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Versión estenográfica
Homilía
pronunciada por el Excmo. Sr. Juan Guillermo López Soto, Obispo de la Diócesis de Cuauhtemoc Maderas, Chihuahua; en ocasión de la peregrinación de su diócesis a la Basílica de Guadalupe.

28 de enero de 2005

           Muy queridos hermanos y hermanas, hoy como pueblo de Dios que peregrina en la Diócesis de Cuauhtémoc Maderas, Chihuahua, cumplimos lo que se nos dice en la primera parte de la liturgia: venimos a buscar y a estar con quien sabemos que nos ama, con la verdadera Madre del Dios por quien se vive, en palabras de la Santísima Virgen de Guadalupe a Juan Diego. Estamos con ella para buscar a quien es la fuente y la vida que es a Jesucristo.
           
            Cuánto nos ha enseñado últimamente el Papa Juan Pablo II que la verdadera devoción a la Virgen es un camino seguro para llegar a Jesús, y que realmente en Jesús, en ese encuentro con el Dios vivo, es cuando el ser humano empieza a cambiar de vida. Cuando nos encontramos con Cristo vivo se inicia ese proceso de conversión en el hombre, de tal forma que vamos dando pasos hacia la comunión, hacia la solidaridad, y caemos en la cuenta de que tenemos que dar a conocer al mundo la Buena Noticia de Jesucristo como único Salvador, como camino que nos conduce a la casa eterna de nuestro Padre Dios. El mismo se autodefinió como el Camino, la Verdad y la Vida.

           Nosotros, queridos hermanos y hermanas, como Diócesis estamos dando pasos quizá pequeños. Le damos gracias a Dios porque finalmente con la colaboración de todos hemos hecho, hemos escrito, la Primera Carta Pastoral donde de veras decimos desde lo más hondo de cada uno que queremos ser discípulos de Jesús, queremos ser sus seguidores, queremos reconocerlo no sólo en su Palabra o en los sacramento, especialmente en la Eucaristía, sino queremos reconocerlo también en nuestros hermanos, encontrarnos con Cristo vivo en los hermanos, especialmente los más pobres y los necesitados. Ahí está Cristo vivo, ahí tenemos que atenderlo, ahí tenemos que servirlo.
           
            Todo esto en el Plan de Dios, nos dice hoy la liturgia, cómo llegada la plenitud de los tiempos el Padre Dios envía a su hijo nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatarnos, para que de veras descubramos que todos los seres humanos tenemos una dignidad, que somos hijos de Dios y que somos herederos.

            Cuánto tenemos que caminar aquí mismo en nuestra Patria para buscar esos lazos de unidad. Nosotros como obispos en el 2000 decíamos cómo de veras queremos que nuestra patria sea una comunidad de hermanos, fraterna. Que de veras busquemos la solidaridad, la justicia, que seamos constructores de la paz. Y eso lo vamos logrando en la medida que vamos encontrándonos con el Dios vivo, en la medida que nos dejamos transformar por El, en la medida que somos una nueva criatura.

            Hace apenas unos días nos decía el Papa en el mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, ojalá que un día caigan las fronteras, que seamos ciudadanos del mundo, que nos empeñemos por hacer el bien evitando el mal y cada ser humano nos sintamos sujetos e ir construyendo una nueva civilización, la civilización del amor. Por eso confiadamente ponemos en manos de María de Guadalupe esos anhelos, eso que está en el corazón de todos los eres humanos, porque somos hijos de Dios, herederos de la Gloria.

            Queremos buscar el progreso, le hemos dicho al Padre Dios, el progreso de nuestra Patria por caminos de justicia y de paz pero siempre el proceso es primeramente personal, primeramente nos encontramos con Dios y luego vamos a trabajar, vamos a esforzarnos, vamos a luchar para transformar las estructuras de la sociedad para que sean estructuras de convivencia, de solidaridad y de fraternidad.

            María de Guadalupe, nuestra Madre quien ha unido ese mosaico de culturas en nuestra Patria, nos da unidad. Unos amigos aquí presentes me preguntaban sobre la nuestra peregrinación y yo les decía como todas las diócesis tenemos un día en el año para venir a venerar a nuestra Madre y darle ese sentido de unidad a la nación. Somos una nación y María de Guadalupe está en las raíces de nuestra Patria. Ella ha hecho posible que el Evangelio arraigue en estas tierras. Ella nos sigue mostrando ese rostro materno de Dios, nos sigue mostrando su dulzura, su atención, su interés por los pequeños, por los que quizá no se sienten importantes en la sociedad.
           
            Por eso también hoy veneramos a San Juan Diego que es un ejemplo de cómo Dios quiere que todos seamos sujetos en la vida. Que nadie, ningún ser humano sea tratado como objeto. Juan Diego le decía la Virgen que él era escalerilla para que otros subieran y Santa María de Guadalupe lo elige como embajador, como mensajero para quedarse en estas tierras.

            Cuánto traemos cada uno de nosotros en este día de cariño a nuestra Madre, cuántos encargos de hermanos, de gente que no puede venir: “Ahí te encargo una oración a los pies de María de Guadalupe”. Y nosotros de nuevo ponemos ante ella a todos los habitantes de nuestra diócesis para que con su intercesión todos los habitantes de aquellas tierras del norte podamos llevar una vida digna como seres humanos, como hermanos. Le damos gracias a Dios una vez más por el don de la Fe.

            Así le dice Isabel a María ante la visita, próxima a dar a luz a San Juan Bautista: “Dichosa tú que has creído porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte de Dios”.

            Ojalá que también se pueda decir de cada uno de nosotros que somos dichosos porque somos creyentes, porque tenemos el don de la fe, porque somos hijos de Dios, porque somos hermanos y porque somos Guadalupanos. Con mucha confianza continuemos nuestra celebración confiándonos a Dios y pidiéndole a María de Guadalupe que nos siga mostrando su cariño para que México sea un país que vaya progresando por esos caminos de justicia y de paz.

 
 
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