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Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector de la Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe, ciudad de México, a la Comunidad Hispana Radicada en los Ángeles, California, en el I Domingo de Adviento.


Domingo 3 de diciembre de 2006

¡En la espera de su venida!

Muy queridos hermanos y hermanas, a todos y a cada uno de los aquí presentes los saludo afectuosamente. Con especial cariño saludo a mis hermanos y hermanas, que por diversas razones y circunstancias tuvieron que dejar la patria que los vio nacer, convirtiéndolos en extranjeros de esta tierra y buscando en ella  mejores condiciones de vida.

Le traigo a cada uno de Ustedes, la solicitud, la cercanía y la palabra de la Iglesia. Antes de subir al avión que me traería a este lugar, celebre la santa Eucaristía frente a la milagrosa Imagen de nuestra Señora de Guadalupe, poniendo bajo su maternal cuidado y protección este encuentro con Ustedes, ahora que regrese a su Casita Sagrada en el Tepeyac, les aseguro que los llevaré en mis ojos y en mi corazón y los pondré a todos, bajo su tierna y compasiva mirada. Pues Ella es nuestro auxilio y defensa, nuestra Madre y de todos los hombres que a Ella clamen.

Agradezco a Su Eminencia, el Cardenal Roger Mahony, a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas; y al Pueblo de Dios de esta gran arquidiócesis de los Ángeles, su presencia y sus muestras de afecto. Gracias por esta comunión eclesial. Expreso también mi gratitud a las autoridades civiles aquí presentes y a los organizadores de esta memorable visita. Muchas gracias a todos.

Agradezco a Dios y a nuestra Muchachita Guadalupe, el permitirme estar entre ustedes para celebrar la fe católica y aún más, poder anunciarles el amor maternal de la Madre de Cristo, en la queridísima advocación de Guadalupe. Hoy podemos escuchar, queridísimos hermanos y hermanas, en nuestros corazones, las  tiernas palabras de la Virgen que nos dice: ¡Que nada te espante! ¡Que nada te turbe! ¿Que no estoy yo aquí que son tu Madre? ¿No estás por ventura bajo mi regazo? ¿Acaso no soy la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? (N. M. 118 – 119).

He venido para decirles que no están solos, que el Señor Jesús, Camino, Verdad y Vida presente en los pastores de la Iglesia los acompaña y los anima en su búsqueda constante de realización como un legítimo deseo. En esta búsqueda los invito a mirar con confianza a María, la Madre de Jesús, pues Ella sabe del exilio, del destierro. Ella fue migrante como muchos de los aquí presentes, padeció el desarraigo, la soledad, la amargura, la incomprensión y la intolerancia. Esta tarde quiero llegar a todos y proclamar desde Guadalupe, que Cristo es nuestro único Camino, Verdad y Vida. Nuestra esperanza y resurrección. A Ella, a quien invocamos en este singular día, confiamos nuestros proyectos, alegrías y tristezas, con la certeza que habrá de escucharnos y remediar nuestras necesidades, penas, miserias y dolores.  (N. M. 32)

La aparición de nuestra Señora de Guadalupe a san Juan Diego Cuauhtlatoatzin en el cerro del Tepeyac, manifiesta la presencia misericordiosa de Dios a través de María para hacerse solidario y dar esperanza al pueblo que sufre.

Esta es precisamente la palabra de esperanza que traigo para cada uno de ustedes, palabra que es suave bálsamo ante tantas adversidades, pero que ninguna de estas podrá apartarnos del amor de Cristo. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? El sufrimiento, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?... Dios que nos ama hará que salgamos victoriosos de todas estas pruebas. Porque estoy seguro de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni otras fuerzas sobrenaturales, ni lo presente ni lo futuro, ni poderes de cualquier clase, ni de los de arriba ni de los de abajo, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro. (Rom 35-39)

En la línea de la esperanza, mis amados hermanos, quiero detenerme a reflexionar junto con ustedes sobre este tema de la escatología cristiana, a propósito del tiempo litúrgico que hoy inauguramos:

Es precisamente, la esperanza cristiana, mis queridos hermanos y hermanas, a la que el Señor nos invita a abrazarnos en este tiempo especial del Adviento, sobre todo cuando el hombre moderno creído de sí mismo, de sus capacidades y alcances pone al margen de sus relaciones al QUE ES la única y verdadera esperanza en este difícil camino.

