Homilía
pronunciada por Emmo. Sr. Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo
Primado de México, Celebración Eucarísta
de la Bendición de las Rosas en la Basílica de
Guadalupe.
Lunes 12 de diciembre de 2005.
Es una realidad que cuando
entra el pecado en el mundo, la astuta serpiente, el mal, mete en el
corazón del ser humano un terrible engaño, al hacerlo creer que Dios
le miente, que lo engaña; el mal lo convence de que Dios no lo ama.
De esta manera, el hombre, ciego por la soberbia, peca y no cree en
el verdadero Dios, al no valorar que en realidad había sido creado a
su imagen y semejanza.
Este miserable
hombre, desde lo más íntimo, destruye la relación con el Creador, rompe
con el amor; y al destruir la unidad que existía con Dios, rompe también
con él mismo, se ve desnudo, la unidad original que existía en el ser
humano se destruye, se despedaza la armonía; y, con tremendo egoísmo
y cobardía le echa la culpa al otro; y no contento con esto, todavía
se vuelve en contra del mismo Dios; dice Adán con tremenda soberbia:
"la mujer que tú me diste por compañera" (Gen 3, 14); para
Adán la culpa no sólo era de aquella mujer, sino que era también del
mismo Dios, por habérsela dado; la culpa era de las circunstancias que
le había presentado la serpiente, la culpa era del mundo, la culpa era
de todos, absolutamente de todos, menos de él; su desafortunado intento
por salvaguardar su propia vida lo lleva a destruirla.
El ser humano
despedaza su relación con Dios y, en consecuencia, su relación con los
"demás, su relación con el mundo y su relación consigo mismo. La
ceguera de este ser humano, que quiso ser dios, lo llevó a quedarse
desnudo; trató de salvar su vida alejándose de Dios y lo único que consiguió
fue la destrucción de todo aquello que le rodeaba; fue el creador de
su propia ruina; dejó entrar en su corazón la soberbia y el egoísmo;
y con ello: la soledad, el temor, la inseguridad, la tristeza, el dolor,
la injusticia, la venganza, el rencor, la violencia, la muerte.
Sin embargo,
el amor de Dios es tan grande, tan inmenso, tan maravilloso que, como
hemos escuchado a san Pablo en la Segunda Lectura: "envió a su
propio Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar
a los que estábamos bajo la ley, a fin de hacemos hijos suyos"
(Gal 4, 4-5). Es el mismo Dios, quien por medio del Espíritu nos hace
llamarlo Padre "iAbbá!", "papá"; es Dios, solamente
Él, quien permanece siempre fiel, es ese nuestro Dios, "nuestro"
pues Él mismo se ha hecho "nuestro" y por ello podemos decirle
Padre, y nosotros decimos hermanos.
Es el Creador
quien sale a nuestro encuentro, precisamente, por medio de una mujer
para sanar y salvar nuestros corazones. Es el mismo Dios, quien por
medio de María, su Madre Santísima, restaura la relación que se había
destruido en el ser humano; gracias a Dios, podemos tener su misma presencia
entre nosotros, por medio de María; como dice el profeta Isaías en la
Primera Lectura: "He aquí que la virgen concebirá y dará a luz
un hijo y le pondrán el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios-con
nosotros" (Is 7, 14).
En nuestro
amado México, a diez años después de la Conquista, Dios se hace presente
por medio de una virgen, una doncella, que se encaminó presurosa a un
pueblo, un pueblo que agonizaba, que moría; que había sido vencido,
con violencia, que se atormentaba con la depresión, un pueblo convencido
de que sus dioses, por los cuales había derramado la sangre de sus hijos,
lo habían traicionado, lo habían abandonaron a su suerte; y, además,
enfrentado a otro pueblo, que al pretender destruirlo se destruía a
sí mismo.
Dos pueblos
que se sentían pertenecientes y elegidos por Dios; el pueblo azteca
que se decía: "hijo del Sol" y el pueblo español que se decía:
"hijo de Dios"; dos pueblos religiosos en extremo y, al mismo
tiempo, con mentalidades totalmente distintas; culturas tan distantes,
con visiones del mundo, de los demás, de su propia persona y de Dios
tan diferentes pero, al mismo tiempo, tan semejantes; en esencia, estos
pueblos eran integrados por ese mismo ser humano de todos los tiempos
y de todas las culturas; con sus limitaciones y pecados, con sus virtudes
y sus cualidades. Seres humanos de barro creados por Dios a su imagen
y semejanza.
Santa María
de Guadalupe, virgen y madre, entra en nuestra historia de una manera
determinante, es Ella la que viene presurosa a traernos a Nuestro Señor
Jesucristo. Dios elige su mejor Sagrario: el vientre virginal de su
Madre Santísima; quien llena de júbilo exclama: "mi alma glorifica
al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque
puso sus ojos en la humildad de su esclava" (Lc 1, 46-48).
