Homilía
pronunciada por Mons.
Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe y Rector del Santuario, en el Segundo
Domingo de Cuaresma.
Domingo 7 de marzo del 2004
CUARESMA, ÉXODO Y ALIANZA PASCUAL
Hermanos:
demos gracias a Dios nuestro Padre que, en su Hijo ha hecho con nosotros
una alianza de amor, alianza que celebramos año tras año
en los misterios de la muerte y resurrección de Jesucristo.
A través de esta celebración Él nos inserta en
el misterio de la vida eterna.
Hermanos,
éste domingo contrasta con el domingo anterior y a la vez continúa
el tema del misterio de la identidad de Cristo. La meditación
sobre las tentaciones de Jesús, nos hacía ver a Jesús
en su aspecto humano, mientras que hoy estamos invitados a descubrir
y a creer en su condición de Hijo de Dios tal como nos lo pide
su mismo Padre, nuestro Padre y Dios.
La liturgia
de este domingo, como siempre, nos ayuda a la comprensión del
mensaje que nos propone introduciendo el tema central de reflexión
con la lectura del Antiguo Testamento. Recordemos, una vez más,
que la primera lectura siempre arroja una luz especial sobre la lectura
del evangelio para señalarnos la línea de interpretación
y de aplicación a la vida de todos los que escuchamos con devoción
y gratitud su palabra en la escuela dominical de la Eucaristía.
Así
pues, hermanos, tenemos en esta primera lectura del Antiguo Testamento,
un trozo de la historia de Abraham, padre de los creyentes. Dios pide
al patriarca una total e incondicional adhesión a la propuesta
que le hace mediante una promesa. Abraham debe renunciar a toda certeza
y seguridad y fiarse completamente de la oferta de Dios, y Dios, por
su parte se compromete con él a través de un pacto,
una alianza que se simboliza en la flama que pasa entre las víctimas
partidas. Dios se liga, pues, al hombre por la fe que ha mostrado
como respuesta a la promesa y, a partir de entonces, se muestra fiel
a lo largo de la historia que comparte con la humanidad por medio
de su pueblo. Por esta alianza Abraham se convierte en dueño
de la tierra que Dios le promete. El pueblo olvidará muy frecuentemente
esta alianza, pero Dios se mantendrá siempre fiel a ella.
Dios
hizo salir al patriarca de su tierra y, con la alianza, lo hizo dueño
de otra que le dio a cambio de su fe y de entrega incondicional. Es
el mismo Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob quien eligió
y envió a Moisés para hacer salir a su pueblo de la
esclavitud de Egipto y establecer con él una alianza en el
monte Sinaí en la perspectiva de un nuevo ingreso en la tierra
de los padres. Queda claro, entonces, mis hermanos, que toda alianza
supone una salida, es decir un éxodo, y una entrada. Un éxodo
de Egipto y un ingreso a la tierra prometida, o, según la enseñanza
de los profetas, un éxodo del pecado, de la injusticia, de
la mentira y el abuso fraternal, así como de todo formalismo
religioso, puramente externo, al ingreso al reino de la verdad, el
amor y la paz en la fidelidad al amor del Padre.
Hermanos,
en cada Eucaristía que celebramos, especialmente la dominical,
resuena el tema de la alianza. La única y definitiva alianza
de Dios con el hombre es la realizada través del sacrificio
único e irrepetible de su Hijo Jesucristo como máxima
expresión de la historia de salvación iniciada con el
pueblo de Israel. Es Dios quien ha tomado la iniciativa en esta alianza
para la cual se eligió a Abraham como representante provisional
de la humanidad; pero es a través de Jesucristo, su único
Hijo, verdadero Dios y verdadero hombre, como se hace plenamente aliado
del hombre.
Queridos
hermanos, Moisés y Elías, grandes figuras del Antiguo
Testamento como representantes de la Ley y de la gran tradición
profética, aparecen, en el evangelio de hoy dialogando con
Jesús acerca de la salida (éxodo) de Jesús, es
decir de su muerte que tendrá lugar en Jerusalén. En
otras palabras, según san Lucas, hablan de la alianza definitiva
que Dios sellará con la sangre de su Hijo.
Los cristianos,
mis queridos hermanos, hemos entrado en la alianza con Dios mediante
el bautismo y, a través de la Eucaristía, mediante el
anuncio y la meditación del Evangelio, y la participación
del “pan único y partido”, vamos refrendando en
la fidelidad esa alianza que, como don excelente de Dios, ratificamos
todos con nuestra profesión de fe y con los compromisos que
asumimos como individuos y como pueblo. Así nos lo enseña
san Pablo con la autoridad que le da el estar encadenado por su fidelidad
al evangelio. Y como él mismo nos dice, si nos mantenemos fieles
a Cristo, Él transfigurará nuestro “cuerpo miserable
en un cuerpo glorioso, semejante al suyo”.
Nuevamente,
mis hermanos, y a partir de las lecturas de hoy, quiero insistir en
dos elementos propios de cuaresma: la oración y la escucha
de la Palabra. Lo que san Pablo nos propone
en la segunda lectura sólo es posible con oración. El
evangelista nos hace saber que Jesús, precisamente antes de
partir hacia Jerusalén (9,51) había enseñado
que estaba plenamente decidido a asumir la suerte que le esperaba
ahí, es decir su éxodo (o su paso = pascua) de este
mundo a su Padre, a través de su pasión, muerte y resurrección
(9,22). Y al introducirnos en el episodio que acabamos de escuchar,
el evangelista señala que Jesús estaba en oración
cuando se dio ese hecho. Nosotros, hermanos, que estamos en camino
hacia el Padre, no podemos hacer otra cosa que mantenernos en la contemplación
y en la oración para asumir también con alegría
y libertad nuestro destino.
La
meditación-contemplación, a partir de la Palabra, es
inseparable de la oración y ambas han de ser en todos los cristianos,
dos actitudes permanentes que nos permitan salir de la esclavitud
del pecado hacia la tierra prometida de la libertad de los hijos de
Dios. Pidamos al Padre que por la intercesión de la Madre de
su Hijo; Santa María de Guadalupe, nos libre de la tentación
de Pedro: la de quedarnos en el bienestar; y que, más bien,
nos conceda el ser valientes para arriesgarlo todo y estar disponibles,
como Abraham, para correr la aventura de la fe en su Palabra.
Amén.