El Adviento es el tiempo de la espera del Señor. Viene a todos y a cada uno de los que estamos abiertos a su obra de salvación. Este tiempo de Adviento es la primera etapa del año litúrgico que hoy comenzamos como un ciclo que Dios nos concede recorrer en la Iglesia para hacer cada vez más actual, en la vida de todos los que la formamos, los misterios por los cuales la misericordia divina nos ha querido mostrar su amor.

En este tiempo, en el que parece que muere la esperanza por nuestra confiada espera en tantas y tantas  promesas incumplidas, hoy debemos de recordar que existe un Dios que mantiene la palabra. Entre tantas sacudidas que nos obligan a encajar la cabeza en la tierra y cerrar los ojos como presintiendo la tempestad que está a punto de caer sobre nosotros, existe Alguien que nos obliga a levantar la cabeza y a vislumbrar, más allá de las ruinas, la aurora de la salvación y de la liberación ya cercanas.

Esta esperanza, el profeta Jeremías nos la presenta en un vástago y no en la seguridad a la que estamos acostumbrados, hay que esperar contra toda esperaza. Esta se nos da en un indicio de vida, en la fragilidad, en la posibilidad. En una cita para el futuro y sin que esta tenga mucho que mostrarnos. Quizá no te ofrece nada hoy, porque espera para florecer mañana. Esperar, mis queridos hermanos, significa fiarse del futuro y arriesgarse por la vida.

En la segunda lectura, san Pablo nos invita a esperar al Señor a través de dos recomendaciones: agradando a Dios  y mientras esto hacemos, esperar anheladamente su llegada. La espera debe estar plagada de un amor rebosante y sin medida hacia los demás, cuidando como dice Jesús en el Evangelio que en esta espera que no se nos embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación por el dinero, pues quien vive disipadamente, es decir tirando aquí y allá no estará en condición de ir al encuentro de Aquel que viene a salvarnos. Hasta aquí mi reflexión sobre el Adviento.

El Año Jubilar Guadalupano decretado en la Arquidiócesis Primada de México, depositaria desde 1531 del maravilloso suceso guadalupano, trajo para esta Iglesia Particular la magnifica oportunidad de reflexionar sobre el incalculable valor de este portento, así como el estudiar su significado, valor y trascendencia de cara a las realidades que vive el continente americano, del cual la Virgen Santísima de Guadalupe es invocada como "patrona de toda América y Estrella de la primera y de la nueva evangelización".

Es evidente, mis amados hermanos y hermanas, que América es el nuevo bastión de la cristiandad por su rica y fecunda historia de fe

Desde este continente de la esperanza debemos impulsar una nueva evangelización que responda con valentía, vigoroso y permanente empeño a los desafíos del mundo actual. Este proceso de recristianización deberá estar animado e inspirado, sí en el impulso de nuestros pastores y de todos los demás agentes de la pastoral, pero sobre todo apoyados en el método que utilizó santa María de Guadalupe al evangelizar estas tierras, teniendo muy presente la cultura, inculturando profundamente el Evangelio. Así como Ella asumió el misterio de la Encarnación de su Hijo, modelo de toda inculturación, para salvar al hombre respetando su cultura. María de Guadalupe, no es un hecho del pasado pues sigue presente en el caminar de esta Iglesia continental. Casi cinco siglos de historia son testigos de la presencia maternal y solícita de esta Señora del Cielo: sin Ella América estaría incompleta. Además sus palabras y sus gestos siguen vivos en el corazón de nuestros pueblos.

Por tanto, reconociendo que por la principal razón de que "nobleza obliga", hemos de abocarnos a "reconocer el beneficio recibido", y no sólo admirándolo y amándolo, como siempre lo hemos hecho, sino estudiándolo y admirándolo en toda su milagrosa grandeza de portentoso "ejemplo de evangelización perfectamente inculturada", que empezamos apenas a comprender. Menos falta hace, quizá, que "encomiemos y agradezcamos", pues, a Dios gracias, en eso nuestra Patria nunca ha sido remisa, pero lo que es de veras urgente es que nos aboquemos a "retribuirlo en el sitio y tiempo adecuados", es decir que le correspondamos, aquí y ahora, siendo para nuestro presente lo que fueron los Apóstoles en y San Juan Diego en el suyo: eficaces difusores del Mensaje de Salvación.

