¡En la espera de su
venida!
Muy
queridos hermanos y hermanas, a todos y a cada uno de los aquí presentes
los saludo afectuosamente. Con especial cariño saludo a mis hermanos
y hermanas, que por diversas razones y circunstancias tuvieron que dejar
la patria que los vio nacer, convirtiéndolos en extranjeros de esta
tierra y buscando en ella mejores condiciones de vida.
Le traigo a cada uno de Ustedes, la solicitud, la cercanía
y la palabra de la Iglesia. Antes de subir al avión que me traería
a este lugar, celebre la santa Eucaristía frente a la milagrosa
Imagen de nuestra Señora de Guadalupe, poniendo bajo su maternal cuidado
y protección este encuentro con Ustedes, ahora que regrese
a su Casita Sagrada en el Tepeyac, les aseguro que los llevaré
en mis ojos y en mi corazón y los pondré a todos, bajo su tierna y
compasiva mirada. Pues Ella es nuestro auxilio y defensa,
nuestra Madre y de todos los hombres que a Ella clamen.
Agradezco a Su Eminencia, el Cardenal Roger Mahony,
a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas; y al Pueblo de Dios
de esta gran arquidiócesis de los Ángeles, su presencia y sus muestras
de afecto. Gracias por esta comunión eclesial. Expreso
también mi gratitud a las autoridades civiles aquí presentes
y a los organizadores de esta memorable visita. Muchas gracias a todos.
Agradezco a Dios y a nuestra Muchachita Guadalupe, el permitirme
estar entre ustedes para celebrar la fe católica y aún más, poder
anunciarles el amor maternal de la Madre de Cristo, en la queridísima
advocación de Guadalupe. Hoy podemos escuchar, queridísimos hermanos
y hermanas, en nuestros corazones, las tiernas palabras de la Virgen
que nos dice: ¡Que nada te espante! ¡Que nada te turbe! ¿Que
no estoy yo aquí que son tu Madre? ¿No estás por ventura bajo mi regazo?
¿Acaso no soy la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi
manto, en el cruce de mis brazos? (N. M. 118 – 119).
He venido para decirles que no están solos, que el Señor
Jesús, Camino, Verdad y Vida presente en los pastores de la Iglesia
los acompaña y los anima en su búsqueda constante de realización como
un legítimo deseo. En esta búsqueda los invito a mirar con
confianza a María, la Madre de Jesús, pues Ella sabe del exilio, del
destierro. Ella fue migrante como muchos de los aquí presentes, padeció
el desarraigo, la soledad, la amargura, la incomprensión y la intolerancia.
Esta tarde quiero llegar a todos y proclamar desde Guadalupe,
que Cristo es nuestro único Camino, Verdad y Vida. Nuestra esperanza
y resurrección. A Ella, a quien invocamos en este singular
día, confiamos nuestros proyectos, alegrías y tristezas, con la certeza
que habrá de escucharnos y remediar nuestras necesidades, penas,
miserias y dolores. (N. M. 32)
La aparición de nuestra Señora de Guadalupe a san Juan Diego
Cuauhtlatoatzin en el cerro del Tepeyac, manifiesta la presencia
misericordiosa de Dios a través de María para hacerse solidario y
dar esperanza al pueblo que sufre.
Esta es precisamente la palabra de esperanza que traigo para
cada uno de ustedes, palabra que es suave bálsamo ante tantas adversidades,
pero que ninguna de estas podrá apartarnos del amor de Cristo. ¿Quién
nos separará del amor de Cristo? El sufrimiento, la angustia, la persecución,
el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?... Dios que nos ama
hará que salgamos victoriosos de todas estas pruebas. Porque estoy
seguro de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni otras fuerzas sobrenaturales,
ni lo presente ni lo futuro, ni poderes de cualquier clase, ni de
los de arriba ni de los de abajo, ni cualquier otra criatura podrá
separarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro.
(Rom 35-39)
En la línea de la esperanza, mis amados hermanos, quiero detenerme
a reflexionar junto con ustedes sobre este tema de la escatología
cristiana, a propósito del tiempo litúrgico que hoy inauguramos:
Es precisamente, la esperanza cristiana, mis queridos hermanos
y hermanas, a la que el Señor nos invita a abrazarnos en este
tiempo especial del Adviento, sobre todo cuando el hombre
moderno creído de sí mismo, de sus capacidades y alcances pone al
margen de sus relaciones al QUE ES la única y verdadera
esperanza en este difícil camino.
