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Versión Estenográfica
Homilía

pronunciada por S.E. Guiseppe Bertello, Nuncio Apostólico en México en México, el segundo domingo de Pascua, Domingo de la Misericordia, y en memoria de S.S. Juan Pablo II.

Domingo 3 de abril de 2005


Hermanos y hermanas, en los pasados días, nos hemos unido a toda la Iglesia y podría decir a todo el mundo para acompañar al Papa Juan Pablo II con nuestro afecto, con nuestra oración, en sus últimos días y en sus últimos momentos. México ha dado una prueba más de lo que significa para todo el país el Papa Juan Pablo II.

Y esta mañana nos encontramos aquí en este día con el cual cerramos solemnemente la celebración del misterio pascual, el Domingo In Albis, y al mismo tiempo celebramos al Dios de la Misericordia, esta fiesta que el Papa mismo quiso instituir en este segundo Domingo de Pascua, en el cual la Iglesia nos invita a manifestar nuestra fe en Jesús Resucitado, es lo que nos dice hoy el evangelio San Juan hoy. Todos tenemos algo de santo Tomás, todos quisiéramos ver a Jesús en su persona, el Señor nos dice que somos bienaventurados si somos capaces de mirarlo a través de nuestra fe. Y es con esta fe que esta mañana estamos aquí, a los pies de la Virgen María, ante todo para agradecer al Señor; agradecerle que nos haya dado a Juan Pablo II como pastor y como pontífice. San Agustín, al momento de la muerte de su mamá, hacía este acto de abandono: “Señor yo no te pregunto por qué me la has quitado, te agradezco porque me la has dado”. Yo creo que este es el sentimiento de todos nosotros, porque la enseñanza y el testimonio del Papa Juan Pablo II quedarán seguramente en la historia de la Iglesia y los mensajes que ha dado al pueblo mexicano durante sus cinco visitas serán siempre un punto de referencia para nuestra evangelización.

Pero estamos aquí, también, como dicen los obispos mexicanos en el comunicado que han publicado ayer, para proclamar con gozo su paso feliz a los brazos de Dios. Esto es la muerte, para el creyente (y creo que el Papa nos ha dado una gran lección en estos días) es este abandono al Señor que nos llama a su luz y a su eternidad. Y creo que la primera lectura puede ayudarnos a conocer mejor lo que ha sido el Papa durante su pontificado de casi 27 años para la comunidad católica pero también para todas las religiones y todo el mundo.

Los Hechos de los Apóstoles nos dicen que los primeros cristianos acudían a escuchar las enseñanzas de los Apóstoles, si pensamos en las muchedumbres que se han acercado al Papa, en Roma y durante sus viajes, podemos imaginar estos primeros discípulos que se ponían a la escucha de los que habían visto al Señor y al mismo tiempo tenían un gran entusiasmo por vivir lo que ellos decían. Esto es lo que hemos visto en la televisión: muchedumbres, no sólo un puñado de personas, que querían escuchar al sucesor de los Apóstoles y al Vicario de Jesús mismo, que es el Papa. Y él, Juan Pablo II, ha sido para nosotros el maestro de la fe; él ha puesto, siempre, al centro de su mensaje y de su enseñanza a Jesús, solo así podemos comprender la enseñanza de Juan Pablo II en todos los puntos, sobre todos los temas; él parte siempre de la idea de que solo Jesús puede responder las grandes interrogantes del hombre, puede resolver los problemas y afrontar los desafíos de la sociedad moderna.

Los obispos mexicanos dicen, también, en este mensaje que han enviado a toda la comunidad, que el papa fue un punto de referencia de la conciencia moral del mundo contemporáneo, y esto es evidente, porque todo lo que él ha enseñado sobre el hombre, sobre su dignidad, sus derechos, su libertad, tiene su punto de partida en Jesús; desde los primeros momentos de su pontificado, desde su primer gran documento, la encíclica sobre Jesús Redención del Mundo, hasta las últimas enseñanzas que nos ha dado sobre la Eucaristía.

