Hermanos
y hermanas en el Señor,
Hermanos,
en este domingo dedicado a las misiones, debemos reavivar la conciencia
del mandato misionero que Cristo da a sus discípulos y los transforma
en misioneros, tal como lo hemos proclamado en el Evangelio de hoy
: “ vayan , pues y enseñen a todas las naciones, bautizándolas
en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándolas
a cumplir todo cuando yo le he mandado” (Mt 28,16-20).
Hoy brilla
mejor que nunca, en toda la Palabra de Dios proclamada en esta Eucaristía,
el objetivo de la Misión de la Iglesia que es predicar el Evangelio,
la Buena Nueva, iluminar con la luz del Evangelio a todos los pueblos
en su camino histórico hacia Dios, para que en Él tengan su realización
plena y su cumplimiento. Las
palabras de Cristo Jesús, son un mandato par nosotros: COMO
EL PADRE ME HA ENVIADO ASI OS ENVIO YO, son una realidad que
debemos hacerla vida a cada momento de nuestra existencia.
Por un momento pensemos,
si en el siglo XVI los misioneros que llegaban a nuestro Continente
de América procedentes de Europa, no hubieran vivido con intensidad
y esmero este mandato, quizás no estaríamos hoy aquí.
Si Dios nuestro Padre,
compadeciéndose de las cruentas y difíciles realidades del encuentro
de estos dos mundos y dos culturas tan antagónicas, no hubiera intervenido,
mostrado su amor y ternura en el rostro Sereno de su Madre Santa
María de Guadalupe, en la colina del Tepeyac, no estaríamos hoy
aquí.
Debemos
hermanos, volver a sentir el ansia y la pasión de quienes nos han
precedido, mostrándonos la fe y el Evangelio, y no solo pensemos,
en los primeros franciscanos misioneros en estas tierras, hagamos
memoria, por un momento pensemos en: nuestros padres, hermanos,
abuelos o catequistas que nos mostraron con animo el rostro de Cristo
y nos enseñaron a seguirlo con nuestras vidas.
Esto es
lo que necesita nuestro tiempo y la multitud de culturas en las
que debemos hacer brillar el Evangelio de Cristo Jesús, para que
todos se reúnan en la única familia humana, bajo la paternidad amorosa
de Dios.
En esta
perspectiva como los discípulos y misioneros de Cristo esforcemos
para compartir nuestra vivencia de Cristo a los demás. Atrevámonos
a ir hacia la humanidad más sufriente, más vulnerable y más marginada
por el mundo y la cultura actual.
Escuchemos bien a Cristo
Jesús que nos dice: “ ve y enseña todo lo que Yo he mandado”. Demos
el primer paso, sembremos amor y reconciliación donde hay odio y
muerte, siembra la verdad y la justicia donde hay mentira y corrupción.
Siembra esperanza donde se ha perdido todo horizonte, que nuestra
fe este firmemente cimentada sobre el poder transformador, de que
todas las cosas pueden ser reconciliadas mediante la sangre de Cristo,
vertida en la cruz. Allí y solo allí esta la solución de las guerras,
las rivalidades, los divorcios, los suicidios, la lucha del poder,
los odios, la corrupción, la muerte de inocentes, el aborto, la
eutanasia. Debemos ser estar plenamente convencido de que todo,
incluyendo la muerte tiene un nuevo inicio, a partir de la pasión,
muerte y resurrección de Cristo, que atrae a sí todas las cosas,
las renueva, las hace partícipes del eterno gozo de Dios.
No olvidemos que en
el corazón de la Misión de la iglesia, esta el anuncio que la nueva
creación, es una realidad, que brilla ya en nuestro mundo, en nuestras
familias, en nuestras vidas y enciende, aunque en medio de contradicciones
y sufrimientos, la esperanza de una vida nueva, y esta latente en
la humanidad actual.
La misión de la Iglesia
es pues “contagiar” de esperanza a todos los pueblos. Para esto
Cristo llama, justifica, santifica y envía a sus discípulos como
misioneros, el anunciar el Reino de Dios, para que todas las naciones
lleguen a ser Pueblo de Dios.
La misión universal,
que no es otra cosa sino salir de nosotros al encuentro de los demás
para mostrarle el esplendor del Evangelio, de la Buena Noticia,
debe convertirse en una constante fundamental de la vida de la
Iglesia.
Anunciar el Evangelio
debe ser para nosotros, como lo ha sido par a miles y miles de cristianos,
un compromiso nuclear, central en nuestra vida personal, familiar,
laboral, social, política.
A quienes Cristo ha
llamado a ser discípulos y misioneros, nos hace una promesa: YO
ESTARE CON USTEDES TODOS LOS DIAS, HASTA EL FIN DEL MUNDO.
Hermanos, que más necesitamos.
El Señor Resucitado nos acompaña, aprendamos a encontrarlo con los
ojos de la fe: en los sacramentos, en su Palabra, y especialmente
recordando sus palabras de encontrarlo en el prójimo: “Estuve
enfermo o en la cárcel y me visitaste, hambriento y sediento y me
diste de comer, desnudo y me vestiste.”
En este domingo de las
Misiones debemos recordar como Dios nos pide hacer las cosas, especialmente
siendo ante todo dóciles a su Espíritu que compromete y transforma
a la persona en discípulo y lo moldea desde las entrañas y profundidades
de su ser para ser enviado como misionero.
Hermanos esto aconteció
de manera singular con la Virgen María nuestra Madre y ella misma
en este santo lugar del Tepeyac, vino, por un acto maravilloso del
amor misericordioso de Dios y como maestra animó a Juan Diego Cuauhtlatoazin
a ser también discípulo y misionero y también hoy nos anima a seguir
este mismo camino. Recordemos los elementos mas básicos
Juan Diego, de un encuentro
vivo, personal con María Santísima, la Madre del Arraigadísimo Dios
por quien se vive, inició el camino de la obediente entrega de cumplir
la voluntad, el aliento: una Casita, para allí mostrarnos a su Hijo
Jesús y vivir cotidianamente en unión con El. ¿ qué es esa casita
para ti?
Juan Diego de aquí
del Tepeyac siempre salió transformado, lleno de amor de Dios, su
ayate rebozaba de rosas y tú: ¿cómo regresarás a casa, a tu obligaciones,
a tu cotidianidad ?
Juan Diego vivió el
misterio de Cristo de ser “enviado”, vivió en íntima comunión
con Cristo, hasta tener sus mismos sentimientos, impregnado del
Amor del Padre, y obediente su voluntad hasta las últimas consecuencias.
Se supo enviado por Cristo a cumplir una misión, y acompañado constantemente
por El. ¿ podrás tu hacer o mismo?
Si hermanos, bajo el
amparo de Santa María de Guadalupe, cuanto bautizados han encontrado
su verdadero ser, como discípulos y misioneros. Hoy podemos pedirle
a nuestra Niña y Señora, vivir en profundidad el "misterio"
de nuestra propia existencia, vivir la Misión llevando el Evangelio,
la Buena Nueva a los demás hermanos.
Atrevámonos con humildad
a pronunciar las misma palabras de Juan Diego: “Si Señora mía…..
voy ciertamente a poner en obra, tu venerable aliento, tu amada
palabra , iré pues a poner en obra tu venerable voluntad……” (
Nican Mopohua 63-64 ).