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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario en la celebración del Domingo XXV del Tiempo Ordinario

19 de septiembre del 2004

XIX Aniversario Luctuoso de las Victimas del Sismo de 1985 en la Ciudad de México

A DIOS CON EL DINERO

   Demos gracias, hermanos, a Dios nuestro Padre, porque nos ha bendecido con la riqueza de la fe por medio de su Hijo amado, Jesucristo. Por Él hemos conocido al verdadero Dios como un Padre rico en misericordia y siempre dispuesto a concedernos todos sus favores.

   Hermanos, hay en la tradición bíblica, especialmente en el Antiguo Testamento, una actitud en cierto modo ambivalente frente a la riqueza. Por un lado, se reconoce abiertamente como una bendición. Más aún se toma como un signo de que Dios está a favor del hombre justo, pues es el premio a su rectitud frente a Dios. La pobreza, en cambio, muchas veces se le consideró como un castigo. En una actitud acrítica, en tiempos de Jesús, esto era tomado, prácticamente como una doctrina por la clase representada por los fariseos y los maestros de la ley.

   Pero por otro lado, mis hermanos, en la misma tradición judía, anterior a Cristo, hay voces de alerta sobre el peligro de las riquezas, como una trampa en la que muchos quedan por cambiar a Dios por el servicio al dinero.  En palabras simples, hermanos,  según la enseñanza bíblica, la riqueza implica el riesgo de la idolatría y de la corrupción, como base de otros pecados. Entre estas voces  de la Escritura encontramos la de los profetas, como la de Amós, profeta del siglo VIII antes de Cristo.

   Este profeta es conocido por los estudiosos de la Escritura como el profeta de la justicia social. Era Amós, un campesino acaudalado, probablemente algo así como lo que ahora podríamos llamar como ganadero y agricultor. Esto es digno de tomarse en cuenta porque no podremos decir que habla así por despecho o envidia y su crítica a quienes se aprovechan de los pobres mediante la usura, la mentira, el abuso de poder y el desprecio, es tan válida cuanto es conocedor de el nivel social y económico en el que se dan esta clase atropellos.

   Las palabras de Jesús tienen el mismo tono, aunque más que denunciar los excesos de los ricos advierte contra la posibilidad de cambiar a Dios por el dinero al cual estamos todos muy propensos a someter todos los intereses, proyectos y afectos, hasta la vida misma.

   Hermanos, Lucas es también identificado por los comentaristas con una característica: ser evangelista de los pobres, lo cual confirma el texto que hoy escuchamos y estamos comentando para nuestro provecho espiritual. Jesús se refiere a la riqueza deshonesta. Vemos en el evangelio de hoy, mis hermanos, a Jesús inscribirse en la actitud de la tradición bíblica, más allá de la profética. En efecto Jesús ataca directamente las injusticias mostrando cuán radical es la distancia que debe haber entre sus discípulos y las riquezas. Los tesoros materiales son totalmente opuestos a Dios, exactamente como un ídolo que es enemigo natural de Dios.

   Pero Jesús mismo ve al dinero, como lo indica en otra ocasión, incluso el mal habido como lo indica hoy, como un medio de salvación: Vendan lo que tienen y den limosna; háganse un tesoro inagotable en el cielo, donde los ladrones no llegan y la polilla no se acaba (Lc 12,33).

   Mis hermanos, la Sagrada Escritura no se puede leer más que en su totalidad. Y el señor Jesús es su mejor intérprete. Por eso, en este tema tan delicado, es muy conveniente que entendamos cuál es la enseñanza y la postura que Jesús, que se hizo pobre por nosotros, adopta ante las riquezas.

   Jesús, pues, parece decirnos que la riqueza, en sí no es ni buena ni mala. Es más bien ambivalente, según nos apeguemos a ella al grado de someter a ella hasta el sentido de nuestra existencia; o bien nos valgamos de ella, especialmente la adquirida honradamente, para ponernos al servicio de quienes menos tienen. No se trata de tirar el dinero como se dice que lo hizo Francisco de Asís, ni mucho menos almacenarlo y cuidarlo con tanto interés que nos hagamos insensibles a los que carecen de él, perdiendo así, la verdadera dimensión social y de solidaridad que Dios le ha dado.

   Con el dinero se pueden hacer muchas cosas en el este mundo y en el otro. Podemos decir, mis hermanos, como sucede con todo lo que hacemos, que lo que hagamos de bueno con él nos asegura el mundo futuro, es decir la salvación. El dinero en este mundo abre muchas puertas y muchas posibilidades. También la posibilidad de salvarse si se usa a la hora de ser misericordioso, fraternal y justo. Como dice alguien (André Seve) Si hay algún dinero que le interesa a Dios es el que se ha compartido con amor, el que se ha dado incluso locamente.

   Hoy, hace 19 años, fuimos víctimas de la fuerza de la naturaleza, un fuerte y devastador terremoto sacudió el corazón de México. Nuestra ciudad quedó profundamente dañada, y lo más triste, muchos perdieron la vida. Este episodio fue un hecho que sin lugar a dudas,  marcó nuestra historia y nuestra conciencia. De este oscuro acontecimiento nos hemos llenado de luz; pues a partir de él, también se sacudió nuestro corazón y nuestra conciencia, aprendimos a abrirnos a los demás, a ser solidarios y a apostar por los que menos tienen. Esto significa tener plena conciencia de que Dios nos ha hecho capaces de servir, de compartir y de darle un verdadero sentido solidario a nuestros bienes.

   No olvidemos que la mayor alegría y satisfacción que podemos tener es la de poder compartir lo que tenemos, incluso lo que otros generosamente nos dan, empezando por lo que Dios mismo nos da. Recordemos que todo bien viene, en última instancia de Dios.

   Encomendemos a nuestra Señora Santa María de Guadalupe esta misión de servir con nuestros bienes, aunque sean pocos, a quienes menos tienen. Y aprendamos de ella a compartir con todos el bien supremo de la salvación. Amén.

 

 
 
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