarnos del todo? [...] ¿Y que tenga autoridad un alguacil pelado, (por ser español), que por ventura fuera azacán en su pueblo, para llevarnos presos a gobernador y alcaldes, y traernos afligidos el tiempo que le parece, como si fuéramos los más bajos picaros del mundo?" 

            "Y tras estos discursos concluirán con decir: <<Si ninguna ley con razón y justicia puede consentir algunas de estas cosas aquí dichas, y todas ellas las consiente la ley de los cristianos, luego es la más mala del mundo y digna de ser aborrecida>>"[97].
                                    
Y, en efecto, motivos de sobra hubieran tenido los indios para pensar que esa ley era "la más mala del mundo" y para sonreír, con la más cáustica amargura, oyendo que "libraron bien en ser conquistados, y mejor en ser cristianos", pues ambas cosas, la conquista y el cristianismo, se les presentaban inicialmente como un insoluble problema de justicia, pero nó respecto de España, sino de Dios mismo.
  


Notas
[81] GIBSON Charles: "Los Aztecas bajo el Dominio Español", 1a. edición en inglés: "The Aztecs under Spanish Rule", Stanford University Press, Cal. 1964, 1a. edición en español, Siglo XXI Editores, México 1967, Cap. I, p. 10.
[82] Ibidem, cap. 6, p. 140.
[83] DIAZ Bernal: "Historia Verdadera...", cap. 18, p. 30.
[84] MOTOLINIA: "Memoriales...", 1a. parte, cap. 2, no 44, p. 26.
[85] Ibidem, no. 48, p. 29.
[86] ZORITA Alonso de: "Breve y Sumaria Relación de los Señores de la Nueva España", Editorial Chávez Hayhoe, México 1941, p. 51.
[87] Ibidem, p. 52.
[88] La sabia constumbre india de preparar el maíz casi siempre con cal, resolvía la deficiencia de calcio, y el chile aportaba vitaminas. La peleagra, enfermedad común entre pueblos que tienen en maíz como base prevalente de su alimentación, no era problema en México.
[89] Con su pasta se hacían imágenes, que luego eran comidas a modo de comunión con el dios mismos. Los españoles lo llamaron "bledo", porque -comprensiblemente- confundieron el "huatli" (amaranthus leucorpus) con el "bledo" (amarantus blitus) europeo. Los indios hacían una pasta con las semillas de ese amaranto y con ella esculpían imágenes de sus dioses, que luego comían como una especie de comunión con ellos, y por eso los españoles lo combatieron, y con tanto éxito, que hoy en día casi no se conoce en México. Es una semillita que se suele comer tostada y empastada con miel, llamada así "alegría" o "suale"; sin embargo, la planta entera, que se conoce hoy con el hombre de "quintonil", es comestible, y tan buena o mejor que la espinaca.
[90] La dieta era también complementada con proteina animal, sobre todo carne de guajolote y perro, domesticados desde tiempos prehistóricos, y con otras aves y animales de los lagos y montes, así como también con algas. El uso de estos alimentos empezó a declinar después de la conquista.
[91] ZORITA: "Breve y Sumaria Relación", Cap. 4, pág. 164.
[92] Ibidem, cap. 10, p. 139.
[93] GIBSON: "Los Aztecas...", cap. I, pp. 9-10.
[94] MENDIETA, "Historia Ecca..", cap. 33, pp. 501-5.
[95] La pregunta que se le pedía contestar era: "Informanros héis también cuando los españoles cristianos entraron é conquistaron esa tierra, si pusieron en los indios tributos otros nuevos, demás de los antiguos que durante su infidelidad pagaban, y de qué manera se sirvieron de ellos y si fue teniendo consideración á no les llevar otros tributos ni servicio sino el mismo que pagaban a su Señor universal, o si fue imposición nueva que sobre los indios se echó por razón de dar de comer a los españoles á quien encomendaban los pueblos, y qué orden se tuvo en esto." (ZORITA: "Breve Relación...", pORITA: . 155).
[96] Z"Breve Relación...", cap. X, pp. 155-168.
[97] MENDIETA: "Historia Ecca...", libro IV, cap. 33, pp. 501-505.
 
 
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