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Versión estenográfica
Homilía
pronunciada por Mons. Teodoro Enrique Pino Miranda Obispo de Huajuapan de León, Oax.

17 de febrero de 2005

           Hermanos sacerdotes, diáconos y seminaristas de la Diócesis de Toluca
           Hermanos y hermanas de la Vida consagrada,
           Fieles laicos
           Hermanos y hermanas que hoy nos acompañan:

           Hermosa Señora, Santa María de Guadalupe, la Diócesis de Toluca te saluda con gozo, con cantos y con flores al llegar peregrinando a tu casa. Una vez más, esta familia diocesana, el Obispo, los sacerdotes, consagrados y laicos hemos salido para tomar el camino que nos trae a ti, nuestra Madre que nos conduce a Cristo, verdadero Pan del cielo que nuestro Padre nos da (cfr. Jn 6, 32).

           Hermanos y hermanas:

           En nuestra peregrinación pasada, en la que iniciamos juntos una nueva etapa en la vida de nuestra Iglesia diocesana, les proponía “a ustedes peregrinos, y a toda la familia diocesana de Toluca, dentro del espíritu de nuestro Plan Diocesano de Pastoral, un proyecto de peregrinación espiritual y de vida cristiana que se inspire en Santa María de Guadalupe, que se evalúe y renueve anualmente en cada peregrinación, para que así ésta sea un medio y una oportunidad de evangelización, de educación de la fraternidad y de compromiso de superación personal, familiar y de responsabilidad con la vida familiar y social”.

           Es importante que todo peregrino verifique constantemente si va por el camino correcto hacia la meta de su peregrinación. Que no se entretenga por el camino o se desvíe en algún momento, sino que movido por una cierta urgencia, desee llegar con prontitud a la casa. Por eso, los invito a considerar que nuestra peregrinación anual nos recuerda que vivimos en este mundo peregrinando constantemente hacia la Casa de nuestro Padre, quien nos ha dado a su Hijo y al Espíritu Santo como nos dice la Sagrada Escritura y Él, como un buen Padre, sale a esperarnos al final del camino (cfr. Lc 15, 20).

           Cada año tenemos la oportunidad de redescubrir la importancia de la casa para el ser humano. En ella encuentra su identidad, descubre quién es, de dónde viene y a dónde va. Alejarse de la casa es perder la identidad, es dejar el amor que hay en ella. Recordemos cómo en la parábola del hijo pródigo éste abandona su casa en donde disfruta del amor de su padre, y lejos de ella no encuentra sentido su vida, no es feliz, experimenta la soledad y la tristeza. Sólo hasta que entra dentro de sí en actitud de conversión, experimenta la necesidad de la casa y se pone en camino de regreso hacia ella.

           Aquí en esta casa sabemos quiénes somos, nos sentimos felices porque en ella está la presencia de la Madre. Esta casa nos da identidad no sólo como personas sino también como pueblo. Unidos por la maternidad de la Virgen, esta casa es un lugar de integración y reconciliación, de invitación a la unidad y a la comunión. Es como un lugar de reposo, una gran cuna en donde renacemos para Dios a quién, por el Espíritu que nos ha dado, llamamos confiadamente ¡Padre! Estar aquí nos remodela y nos recuerda nuestras raíces y el sentido de nuestra vida. Podemos decir que, de alguna manera, esta casa, tan deseada, está inscrita en cada peregrino y, a su vez, esta casa ha inscrito en nosotros una jerarquía de valores para vivir: si has venido como peregrino guadalupano, vive siempre como guadalupano.

           El Santo Padre, quien también ha venido como peregrino a esta casa, nos ha recordado algo muy importante para todo peregrino: el alimento. “No podemos caminar con hambre bajo el sol”. Necesitamos el Cuerpo y la Sangre del Señor. Por eso, con la celebración del Congreso Eucarístico Internacional en Guadalajara nos invitó a vivir un Año de la Eucaristía, inspirados por aquella frase de los discípulos de Emaús: “Quédate con nosotros, Señor” (Lc 24, 29).

           Reunidos aquí, como familia, quiero seguir usando esta imagen de la casa para unirnos al Año Eucarístico. En la casa hay un lugar y un tiempo para la comida. Y la mamá, es la primera que lo sabe. Pensemos un momento en ese lugar de nuestra casa en donde nos reunimos a comer. Habrá también ocasiones especiales en que al celebrar alguna fiesta especial tenemos invitados o nosotros mismos somos invitados y nos reunimos con otras familias para celebrar. Es parte de la vida de la familia.

