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E l  Gran  Acontecimiento
                                                                   

Introducción


              
Aquí se cuenta, se ordena, cómo hace poco, en forma por demás maravillosa, el amor de la perfecta Virgen Santa María, Madre de Dios, nuestra venerable Señora y Reina, la hizo visible allá en el Tepeyac, que se conoce [ahora] como Guadalupe.

              En un principio se dignó dejarse ver de un indito de nombre Juan Diego, y, al final, su amor nos entregó su preciosa y amada imagen en la presencia del reciente Obispo Don Fray Juan de Zumárraga.                                                                  



Ambientacion


                          1.- Diez años después de sojuzgada la ciudad de México, ya por tierra la flecha y el escudo, [acabada la guerra], ya por doquier sosegados sus aguas y sus montes, [las ciudades], 2.- así como brotó, ya macolla, ya revienta sus yemas la adquisición de la verdad, el conocimiento de Quien es causa de toda vida: el verdadero Dios. 
                                   

Como primer comentario notemos dos cosas: La primera, que se nos informa que "ya por doquier estaban sosegados sus aguas y sus montes", es decir: que ya no había guerra. Eso suena muy bien, pero no en el México de ese momento, porque para ellos la guerra había sido su vida y su religión, creyendo que así colaboraban con Dios proporcionando sangre y corazones para la armonía del Universo. Que ya no hubiese guerra y el Universo siguiese como antes, no sólo les despojaba de su razón de ser, sino les hacía pensar que todo lo que antes habían hecho y creído era una tontería, de modo que ese sosiego de las aguas y los montes no era para ellos algo bueno, era todo lo contrario: la paz del cementerio.
 
                                   
Además, "la ciudad de México", que era la que dominaba a las demás, había sido efectivamente sojuzgada y destruida, pero no habían peleado sólo españoles contra indios, sino indios contra indios en pro o en contra de los españoles, que nada hubiera podido hacer sin ellos y que, por ende, fueron ellos: los indios, los verdaderos "conquistadores". Una tribu india, los aztecas sí habían sido derrotados, y casi exterminados, pero todos los demás eran auténticos triunfadores; mas ese triunfo, enteramente suyo y auténtico, no les había traído gloria, ni orgullo, ni satisfacciones, sino lo que había provocado era que los españoles les saliesen con que tenían que cambiar toda su cultura y su religión porque eran malas, que todo lo que habían siempre sido y amado Dios lo reprobaba, y que tenían que dejarlo y abominarlo so pena de gravísimos castigos
[140].
                                    
Por otra parte notemos que se utilizan verbos botánicos: "brotar, macollar, reventar sus yemas" para expresar la Fe, "el conocimiento de Quien es causa de toda vida: el verdadero Dios". Nuestros antepasados indios usaban metáforas del reino vegetal para expresar los máximos valores humanos: para ellos la verdad era "nelliliztli", que significa "arraigamiento", "echar raíces"; para ellos, por tanto, era verdadero todo y solo lo que tenía sólida raíz. También esa era una de las razones de su amor por las flores, porque, aunque la raíz es base, sostén, fundamento de toda buena planta, no puede verse, puesto que está enterrada, en tanto que una bella flor es irrefutable testimonio de una buena y sana raíz, así como promesa de un buen fruto. Ya con esto podemos ir notando la genialidad divina en nuesto Acontecimiento Guadalupano, en el que van a tener tanta importancia las flores.
 

                         3.- Entonces, en el año 1531, a los pocos días del mes de diciembre, sucedió que había un caballero indio, pobre pero digno, 4.- su nombre era Juan Diego, casateniente, por lo que se dice, allá en Cuautitlán,  5.- y, en lo eclesiástico, todo aquello era aún jurisdicción de Tlaltelolco.                                     

El primer dato que se nos proporciona es el tiempo en que pasaron las cosas, y se nos informa que fue precisamente "en el año de 1531". Para nosotros el tiempo tiene mucho menos importancia que para los mexicanos de entonces, que veían en las fechas del nacimiento o del inicio de alguna institución una especie de programa que Dios les establecía. Y Dios supo encontrar una fecha maravillosa para nuestros antepasados, porque el día en que su Madre Santísima nos dejó su imagen, aunque consignado como 12 de diciembre de 1531, realmente fue el 22, porque el calendario europeo estaba equivocado con 10 días, y no se corrigió sino hasta fines de siglo
[141]. Para que captemos el tino "inculturador" de Dios al elegir esa fecha, no hay olvidar que a partir del 22 de septiembre, equinoxio de otoño, cada día va siendo un poco más corto, el sol sale un poco más tarde y se pone un poco más temprano, de modo que tal parece que la noche -las tinieblas- van a acabar devorándolo, pero, al llegar el solsticio de invierno, empieza a durar más tiempo, empieza a vencer a las tinieblas. Eso hacía que esa fecha fuera importantísima para los indios que se habían siempre considerado "Pueblo del Sol".
                                    

