Muy
queridos hermanos y hermanas, la gloria de Dios sigue resplandeciendo
en este tiempo privilegiadamente y bendito de la Pascua. Y no sólo
por la Pascua, sino porque Dios está siempre presente en medio de
nosotros, más aún está en nosotros. Se hace presente en todo lo bello,
bueno y noble que hay en el mundo y en nosotros. Pero brilla más aún
por medio de la Iglesia, donde ha querido Jesús que aparezca por el
amor con que nos ama Dios a todos por igual y por el amor con que
nos amamos por voluntad suya. El hecho de que nos amemos es ya por
sí mismo la manifestación de su gloria porque escuchamos de Jesús:
EN ESTO CONOCERÁ EL MUNDO QUE SON MIS DISCÍPULOS (Jn 13,35).
Pero,
seguramente nos preguntamos, mis amados hermanos y hermanas, ¿qué
es eso de la gloria de Dios? Vamos, como siempre, a indagar esto a
partir de la Palabra de Dios proclamada en los textos bíblicos de
este domingo y obtener de ellas la luz que la Palabra de Dios nos
ofrece.
En
la primera se lectura se nos describe la conclusión del primer viaje
de san Pablo volviendo a Antioquía desde donde, elegidos por el Espíritu
Santo, fueron enviados él y Bernabé a anunciar el Evangelio. Al regreso
vuelven a pasar por las comunidades que habían fundado designando
presbíteros, es decir, jefes ancianos encargados de presidirlas. En
cada comunidad animaban a los cristianos a perseverar en la fe en
la que se habían iniciado. La animación consistía precisamente en
perseverar fielmente en medio de las tribulaciones que les causaba
el vivir de una manera diferente a la de los no creyentes, como resultado
de su conversión, como resultado de su adhesión viva y personal a
nuestro Señor Jesucristo. Tribulación y persecución, según les decían,
es condición necesaria para entrar en el Reino de Dios.
En
la segunda lectura, una vez más tomada del libro del Apocalipsis del
apóstol san Juan, se nos describe la definitiva y total derrota del
mal con la figura de la desaparición del mar. La nueva situación,
la inaugurada por Cristo, se expresa en los cielos nuevos y la tierra
nueva. Una nueva situación, la identificada desde los tiempos de las
promesas mesiánicas, además de cielos nuevos, con nuevas realidades
gozosas como las fiestas nupciales y el habitar con Dios para siempre.
Una inmensa alegría sin fin, mis hermanos. Es el Cielo. Es el triunfo
definitivo y total del bien sobre el mal. Es el poder de Dios sobre
todos sus enemigos. Ésta es su gloria. La que hay que alcanzar pasando
por la tribulación con esperanza y con la certeza de la fe y del amor
que nos permite entregarnos a los designios amorosos de Dios sobre
nosotros.
Y es
lo que expresa también Jesús en el Evangelio de hoy. San Juan nos
dice que una vez que, siendo de noche, Judas salió de la cena, la
última cena de Jesús con sus apóstoles, Jesús dijo: Ahora ha sido
glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en Él.
Con esta expresión, mis amados hermanos y hermanas, Jesús estaba enseñando
a sus discípulos que la traición de Judas era la ocasión de la manifestación
de la gloria de Dios, es decir de su poder, puesto que con la pasión
y la muerte de Jesús en la cruz el príncipe de este mundo, el demonio,
será derrotado definitivamente. Judas se va a las tinieblas de la
muerte y del pecado, mientras JESÚS, mis amados hermanos,
VA CON SU MUERTE, A DAR LA VIDA A TODOS LOS QUE CREEN EN ÉL. Para
esto vino Jesús. Para mostrarnos en la cruz el poder de la misericordia
de Dios por nosotros. El cumplimiento del proyecto original y amoroso
del Padre sobre todos nosotros que consistía en que fuéramos felices
con Él y para Él. Jesucristo es la gloria del Padre al liberarnos
del pecado. Debemos, entonces, entender, mis amados hermanos y hermanas,
que la traición de Judas no sólo no es la ruina y el fracaso del Padre
sino, al contrario, fue ocasión de la salvación de todos. Esto es
un misterio que no deja de inquietarnos, mis hermanos, pero así es
y Dios sabe cómo resolverlo. Así es, a veces no entendemos que pasa
con tanto mal, con tanta maldad y caemos en la tentación, ojala que
no, del desaliento, del miedo, de la tristeza, cuidado.
