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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por el M. I. Sr. Cango. Luis Felipe García Álvarez, Arcipreste de Guadalupe, Vicepresidente del Cabildo y Coordinador de la Pastoral Litúrgica, en el III Domingo de Pascua, en la Basílica de Guadalupe.

18 de abril de 2010
Año Sacerdotal

Queridos hermanos, la vocación del cristiano no puede ser una vocación masoquista, es cierto que la primera lectura nos dice: se retiraron los apóstoles llenos de júbilo, porque había sufrido unos ultrajes en nombre de Jesús. Pero no es que anduvieran buscando ser golpeados lo que andaban buscando es ser testigos, testigos del Señor aunque tuvieran que sufrir algunos ultrajes. Y la prueba de que fueron buenos testigos, es que tuvieron que enfrentarse aún a aquellos que no querían que fuera Cristo predicado. Aquel Sanedrín les impedía hablar de Cristo. Como lo hacen muchos políticos nuestros hoy, es ahí en las iglesia, es ahí en los templos, es donde ustedes tiene que predicar, fuera de ahí ni siquiera den testimonio. Se olvidan que el templo vivo no es una construcción, sino es cada cristiano, que es templo vivo del Espíritu Santo, y que en cada templo se tiene que dar culto a Dios. Y como decían, los apóstoles: primero debemos obedecer a Dios y luego a los hombres.

Tenemos que tomar conciencia todos nosotros de nuestro ser y quehacer en la fe. De ahí, pues, podemos entender lo que hoy el Evangelio nos dice: después de que Cristo resucitó y se apareció a sus apóstoles, después de que Tomás, incrédulo, metió los dedos en los agujeros de los clavos y la mano en el costado, Jesús se vuelve a aparecer a los apóstoles, que estaban trabajando. Muchas veces la tentación es: si Cristo ya resucitó, pues, ya hizo todo vamos a rascarnos la panza, ya para que me porto bien, ya me salvó, ya para que hago esto. Los mismos cristianos del principio fueron reprendidos por Pedro que les decía: el que no trabaje, que no coma. Y los mismos apóstoles son eco de una circunstancia, después de la resurrección nos envía a trabajar y a trabajar en Cristo y a confiar en el Señor, pero nos envía a trabajar.

Cuando el Señor se aparece a los discípulos en esa ocasión los encuentra trabajando y bendice su trabajo con una pesca milagrosa, como lo hizo al principio, cuando los llamó a seguirlo. ¿Por qué? porque Cristo nos llama continuamente a seguirlo, a buscar sus pasos, a ser eco de su Palabra. Cristo los sigue. Pedro estaba desnudo, muy normal entre los pescadores, tienen que andar desnudos para que no se vayan a tropezar, para que no vayan a caerse con la soga o algo. Es normal, pero aquí viene una circunstancia que nos llama a pensar en un hecho espiritual, sino nos vestimos del amor de Dios estamos desnudos; sino nos vestimos de su misericordia, de su paz vamos a seguir desnudos, como lo estuvo Adán y Eva. Desnudos, es decir: estamos a la buena, a ver cómo nos va, pero con la gracia de Dios vestidos, como hijos, vestidos de fiesta, de la resurrección del Señor, vestidos con alegría, con paz, cambia y transforma toda nuestra existencia. Y el Señor nos invita a reconocerlo al partir el pan, como lo hizo con los discípulos de Emaús.

Este III Domingo en todos los tres ciclos litúrgicos nos habla de un alimento, que nos habla directamente de la Eucaristía de participar con el Señor. Cuando revivió aquella niña, dice tráiganle de comer para que contemplarán que estaba viva, no es está la circunstancia de hoy, no es para que Él pruebe que está viva, sino para que con su vida, nos dé vida. No está alimentando Él para que nosotros tengamos vida; para que nosotros seamos testigos de la nueva creación; seamos testigos de su resurrección.

El Señor nos llama, pues, a participar de un alimento espiritual; a participar del pan de vida eterna de la Eucaristía. Pedro lo tiene que confesar tres veces, en tres ocasiones tiene que decir: Señor, Tú sabes que te amo. Tres veces de lo había negado y tres veces tiene que confesarlo. Enseñándonos a nosotros que cada vez que desgraciadamente negamos al Señor, también tenemos que humildemente decir: Señor a pesar de esto Tú sabes que te amo.

¿Cuántas veces negamos al Señor? tres veces el mundo, la carne y el demonio. Lo aprendimos desde el catecismo aunque frecuentemente, pero tres veces lo negamos y tres veces tenemos que decirle, constantemente: Señor, Tú sabes que te amo. Pero el Señor nos mandará apacentar las ovejas, es decir; a llevarles la paz, a ser testigos de la paz. Por eso cuando el sacerdote al final de la celebración dice: vayan en paz. No quiere decir: dejen de estar molestando, no, no. Vayan en paz, vayan a llevar esa paz, apacienten las ovejas, es el envío que el Señor hace a Pedro y a toda la Iglesia. Ser testigos y llevar la paz del Señor.

Pedro recibe, pues, entonces una vocación especial apacentar las ovejas, pero también es invitado a madurar. Por eso cuando eras joven hacías lo que se te venía en gana, pero cuando madurez, cuando seas viejo, cuando seas anciano, entonces extiende los brazos. Iras a donde no quieras ¿y a dónde no queremos ir? A veces no queremos ir a perdonar al hermano, no queremos llevarle la misericordia de Dios, no queremos dejar de ser yo para encontrarme y hacer un nosotros en el Señor, construir una Iglesia, construir un pueblo santo de Dios. Por eso el Señor al final le dirá a Pedro: sígueme, y al seguir al Señor, deja tus condiciones, deja tu realidad antigua y vístete de un hombre nuevo, crea con Cristo un cielo nuevo, una tierra nueva para glorificar, para dar alabanza al Dios vivo.

Quiera nuestra Madre Santísima de Guadalupe iluminarnos; aquella que fue obediente; aquella que fue testigo en la cruz; aquella que quiso venir a nuestro pueblo. Quiere enseñarnos, como Maestra a seguir los pasos del Maestro y a decirle a Dios en a cada momento: “He aquí la esclava del Señor, que se cumpla en mí su voluntad”.

 
 
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