Además, el año de 1531 era el cuarto siglo mexicano, (104 años), a partir de 1115, el año en que se suponía que los aztecas habían salido de Aztlán por mandato de su dios. En su cultura que daba gran importancia a los números, y en especial al número cuatro, ese aniversario debía ser lo más supremo de su historia. El Autor, pues, del Acontecimiento Guadalupano, ya por el solo hecho de escoger esa fecha, se mostraba verdaderamente misionero del Vaticano II: "solidario y familiar con sus tradiciones nacionales y religiosas", capacitado para "ver con claridad las relaciones que pudieran mediar entre sus tradiciones y religión patria, y la religión cristiana", y abierto y pronto a incorporar a ella "con gozo y respeto [..] en diálogo sincero y paciente las riquezas", "las tradiciones [...] cuyas semillas ha esparcido Dios algunas veces en las antiguas culturas antes de la predicación del Evangelio."
[142]. ¡Una actitud totalmente distinta a la de sus instrumentos humanos de ahí y de entonces, actitud que su Iglesia tardaría aún más de cuatro siglos en recuperar[143], pero que ahí y entonces era indispensable para que los evangelizandos la entendieran y recibieran!
                                    

Notemos que Cuautitlán no era México-Tenochtitlan, y había peleado con los españoles en contra de los aztecas, por lo tanto Juan Diego no era un vencido, sino un vencedor. También que Cuautitlán está bastante lejos de Tlaltelolco. No demasiado para los ágiles pies de un indio, pero el texto no dice que Juan Diego viviera en ese momento ahí, sino que tenía casa en Cuautitlán, por lo que es posible que residiera establemente en Tulpetlac, pues consta que tenía no una sola casa, sino "casas y tierras"
[144]. Aunque se ha considerado a Juan Diego como un pobre casi miserable, el texto original no dice eso, por lo que consideramos más correcto presentarlo como "un caballero indio, pobre pero digno", como siguen siendo tantos de nuestros hermanos indígenas.                                   
                                   

Otra cosa importante que hay que tener en cuenta desde un principio es que basta que se nos presente a Juan Diego como un buen indio para saber que traía una buena base para ser un buen cristiano, pues desde niños todos eran educados en la convicción de que Dios les amaba y había que corresponder a ese amor. Así hablaba el padre a sus hijos: "Vive, hijo, con tiento, y encomiéndate al Dios que te crió, que te ayude, pues es tu padre que te ama más que yo..."
[145].  "(Os exhorto) que tengáis gran cuidado de haceros amigos de Dios, que está en todas partes y es invisible e impalpable, y a él conviene darle todo el corazón y el cuerpo, y mirad que no os desviéis de este camino."[146]. También la humildad, constancia, fortaleza y fe que despliega, tenían raíces en su educación ancestral: "... mirad que no presumáis, que no os altivezcáis en vuestro corazón, ni tampoco os desesperéis, ni os acobardéis en vuestro corazón, sino que seáis humildes en vuestro corazón y tengáis esperanza en Dios."[147].
                                                              

Primera Aparición

                6.- Era sábado, muy de madrugada, lo movía su interés por Dios [respondiendo a] su insistente llamada. 7.- Y cuando vino a llegar al costado del cerrito, en el sitio llamado Tepeyac, despuntaba ya el alba. 8.-  Oyó claramente sobre el cerrito cantar, como cantan diversos pájaros preciosos. Al interrumpir su gorjeo, como que les coreaba el cerro, sobremanera suave, agradabilísimo, su trino sobrepujaba al del coyoltótotl y del tzinitzcan y al de otras preciosas aves canoras. 
                       
