Queridos hermanos, la vocación
del cristiano no puede ser una vocación masoquista, es cierto que
la primera lectura nos dice: se retiraron los apóstoles llenos
de júbilo, porque había sufrido unos ultrajes en nombre de Jesús.
Pero no es que anduvieran buscando ser golpeados lo que andaban
buscando es ser testigos, testigos del Señor aunque tuvieran que
sufrir algunos ultrajes. Y la prueba de que fueron buenos testigos,
es que tuvieron que enfrentarse aún a aquellos que no querían que
fuera Cristo predicado. Aquel Sanedrín les impedía hablar de Cristo.
Como lo hacen muchos políticos nuestros hoy, es ahí en las iglesia,
es ahí en los templos, es donde ustedes tiene que predicar, fuera
de ahí ni siquiera den testimonio. Se olvidan que el templo vivo
no es una construcción, sino es cada cristiano, que es templo vivo
del Espíritu Santo, y que en cada templo se tiene que dar culto
a Dios. Y como decían, los apóstoles: primero debemos obedecer
a Dios y luego a los hombres.
Tenemos que tomar conciencia
todos nosotros de nuestro ser y quehacer en la fe. De ahí, pues,
podemos entender lo que hoy el Evangelio nos dice: después de que
Cristo resucitó y se apareció a sus apóstoles, después de que Tomás,
incrédulo, metió los dedos en los agujeros de los clavos y la mano
en el costado, Jesús se vuelve a aparecer a los apóstoles, que estaban
trabajando. Muchas veces la tentación es: si Cristo ya resucitó,
pues, ya hizo todo vamos a rascarnos la panza, ya para que me porto
bien, ya me salvó, ya para que hago esto. Los mismos cristianos
del principio fueron reprendidos por Pedro que les decía: el
que no trabaje, que no coma. Y los mismos apóstoles son eco
de una circunstancia, después de la resurrección nos envía a trabajar
y a trabajar en Cristo y a confiar en el Señor, pero nos envía a
trabajar.
Cuando el Señor se aparece
a los discípulos en esa ocasión los encuentra trabajando y bendice
su trabajo con una pesca milagrosa, como lo hizo al principio, cuando
los llamó a seguirlo. ¿Por qué? porque Cristo nos llama continuamente
a seguirlo, a buscar sus pasos, a ser eco de su Palabra. Cristo
los sigue. Pedro estaba desnudo, muy normal entre los pescadores,
tienen que andar desnudos para que no se vayan a tropezar, para
que no vayan a caerse con la soga o algo. Es normal, pero aquí viene
una circunstancia que nos llama a pensar en un hecho espiritual,
sino nos vestimos del amor de Dios estamos desnudos; sino nos vestimos
de su misericordia, de su paz vamos a seguir desnudos, como lo estuvo
Adán y Eva. Desnudos, es decir: estamos a la buena, a ver cómo nos
va, pero con la gracia de Dios vestidos, como hijos, vestidos de
fiesta, de la resurrección del Señor, vestidos con alegría, con
paz, cambia y transforma toda nuestra existencia. Y el Señor nos
invita a reconocerlo al partir el pan, como lo hizo con los discípulos
de Emaús.
Este III Domingo en todos los
tres ciclos litúrgicos nos habla de un alimento, que nos habla directamente
de la Eucaristía de participar con el Señor. Cuando revivió aquella
niña, dice tráiganle de comer para que contemplarán que estaba viva,
no es está la circunstancia de hoy, no es para que Él pruebe que
está viva, sino para que con su vida, nos dé vida. No está alimentando
Él para que nosotros tengamos vida; para que nosotros seamos testigos
de la nueva creación; seamos testigos de su resurrección.
El Señor nos llama, pues, a
participar de un alimento espiritual; a participar del pan de vida
eterna de la Eucaristía. Pedro lo tiene que confesar tres veces,
en tres ocasiones tiene que decir: Señor, Tú sabes que te amo.
Tres veces de lo había negado y tres veces tiene que confesarlo.
Enseñándonos a nosotros que cada vez que desgraciadamente negamos
al Señor, también tenemos que humildemente decir: Señor a pesar
de esto Tú sabes que te amo.
¿Cuántas veces negamos al Señor?
tres veces el mundo, la carne y el demonio. Lo aprendimos desde
el catecismo aunque frecuentemente, pero tres veces lo negamos y
tres veces tenemos que decirle, constantemente: Señor, Tú sabes
que te amo. Pero el Señor nos mandará apacentar las ovejas,
es decir; a llevarles la paz, a ser testigos de la paz. Por eso
cuando el sacerdote al final de la celebración dice: vayan en
paz. No quiere decir: dejen de estar molestando, no, no. Vayan
en paz, vayan a llevar esa paz, apacienten las ovejas, es el envío
que el Señor hace a Pedro y a toda la Iglesia. Ser testigos y
llevar la paz del Señor.
Pedro recibe, pues, entonces
una vocación especial apacentar las ovejas, pero también es invitado
a madurar. Por eso cuando eras joven hacías lo que se te venía en
gana, pero cuando madurez, cuando seas viejo, cuando seas anciano,
entonces extiende los brazos. Iras a donde no quieras ¿y a dónde
no queremos ir? A veces no queremos ir a perdonar al hermano, no
queremos llevarle la misericordia de Dios, no queremos dejar de
ser yo para encontrarme y hacer un nosotros en el Señor, construir
una Iglesia, construir un pueblo santo de Dios. Por eso el Señor
al final le dirá a Pedro: sígueme, y al seguir al Señor,
deja tus condiciones, deja tu realidad antigua y vístete de un
hombre nuevo, crea con Cristo un cielo nuevo, una tierra nueva para
glorificar, para dar alabanza al Dios vivo.
Quiera nuestra Madre Santísima
de Guadalupe iluminarnos; aquella que fue obediente; aquella que
fue testigo en la cruz; aquella que quiso venir a nuestro pueblo.
Quiere enseñarnos, como Maestra a seguir los pasos del Maestro y
a decirle a Dios en a cada momento: “He aquí la esclava del Señor,
que se cumpla en mí su voluntad”.