VIDA, SERVICIO
Y AMOR
Mis
amados hermanos y hermanas:
“Que
nuestro único orgullo sea la cruz de nuestro Señor Jesucristo,
porque en Él tenemos la salvación, la vida y la resurrección,
y por Él hemos sido salvados y redimidos.”
La celebración de esta tarde tiene un tono especial,
que quiere rememorar aquel mismo ambiente íntimo, intenso, que
debía tener aquel encuentro de Jesús con sus discípulos. “Antes
de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la
hora de pasar de este mundo al Padre”. Y en estos últimos
momentos, Jesús quiere reunirse con sus amigos, para despedirse
de ellos para dejarles su último mensaje.
Nosotros, esta tarde, queremos ser aquellos
amigos de Jesús que estamos con Él en ese momento importante,
porque le amamos y queremos cumplir su voluntad.
Esta tarde, mis amados hermanos y hermanas,
comenzamos como un momento muy especial de gracia, el Triduo Pascual:
tres días que nos sumergen de una manera especial en el misterio
de la pasión, muerte y gloriosa resurrección de nuestro Salvador.
Iniciamos, pues, hoy, celebrando la institución de la Eucaristía
como memorial de la nueva alianza. El desarrollo de la celebración
nos lleva a considerar necesariamente otros dos aspectos del misterio:
el servicio fraterno de la caridad y la institución del sacerdocio
ministerial, íntimamente ligados a la Sagrada Eucaristía.
Pero el gozo de este triduo santo, que llega
a su punto más alto en la Vigilia Pascual, no puede ser ajeno
al momento histórico por el que pasa la humanidad entera en esta
terrible experiencia de la crisis económica, de terrorismo, de
violencia, de la inseguridad, de narcotráfico, de guerra. De manera
que los invito a todos ustedes, mis amados hermanos, a que dejemos
que Dios, a través de su Hijo Jesucristo, nos haga el servicio
de hacernos encontrar el sentido de estas acciones absurdas que
contradicen el plan que se nos ha revelado por la muerte y resurrección
de nuestro Señor Cristo.
Permitamos a Jesús que nos lave los pies. Es
decir, que nos preste el servicio —puesto que a eso vino— de salvarnos
del odio, de la injusticia, de la mentira, a fin de que podamos
nosotros, por nuestra parte, abrirnos unos a otros en el amor.
Jesús se ha entregado por nosotros, como acción suprema del amor
de Dios por nosotros y nos mandó que nos atreviéramos a hacer
lo mismo. Que nuestra felicidad no dependiera de otra cosa que
no fuera el amor hasta la muerte, el amor hasta el extremo por
los que nos necesitan.
La Eucaristía, mis amados hermanos y hermanas,
es el signo eficaz del amor de Dios por nosotros y, por eso, la
fuente del amor en el servicio de unos con otros. El servicio
que da sentido a todo lo que vivimos en la ventura y en la desventura.
El servicio es lo que más nos asemeja a Dios porque es la mejor
expresión del amor.
Esta tarde, mis amados hermanos y hermanas,
en el memorial de la Cena del Señor, hagamos la intención de unirnos
a la oración de Cristo por toda la humanidad. Incluso por los
que lo rechazan —que es muy probable que muchos lo rechacen por
culpa nuestra— por el testimonio de algunos hermanos sacerdotes,
porque Cristo se ofreció por todos. Esta tarde, hermanos míos,
en el memorial de la Cena del Señor hagamos la intención de unirnos
a la intención de Cristo por toda la humanidad. Insisto en esto,
mis hermanos.
El sentido más profundo de la celebración Eucarística
es la acción de gracias. Acción de gracias por todos sus dones,
principalmente por el don más excelente: su Hijo con quien hemos
recibido gracia sobre gracia; una multitud de dones y, entre ellos,
la vida a la que estamos invitados a participar ya desde ahora
en la medida en que nos unimos a Él mediante el sacramento de
la Eucaristía y la práctica del amor fraterno.