El acontecimiento va a iniciar apenas despuntando el alba, o sea aun de noche, como era más adecuado para el pensamiento indio, que no veía la noche como algo feo, sino como el principio de lo grande y bueno. Fijémonos también, de paso, que Juan Diego acudía no a la Misa obligatoria del domingo, sino por sola devoción a la del sábado, en honor de Nuestra Señora. Cuando más de un siglo después, en 1666, se hizo un proceso para averiguar la verdad de todo lo acontecido, los testigos indios afirmaron "que le llamaban el peregrino" por esas largas caminatas emprendidas sólo por devoción
[148]. 
                                     
El Tepeyac no necesita de más presentación que la de recordar que es un monte que domina todo el valle. Todos los pueblos han apreciado los montes como sitios en los que el hombre se eleva intentando sentirse más cerca de Dios. Además, el Tepeyac era el sitio donde había estado antes el templo de la diosa madre y, por tanto, un lugar muy querido para los mexicanos, de modo que la Virgen no pudo elegir un sitio mejor para manifestarles su amor.
 
                                   

Hay poemas prehispánicos que hablan de la montaña como lugar de encuentro del hombre con Dios, Quien le brinda flores como muestra de su entrega, de modo que en la mente india iba a ser fácil reconocer la aparición como divina. También la música y la danza eran elementos coincidentes, los mexicanos las apreciaban hasta más que los antiguos hebreos, pues ya el canto y las flores: "In xóchitl in cuícatl", era comunicación con Dios, el modo como el hombre podía llegar a El, principio de todo lo bueno y positivo. Así pues, el canto de pájaros divinos, era claro signo de su presencia y benevolencia.
 
                                   

Otra cosa que para los indios de entonces confiere gran importancia a la presencia de bellos pájaros, era la belleza de sus plumas. La expresión "In chalchihuitl in quetzalli" = "Jade y pluma preciosa" era para ellos no sólo símbolo de belleza, sino de la Belleza misma, o sea de Dios, a una pluma bella la llamaban también "Teocehualli" = "Sombra de Dios".
 

                         9.- Se detuvo a ver Juan Diego. Se dijo: ¿Por ventura es mi mérito, mi merecimiento lo que ahora oigo? ¿Quizá solamente estoy soñando? ¿Acaso estoy dormido y sólo me lo estoy imaginando? 10.- ¿Dónde estoy? ¿Dónde me veo? ¿Acaso ya en el sitio del que siempre nos hablaron los ancianos, nuestros antepasados, todos nuestros abuelos: en su tierra florida, en su tierra de nuestro sustento, en su patria celestial? 
                                   

Esas alusiones al sueño indicaban, para el indio mexicano, comunicación con lo divino. También era importantísima para él su nexo con sus antepasados. Los misioneros creían de buena fe, y así lo predicaban, que todos ellos se habían condenado por ser servidores de los ídolos, puesto que éstos eran demonios. Aquí Juan Diego empieza a intuir que no hay oposición entre su fe cristiana y su religión ancestral y que él mismo, que había hecho el sacrificio de renunciar a ella para poder recibir el Bautismo, no necesitará destruir, sino sólo purificar y completar lo que él y sus antepasados siempre habían venerado.
  

                        11.- Tenía fija la mirada en la cumbre del cerrito, hacia el rumbo por donde sale el sol, porque desde allí algo hacía prorrumpir el maravilloso canto celestial.
                                    

Es también muy elocuente, en plan de reconciliar su antigua cultura con su fe cristiana, que se mencione que Tonatiuh, el Sol, y "el precioso canto celestial" procedían de una misma dirección.
  

                        12.- Y tan pronto como cesó el canto, cuando todo quedó en calma, entonces oye que lo llaman de arriba del cerrito, le convocan: <<-Mi Juanito, mi Juan Dieguito>>.    

Dada la riqueza expresiva de la lengua náhuatl, Juan Diego, con sólo oír que se le llamaba así: por su nombre, sabía que quien le llamaba era una mujer, (pues de haber sido varón no hubiera dicho "Juantzin, Juan Diegotzin", sino Juantziné, Juan Diegotziné); que esa mujer era cristiana, puesto que, aunque hablabla perfecto náhuatl, no utilizaba su nombre antiguo de Cuauhtlatoatzin, sino su nombre cristiano, y también que esa mujer lo amaba y respetaba, puesto que usaba la terminación "tzin", cariñativo reverencial que los mexicanos actuales intentamos seguir expresando en castellano con el diminutivo.
 
