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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, Rector del Santuario, en la Solemnidad de la Santísima Trinidad,
en la Basílica de Guadalupe.

30 de mayo de 2010

NUESTRO DIOS, EL ÚNICO, ES PADRE, HIJO Y ESPÍRITU SANTO

“Bendito sea Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, porque nos ha mostrado un amor inmenso”. Esta es, mis queridos hermanos y hermanas, la aclamación con que inicia hoy la celebración litúrgica de esta solemnidad en todo el mundo. Es la proclamación del pueblo de Dios del misterio de nuestra fe: tres personas y un solo Dios verdadero con la actividad más característica suya: el amor. Y más todavía: hacia nosotros.

Desde la Navidad hasta la culminación de Pascua, con la celebración de la efusión del Espíritu Santo, Pentecostés, hemos venido recorriendo la obra de este Dios que se ha hecho presente en Jesucristo y nos ha ido revelando, mediante su realidad humana y divina, un misterio. Un misterio único, e insospechado a lo largo de los años de historia de la humanidad, y que se nos fue dado a conocer en la persona de Jesucristo el Hijo de María. Una vez que hemos visto con los ojos de la fe y venerado en el amor, a través de la vida del Señor Jesús, desde su nacimiento hasta su resurrección, la obra que Dios preparó desde la antigüedad del pueblo de Israel y llevada a su plenitud con la inauguración del Reino, por parte de Jesús, podemos, entonces, mis amados hermanos y hermanas, detenernos a contemplar las obras realizadas por Dios en la persona de su Hijo con el Espíritu Santo.

En efecto, mis amados hermanos y hermanas, Jesús vino, en primer lugar a manifestarnos facetas del misterio de Dios que ni la historia del Antiguo Testamento por medio de su pueblo elegido nos había dado a conocer.

En primer lugar Jesús nos ha revelado el verdadero rostro del Padre desde su propia persona. No es que el Antiguo Testamento ignorara del todo ese rostro, pero, miren, la revelación que hizo Jesús fue más nítida e inconfundible a partir de presencia bondadosa. POR ÉL, POR JESUCRISTO Y SÓLO POR ÉL SABEMOS QUE DIOS ES UN PADRE, UN PAPÁ con quien puede uno entrar en diálogo, íntimo, en diálogo confiado, en diálogo amoroso, como dialoga un hijo con su padre. Él ES UN PADRE PROVIDENTE que no está esperando a que le expresemos nuestras necesidades, pues, las conoce mejor que nosotros, así como lo que más nos conviene. Jesús nos ha manifestado, en su persona, junto con su omnipotencia, toda la ternura y el amor entrañable que tiene por todos y cada uno de nosotros. Aún más, mis hermanos, nosotros los mexicanos, los que vivimos en este continente de América contemplamos el rostro amoroso del Padre en este rostro dulce, tierno y sereno de nuestra preciosa Niña y Muchachita Santa María de Guadalupe. Y este amor que nos tiene se hace más palpable cuando lo experimentamos como signos de su gran misericordia.

El Padre quiere que todos los seres humanos vivamos como hermanos y para eso envió a su Hijo, precisamente para que todos fuéramos hermanos en Jesús, el Hermano Mayor, el primero de todos. Esta fraternidad universal debe reflejarse siempre en la Iglesia, pues, es el sacramento vivo y actual de ese proyecto divino.

Jesús, por su parte, como Hijo de Dios nos enseña que no podemos agradar al Padre, su Padre y nuestro Padre, sino en la obediencia. Y, entonces, Él mismo aparece, desde su entrada a este mundo, obedeciendo a su Padre hasta la muerte en la cruz, una de las muertes más ignominiosas. Jesús, a su vez, nos da sus mandamientos para que, al observarlos, tengamos una relación de amor con Él y con su Padre.

Jesucristo, mis amados hermanos y hermanas, es el intermediario insustituible entre Dios y nosotros. Es el Pontifex, es el puente entre Dios y nosotros. Entonces la mejor comunicación con Dios es posible por Cristo, con Él y en Él. Es un canal de ida y vuelta. La fe verdadera y más profunda, mis hermanos, consiste, entonces, en conocer a Cristo y rendirle, y sólo a Él, toda nuestra sumisión humilde y obediente.

