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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la celebración Litúrgica de la pasión del Señor. Viernes Santo.

25 de marzo del 2005

LA CRUZ, LA GRAN LECCIÓN PARA LOS SEGUIDORES DE CRISTO

Lo central de hoy es la Cruz de Cristo y la gran lección que desde ella nos ha dado a todos los que queremos seguirle. El color litúrgico de hoy es rojo: color de sangre, color de amor y entrega. El ha querido cargar sobre sí mismo nuestro pecado, por total solidaridad con la humanidad entera. En esa Cruz ha sellado de una vez por todas la Nueva Alianza con Dios.

El profeta Isaías, en una lectura llena de fuerza, nos anuncia un Siervo que se va a entregar por los pecados del mundo, siendo él inocente. Y describe su dolor con trazos muy expresivos.

El autor de la carta a los Hebreos ya nos dice quien es ese Siervo anunciado: Cristo Jesús. También él describe los momentos críticos, el dolor y el fracaso de la muerte del Siervo con palabras que incluso los evangelios no habían utilizado: “con gritos y lágrimas...”. Y nos dice que tenemos en Jesús un Sacerdote capaz de mediar entre Dios y los hombres, porque él mismo ha experimentado el dolor y la muerte, y con ellos nos ha salvado a todos.

También está en él, clavado en la Cruz, todo el dolor de la humanidad: la soledad de los ancianos, el sufrimiento de los enfermos, el fracaso de los que no han tenido suerte en la vida, la injusticia de los que están siendo víctimas de la violencia y las guerras... Está bien que la carta a los Hebreos nos haya dicho que ese Cristo, el Cristo de la Cruz, “es capaz de compadecerse de nuestras debilidades, porque ha sido probado en todo como nosotros”.
No nos ha salvado desde arriba, sino desde dentro de nuestro mundo, de nuestra historia, que muchas veces es historia de dolor.

El Viernes Santo nos estimula y nos da ánimos para nuestro camino de fidelidad. El Evangelio que con gran unción y profunda veneración hemos proclamado es un gran relato. El relato de toda la pasión y la muerte de Jesús. Como cada año lo hemos hecho de la mano también de un gran narrador: san Juan.

A pesar de que fue él último de escribir su Evangelio, algunos de los detalles que hemos escuchado se nos presentan con la precisión de una crónica directa. Pero más que los detalles que hemos escuchado, lo que san Juan busca en su Evangelio es el sentido teológico, profundo, de la pasión y muerte de Jesús. No nos perdamos ahora en los detalles y quedémonos hoy en la significación de la muerte de Jesús.

Pues bien, esta tarde, mis amados hermanos y hermanas: La Iglesia celebra la pasión del Señor en la certeza de que la Cruz de Cristo no es la victoria de las tinieblas, sino de la muerte de la muerte. Esta visión de fe es fuertemente subrayada por la narración de Juan, en la que Jesús es presentado como Rey que conoce la situación, la domina y, por así decir, se enseñorea de ella aún en los más mínimos detalles. La hora de Jesús... se describe a través de los hechos como la hora del sufrimiento y a la vez de la gloria: el odio del mundo condena a Jesús a la muerte de Cruz, pero al lado de ella Dios manifiesta su amor sin medida. En ésta espléndida revelación, en esta plena dedicación divina consiste la gloria.

El relato de la pasión inicia y concluye en un jardín –alusión al Edén-, como para indicar que Cristo ha asumido y rescatado el pecado del primer Adán y que ahora el hombre ha reencontrado su belleza original. La narración no se detiene en el sufrimiento de Jesús; Juan alude sólo a la agonía del Huerto, mientras subraya insistentemente la identidad divina del Cristo, el “Yo soy” que aterroriza a los guardias.
Del mismo modo sólo insinúa los escarnios y los golpes, mientras evidencia –sobre todo ante Pilatos en el relato de la crucifixión- la realeza de Jesús. El término rey aparece aquí doce veces ( mientras en todo el Evangelio son dieciséis). En el interrogatorio las palabras de Cristo se imponen sobre las de sus acusadores. En el momento en que Jesús es juzgado se cumple más bien el juicio.

Cuando es alzado en la Cruz se cumple no un acto humano, más bien la Escritura y se revela, entonces, la gloria de Dios. Exactamente en el momento de la muerte, nace el nuevo Pueblo elegido, confiado a la Virgen Madre (19, 25-28) Del agua y de la sangre emanados del costado abierto, tiene origen la Iglesia que, regenerada por el Bautismo y nutrida por la Eucaristía, celebra en el tiempo la pascua del verdadero Cordero (19, 33; Ex 12, 46), hasta que incluso el tiempo haya llegado a su plenitud (consummatum) en la eternidad (19, 30).

Así como el Espíritu Santo había conducido a Jesús en el desierto al inicio de su vida pública, así lo impulsa fuertemente hacia Jerusalén, hacia su hora, la hora del encuentro definitivo y de la definitiva manifestación del amor de Dios. Es el espíritu Santo quien da a Jesús la fuerza de sostener la lucha de Getsemaní, de adherirse a la voluntad del Padre y de ir hasta el fondo en su camino, a pesar de la angustia y del sudor de sangre.

Después, la escena sobre el Calvario se hace un desierto: en el cielo se levantan las tres cruces y abajo –como dos brazos de una única cruz están María y Juan... y resuena una súplica: “Tengo sed” Este grito trae a la memoria el encuentro de Jesús con la samaritana. Dame de beber, le había pedido, y enseguida se revelaba que su sed era de la fe de la samaritana, sed de la fe de la humanidad, deseo de dar el agua viva, de saciar a todo hombre con su gracia. La hora de la crucifixión y de la muerte de Jesús corresponde a la hora de su máxima fecundidad en el Espíritu Santo.

Cuando el amor de Jesús llega a su punto más alto en su inmolación, de su anonadamiento total, nace la Iglesia como de la profundidad de una fuente subterránea, la nueva comunidad de los creyentes, el nuevo Israel, el Pueblo de la Nueva Alianza. Y María está allí, como cooperadora de la salvación, y, junto con Juan que representa a todos los discípulos del Nazareno y toda la humanidad, constituye el primitivo núcleo de la Iglesia naciente.

Mis amados hermanos y hermanas: Después de haber escuchado esta gran narración de la gran desgracia de la muerte de Jesús ¿qué hemos de hacer nosotros con nuestra vida? Pues lo mismo que hizo Él: dar la vida. La vida no es para quedársela, para guardarla en una caja entre algodones, porque se nos pudrirá en cualquiera de los sepulcros que buscamos. Lo veremos muy bien mañana por la noche: cuando la vida se da también se recupera de nuevo. Porque detrás de nuestra vida no estamos nosotros, sino que está Dios. Él cuida de nuestra vida como cuidó de la vida de Jesús, a pesar de que ni a él ni a nosotros nos ahorra lo hemos visto hoy con tanta profundidad en Jesús: la muerte. Pero, después de la muerte no hay más muerte. Está Dios. Está la vida.

Que sea esta nuestra reflexión en este Viernes Santo y también mañana, en el Sábado Santo del silencio y la espera, hasta la celebración de la Vigilia Pascual. Amén.

 
 
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