                                   
Además, subrayemos un detalle importantísimo de inculturación: que no es Jesús quien viene a completar la obra de sus enviados, sino es María Santísima, una mujer. Estamos en 1531, en el siglo XVI, hace casi quinientos años. Hoy en día es normalísimo, -gracias a Dios- que la mujer tome parte activa en la vida apostólica de la Iglesia, pero en ese entonces no hubo jamás una sola evangelizadora; todos fueron varones. Y no porque faltaran grandes mujeres, pues hubo colosales santas, como Santa Teresa de Avila, a quien incluso veneramos ahora como Doctora de la Iglesia, pero no se les permitía entonces ninguna participación directa en el apostolado: Sólo se esperaba de ellas que estuvieran orando tras las tapias y rejas de un convento. Todavía un siglo después, al parecer tuvimos una apostol efectiva en nuestro continente: la Venerable María de Jesús, (1602-1665) que, aunque nunca salió de su convento de Agreda, (en Soria, al norte de España), se aseguró que se aparecía a los indios del Norte de la Nueva España y había convertido a millares... Y esa fama provocó que la Inquisición la procesara, acusándola de haber violado la clausura de su convento, aunque ella pudo fácilmente demostrar que jamás había salido.
 
                                   
En México, en cambio, la importancia de la figura materna obedecía a que, dentro de la sociedad india prehispánica, entregada a la guerra como ideal de religión, había un número notablemente menor de hombres que de mujeres, pues eran muchos los varones que morían jóvenes en las batallas o en el sacrificio. El niño, por tanto, crecía conociendo como experiencia tanto de amor como de autoridad no al padre, sino a la madre, la cual era muy tierna y amorosa, pero también muy exigente y enérgica, como correspondía a una sociedad guerrera. Por esto, el lenguaje materno, de inmensa ternura, era para el indio también de autoridad, y aun de rigor, como podrá notarse en el diálogo de la Virgen y Juan Diego. Dios sabía muy bien que para México era indispensable una apóstol mujer, una apóstol Madre; un español, en ese entonces, jamás hubiera podido imaginarlo, así se tratara de la Madre de Dios. Pero Dios así se inculturó, se adaptó y aceptó lo que eran nuestros padres indios, no pidiendo que lo cambiaran, sino asumiéndolo y aprovechándolo.
 

                         13.- En seguida, pero al momento, se animó a ir allá a donde era llamado. En su corazón no se agitaba turbación alguna, ni en modo alguno nada lo perturbaba, antes se sentía muy feliz, rebosante de dicha. Fue pues a subir al montecito, fue a ver de dónde era llamado.  
                                               

Notemos que por cuatro veces subraya el texto tanto la ausencia de miedo y como la alegría de su experiencia: "se animó... no se agitaba turbación alguna... nada lo perturbaba... muy feliz, rebosante de dicha". Los mexicanos, a diferencia de los hebreos y europeos, no tenían miedo de Dios, de Quien se sentían colaboradores. Quien los amó y conoció muy bien, Fray Pedro de Gante, aunque sí pensaba que le temían, consignó que para ellos el trato con Dios era fiesta: "toda la adoración dellos a sus dioses era cantar y bailar delante de ellos...."
[149], de modo que su religión -que era su vida- no sólo no la vivían como terrorífica, sino como profundamente festiva.

 
                         14.- Y al llegar a la cumbre del cerrito, tuvo la dicha de ver a una Doncella, que por amor a él estaba allí de pie, 15.- la cual tuvo la delicadeza de invitarlo a que viniera 'juntito' a Ella.

                          16.- Y cuando llegó a su adorable presencia, mucho se sorprendió por la manera que, sobre toda ponderación, destacaba su maravillosa majestad: 17.- sus vestiduras resplandecían como el sol, como que reverberaban, 18.- y la piedra, el risco en que estaba de pie, como que lanzaba flechas de luz; 19.- su excelsa aureola semejaba al jade más precioso, a una joya, 20.- la tierra como que bullía de resplandores, cual el arcoiris en la niebla. 21.- Y los mezquites y nopales, y las otras varias yerbezuelas que ahí se dan, parecían esmeraldas. Cual la más fina turquesa su follaje, y sus troncos, espinas y ahuates deslumbraban como el oro. 
                                               
Juan Diego
encuentra a una joven no sólo  deslumbrantemente bella, sino ataviada con "vestiduras resplandecientes como el sol... jade más precioso... arco iris... esmeraldas... turquesa... oro", cosas todas que, para un indio, denotaban carácter divino. Sin embargo Ella, lejos de ser altanera o despótica, lo espera no sentada en un icpalli, como correspondería a una reina, sino de pie, y lo llama a que se coloque estrechamente junto a Ella. 
                         22.- Ante su presencia se postró. Escuchó su venerable aliento, su amada palabra, infinitamente grata, aunque al mismo tiempo majestuosa, fascinante, como de un amor que del todo se entrega. 23.- Se dignó decirle: <<-Escucha bien, hijito mío el más pequeño, mi Juanito: ¿A dónde te diriges?>>   

