1
de septiembre de 2010
Cuando sople el viento que viene de lo
alto, el desierto se convertirá en un vergel y el vergel
en un bosque. En el desierto vivirá la justicia y en el
vergel el derecho. El fruto de la justicia será la paz y
el fruto del derecho la tranquilidad perpetua.
El origen y la fuente
de la transformación que se anuncia, está señalada en la
llegada del viento de lo alto. Aquí se inicia
el proceso que transforma los parajes inhóspitos y agresivos
como el desierto en espacios fecundos, y también a los ya
gratos y propicios como el vergel, los lleva a la plenitud.
Esta profecía de
Isaías indica el viento de lo alto como
la fuente para la transformación del desierto y la plenitud
del vergel y así disponer la morada de la justicia que genera
la paz y del derecho que establece la tranquilidad y la
serenidad.
La relación de estos
elementos recuerda la necesaria interdependencia de las
categorías del medio ambiente y de la convivencia social.
Toda comunidad humana nace, crece y se desarrolla en el
ámbito de la creación. Por eso necesita respetarla, cuidarla
y protegerla con gran responsabilidad. A esto le llamamos
hoy conciencia ecológica. Para conducir este cuidado por
el camino correcto es necesario que fluya y corra el viento
de lo alto. ¿En qué consiste este viento de lo alto
y cómo se le favorece?
La segunda lectura
proclamada en esta liturgia y tomada de la carta del Apóstol
Santiago presenta una adecuada interpretación. Dado que
la Creación ha sido obra divina, el apóstol indica la importancia
para la convivencia social de ser conducidos por la
sabiduría que viene de lo alto. Ya no es pues, simplemente
el viento sino la sabiduría de Dios. Y, ¿cuál es esta sabiduría?
El apóstol Santiago
la describe más que por una definición conceptual, por las
actitudes humanas que la hacen presente: por la pureza y
transparencia de corazón, la sinceridad, la comprensión
y misericordia, la imparcialidad y docilidad a la verdad,
por al amor a la paz.
También advierte
el apóstol Santiago que la envidia y la rivalidad, la presunción
y el engaño, no solamente amarga el corazón, genera el desorden
y toda clase de maldad, sino que impide ser conducidos por
la sabiduría de Dios.
México necesita recibir el
viento de lo alto, la sabiduría que procede
de Dios, dejarnos conducir por los grandes y hermosos
valores de la Justicia y el Derecho, para alcanzar la Paz
y Serenidad. Para ello es necesario respetar el orden que
ofrece la naturaleza, la base común que da la ética, la
sensibilidad para cuidar la preservación de las especies,
y en particular, proteger y salvaguardar la del ser humano.
El respeto a la interdependencia
entre la naturaleza y la humanidad, nos ayudará a descubrir
los criterios para conducirnos adecuadamente ante la indispensable
interdependencia global que vivimos y colaborar en los problemas
que a todos los pueblos nos afectan.
Al interior de nuestra
sociedad mexicana debemos avalar los auténticos valores
que conducen a la anhelada paz social, promover una educación
en y para la libertad responsable, que al hacer uso de la
elección, la mantenga en fidelidad, asuma su compromiso
y su vinculación, construyendo así un tejido social, fuerte
y dinámico, con identidad y rumbo, con horizonte amplio
que mire al futuro de los próximos siglos.
En el Evangelio de
hoy Jesús ofrece una clave fundamental para la conducción
positiva de la comunidad humana: Los reyes de los
paganos los dominan, y los que ejercen la autoridad se hacen
llamar bienhechores. Pero ustedes no hagan eso, sino todo
lo contrario: que el mayor entre ustedes actúe como si fuera
el menor, y el que gobierna, como si fuera un servidor. Porque,
¿quién vale más, el que está a la mesa o el que sirve? ¿Verdad
que es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de
ustedes como el que sirve.
Es muy valioso y
fecundo el testimonio de Cristo, quien teniendo todo el
derecho para estar a la mesa y ser servido, eligió estar
en medio de nosotros como quien sirve. Los discípulos
de Cristo, siguiendo a nuestro Maestro, estamos llamados
a ejercer la autoridad como servicio.
Es muy probable que
Don José María Morelos y Pavón, conocedor de los Evangelios,
se haya inspirado en esta recomendación de Jesucristo para
autonombrarse “Siervo de la Nación”.
Toda autoridad que
asume la conciencia de servidor encuentra la fortaleza y
firmeza para conducir, y al mismo tiempo, adquiere la sensibilidad
de escucha y comprensión para percibir la real situación
de los ciudadanos.
La conciencia de
servidor en quien ejerce la autoridad propicia la corresponsabilidad
de otros sectores, la participación franca y abierta para
la solidaridad y ayuda ante las adversidades, y la cooperación
para lograr eficacia y eficiencia en los servicios. Una
experiencia de esta índole genera en el pueblo: entusiasmo,
participación, responsabilidad, confianza y esperanza.
Esto es lo que pedimos
suceda en nuestra Patria, es nuestra súplica confiada al
Padre de la Creación, dador de todos los bienes. Le pedimos
por medio de Jesucristo, el Señor de la Historia, el regalo
del Espíritu Santo para que inflame el corazón de todos
sus fieles, y seamos los católicos y todos los hombres de
buena voluntad, amantes de la justicia y de la paz, constructores
de la humanidad fraterna y solidaria que facilite la vida
digna para todos los mexicanos.
Nos hemos congregado
los Obispos de México a los pies de Nuestra Señora la Virgen
de Guadalupe y nos alegra la presencia de Ustedes: Presbíteros,
Consagrados y Fieles en general, para celebrar esta Eucaristía
y unirnos desde la fe a las celebraciones patrias del Bicentenario.
Con los elementos
que ofrece la Palabra de Dios intentemos profundizar el
acontecimiento que nos ha convocado: el Bicentenario de
la Independencia de México y el Centenario de la Revolución
Mexicana. Sin duda, hechos sangrientos que infligieron una
dura prueba a nuestros antepasados, pero que afrontaron,
buscando libertad, justicia e igualdad.
La reflexión más
amplia y la lectura para recordar e interpretar la presencia
y participación de la Iglesia en esos históricos acontecimientos
la hemos ofrecido en la Carta Pastoral que hemos hecha pública
el lunes pasado, y que esta misma mañana hemos entregado
a los agentes de pastoral.
A doscientos años
de la Independencia y cien de la Revolución es conveniente
advertir la situación actual, percibir las nuevas necesidades
y potencialidades de nuestro pueblo, percatarnos de los
nuevos contextos culturales y ubicarnos adecuadamente para
lograr una vida digna para todos los mexicanos.
Que Santa María de
Guadalupe, Patrona de nuestra libertad, como la llamó Don
José María Morelos, continúe siendo el vínculo de unidad
y el ícono de la mexicanidad.
Santa María de Guadalupe,
Reina de México: Salva nuestra Patria y conserva nuestra
fe.
+ Carlos
Aguiar Retes
Arzobispo de Tlalnepantla
Presidente de la
CEM