La vida, a la que hemos sido llamados por el
amor de nuestros padres, vale mucho. En la jerarquía de valores
ocupa el primer lugar. Merece, por eso, el máximo respeto en cualquiera
de sus etapas. Y cuando los cristianos nos proponemos defenderla
y nos oponemos a todo lo que la pretenda disminuir o eliminar,
no estamos haciendo otra cosa que lo que hizo Jesús al restituirla,
sanarla o mejorarla; pero sobre todo al ofrendar la suya. Haciendo
esto hoy, mis hermanos, especialmente con los que menos cuentan,
es como aseguramos la vida eterna.
En otras palabras, Jesús nos ha prometido que
podremos obtener la vida eterna, pero sólo mediante el camino
del servicio, que no es otro que el de la cruz y del amor. Mis
hermanos, Amor, servicio y vida es lo que celebramos hoy en este
Jueves Santo. Jesús, en su vida mortal, nos enseñó, con su propio
ejemplo, que son inseparables. Y es lo que significa la Eucaristía,
que es ante todo un encuentro de hermanos con el Hermano mayor
ante el Padre, el Buen Padre Dios, de Jesús y nuestro.
Junto con la Eucaristía e inseparable de ella,
más aún, en función de ella, Jesús nos ha dejado el don del sacerdocio
ministerial. Es un don por la Iglesia, en primer lugar, más que
un don personal, un don para la Iglesia. Por el ejercicio sacerdotal,
la Iglesia se congrega para la escucha de la Palabra y para ofrecer
a Cristo al Padre y con Él también ella se ofrece. Hoy es muy
buena ocasión para valorar y orar por las vocaciones sacerdotales.
Por tanto oremos para rogar al Padre de misericordia que suscite
en los corazones de muchos jóvenes el deseo de consagrar la vida
al servicio del Reino y de sus hermanos. Por nuestra parte trabajemos
porque en nuestras familias se vivan de tal manera los valores
del Evangelio que sea el mejor ambiente para cultivar esas vocaciones.
Y quiero, mis amados hermanos, tomar las palabras
con las que esta mañana en la Misa Crismal nos invitaba a reflexionar
sobre el ministerio sacerdotal nuestro padre y pastor el Emmo.
Sr. Cardenal Norberto Rivera Carrera.
“Jesús, el Ungido de Dios, nos ha hecho sus
sacerdotes, nos ha transformado en Cristo por la imposición de
las manos, y esto es algo maravilloso, pero a la vez terrible:
es grandioso porque nos hace partícipes de su mesianismo, porque
cuando realizamos el ministerio sacerdotal, más allá de nuestra
indignidad, es Cristo quien actúa en nosotros,. Pero es terrible
por la responsabilidad que pone en nuestras débiles manos: ser
otro Cristo, buscar día tras día alcanzar su estatura y tener
sus mismos sentimientos, anunciar con alegría la Buena Nueva a
los pobres y a los pecadores, llevar la liberación a los cautivos,
dar la libertad a los oprimidos y anunciar el año de gracia del
Señor (cfr. Lc 4,18-19).
Es a través de nuestra pequeñez y limitación
como Cristo ha querido perpetuar su sacerdocio en la Iglesia haciéndonos
partícipes de su ministerio de salvación, renovando día con día,
en su nombre, el sacrificio redentor; preparando para su pueblo
el banquete pascual; fomentando en las comunidades la vivencia
de la caridad; alimentando a los fieles con el anuncio y la enseñanza
de la Palabra, y fortificando a su rebaño con los sacramentos…”
“Es desconcertante y doloroso que, precisamente
en este Año de gracia, la imagen del sacerdote esté siendo atacada
y desprestigiada como nunca. Hacía siglos que la Iglesia no pasaba
por un descrédito tan grande y por una confrontación tan cruda.