Estas
enseñanzas de la Palabra de Dios nos llevan a ver nuestra propia realidad
actual de la Iglesia en el mundo con ojos de fe y esperanza. En primer
lugar nos invitan a ver que el misterio del mal estará siempre presente
en la vida de la Iglesia, como ha estado a lo largo de su historia.
Esto, mis hermanos, no es nuevo. Está presente, como estamos viendo
desde el origen del mundo y de esta nueva etapa inaugurada por Jesús,
hace más de dos mil años.
Pero
junto con la presencia inquietante y misteriosa del mal, hay una realidad
que anuncia ya permanentemente la victoria del bien, cuya fuente es
su Señor en medio de ella: es el amor de Dios por nosotros que
se vive y se experimenta en el amor fraterno, en el amor de unos para
con nosotros. Es el distintivo de los auténticos discípulos de
Jesús y de los verdaderos hijos del Padre: sean perfectos, como
mi Padre Celestial es perfecto. Y se es perfecto, cuando se vive
en el amor, a la manera de Cristo, no de otra manera, ámense como
yo los he amado. Por eso es también distintivo de la Iglesia
a fin de que ella también sea la gloria de Dios en el mundo presente.
Si
bien es cierto, mis amados hermanos y hermanas, que el mal está siempre
presente aún dentro de la Iglesia, como estaba en el mismo grupo de
Jesús, es mucho más cierto que existe el bien, atención a veces no
nos convencemos de esto, el mal está aún dentro de la Iglesia, como
en el grupo de Jesús. Ahora coexisten el trigo y la cizaña, ya nos
lo advirtió Jesús, pero la cizaña no es más que el trigo. De los doce
elegidos por Él, sólo uno se perdió. Por desgracia, así será siempre.
Esto significa que la santidad no puede ser anulada por el pecado,
de ninguna manera, mis hermanos, porque aunque parezca lo contrario,
miren HAY MÁS BIEN QUE MAL. Si se hace sentir más lo negativo
y la miseria es porque todo eso es más ruidoso que lo bueno, mientras
que esto es mucho más silencioso y discreto. Por ahí dicen: “El
bien no hace ruido y el ruido no hace bien”.
No
podemos ocultar el mal, y hoy menos que en otros tiempos. Pero por
eso, mis amados hermanos y hermanas, es muy importante que vivamos
más intensamente nuestro compromiso, alegre y cada vez más profundo,
de seguir fielmente a nuestro Señor Jesucristo. Si Él, muriendo por
nosotros, iluminó como nadie el horizonte de toda la historia, a nosotros,
por nuestra parte, nos toca ser luz en medio de las tinieblas de la
soberbia del mundo con su egoísmo, su materialismo y su vanidad. Por
eso debemos estar siempre despiertos y no adormilados, verdad, por
eso nos traga el mal. Nos dormimos, hermanos.
El
amor de tantos hombres y mujeres, manifestado en el servicio, en la
entrega generosa a favor de lo demás, miren es el empeño por hacer
cada vez más humana la convivencia entre los miembros de la humanidad,
en la lucha por la justicia que es igualdad, que es verdad y dignidad
para todos. Esto es, mis hermanos, la gloria de Dios, TODO ESTO,
y mucho más, ES MANIFESTACIÓN DE LA GLORIA DE DIOS que la Iglesia
vive unida a su Señor glorioso, a su Señor resucitado.
Así,
con esta convicción de fe, celebramos domingo tras domingo la Santa
Misa, celebramos con gran alegría la Santa Eucaristía. Pues, celebramos
la vida que Dios nos ofrece en abundancia por aceptar a su Hijo. Y
la vivimos celebrándola comprometidamente, sin dejar de ser agradecidos
y felices en la comunión permanente en las diversas comunidades: la
parroquia, las familias, los centros de trabajo, la escuela. Por eso
nos estamos empeñando en hacer pequeñitas comunidades de oración,
de edificación mutua, de solidaridad en nuestra misma Basílica de
Guadalupe. Estos hermanos nuestros que hoy vienen peregrinando Evangelizadores
en Camino, son esta primera semillita de las comunidades que queremos
sembrar y cultivar, aquí en la casita de la Madre. Porque es ahí en
las pequeñitas comunidades, es ahí donde somos la gloria de Dios.
Y la
Virgencita de Guadalupe nuestra Muchachita, nuestra Madre y Maestra,
que nos ha dado ejemplo con humildad y su obediencia de cómo dar gloria
a Dios, nos asiste con su intercesión para que podamos ser perseverantes
en nuestra vocación.
Amén.