FE
EN LA RESURRECCIÓN
Mis queridos
hermanos y hermanas, todos en el corazón de Cristo Jesús y de santa
María de Guadalupe. ¡Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor
Jesucristo que, desde el principio de la creación, y en su gran
misericordia, ha llamado a la humanidad entera a la plenitud de
la vida con Él! Bendito sea también, porque esto se nos ha revelado
por medio de su Hijo amado Jesucristo, no sólo con sus enseñanzas
sino de una manera maravillosa en sus acciones a favor de los pobres,
y de una manera más sublime y perfecta en su propia muerte y resurrección.
¡Bendito sea Él ahora y siempre!
Mis queridos
hermanos y hermanas, acabamos de pasar dos celebraciones muy importantes
que revelan la profundidad de la fe cristiana: la Solemnidad
de todos los santos y la jornada de oración por todos los files
difuntos. Ambas celebraciones están estrechamente unidas por
el misterio de la santidad y de la vida en plenitud, realidades
de fe que sólo podemos y esperamos alcanzar en Dios, por la única
e insustituible mediación de JESUCRISTO, EL SEÑOR DE LA VIDA;
o como dijera nuestra preciosa Niña: “el Arraigadísimo Dios por
quien se vive”.
Este domingo
entramos, queridos hermanos y hermanas, a la última etapa del ciclo
litúrgico. Son tres domingos en los que también se nos invita meditar
en los últimos momentos de la historia que culmina con el triunfo
del bien, del amor, de la verdad y la justicia en la fiesta de Cristo
Rey del Universo. Este domingo, el primero de estos tres, nos
invita a reflexionar y a vivir una vez más un tema central de nuestra
fe: la resurrección de los muertos. Es decir, la vida
plena que Dios ha decidido a todos los que con Él caminamos. La
vida plena que Dios ha decidido concedernos a cambio de que
nos interesemos por lo que a Él le interesa, mis hermanos.
Como en la
época de los saduceos, hoy también está muy en boga, queridos hermanos
y hermanas, la opinión de que la única vida que hay es ésta en
la que nos movemos actualmente comiendo y bebiendo, cuantos
dicen: démosle vuelo a la hilacha al fin que mañana moriremos. Mis
hermanos, este mundo donde nos casamos, tenemos descendencia y nos
afanamos en el trabajo para conseguir lo que podemos y disfrutarlo
hasta donde nos concedan la suerte y las capacidades o nos permitan
los demás, para después morirnos. De vez en cuando, entonces, escuchamos
que no hay otra vida que ésta que se acaba con la muerte. No hay
otra vida, ni de otro modo ni en otro mundo.
Miren, mis
hermanos, la razón principal que aducían los saduceos que hoy escuchamos
en el evangelio se fundaba en la Sagrada Escritura que, para ellos
eran sólo los libros del Pentateuco, es decir, los únicos
libros que, según su tradición, tenían a Moisés por autor.
Y esos libros no hablaban de resurrección; lo cual es cierto,
dicho de una manera muy general, ya que tampoco aceptaban los comentarios
de los rabinos que eran del partido de los fariseos que sí creían
en la resurrección. La Ley, dada por Moisés al pueblo de Israel,
servía, según ellos, sólo para llevar una vida ordenada de cara
a la voluntad de Dios y la sana convivencia entre los hombres.
Su relación con Dios se limita a esta vida y se acaba con ella.
No hay que esperar más.
En la actualidad
muchos, al negar la resurrección, parten de la experiencia actual
de relaciones interpersonales que, de prolongarse por la eternidad,
resultan inaceptables. Se preguntan ¿cómo y dónde vivirían tantos?
¿cómo se van a organizar allá donde están? ¿a qué se van a dedicar?
Resulta inimaginable, luego es increíble e imposible.
Mis hermanos,
el Señor Jesús, como de ordinario, no responde directamente
a sus adversarios, sino que simplemente refuta sus argumentos
señalando algunas características de la vida de los resucitados
en el cielo, es decir el mundo futuro, el que viene después
de la muerte. Por tanto afirma, simplemente citando a Moisés aduciendo
sus palabras a favor suyo: DIOS NO ES UN DIOS DE MUERTOS SINO
DE VIVOS (v.38; cf. Ex 3, 2.6).