                        24.- Y él le contestó: <<-Mi señora, mi reina, mi muchachita, allá llegaré a tu casita de México Tlatelolco. Voy en pos de las cosas de Dios que se dignan darnos, enseñarnos, quienes son imágenes del Señor, nuestro Dueño, nuestros sacerdotes>>. 
                                   

Dado también que los indios, como todos los pueblos carentes de escritura fonográfica, tenían una memoria excelente y tenaz, entrenada para recordar instantáneamente lo que oían, podemos suponer que las palabras que Juan Diego recordó y nos transmitió son rigurosamente exactas.                                             
                                    

También fijémonos que Juan Diego de inmediato la identifica: antes de que Ella se presente como la Madre de Dios, él la asocia con su religión  cristiana, llamando "tu casita" al templo al que se dirije "en pos de las cosas de Dios", y a quienes las enseñan, que son los frailes españoles, los considera "imágenes del Señor nuestro Dueño", lo que quiere decir mucho en contexto náhuatl, pues "imagen" para un pueblo que se comunicaba con imágenes, era no sólo una representación, sino como un "otro-yo". Desde la infancia se enseñaba a los niños:  "A la imagen de Dios y a sus cosas ten mucha reverencia, y ora delante de El devotamente, y aparéjate en sus fiestas"
[150], por lo que vemos que esta bellísima profesión de fe en la figura sacerdotal, (que, a Dios gracias, sigue siendo patrimonio de México), puede servirnos para captar el concepto náhuatl de "imagen", a fin de que apreciar luego el impacto que causó que la Reina del Cielo dejara su imagen en la tilma de un mexicano.
                          25.- Acto contínuo con él dialoga, le hace el favor de descubrirle su preciosa y santa voluntad, 26.- le comunica: <<-Ten la bondad de enterarte, por favor pon en tu corazón, hijito mío el más amado, que yo soy la perfecta siempre Virgen Santa María, y tengo el privilegio de ser Madre del verdaderísimo Dios, de Ipalnemohuani, (Aquel por quien se vive), de Teyocoyani (del Creador de las personas), de Tloque Nahuaque (del Dueño del estar junto a todo y del abarcarlo todo), de Ilhuicahua Tlaltipaque (del Señor del Cielo y de la Tierra). Mucho quiero, ardo en deseos de que aquí tengan la bondad de construirme mi templecito, 27.- para allí mostrárselo a Ustedes, engrandecerlo, 28.- entregárselo a El, a El que es todo mi amor, a El que es mi mirada compasiva, a El que es mi auxilio, a El que es mi salvación.
                                    

Estas son palabras maravillosas para un indio, pues lo que oye es nada menos que la Madre del Dios cristiano es también la Madre del Dios mexicano. Los antiguos mexicanos creían en un único Dios del que los demás eran sólo aspectos, pero éste único Dios era demasiado importante para ocuparse directamente de ellos. Aquí, sin embargo, oyen que ese Dios los amó tanto que se hizo como ellos, con una madre humana, Santa María, quien les especifica que su Hijo es precisamente Ipalnemohuani, TeyocoyaniTloque Nahuaque, Ilhuicahua Tlaltipaque, nombres que para ellos  inconfundibles, y que, además, "ardía en deseos" de un templo para en él mostrárselo, engrandecerlo y entregárselo.
 
                                   

Los mexicanos identificaban la nación con su templo... Como ya no había templos mexicanos, había cesado de existir la nación mexicana. Ahora en cambio, con ese templo que Ella pide para su Hijo, la nación va a resurgir. En seguida oirán algo mucho más maravilloso: que Ella es también madre de todos ellos. La "mirada compasiva" se refiere, desde luego, a su Hijo, pero también es como ella en su imagen nos mira, no de frente, sino de soslayo, como tenía que hacerla toda doncella bien educada, tal como le enseñaba la madre a su hija:  ".. no irás siguiendo con la mirada a la gente, no mirarás de frente a las personas.."
[151], y tal como se suponía que miraba Dios mismo: ".. el Señor del cielo, el amado, el digno de ser rogado, que de través, de lado nos ha mirado a nosotros..."[152].
 
