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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el IV Domingo de Pascua

17 de abril del 2005

CRISTO, BUEN PASTOR Y PUERTA ÚNICA

Bendito y alabado sea el Padre de nuestro Señor Jesucristo, Pastor y dueño nuestro que nos ha apacentado con su cuerpo y su sangre dándonos una vida imperecedera y cuya voz sólo reconocemos las ovejas de su rebaño por la acción de su Espíritu. Amén.

Hermanos, todos nosotros éramos ovejas descarriadas que, por misericordia, fuimos rescatadas por el Hijo amado del Padre al precio de su vida y de su sangre.

La imagen del pastor que guía a sus ovejas era ya familiar a Israel, pueblo nómada. Esta imagen, queridos hermanos, alimentó, en los tiempos del antiguo pueblo de Dios, la meditación religiosa de su relación con Dios; de manera que sus jefes debían ser siervos del único pastor, el Señor Dios de Israel. Sin embargo, muy frecuentemente éstos, que debían ser imagen suya, traicionaron y arruinaron la grey por seguir sus intereses cerrados y egoísta.

Este domingo, queridos hermanos, la idea central de los textos bíblicos es que Jesús, el Señor Resucitado, es nuestro Buen Pastor y nuestra Puerta de acceso a Dios. Jesús como el pastor, el único, que se conforma al corazón de Dios, el anunciado por los profetas, pues conoce íntimamente al Padre y lo da a conocer a los suyos.

Acerquémonos, como siempre, a los textos que este domingo nos ofrece la Liturgia a fin de que podamos obtener el mayor provecho espiritual de la Palabra en las circunstancias tan especiales que vivimos este domingo, el último del novenario de la sepultura de nuestro querido “hermano y amigo del alma”, Juan Pablo II y el próximo a recibir de Dios un pastor para su Iglesia como Vicario de Cristo.

En este tiempo pascual, como habremos observado, en lugar de la primera lectura, tomada ordinariamente del Antiguo Testamento, hemos venido escuchando el libro de los Hechos de los Apóstoles, que nos dan relación de las primeras experiencias que sucedieron al hecho fundador, el misterio pascual. Así tenemos que, en el pasaje que hoy escuchamos, después de haber descrito cómo se inserta el acontecimiento de Cristo en el plan salvífico de Dios, san Pedro resume contundentemente su anuncio diciendo: Sepa todo Israel con absoluta certeza, que Dios ha constituido Señor y Mesías al mismo Jesús, a quien ustedes han crucificado.

Con esta frase, el apóstol logra el objetivo de su predicación: la conversión y el perdón de los pecados que se sella con el bautismo como señal de pertenencia al nuevo pueblo constituido por judíos y paganos.

En la segunda lectura, el mismo apóstol Pedro en su primera carta, nos presenta a Cristo no sólo como un ejemplo a seguir como consecuencia de haber aceptado a Cristo, sino más bien como aquél que con su entrega nos salvó para una vida en la justicia y es, por eso, nuestro guía único.

Todo esto, mis hermanos, nos ayuda a entender el mensaje que nos da san Juan en su evangelio al presentarnos la imagen del Buen Pastor y Puerta única por la que entran las ovejas. También conviene aquí conocer el contexto en que se nos transmiten las palabras de Jesús. Se trata del ambiente de permanente polémica entre Jesús y los judíos quienes lo asedian y lo acosan en ese momento para exigirle que les diga, de una vez por todas quién es, planteando, así una vez más el problema de la identidad de Jesús.

Estos que interpelan a Jesús son esos que san Juan llama simplemente judíos y que se enfrentan constantemente a Jesús hasta el grado de querer matarlo. Estos enemigos de Jesús son también de sus discípulos y de quienes lo escucha y simpatizan con Él. Por eso los persiguen y los expulsan de la sinagoga.

En este contexto, mis hermanos, se situa la afirmación que Jesús hace de si mismo como Buen Pastor y Puerta de las ovejas. Precisamente frente a esos falsos pastores, ya denunciados por los profetas en la antigüedad y, en ese momento, enemigos acérrimos de Jesús, es como el Señor se declara como verdadero pastor y mediador único entre Dios y los hombres. Frente a los pastores espurios que engañan, abusan, pervierten y roban, está él que cuida, conoce, defiende, alimenta y hasta da la vida por las ovejas.

Es obvio, mis hermanos, que Jesús se refería no sólo a los malos pastores de su tiempo y a aquellos que los profetas señalaron y de los cuales alertaron al pueblo. Jesús se refiere a quienes hoy pueden presentarse como pastores que, con ofertas de libertad, de conocimientos y éxitos nunca antes vividos, nos aseguran la felicidad perfecta en este mundo. Esos falsos pastores no nos hablan de sacrificio, de abnegación, de entrega y servicio, ni de una mirada a lo trascendente, pues eso está ya, según ellos superado; es obsoleto.

Pero esos pseudopastores, mis hermanos, sólo se pastorean a sí mismos. Son protagonistas, egocéntricos, y exhibicionistas, buscan sólo su provecho y su ganancia, hablan muy bonito y no señalan las exigencias de un compromiso en la fe, pues eso los haría antipáticos y les restaría ganancias. Predican una religión intimista y centrada en el individuo. No conocen la dimensión social de la fe. Sólo Dios y yo, los demás no me interesan: yo me santifico, me salvo…

Hoy, mis hermanos, que estamos muy cerca de recibir en la Iglesia al pastor que por medio de los cardenales en el cónclave habrá de darnos el Espíritu Santo, pidamos que el próximo Vicario de Cristo, que ha de pastorear la Iglesia en su nombre, se conforme a la imagen del Señor que conoce sus ovejas, que  vino a servir y no a ser servido, y a dar la vida por sus ovejas.

Pidamos también que nosotros, el pueblo de Dios, sepamos reconocer a Jesucristo en su voz, en sus acciones y sobre todo en su testimonio. Pidámoslo con fe y con el optimismo que da la esperanza y la certeza del amor del Padre para sus hijos que formamos esta comunidad creyente, que es la Iglesia. Confiemos, especialmente a la intercesión de la Señora del cielo; Santa María de Guadalupe, nuestra plegaria al Padre y Señor de la historia. Amén. 

 

 
 
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