Para el Señor
Jesús existe un mundo diferente de éste en el que ya no es
necesario casarse, un mundo distinto en el que ya no existe la
muerte y tan distinto que no habrá necesidad de buscar descendencia.
Y JESÚS, LO DICE PORQUE ÉL SÍ SABE, y muy bien, porque CONOCE
COMO NADIE A DIOS Y PROCEDE DE ÉL. Con su afirmación sobre la
resurrección nos revela que el poder de Dios no se ha limitado
a este mundo en el que nos movemos actualmente, sino que hay
otro al que estamos todos llamados a entrar si somos hallados dignos.
Lo que quiere decir, mis hermanos, oigamos bien, que debemos dar
una respuesta a su llamado. El paso a la vida eterna nos es automático,
no es mágico, no, aquí nos jugamos la vida eterna, mis hermanos.
No se nos obliga a entrar en la vida nueva que nos promete Jesús.
La hemos de aceptar libre, alegre y comprometidamente, es decir,
como un riesgo: ¡el riesgo de la fe, la esperanza y el amor!
No hay un más allá, sino un acá, mis hermanos. No hay un después,
sino un ahora, insisto aquí nos jugamos la vida aterna.
Una vez más,
mis hermanos, estamos frente a una afirmación de la fidelidad
de Dios misericordioso, porque Él no es alguien que nos haya simplemente
creado y botado o arrojado en el mundo abandonándonos a la muerte,
es decir, al fracaso. No, de ninguna manera, no es así nuestro Dios
justo, bueno, bondadoso, misericordioso. Este Dios que descubrimos
en el rostro dulce y amable de la Morenita del Tepeyac.
Mis amados
hermanos, Dios nos llamó a la existencia con un sentido muy claro
y preciso por la vida y la vida en plenitud que sólo podemos alcanzar
junto a Él, somos seres para la vida y no seres para la muerte.
Y desde aquí debemos vivir intensamente, saborear cada momento de
nuestra existencia.
Mis queridos
hermanos, esto lo que afirmamos cada celebración eucarística. El
sacramento de la Eucaristía es el anuncio y la prenda o garantía
de que anhelamos y vamos obteniendo esta vida que Dios nos promete
y hace posible por los méritos de JESUCRISTO, su Hijo, MUERTO
Y RESUCITADO. ¿Qué decimos después de la consagración, mis hermanos?
Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección ven Señor Jesús.
Cada vez
que nos reunimos, mis hermanos y hermanas, a celebrar el gran misterio
de la salvación mediante la escucha atenta y devota de su Palabra
y la comunión del cuerpo y la sangre de quien ofrendó su vida
para que la obtuviéramos en plenitud, estamos aceptando esta
oferta de vida a la que hemos llamados por iniciativa misericordiosa
del Padre por medio de su Hijo amado Jesucristo.
Concebir
y vivir la vida actual con un punto de llegada que se da más allá
de ella nos hace, necesariamente, mis amados hermanos, vivir
con sentido y responsabilidad, con pasión y profundo sentido de
paz y felicidad todos los momentos de la vida, especialmente
los más difíciles, los más complicados. Entonces sí nos casaremos,
trabajaremos, descansaremos, conviviremos con muchos, en fin, disfrutaremos
de los bienes que Dios nos concede, sin apegos desmedidos, sino
como oportunidades de descubrir su bondad y su ternura por nosotros
adelantando ya, desde ahora, el encuentro feliz con la Vida que
es Dios mismo.
Nuestra Celestial
Señora, la Muchachita y Morenita del Tepeyac, Madre y Maestra, Santa
María de Guadalupe, que nos trajo al “Arraigadísimo Dios por
quien se vive, el Creador de las personas, el Dueño del cerca y
del junto, el Señor del Cielo y de la tierra”, nos enseña
con su alegría obediente a vivir ya desde ahora la vida eterna.
Amén.