                         29.- Porque en verdad yo me honro en ser madre compasiva de todos Ustedes, 30.- tuya y de todas las gentes que aquí en esta tierra están en uno, 31.- y de los demás variados linajes de hombres, mis amadores, los que a mí clamen, los que me busquen, los que me honren confiando en mi intercesión.  
                                   
¡Nada más bello podían oir gentes con tanta hambre de Dios como fueron nuestros antepasados indios! ¡Que la Madre de Dios se honraba siendo madre suya "y de todas las gentes que aquí en esta tierra están en uno y de los demás variados linajes de hombres"! Pero también veamos que eso implicaba una inmediata y dura exigencia: la de aceptar como hermanos no sólo a todos los que estaban en la tierra, sino a todos "los demás variados linajes de hombres". En su tierra siempre había habido luchas; siempre habían estado tribu contra tribu... Ahora se enteraban de que tenían una madre común, que para Ella, por tanto, toda la tierra era su casa y que por consiguiente Ella quien la gobernaba y todos ellos, incluyendo a los españoles, eran sus hijos y, por ende, hermanos entre sí. Con esto Ella no hace sino repetir lo que su Hijo pidió en su oración sacerdotel: "Padre.. que sean uno como lo somos nosotros.." (Jn. 17, 11), palabras que son resumen de toda su obra y su mensaje. Por otra parte también, ese mismo era el ideal indio de que todos, aun los enemigos, son parte de un conjunto que debe protegerse y resguardarse, y era también su idea de familia: "Cencalli" = "Toda la casa", pues todo el que está en la casa de mi madre es automáticamente mi familia.
 

                         32.- Porque allí estaré siempre dispuesta a escuchar su llanto, su tristeza, para purificar, para curar todas sus diferentes miserias, sus penas, sus dolores.                                      

Nada más propio de una madre que "escuchar llanto... curar miserias, penas y dolores", pero, en este caso, tratándose de la Madre de Dios y, por tanto, de alguien que puede alcanzar todo de su Hijo y, por tanto, impedir que sus otros hijos tuviéramos penas y dolores, cabría preguntarse: ¿Por qué consolarnos si podría haber hecho que no tuviéramos esas mismas miserias, penas y dolores? La respuesta es sencilla: Ninguna madre, que de veras ame, deja de causar penas y dolores a sus hijos, porque sabe que es así como aprenden, mejoran y crecen.
 
                                   
Todos los ingenuos o demagogos de la Historia han prometido a los mortales suprimirles precisamente miserias, penas y dolores, ofreciendo a sus seguidores desde un "Nirvana" libre de todo apego hasta un "paraíso del Proletariado"... Cristo, muy al contrario, dejó claro que "abnegarse y tomar la cruz" era esencial para su seguimiento (Mt. 16, 24); pero que nadie que acudiera a El se sentiría agobiado, puesto que "su jugo es suave y su carga ligera" (Mt. 11, 30). Eso es lo mismo que hace Ella.
  

                        33.- Y para realizar con toda certeza lo que pretende El, mi mirada misericordiosa, ojalá aceptes ir a al palacio del Obispo de México, y le narres cómo nada menos que yo te envío de embajador para que le manifiestes cuan grande y ardiente deseo tengo de que aquí me provéa de una casa, de que me levante en el llano mi templo. Absolutamente todo, con todos sus detalles, le contarás: cuanto has visto y admirado, y lo que has oído. 
                                   

Hubiera sido muy fácil pedirle a Juan Diego que él levantase un templo, solicitando quizá la ayuda de sus paisanos indios. ¡Lo hubieran hecho en seguida!, pero ese templo hubiea sido motivo no de unión, sino de división entre "todas las gentes que aquí en esta tierra están en uno", pues los españoles no lo hubieran permitido y, aunque lo permitiesen, resultaría un templo indio, no un templo de y para "todas las gentes que aquí en esta tierra están en uno". Además, María Santísima, Madre de Dios, no es diosa, es creatura, y nos da ejemplo de someterse en todo a quien está ocupando el lugar de su Hijo, al Obispo, mandando: "Absolutamente todo, con todos sus detalles, le contarás: cuanto has visto y admirado, y lo que has oído".
                                    
