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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la Misa Vespertina de la Cena del Señor, Lavatorio de los pies, en la Basílica de Guadalupe.

1 de abril de 2010
Año Sacerdotal

VIDA, SERVICIO Y AMOR

Mis amados hermanos y hermanas:

“Que nuestro único orgullo sea la cruz de nuestro Señor Jesucristo, porque en Él tenemos la salvación, la vida y la resurrección, y por Él hemos sido salvados y redimidos.”

La celebración de esta tarde tiene un tono especial, que quiere rememorar aquel mismo ambiente íntimo, intenso, que debía tener aquel encuentro de Jesús con sus discípulos. “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre”. Y en estos últimos momentos, Jesús quiere reunirse con sus amigos, para despedirse de ellos para dejarles su último mensaje.

Nosotros, esta tarde, queremos ser aquellos amigos de Jesús que estamos con Él en ese momento importante, porque le amamos y queremos cumplir su voluntad.

Esta tarde, mis amados hermanos y hermanas, comenzamos como un momento muy especial de gracia, el Triduo Pascual: tres días que nos sumergen de una manera especial en el misterio de la pasión, muerte y gloriosa resurrección de nuestro Salvador. Iniciamos, pues, hoy, celebrando la institución de la Eucaristía como memorial de la nueva alianza. El desarrollo de la celebración nos lleva a considerar necesariamente otros dos aspectos del misterio: el servicio fraterno de la caridad y la institución del sacerdocio ministerial, íntimamente ligados a la  Sagrada Eucaristía.

Pero el gozo de este triduo santo, que llega a su punto más alto en la Vigilia Pascual, no puede ser ajeno al momento histórico por el que pasa la humanidad entera en esta terrible experiencia de la crisis económica, de terrorismo, de violencia, de la inseguridad, de narcotráfico, de guerra. De manera que los invito a todos ustedes, mis amados hermanos, a que dejemos que Dios, a través de su Hijo Jesucristo, nos haga el servicio de hacernos encontrar el sentido de estas acciones absurdas que contradicen el plan que se nos ha revelado por la muerte y resurrección de nuestro Señor Cristo.

Permitamos a Jesús que nos lave los pies. Es decir, que nos preste el servicio —puesto que a eso vino— de salvarnos del odio, de la injusticia, de la mentira, a fin de que podamos nosotros, por nuestra parte, abrirnos unos a otros en el amor. Jesús se ha entregado por nosotros, como acción suprema del amor de Dios por nosotros y nos mandó que nos atreviéramos a hacer lo mismo. Que nuestra felicidad no dependiera de otra cosa que no fuera el amor hasta la muerte, el amor hasta el extremo por los que nos necesitan.

La Eucaristía, mis amados hermanos y hermanas, es el signo eficaz del amor de Dios por nosotros y, por eso, la fuente del amor en el servicio de unos con otros. El servicio que da sentido a todo lo que vivimos en la ventura y en la desventura. El servicio es lo que más nos asemeja a Dios porque es la mejor expresión del amor.

Esta tarde, mis amados hermanos y hermanas, en el memorial de la Cena del Señor, hagamos la intención de unirnos a la oración de Cristo por toda la humanidad. Incluso por los que lo rechazan —que es muy probable que  muchos lo rechacen por culpa nuestra— por el testimonio de algunos hermanos sacerdotes, porque Cristo se ofreció por todos. Esta tarde, hermanos míos, en el memorial de la Cena del Señor hagamos la intención de unirnos a la intención de Cristo por toda la humanidad. Insisto en esto, mis hermanos.

El sentido más profundo de la celebración Eucarística es la acción de gracias. Acción de gracias por todos sus dones, principalmente por el don más excelente: su Hijo con quien hemos recibido gracia sobre gracia; una multitud de dones y, entre ellos, la vida a la que estamos invitados a participar ya desde ahora en la medida en que nos unimos a Él mediante el sacramento de la Eucaristía y la práctica del amor fraterno.

La vida, a la que hemos sido llamados por el amor de nuestros padres, vale mucho. En la jerarquía de valores ocupa el primer lugar. Merece, por eso, el máximo respeto en cualquiera de sus etapas. Y cuando los cristianos nos proponemos defenderla y nos oponemos a todo lo que la pretenda disminuir o eliminar, no estamos haciendo otra cosa que lo que hizo Jesús al restituirla, sanarla o mejorarla; pero sobre todo al ofrendar la suya. Haciendo esto hoy, mis hermanos, especialmente con los que menos cuentan, es como aseguramos la vida eterna.

En otras palabras, Jesús nos ha prometido que podremos obtener la vida eterna, pero sólo mediante el camino del servicio, que no es otro que el de la cruz y del amor. Mis hermanos, Amor, servicio y vida es lo que celebramos hoy en este Jueves Santo. Jesús, en su vida mortal, nos enseñó, con su propio ejemplo, que son inseparables. Y es lo que significa la Eucaristía, que es ante todo un encuentro de hermanos con el Hermano mayor ante el Padre, el Buen Padre Dios, de Jesús y nuestro.

Junto con la Eucaristía e inseparable de ella, más aún, en función de ella, Jesús nos ha dejado el don del sacerdocio ministerial. Es un don por la Iglesia, en primer lugar, más que un don personal, un don para la Iglesia. Por el ejercicio sacerdotal, la Iglesia se congrega para la escucha de la Palabra y para ofrecer a Cristo al Padre y con Él también ella se ofrece. Hoy es muy buena ocasión para valorar y orar por las vocaciones sacerdotales. Por tanto oremos para rogar al Padre de misericordia que suscite en los corazones de muchos jóvenes el deseo de consagrar la vida al servicio del Reino y de sus hermanos. Por nuestra parte trabajemos porque en nuestras familias se vivan de tal manera los valores del Evangelio que sea el mejor ambiente para cultivar esas vocaciones.