Nosotros, mis hermanos muy queridos, que hemos conocido a Jesucristo, no podemos ya prescindir de Él para conocer al verdadero Dios, al Dios por quien se vive éste que nos trajo Santa María de Guadalupe para darle culto y escuchar su voz. No profesamos una religión que tenga representaciones a través de plantas, animales u objetos supuestamente sagrados. Atención en esto, mis hermanos, porque somos muy dados a lo mágico y a desviarnos en la fe, no necesitamos escuchar al viento o conocer las posiciones de los astros para conocer la voluntad de Dios. Qué pena que muchos cristianos, católicos tengan casi como devoción escuchar los horóscopos, leer los horóscopos, a ver que nos dice, mis hermanos, estamos perdiendo el tiempo. Tampoco nos valemos de talismanes, como piedras, vegetales o acciones mágicas para atraer la atención de quien es nuestro Padre providente y amoroso o para alejar sus maleficios, porque Él sólo quiere nuestro bien. Para eso se humana: tanto amó Dios al mundo, tanto nos ama que se humana, se encarna para salvarnos, rescatarnos. Se humana en las benditas entrañas de la Santísima Virgen María.

Mis hermanos, sólo conocemos al Padre y a su Hijo Jesucristo si escuchamos al Maestro, si lo escuchamos con devoción e interés firme y sincero a fin de conocer la voluntad de Dios. Y sabemos que Jesús nos la ha dado a conocer plenamente, cuando nos ha enseñado que lo más importante para ser discípulos suyos y del Padre es el amor de unos a otros. En esto conocerán que son mis discípulos en que se amen unos a los otros, como yo los he amado. El amor que se expresa concretamente en una actitud de servicio fraternal, especialmente a quienes se encuentran en cualquier desventaja y carecen hasta de los valores materiales o espirituales para vivir dignamente.

Y para conocer y entender más claramente a Jesús, su Padre y Él nos enviaron su Espíritu Santo, bien lo dijo Jesús: les enviaré el poder de lo alto para que nos conduzca a la verdad completa, no viene a enseñarnos algo nuevo, no, Espíritu Santo viene y nos mete en el corazón a Jesús para que demos testimonio de Él y desde luego al encontrarnos a Jesús contemplamos el rostro de amor, de ternura, de misericordia de nuestro Padre Dios. Esta es la tarea, la misión del Espíritu Santo, el cual cuando lo acogemos, como lo vimos el domingo pasado, realiza su obra de santificación y de fortalecimiento para llevar a cabo la obra de Dios, a la manera de Cristo, al estilo de Cristo. Su obra, entonces, la consideramos necesaria para cumplir con alegría y entereza la voluntad de Aquel que nos llama a compartir la vida consigo mismo. Esto es para nosotros, mis hermanos, consuelo en la pena, descanso en la fatiga, y gozo en el sufrimiento. Y la Morenita nos hace entender esto, cuando dejamos calar las palabras, que le dijera un día a nuestro querido Juan Diego Cuauhtlatoatzin: estoy aquí para escuchar tuis quejas, penas, lamentos y curar todos tus males.

Mis amados hermanos y hermanas, todo es obra de la Santísima Trinidad. Y en la Eucaristía, como en los demás sacramentos, está presente y activa. Recordemos que la oración litúrgica, que es la oración modelo del cristiano, oramos al Padre mediante el Hijo en comunión con su Espíritu Santo. Ojalá, mis amados hermanos y hermanas, esto nos haga vivir más intensamente nuestras eucaristías, especialmente los domingos que nutren nuestros días y nos permiten vivir en diálogo permanente, en diálogo amoroso e íntimo con Dios Trino y Uno.

Que María nuestra Niña y Muchachita, nuestra Madre y Celestial Señora, nos acompañe con su ejemplo vivo de obediencia al Padre cuando por el anuncio del ángel concibió en su seno al Hijo, por obra del Espíritu Santo.

Amén.

 
 
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