Pero el Obispo, Fray Juan de Zumárraga, no iba a ser fácil de convencer. Zumárraga era rectísimo, pero de carácter violento, inquisidor desconfiado, para nada crédulo y no simpatizante de imágenes y devociones populares. Su actitud ante la religión india era de total rechazo: En junio de ese mismo de año 1531, es decir apenas cinco meses antes de recibir a Juan Diego, se precia en una carta al Capítulo General de su Orden, en Tolosa, de haber arrasado con cuanto había podido: "quinientos templos de los dioses y más de 20,000 imágenes de los demonios que adoraban.."
[153]. Para colmo, tampoco era realmente Obispo, pues no estaba consagrado, ni tenía gran poder... Pero era quien representaba a Cristo en la tierra, y por tanto era a quien Ella se sometía, de modo que, aunque no va a ser nada fácil de convencer, exige que no se le oculte nada. 
                                               
Y en verdad esto no iba a ser fácil, pues para cualquier español, más aun, para cualquier cristiano de ese entonces, -¡Ya no digamos para un inquisidor!- una teofanía a un recién converso, armada toda ella con elementos de su anterior "paganismo", y que pedía un templo a la Madre de Dios, precisamente donde había estado el ídolo de la la madre de los dioses paganos que él pretendía demoler, tenía que suscitar recelo y ser, "a priori", tachada de "invención satánica para paliar la idolatría", como la calificó Sahagún
[154]. 
                         34.- Y quédate seguro de que mucho te lo voy a agradecer y a pagártelo, 35.- pues te enriqueceré, te glorificaré, 36.- Y mucho merecerás con esto que yo recompense tu cansancio, tu molestia de ir a ejecutar la embajada que te confiero. 

                        37.- Ya has oído, Hijo mío el más amado, mi aliento, mi palabra: ¡Ojalá aceptes ir y tengas la bondad de poner todo tu esfuerzo!>>                                    

Aparentemente la Virgen no cumplió muy bien con su promesa de "enriquecer" a Juan Diego, pues él luego renunció hasta a lo poco que tenía y dedicó el resto de su vida a servirla como guardián sin sueldo de su ermita, pero, del punto de vista indio, desde luego que cumplió, y de inmediato, pues inmediata fue su fama: Juan Diego y su tío pasaron a la historia como "muy buenos Indios, y muy buenos Christianos"
[155], y eso entre gentes que tenían un sentido exigentísimo de la excelencia, pues todos los puestos, todos los honores, estaban supeditados a méritos, a méritos personales, reservándose siempre a los mejores: "Todas las naciones [...] han puesto los ojos en los sabios para persuadir y en los hombres eminentes en las virtudes morales [...]. Esto mismo se usaba en esta nación indiana, y más principalmente entre los mexicanos, entre los cuales los sabios retóricos, y virtuosos y esforzados, eran tenidos en mucho; y de estos elegían para pontífices, para señores y principales y capitanes, por de baja suerte que fuesen..."[156].


