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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, Rector del Santuario, en el X Domingo Ordinario,
en la Basílica de Guadalupe.


6 de junio de 2010
Año Sacerdotal

JESÚS ES EL SEÑOR DE LA VIDA

Mis amados hermanos y hermanas, la ternura y la compasión de Dios, se ha manifestado en la persona de su Hijo Jesucristo. Ya veíamos hace una semana en la fiesta de la Santísima Trinidad cómo Jesús vino, como enviado del Padre, a manifestarnos el verdadero rostro de Dios, pues, no es solamente poderoso y eterno, como solemos referirnos a Él. Y aunque son ciertos estos atributos suyos, sabemos, por la revelación de Jesucristo, en su propia persona, que su poder y su sabiduría se manifiestan más vivamente cuando se da a conocer en su misericordia y su compasión por nosotros los hombres.

El Dios con nosotros es Jesucristo, miren Él durante su presencia temporal entre nosotros fue la prueba más viva de un Dios providente y un Dios muy cercano a nosotros. Él es un Dios que se interesa y se ocupa de cada uno de sus hijos, los seres humanos. NADIE LE ES AJENO, nosotros tenemos el privilegio de experimentar ese cariño, ese cuidado, esa protección de Dios, esa preocupación por nosotros al enviarnos a esta preciosa Niña y celestial Señora Santa María de Guadalupe, que es el trasunto de Dios; que es el reflejo de Dios, del interés de Dios por nosotros.

Mis amados hermanos, miren, es lo que sucede hoy en la narración que san Lucas nos hace el Evangelio, como siempre el texto nos invita a reflexionar una vez más en él como Palabra que nos viene de Dios para iluminar nuestra vida y crecer en la fe que celebramos cada domingo. Los invito a que nos detengámonos a considerar lo que los textos sagrados nos dicen hoy.

Parece ser que san Lucas construye su narración tomando como modelo la del libro primero de los Reyes, donde vemos a Elías que invoca a Dios para que le devuelva la vida al hijo de la viuda de Sarepta que le había dado hospedaje y alimento. La mujer pensaba que Elías había ido a su casa para recordarle sus pecados y castigarla con la muerte de su hijo único. Ciertamente, a esta mujer le pasaba lo que a muchos hombres, incluidos muchos que se llaman cristianos, espero que ninguno de los que estamos aquí pensemos de esta manera. Mis hermanos, miren, Dios está siempre al pendiente nuestro, siempre está al cuidado nuestro. La mujer que Elías había ido a su casa para recordarle su pecado y castigarla. ¿Cuántas veces pensamos esto? Que Dios es ante todo un dios castigador, un Dios justiciero, un Dios de muerte y no de vida. Como el supremo policía que está con la macana para darnos el golpe tan pronto nos portemos mal. No es así, mis amados hermanos, también es cierto que algunos pasajes el Antiguo Testamento daban esta impresión; aunque, si escuchamos a los profetas, encontramos que ya ellos enseñaron sobre la ternura de un Dios lento a la cólera y rico en bondad, rico en misericordia.

Pero la bondad de Dios se manifestó en toda su plenitud en la actuación de Jesús durante toda su vida terrenal. Él se compadeció de los marginados y olvidados de la sociedad. De hecho, en su tiempo había mucha gente, como también existe el día de hoy, que es marginada por una sociedad insensible que no se ocupa, y mucho menos se preocupa de los débiles y caídos en desgracia. Esos no estorban mucho y se piensa que simplemente deben ser ignorados para que no sean incómodos. Así era la viuda de Naím que llevaba su único hijo muerto al sepulcro.