Triunfa
la humildad sobre la soberbia; triunfa el Amor sobre el odio; triunfa
el perdón sobre el rencor; triunfa la unidad sobre la división. Ante
Ella podemos unir nuestra voz a la de su prima Isabel: "iBendita
tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!"
Ella puso
sus ojos misericordiosos en nosotros, sus hijos; por medio de Ella,
se hace presente nuestro Dios y Señor, quien salva y sana de las heridas
del pecado; restaurando en Ella la relación de nosotros con El, con
el verdadero Dios por quien se vive. El Creador de todas las cosas,
por medio de Santa María de Guadalupe, también restaura en su ser la
armonía con la naturaleza, el sol, la luna, las estrellas son unidad
en su imagen bendita. Dios, por medio de su Madre, restaura la unidad
con el hermano.
Ella es
quien nos confirma, por medio de san Juan Diego, que el miedo ya no
debe dominar nuestro corazón, cuando le dice a este gran hombre, y a
través de él a todos nosotros: "Escucha, ponlo en tu corazón, Hijo
mío el menor, que no es nada lo que te espantó, lo que te afligió; que
no se perturbe tu rostro, tu corazón; no temas [...] ¿No estoy aquí
yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy
yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el
cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?"
Dios, por
medio de su Santísima Madre, hace de nosotros una nueva creación; es
por ello que desde el primer encuentro que tiene con san Juan Diego
se manifiesta este paraíso, como se expresa en el Nican Mopohua: "El
resplandor de Ella como preciosas piedras, como ajorca (todo lo más
bello) parecía: la tierra como que relumbraba con los resplandores del
arco iris en la niebla." Cuando Juan Diego contempló estas maravillosas
manifestaciones, inmediatamente vino a su mente la imagen del paraíso
celestial que tanto había escuchado describir a sus antepasados; absorto,
pero con el alma y el corazón sin turbación, exclamó: "«¿Dónde
estoy? ¿Dónde me veo? ¿Acaso allá donde dejaron dicho los antiguos nuestros
antepasados, nuestros abuelos: en la tierra de las flores, en la tierra
del maíz, de nuestra carne, de nuestro sustento, acaso en la tierra
celestial?".
Es así que
en el vientre Santísimo de María de Guadalupe nacemos de nuevo; hace
de nosotros un nuevo pueblo,
un pueblo mestizo, un pueblo en donde se da el modelo de una evangelización
perfectamente inculturada, como la definió el Papa Juan Pablo lI, de
felicísima memoria: "América Latina, en Santa María de Guadalupe,
ofrece un gran ejemplo de evangelización perfectamente inculturada,
En efecto, en la figura de María desde el principio de la cristianización
del Nuevo Mundo y a la luz del evangelio de Jesús- se encarnaron auténticos
valores culturales indígenas, En el rostro mestizo de Virgen del Tepeyac,
se resume el gran principio de inculturación: la íntima transformación
de los auténticos valores culturales mediante la integración en el cristianismo
en las varias culturas",
Esta integración
que proclama el Santo Padre es por lo que debemos luchar y dar la vida;
es necesario vivir en unidad íntima con nuestro Dios y Señor, quien
nos ha dado la oportunidad de volver a Él, hay que esforzarnos para
vivir integrados con nosotros mismos, es muy importante unirnos como
verdaderos hermanos; hay que conquistar nuestro máximo anhelo de ser
un pueblo lleno de Dios, lleno de Amor; que surja en nosotros lo valioso
y hermoso que tenemos dentro y que Dios lo confirma, somos tan valiosos
para Él, que Él ha dado su vida por nosotros, ha dado a su propia Madre
como Nuestra Madre; por ello podemos nuevamente unirnos a la voz de
Isabel y proclamar: ¿Quién soy yo, para que la Madre de mi Señor venga
a verme?" (Lc 1, 43); ¿Quiénes somos nosotros para que la Madre
de nuestro Señor venga a vernos y venga a ser nuestra Madre?
Gracias
Madre mía, Morenita mía, mi Niña Amada; gracias por ver y valorar en
nosotros lo que, por nuestra soberbia y pecado, no habíamos visto ni
valorado; gracias por ser nuestra Madre; gracias por venir presurosa
a entregarnos a tu Hijo Jesucristo, Nuestro Salvador; gracias por restaurar
nuestro ser; gracias por unirnos como hermanos de una misma sangre derramada
en esa cruz, la sangre de tu propio Hijo; gracias Reina del Cielo por
tener misericordia de éste tu pueblo, el que tú elegiste para manifestar
tu rostro y dejarnos tu hermosa y bendita imagen en la humilde tilma
de san Juan Diego; gracias Madre nuestra pues, por ti, podemos unirnos
como un solo pueblo lleno del amor de Dios.