Notas

[140] "Si vosotros queréis ver y admiraros deste reino y riquezas de aquel por quien todos bivimos, nuestro Señor Jesucristo, ante todas las cosas os es muy necesario despreciar y aborrecer, desechar y abominar y escupir todos estos que agora tenéis por Dioses y adoráis, porque a la verdad no son Dioses, sino engañadores y burladores, y también os es muy necesario que os apartéis y desechéis todos los pecados de cualquier manera que sean, porque todos ellos enojan a Jesucristo, y es también menester que os purifiquéis de todas vuestras suciedades, con el agua de Dios." ("COLOQUIOS...", cap. 5, C, pag. 85.)  ".. nunca a venido a vuestra noticia la doctrina y palabras del señor del cielo y de la tierra, y viuís como ciegos entenebrecidos, metidos en muy espesas tinieblas de gran ignorancia, y hasta agora alguna escusa an tenido vuestros errores; pero si no quisiéredes oyr las palabras divinas que ese mismo Dios os embia y darles el crédito y reverencia que se les deue, de aquí adelante vuestros errores no tienen escusa alguna y nuestro Señor Dios que os [ha] començado a destruir por vuestros grandes pecados, os acabará." (Ibidem, cap. 8, B, pag. 90.).
[141] El Calendario Juliano, que se usaba entonces, tenía un pequeño error, pero que, con el transcurso de los siglos, había ya causado un retraso de 10 días. El Papa Gregorio XIII, por recomendación del Concilio de Trento y luego de cuidadosos estudios, ordenó que el 5 de octubre de 1582 fuera el 15, haciendo a ese año más corto, pero corrigiendo así la discrepancia.
[142] Decreto "Ad Gentes Divinitus" sobre la actividad misionera de la Iglesia: Cap. II, art. 1, no. 11; II-3-16; II-1-11; II-3-18.
[143] Un ejemplo entre mil: Un misionero Pasionista, el P. Thomas Berry, apenas "ayer": en 1949, podía comentar: "Lo más sorprendente de mi período en China fue ver la actitud de los demás estudiantes del idioma chino; ellos tenían interés en bautizar y evangelizar, pero no en el pueblo chino en sí mismo. Se les escapaba por completo la importancia del estudio y de la investigación, la magnitud del problema que estaba por medio..." Apud ORTOLANI Valerio: "Personalidad Ecológica", Universidad Iberoamerica, 2a. Edición, Puebla, Pue, 1986, Apéndice "A", p. 313, nota.
[144] Lo dice el Nican Motecpana de Fernando de Alba Ixtlilxóchitl, que no accedió a que su tío Juan Bernardino viniera también a vivir con él en la ermita, sino que "convenía que se estuviera en su casa, para conservar las casas y tierras que sus padres y abuelos les dejaron...". (En DE LA TORRE VILLAR Ernesto y NAVARRO DE ANDA Ramiro: "Testimonio Histgóricos Guadalupanos", Fondo de Cultura Económica, 1a. Edición, México 1982, "El Gran Acontecimiento", p. 305).
[145] MENDIETA Fr. Jerónimo de: Historia Eclesiástica Indiana, Editorial Porrúa, 2a. Edición Facsimilar, México 1971, libro 2, cap. 20, Plática o exhortación que hacía un padre a su hijo, p. 112.
[146] SAHAGUN Fr. Bernardino de: Historia General de las Cosas de la Nueva España, Editorial Porrúa, Colección "Sepan Cuantos.." no. 300, México, 1975, Libro VI, cap.  no. 23, p. 344.
[147] SAHAGUN, ibidem, no. 23, p. 344. 
[148] CHAVEZ SANCHEZ Eduardo: "La Virgen de Guadalupe y Juan Diego en las Informaciones Jurídicas de 1666" Con facsimil del original, Instituto de Estudios Teológicos e Históricos Guadalupanos, México 2002, 2o. Testigo, 5a, Pregunta, f. 22v, p. 178, et passim. 
[149] CODICE FRANCISCANO Siglo XVI, Ed. Chávez Hayhoe, México 1941, p. 214.
[150] MENDIETA: Historia Eclesiástica, libro 2, cap. 20, p. 112.
[151] ANONIMO: "TESTIMONIOS DE LA ANTIGUA PALABRA" (Huehuetlatolli), Edición patrocinada por HISPASAT, S. A., Edición bilingüe, introducción y notas por Miguel LEON PORTILLA y Librado SILVA GALEANA, Colección "historia 16" no. 56, Madrid 1990, "Palabras de exhortación con que la madre así habla, instruye a su hija"., p. 77.
[152] Ibid., ".. Amonestación de otros ancianos que allá, así intruían en Tepeyacac"., p. 195.
[153] ".. quingenta deorum templa sunt destructa, et plusquam vicesies mille figurae daemonum, quas adorabant, fractae et combustae.."  Carta al Capítulo General de Tolosa, junio de 1531. En "De insulis nuper inventis.. His accesserunt Epistulae duae de felicissimo apud Indos Evangelii incremento, quas superioribus hisce diebus quidam fratres Minores ab India in Hispániam trasmisserunt..."  Auctore R. P. F. Nicolao Herborn, regularis onservantiae, ordinis Minorum Generali Comissario Cismontano. Coloniae, 1552. fol. (Bibl. Amer. Vetust. # 168. Catálogo Carter Brown # 100.)  Apud GARCIA ICAZBALCETA Joaquín: "Biografía de D. Fr. Juan de Zumárraga, Primer Obispo y Arzobispo de México." M. Aguilar Editor. Madrid 1929, cap. 22, pp. 429-30.
[154] SAHAGUN Fr. Bernardino de: Historia General de las Cosas de la Nueva España, Editorial Porrúa, Colección "Sepan Cuantos.." no. 300, México, 1975, Lib. 11, Apéndice, no. 7, p. 705 .
[155] CHAVEZ... "Informaciones..", 1er. Testigo, 5a. pregunta, fol. 16v. p. 166.
[156] SAHAGUN: "Historia General...", Lib. 6, Prólogo, nos. 1-2, p. 297.
 
 
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