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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XVII Domingo Ordinario.

Domingo 24 de julio de 2005

LA SABIDURÍA DEL REINO

Demos gracias, mis hermanos, a Dios nuestro Padre, por habernos llamado a formar parte de su Reino, y porque en la Iglesia nos ha puesto para que vayamos y seamos testimonio vivo no sólo en las celebraciones de la fe, sino también en la vida de cada día y en sus momentos más sencillos.

No se puede, mis queridos hermanos, ser verdaderamente cristianos si no es a partir de la sabiduría que nos lleva a elegir el Reino por encima de cualquier otro interés. Toda sabiduría viene de Dios, es la convicción de la Sagrada Escritura, pero especialmente la que nos lleva a apreciar en toda su dimensión los valores más altos, los que están por encima de todos, es decir, los que corresponden a los intereses de Dios y de sus proyectos.

Sin embargo, poco sabemos de este asunto en la vida ordinaria de la Iglesia. Quiero decir, mis hermanos, que es muy escasa  la referencia que los cristianos, en general, hacen a este misterio divino. Y sin embargo, no podemos ignorar que es tema central en la revelación bíblica y en la teología. Más aún, ocupa un lugar de primer orden en toda la predicación de Juan el Bautista, de Cristo y de la Iglesia.

Por eso, mis hermanos, es hoy una gran oportunidad para reflexionar en este misterio que se ha hecho presente en la persona de Cristo y se nos anuncia como algo futuro a lo cual tendemos como al sentido propio de nuestra fe.

Veamos, como siempre, la primera lectura que nos introduce muy sabiamente en el mensaje de este domingo que después Jesús mismo nos explica y nos invita a reflexionar.

El libro primero de los Reyes, nos presenta a Salomón, el sabio por antonomasia, en actitud de oración pidiendo con humildad a Dios fidelidad, justicia y rectitud de corazón para gobernar su pueblo, el que Dios ha puesto bajo su cuidado. Según el autor sagrado, a Dios le agradó tanto su oración que le concedió precisamente lo que necesitaba para ser fiel, justo y recto de corazón, es decir, le concedió sabiduría e inteligencia para todas sus acciones.

Sabemos, hermanos, que el rey Salomón pasó a la historia por su asombrosa sabiduría al grado de que se le considera padre de todo un conjunto literario de la Escritura conocido como género sapiencial dentro del cual está incluido este método adoptado por Jesús de enseñar mediante parábolas.

El evangelio que hoy escuchamos continúa exponiendo, ya por tercera ocasión, la doctrina de Jesús acerca del misterio del reino mediante las últimas tres parábolas de la siete que contiene el capítulo trece de san Mateo. La dos primeras parábolas nos instruyen sobre el misterio del Reino como algo por lo que opta el hombre mediante el discernimiento. La parábola de la pesca, mis hermanos, nos presenta, bajo otra imagen, el mismo mensaje del final de la parábola de la cizaña y el trigo al poner el acento en la separación de los buenos y los malos al fin del mundo.

Intentando hacer un resumen de los tres domingos en los que san Mateo nos ha transmitido las enseñanzas de Jesús acerca del Reino, podemos dejar en claro, hermanos míos, que en la etapa temporal de este Reino ya es posible hablar de magníficos resultados de la siembra de la Palabra, a pesar de la resistencia o la desidia de muchos para aceptarla. Esto se debe a que la Palabra es eficaz por sí misma gracias a la fuerza que posee. Pero no debemos olvidar que la respuesta a ella es muy lenta y que a la paciencia que Dios nos tiene debe corresponder nuestra tolerancia y nuestra solidaridad fraterna ante quienes todavía se resisten de alguna forma.

Frente al misterio del Reino que ha llegado con Jesús, hoy se nos dice que siempre tenemos la oportunidad de decidir en el riesgo de la libertad. Ésta es una aventura y exige valentía y coraje para vivirla a fondo. La libertad no es libertinaje irresponsable. Por eso para ejercerla en toda su dimensión necesitamos de una buena dosis de sabiduría.

La sabiduría nos conduce por los caminos del análisis y del discernimiento. Esto es búsqueda. Es anhelo de verdad. Vamos en pos de una verdad que explique y de sentido a nuestra vida. Si tenemos ideas claras, esperamos encontrar respuestas claras. Para optar por el Reino se necesita de reflexión y de análisis serio y responsable. Esta capacidad de opción atinada y oportuna se da gracias a la sabiduría.

El día de nuestro bautismo fuimos dotados de gracia, sabiduría e inteligencia divinas. Y todavía más, mediante el sacramento de la Confirmación, se nos concedieron en abundancia los siete dones del Espíritu, entre ellos el de la sabiduría. Esta virtud consiste en una capacidad de discernir y elegir lo más conveniente para nuestra salvación y para la gloria de Dios.

Elegir el Reino de Dios consiste en optar por que Dios sea efectivamente el único soberano de nuestra vida y de todo aquello con lo que nos movemos en ella: personas, bienes materiales, intereses, proyectos… Es encontrar en el Reino el sentido pleno de nuestra existencia. Y esto, todo esto, hermanos, ya es posible ahora, aunque se dará plenamente en el futuro.

Nos movemos ya en el Reino cuando somos fieles a Cristo en la observancia de su mandamiento de amor fraterno, de respeto a la vida en todas sus etapas y manifestaciones, en la lucha por la justicia y la verdad… Ciertamente el Reino de Dios no es de este mundo, pero se construye ya desde este mundo. ¡Eso es parte de su misterio! Un misterio que sólo con la sabiduría de su Espíritu descubrimos y valoramos para apreciarlo por encima de cualquier otro valor humano y temporal.

En la Eucaristía dominical, mis hermanos, alimentamos esta sabiduría y crece en nosotros por la Palabra que escuchamos y acogemos agradecida y alegremente, por el testimonio de los que nos congregamos para la oración, y por la oración misma solidaria con el mundo. Este sacramento es, en su celebración, una oportunidad privilegiada de acogida del Reino. ¡Hagamos de nuestra participación en ella, algo muy vivo, alegre y optimista!

En ella está siempre, acompañándonos, nuestra Señora y Madre, la siempre Virgen Santa María de Guadalupe, modelo y guía en la opción por el Reino de Dios, que ella que es trono de la Sabiduría, interceda por nosotros. Amén.

 
 
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