Luego los Hechos de los Apóstoles nos dice que los primeros discípulos vivían en comunión fraterna, y creo esto es la dimensión operativa de esta centralidad de Jesús del magisterio del Papa Juan Pablo II, él no se ha cansado de recordarnos que la Iglesia es la familia de los hijos de Dios. Que la caridad es una constante, componente fundamental de nuestra fe, que la comunión de la Iglesia católica, ante todo, la búsqueda de la unidad con las demás Iglesias y después su diálogo con el mundo a través del diálogo interreligioso están allí para recordarnos que nuestra fe es lo que nos une a los católicos y lo que nos da la fuerza para presentarnos a los demás.

No debemos olvidar nunca lo que proclamamos en el Credo: creo en la Iglesia que es una, que es santa y que es católica. Y este sentido fuerte de la unidad de la comunidad cristiana el Papa nos lo ha dejado casi en herencia en el documento que nos ha dejado para la conclusión del año Jubilar del 2000, cuando nos ha invitado a hacer de la Iglesia una escuela de comunión además de una casa de la comunión.

Y hay un tercer elemento que me viene de la lectura de los Hechos de los Apóstoles: los primeros discípulos cristianos se reunían con los apóstoles para orar en común y celebrar la Fracción del Pan. Si hay un Papa eucarístico yo creo que es el Papa Juan Pablo II. Lo hemos visto muchas veces arrodillado ante el Santísimo en su capilla o en los momentos de oración que hacía cuando entraba a una Iglesia; él nos ha dejado a los mexicanos, también, el gran regalo del Congreso Eucarístico. El año pasado México ha sido el centro, el corazón de la Iglesia durante una semana. La Iglesia se ha encontrado en Guadalajara para adorar a Jesús, para proclamar que Jesús está verdaderamente presente con su Cuerpo y con su Sangre en el sacramento eucarístico y ha querido que todo este año sea un año en el cual la Iglesia adora y profundiza más el misterio de la Eucaristía. Ustedes conocen ese pequeño documento con el cual ha lanzado este año el Papa, lleva por nombre la invocación de los dos discípulos de Emaus, que cuando descubrieron a Jesús le dicen: “Señor, quédate con nosotros”. Él nos ha dado estas pocas páginas, pero tan densas y tan ricas en contenido. Porque, recuerdo una vez más a todos nosotros, que si no ponemos la Eucaristía en el centro de nuestra vida cristiana, ante todo, y después de nuestras comunidades, nuestro cristianismo no está centrado, no tiene la orientación verdadera que debe tener.

Y nos ha dicho también, y es el cuarto elemento que encontramos en la lectura de estas líneas de los Hechos de los Apóstoles, el Papa nos dice también que los primeros discípulos se querían tanto que ponían sus cosas en común, y el Papa Juan Pablo II concluye este documento recordándonos esto: el cristianismo no es solo algo que se práctica, es algo que se vive. Y el sacramento de la Eucaristía que es el centro y el alimento de todos nosotros, debe ser también lo que nos hace comprender la necesidad de la solidaridad. El cristianismo significa una caridad que es operosa, cierto, pero una caridad que no es solo sentimiento, es una caridad que debe llevarnos a comprender las necesidades de los demás para compartir con todos lo que ellos, muchas veces necesitan. Y hay una frase que el Papa nos dijo cuando vino a Chalco en 1990, sobre este punto, él dijo: “invito pues a los cristianos y a todos hombres de buena voluntad a despertar la conciencia social y solidaria. No podemos vivir y dormir tranquilos mientras miles de hermanos nuestros, muy cerca de nosotros carecen de lo más indispensable para llevar una vida humana y digna.

Creo que es un recuerdo que debemos mantener, hoy que él nos ha deja humanamente, pero quisiera concluir estas pequeñas reflexiones recordando lo que dijo aquí, en la Basílica antes de salir para el aeropuerto al final de su última visita, él dijo: “Para ella, la Virgen de Guadalupe, mi última mirada, mi último saludo, antes de dejar esta bendita tierra mexicana.”

Ahora que estamos aquí, a los pies de la Virgen María, de Nuestra Señora de Guadalupe, pediría en su nombre que Ella lo acompañe a la luz eterna de Jesús resucitado.

 
 
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