           Siguiendo el dinamismo de esta imagen, permítanme ahora proponerles la tarea de este año, misma que revisaremos el año que viene. Aprovechando que estamos ya en el tiempo de cuaresma, quiero proponerles como familia diocesana una decidida y valiente conversión hacia la Eucaristía, es decir, cambiar nuestra mentalidad, nuestra actitud y nuestra conducta hacia la Eucaristía. A los sacerdotes se nos dice que se ha entibiado nuestro amor a la Eucaristía; y que esto se nota en la manera en que la preparamos, la celebramos y la adoramos. En los fieles se ve la misma tibieza, el domingo ya no es el Día del Señor cuyo centro es la celebración comunitaria de la Eucaristía, sino que se pierde en el ahora llamado “fin de semana” que significa en realidad descanso, no compromisos, diversión y quizá hasta olvido de Dios porque la pregunta no es ¿a qué hora iremos a Misa? Sino más bien ¿a dónde iremos a divertirnos este “fin de semana”, qué películas veremos, a qué espectáculos asistiremos?

           En los primeros tiempos de la Iglesia, la Misa estaba prohibida bajo riesgo de la propia vida. Pero los cristianos de esos tiempos no por eso dejaron de celebrarla. Cuando eran sorprendidos y conducidos al juez, éste les preguntaba por qué hacían eso si sabían que podían morir, y su respuesta es ejemplar: “Hacemos esto porque no podemos vivir sin las cosas del Señor”, es decir, su Palabra y su Eucaristía.

           Esto me lleva a preguntarme y a preguntarles: Y nosotros, ¿podemos vivir sin las cosas del Señor? ¿Sin el Domingo? ¿Sin adorar al Señor? Padres, ¿nos preparamos espiritualmente para celebrar la Misa o es ya sólo uno más de tantos compromisos que nos agobian? ¿Damos gracias después de cada Misa? ¿Se acuerdan de aquella frase:            “Sacerdote de Cristo, celebra esta Misa como si fuera tu primera Misa, como si fuera tu única Misa, como si fuera tu última Misa? ¿Cómo estamos preparando para la primera comunión en las parroquias, en los colegios, en las familias? ¿Estamos realmente transmitiendo a nuestros niños un hambre y sed de Dios?

           Todos hemos escuchado en nuestras casas aquella típica frase de mamá: ¡a comer!, pero antes lávense las manos. Aquí también podríamos encontrar la imagen del sacramento de la confesión que nos limpia y nos prepara para recibir con fruto el Alimento del Cuerpo y la Sangre del Señor. Por eso también los invito a preguntarnos como familia,            ¿nos “lavamos las manos” antes de sentarnos a la Mesa? Los sacerdotes ¿Nos acercamos limpios al altar para vivir el inmenso privilegio de celebrar la Eucaristía para nuestro pueblo? El templo, el altar, los manteles, los objetos sagrados, ¿los mantenemos dignos? ¿Frecuentamos todos la confesión o quizá ya nos estamos dejando influenciar por aquello de que “me confieso directamente con Dios” o la idea de que ya nada es pecado? Una pregunta más en este sentido: nuestros confesionarios ¿están llenos o están vacíos? ¿Y si están vacíos, en dónde se da más este vacío, por dentro o por fuera? Es decir, los sacerdotes confesamos lo debido, según horario o, mejor aún, hasta el heroísmo de estar disponibles siempre a recibir a los hijos de Dios para celebrar con ellos el sacramento de la reconciliación?

           Como ven, hoy ha sido una reunión de familia. Hemos hablado de cosas muy serias que tocan a nuestra vida familiar. Por eso quiero pedirles a todos que nos vayamos con esta triple tarea: una conversión eucarística, la promoción de la celebración de la Misa Dominical, de preferencia en familia y la práctica del sacramento de la confesión. Son tres dimensiones de una sola realidad: Somos hijos de Dios, herederos de sus bienes y entre ellos el más sagrado para nosotros: el Cuerpo y la Sangre de su Hijo en quien hemos sido adoptados como hijos de Dios.

           Habrá que cambiar muchas cosas en nuestro interior. Pero quiero animarlos recordando en qué momento se le aparece la Virgen a San Juan Diego. El Nicán Mopohua nos dice que: “…un indio de nombre Juan Diego iba muy de madrugada del pueblo en que residía a Tlatelolco, a tomar parte en el culto divino y a escuchar los mandatos de Dios”.

            ¡Qué bella imagen! En ella está representada la vocación del pueblo de México, de nosotros: participar en el culto divino y escuchar la Palabra de Dios. Y es en este contexto en que la Virgen María de Guadalupe, a quien el Papa llama “Mujer eucarística”, le habla a Juan Diego. A ella, la madre de esta casa, le encomendamos nuestro peregrinar espiritual de este año.

           Todos nos vamos con la tarea y ruego a los Sres. Sacerdotes, Consagrados y Consagradas, laicos apostólicos, colegios, movimientos y asociaciones tomar nota de ella. Invitemos a quienes no pudieron asistir a participar de esta conversión eucarística y peregrinación espiritual. Quisiera a lo largo de este año escuchar y encontrarme en las parroquias con iniciativas que promuevan estas tres cosas: una conversión eucarística, una mayor participación en la Misa dominical y el sacramento de la confesión. Que Santa María de Guadalupe nos acompañe en este trabajo y, todos juntos, el año que viene, con la ayuda de Dios podamos decir como un firme testimonio ante el mundo: ¡Nosotros no podemos vivir sin las cosas del Señor!

 
 
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