En la época de Jesús, pero desde hacía ya mucho tiempo, sucedía que la mujer no contaba por sí misma en la sociedad. Si ella valía algo se lo debía a su marido. De manera que cuando éste llegaba a morir, ella quedaba en el más completo abandono. Esta situación se podía remediar si el hijo mayor ocupaba el vacío que dejaba el padre para ver por la madre y los hermanos menores. Imaginemos, mis hermanos, que pasaría si éste hijo muriera, siendo único. Pues, éste es el caso de aquella mujer a quien sale al paso Jesús. Notemos, mis hermanos, que no es ella quien pide ayuda, quien pide apoyo, quien pide consuelo, no. Es Jesús quien lo ofrece sin que nadie se lo pida. Se ha quedado sola y no depende más que de la ayuda que le puedan brindar espontánea y voluntariamente los vecinos o parientes más cercanos. Jesús conoce muy bien situaciones nuestras, como las de esta pobre viuda de Naím.

Jesús se hace presente con su compasión; Jesús se hace presente con su ternura. Pero no se conmueve por el difunto, sino por la madre que ha quedado desamparada al perderlo todo con la muerte de su único hijo. A Jesús no le importan tanto los muertos como los que quedan vivos con una vida a medias, como esta viuda. Por eso le devuelve a su hijo quien, una vez vuelto a la vida se pondrá a su servicio que es para eso que vivimos. “El sentido de nuestra vida no es nosotros vivamos para nosotros mismos, sino que vivamos los unos para los otros y hagamos posible recíprocamente la vida, nos necesitamos siempre unos con otros, uno de otros. Por eso el domingo primero de cada mes, como ahora recogemos algunos bienes, algo de despensa para compartir con nuestros hermanos más necesitados, para no perder conciencia de esta solidaridad evangélica que debemos tener todos los cristianos. Miren, mis amados hermanos, mediante la acción de Jesús, la madre y el hijo, separados por la muerte, son reunidos de nuevo, y de nuevo tienen la posibilidad de una vida en común. Pero hay un servicio a la vida cuando las personas separadas se reúnen de nuevo” (Klemens Stock).

Mis queridos hermanos y hermanas, nosotros estamos llamados hoy realizar acciones como ésta de Jesús. Son las que anuncian contundentemente los evangelios. No me refiero a devolver la vida de una manera radical como lo pudo y quiso hacer Jesús, eso no está en nuestras manos; pero sí está en nuestra manos el que podamos volvernos hacia los marginados que no cuentan para la sociedad con el fin de darles la mano y de aligerarles la carga de la pobreza o de la ignorancia o de la enfermedad o tal vez el oprobio de la injusticia y el abuso de poder de una sociedad orgullosa de su economía, orgullosa de sus privilegios, que no le interesa los pobre y desvalidos.

El Señor nos invita hoy a servirle en la vida de los que necesitan de un apoyo moral o material, aunque no lo pidan, no estemos esperando a que nos pidan ese favor. Acudamos a ellos, como lo hace Jesús aquí. Se nos pide ser sensibles, como Jesús que se hace presente por propia iniciativa, convocado simplemente por la necesidad humana, impulsado simplemente por la misericordia y el amor por la vida. “LA MISERICORDIA DE JESÚS DEBE SER TAMBIÉN ESTÍMULO PARA NOSOTROS, estímulo para ayudarnos recíprocamente en los límites de nuestras posibilidades” (Isdem).

Esto, mis queridos hermanos y hermanas, es posible si, mediante la escucha y la meditación devota de la Palabra de Dios, nos vamos haciendo cada vez más sensibles y disponibles para los que menos tienen. No podemos cerrar los ojos definitivamente y a demás nadie es tan pobre que no tenga que dar y nadie es tan rico que no tenga necesidad de los demás, nos necesitamos unos a otros. Esto es posible mediante la participación siempre activa y alegre en las eucaristías dominicales, que bendición para aquellos que puedan participar diario en la Santa Eucaristía.

Pues, pidamos a Nuestra Muchachita, a nuestra Celestial Señora del Tepeyac, nuestra Madre que nos enseñe a ser hermanos como Ella lo hace con nosotros.

Amén.

 
 
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