Y quiero, mis amados hermanos, tomar las palabras con las que esta mañana en la Misa Crismal nos invitaba a reflexionar sobre el ministerio sacerdotal nuestro padre y pastor el Emmo. Sr. Cardenal Norberto Rivera Carrera.

“Jesús, el Ungido de Dios, nos ha hecho sus sacerdotes, nos ha transformado en Cristo por la imposición de las manos, y esto es algo maravilloso, pero a la vez terrible: es grandioso porque nos hace partícipes de su mesianismo, porque cuando realizamos el ministerio sacerdotal, más allá de nuestra indignidad, es Cristo quien actúa en nosotros,. Pero es terrible por la responsabilidad que pone en nuestras débiles manos: ser otro Cristo, buscar día tras día alcanzar su estatura y tener sus mismos sentimientos, anunciar con alegría la Buena Nueva a los pobres y a los pecadores, llevar la liberación a los cautivos, dar la libertad a los oprimidos y anunciar el año de gracia del Señor (cfr. Lc 4,18-19).

Es a través de nuestra pequeñez y limitación como Cristo ha querido perpetuar su sacerdocio en la Iglesia haciéndonos partícipes de su ministerio de salvación, renovando día con día, en su nombre, el sacrificio redentor; preparando para su pueblo el banquete pascual; fomentando en las comunidades la vivencia de la caridad; alimentando a los fieles con el anuncio y la enseñanza de la Palabra, y fortificando a su rebaño con los sacramentos…”

“Es desconcertante y doloroso que, precisamente en este Año de gracia, la imagen del sacerdote esté siendo atacada y desprestigiada como nunca. Hacía siglos que la Iglesia no pasaba por un descrédito tan grande y por una confrontación tan cruda. El Santo Padre Benedicto XVI ha tenido que sufrir la difamación y el ataque lleno de mentiras y vileza, pero ha hecho frente con admirable valentía a los escándalos que han lastimado, en lo más profundo, la confianza y la fe de los fieles cristianos en todo el mundo, y la causa no es ajena al interior de la Iglesia, son algunos sacerdotes deshonestos y criminales que con sus abominables acciones de abusos a niños inocentes, han dañado irremediablemente a sus víctimas, han traicionado su ministerio sagrado, han enlodado a la Iglesia y han avergonzado a sus hermanos sacerdotes”.

“Ante esta dolorosa y vergonzosa crisis, más que hacer una defensa pública debemos realizar un profundo examen de conciencia y revisar cómo estamos viviendo nuestro ministerio sacerdotal. ¿No es ésta una crisis que hunde sus raíces en nuestra mediocridad espiritual?

“Hoy, queridos hermanos, es preciso contemplar al que traspasaron y lanzar un grito “de profundis”. Necesitamos ser amados, ser redimidos, ser sanados, experimentar nosotros -ministros de la misericordia y la reconciliación- la bondad y el perdón del Señor, Crucificado por nuestros pecados, y Resucitado para darnos la esperanza de la salvación y de la vida inmortal”.

Y decía nuestro Cardenal:

“Recibamos con humildad la humillación que el mundo hoy nos lanza públicamente a la cara, reconozcamos nuestras culpas y pecados, que este lodo lanzado injustamente de forma generalizada contra todos los sacerdotes, digo injustamente – y lo está diciendo ante cientos y cientos de la Arquidiócesis de México -  ya que la inmensa mayoría de ustedes son buenos y abnegados sacerdotes del Señor-, sea una penitencia pública por nuestros hermanos que han pecado y delinquido. No olvidemos lo que decía el Señor: “El que se humilla será enaltecido y el que se enaltece será humillado”…

Hasta aquí las palabras de nuestro Cardenal, esta mañana.

Terminemos nuestra reflexión agradeciéndole a Jesús su invitación a estar con Él esta tarde tan importante, digámosle que, como decía al principio, le amamos y queremos cumplir su voluntad y que estamos convencidos de que como discípulos suyos tenemos que distinguirnos por nuestra capacidad de amor, por nuestra capacidad de entrega, por nuestra capacidad de servicio.

Donde quiera que haya un cristiano debe reconocerse por un perfume especial, el de la caridad. Cristiano es el que más ama y el que ama mejor. Dicho de manera personalizada, cristiano es el que se siente amado por Jesús y quiere amar como Él hasta el extremo a la manera de un Dios.

Démosle, pues, gracias a Dios nuestro Señor por el gran don del sacerdocio, de la Eucaristía y por el gran don del pueblo que nos ha confiado a nosotros sacerdotes. Que pese a nuestras defecciones y errores nos sigue amando, nos sigue respetando y confiando en nosotros. Ustedes pueblo de Dios siguen viendo en nuestra frágil persona a Cristo mismo y nos tratan con verdadero afecto y amor.

Que Dios pague su fidelidad y caridad y les pido, queridos hermanos, que sigan orando intensamente por nosotros los sacerdotes. Oren por nuestra conversión, por nuestra santificación, para que el Señor nos dé un corazón semejante al suyo, lleno de solicitud y amor por sus ovejas. Oren a nuestra preciosa y Celestial Señora, Santa María de Guadalupe, Madre de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote para que, en el momento de la prueba, nuestra fe no desfallezca, para que no tengamos miedo en seguirlo al Calvario abrazados de su cruz, para que nuestro corazón lo ame sólo a Él y de ese amor brote el amor y servicio a ustedes, pueblo santo y sacerdotal.

Amén.

 
 
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