El Santo Padre Benedicto XVI ha tenido que sufrir la difamación
y el ataque lleno de mentiras y vileza, pero ha hecho frente con
admirable valentía a los escándalos que han lastimado, en lo más
profundo, la confianza y la fe de los fieles cristianos en todo
el mundo, y la causa no es ajena al interior de la Iglesia, son
algunos sacerdotes deshonestos y criminales que con sus abominables
acciones de abusos a niños inocentes, han dañado irremediablemente
a sus víctimas, han traicionado su ministerio sagrado, han enlodado
a la Iglesia y han avergonzado a sus hermanos sacerdotes”.
“Ante esta dolorosa y vergonzosa crisis, más
que hacer una defensa pública debemos realizar un profundo examen
de conciencia y revisar cómo estamos viviendo nuestro ministerio
sacerdotal. ¿No es ésta una crisis que hunde sus raíces en nuestra
mediocridad espiritual?
“Hoy, queridos hermanos, es preciso contemplar
al que traspasaron y lanzar un grito “de profundis”. Necesitamos
ser amados, ser redimidos, ser sanados, experimentar nosotros
-ministros de la misericordia y la reconciliación- la bondad y
el perdón del Señor, Crucificado por nuestros pecados, y Resucitado
para darnos la esperanza de la salvación y de la vida inmortal”.
Y decía nuestro Cardenal:
“Recibamos con humildad la humillación que el
mundo hoy nos lanza públicamente a la cara, reconozcamos nuestras
culpas y pecados, que este lodo lanzado injustamente de forma
generalizada contra todos los sacerdotes, digo injustamente – y lo está diciendo ante cientos y cientos de
la Arquidiócesis de México - ya que la inmensa mayoría de
ustedes son buenos y abnegados sacerdotes del Señor-, sea una
penitencia pública por nuestros hermanos que han pecado y delinquido.
No olvidemos lo que decía el Señor: “El que se humilla será enaltecido
y el que se enaltece será humillado”…
Hasta aquí las palabras de nuestro Cardenal,
esta mañana.
Terminemos nuestra reflexión agradeciéndole
a Jesús su invitación a estar con Él esta tarde tan importante,
digámosle que, como decía al principio, le amamos y queremos cumplir
su voluntad y que estamos convencidos de que como discípulos suyos
tenemos que distinguirnos por nuestra capacidad de amor, por nuestra
capacidad de entrega, por nuestra capacidad de servicio.
Donde quiera que haya un cristiano debe reconocerse
por un perfume especial, el de la caridad. Cristiano es el que
más ama y el que ama mejor. Dicho de manera personalizada, cristiano
es el que se siente amado por Jesús y quiere amar como Él hasta
el extremo a la manera de un Dios.
Démosle, pues, gracias a Dios nuestro Señor
por el gran don del sacerdocio, de la Eucaristía y por el gran
don del pueblo que nos ha confiado a nosotros sacerdotes. Que
pese a nuestras defecciones y errores nos sigue amando, nos sigue
respetando y confiando en nosotros. Ustedes pueblo de Dios siguen
viendo en nuestra frágil persona a Cristo mismo y nos tratan con
verdadero afecto y amor.
Que Dios pague su fidelidad y caridad y les
pido, queridos hermanos, que sigan orando intensamente por nosotros
los sacerdotes. Oren por nuestra conversión, por nuestra santificación,
para que el Señor nos dé un corazón semejante al suyo, lleno de
solicitud y amor por sus ovejas. Oren a nuestra preciosa y
Celestial Señora, Santa María de Guadalupe, Madre de Cristo Sumo
y Eterno Sacerdote para que, en el momento de la prueba, nuestra
fe no desfallezca, para que no tengamos miedo en seguirlo al Calvario
abrazados de su cruz, para que nuestro corazón lo ame sólo a Él
y de ese amor brote el amor y servicio a ustedes, pueblo santo
y sacerdotal.
Amén.