Y no podemos negarle la razón, no podemos dejar de reconocer que el Amor divino nos dio la vida a través del de su Madre Santísima; que nuestra misma existencia de nación mestiza proclama que es posible ese imposible de que los humanos no nos despedacemos, antes nos aceptemos y complementemos. Y, todo eso no obstante, cuán lejos nos vemos de haber completado su obra. En estos momentos bien podría el Señor repetir de nosotros: "He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos", pero ahora esto es mucho más trágico, mucho más culpable e inexcusable, ya que no se trata de que hayamos invertido los papeles y giman los antiguos opresores bajo el yugo de sus oprimidos, sino que somos el mismo pueblo, hermanos contra hermanos.

Pidamos, muy queridísimos fieles de Cristo, que María, Estrella de la evangelización nos siga evangelizando desde su Casita Sagrada en el Tepeyac, para que sigamos su método y proceder evangelizador, encarnando en la cultura de las personas, el anuncio salvífico de Cristo Jesús.Unámonos, pues, hermanos, en la Eucaristía pidiendo a nuestro Padre del Cielo, por quien vivimos, y a nuestra Madre Santísima que nos lo trajo, por la intercesión de este hermano nuestro, el más pequeño y amado de sus hijos, Juan Diego Cuauhtlatoatzin, que "todos los que estamos en esta tierra, y todas las variadas estirpes de hombres", podamos estar de veras y para siempre en uno. Amén.

ORACIÓN

Padre de misericordia,
te damos gracias por el entrañable y especialísimo amor,
con que nos has amado desde un principio
a los hijos e hijas de América,
sobre todo al manifestarte
como el verdaderísimo Dios por quien se vive
en la sagrada imagen de nuestra Muchachita Guadalupe,
quien desde el momento mismo de su aparición
no ha dejado de manifestarnos tu amor y tu ternura.


Te pedimos, por intercesión de nuestra Señora de Guadalupe,
por todos los que hoy estamos aquí reunidos.
Mira a nuestras familias,
muchas de ellas se desvanecen
ante el falso encanto del mundo.

Concédeles, crecer en amor y en unidad,
aleja de ellas  todo peligro, perversión y división.
suscita en  nuestros niños y nuestros jóvenes
sentimientos de amor, respeto y cuidado hacia la vida.
Señor, nuestra oración quiere mirar también,
a los responsables del destino de las naciones,
especialmente los que gobiernan este país.

Dales sabiduría y acierto en su gobierno,
para que a nadie de los nacidos o refugiados en esta nación
carezcan de lo más necesario para vivir dignamente,
como lo es la salud, la educación, el trabajo, la vivienda y el sustento.

Mira, Señor, de manera muy especial,
a tus hijos e hijas que habiendo dejado su tierra
buscando nuevas y mejores oportunidades de  vida
se han encontrado con el dolor, la soledad, la enfermedad y los abusos.

Anímalos en el esfuerzo, suscita en ellos la alegría de tu presencia.
Que en la nostalgia de la tierra,
recuerden qué los llevó a ser extranjeros de otra tierra
y revitalizados y confortados
con renovado empeño sigan caminando
buscando hacer tu voluntad.
Inspira, Señor, en los ministros de la Iglesia
y en todos los agentes de pastoral
sentimientos de colaboración y solidaridad
con todos los que sufren,
especialmente con los que menos son y tienen
en medio de la sociedad.


Reconfórtalos en su misión de ser colaboradores tuyos
en la construcción de un mundo mejor
donde los valores del Evangelio
brillen con todo su esplendor
e iluminen con su luz en camino de nuestra vida.
Todo esto Padre, te lo pedimos por intercesión
de nuestra tierna y compasiva Madre,
a quien los hijos de este continente
invocamos con especial predilección. Amén.
 
 
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