El Adviento es el tiempo de la espera del Señor. Viene a todos y a cada uno
de los que estamos abiertos a su obra de salvación. Este tiempo
de Adviento es la primera etapa del año litúrgico que hoy comenzamos
como un ciclo que Dios nos concede recorrer en la Iglesia para hacer
cada vez más actual, en la vida de todos los que la formamos, los
misterios por los cuales la misericordia divina nos ha querido mostrar
su amor.
En este tiempo, en el que parece que muere la esperanza
por nuestra confiada espera en tantas y tantas promesas incumplidas,
hoy debemos de recordar que existe un Dios que mantiene
la palabra. Entre tantas sacudidas que nos obligan a encajar la cabeza
en la tierra y cerrar los ojos como presintiendo la tempestad que
está a punto de caer sobre nosotros, existe Alguien
que nos obliga a levantar la cabeza y a vislumbrar, más allá de las
ruinas, la aurora de la salvación y de la liberación ya cercanas.
Esta esperanza, el profeta Jeremías nos la presenta
en un vástago y no en la seguridad a la que estamos acostumbrados,
hay que esperar contra toda esperaza. Esta se nos da
en un indicio de vida, en la fragilidad, en la posibilidad. En una
cita para el futuro y sin que esta tenga mucho que mostrarnos. Quizá
no te ofrece nada hoy, porque espera para florecer mañana.
Esperar, mis queridos hermanos, significa fiarse del futuro y arriesgarse
por la vida.
En la segunda lectura, san Pablo nos invita a
esperar al Señor a través de dos recomendaciones: agradando a Dios
y mientras esto hacemos, esperar anheladamente su llegada. La espera
debe estar plagada de un amor rebosante y sin medida hacia los demás,
cuidando como dice Jesús en el Evangelio que en esta
espera que no se nos embote la mente con el vicio, la bebida y la
preocupación por el dinero, pues quien vive disipadamente, es decir
tirando aquí y allá no estará en condición de ir al encuentro de Aquel
que viene a salvarnos. Hasta aquí mi reflexión sobre el Adviento.
El Año Jubilar Guadalupano decretado en la Arquidiócesis
Primada de México, depositaria desde 1531 del maravilloso suceso
guadalupano, trajo para esta Iglesia Particular la magnifica
oportunidad de reflexionar sobre el incalculable valor de este portento,
así como el estudiar su significado, valor y trascendencia de cara
a las realidades que vive el continente americano, del cual la Virgen
Santísima de Guadalupe es invocada como "patrona de toda América
y Estrella de la primera y de la nueva evangelización".
Es evidente, mis amados hermanos y hermanas,
que América es el nuevo bastión de la cristiandad por su rica
y fecunda historia de fe.
Desde este continente de la esperanza
debemos impulsar una nueva evangelización que responda con valentía,
vigoroso y permanente empeño a los desafíos del mundo actual. Este
proceso de recristianización deberá estar animado e inspirado, sí
en el impulso de nuestros pastores y de todos los demás agentes de
la pastoral, pero sobre todo apoyados en el método que utilizó santa
María de Guadalupe al evangelizar estas tierras, teniendo muy presente
la cultura, inculturando profundamente el Evangelio. Así como
Ella asumió el misterio de la Encarnación de su Hijo, modelo de toda
inculturación, para salvar al hombre respetando su cultura. María
de Guadalupe, no es un hecho del pasado pues sigue presente en el
caminar de esta Iglesia continental. Casi cinco siglos de historia
son testigos de la presencia maternal y solícita de esta Señora del
Cielo: sin Ella América estaría incompleta. Además sus
palabras y sus gestos siguen vivos en el corazón de nuestros pueblos.
Por
tanto, reconociendo que por la principal razón de que "nobleza
obliga", hemos de abocarnos a "reconocer el
beneficio recibido", y no sólo admirándolo y amándolo,
como siempre lo hemos hecho, sino estudiándolo y admirándolo en toda
su milagrosa grandeza de portentoso "ejemplo de evangelización
perfectamente inculturada", que empezamos apenas a comprender.
Menos
falta hace, quizá, que "encomiemos y agradezcamos",
pues, a Dios gracias, en eso nuestra Patria nunca ha sido remisa,
pero lo que es de veras urgente es que nos aboquemos a "retribuirlo
en el sitio y tiempo adecuados", es decir que le correspondamos,
aquí y ahora, siendo para nuestro presente lo que fueron los Apóstoles
en y San Juan Diego en el suyo: eficaces difusores del Mensaje de
Salvación.
Y no podemos
negarle la razón, no podemos dejar de reconocer que el Amor
divino nos dio la vida a través del de su Madre Santísima;
que nuestra misma existencia de nación mestiza proclama que es posible
ese imposible de que los humanos no nos despedacemos, antes
nos aceptemos y complementemos. Y, todo eso no obstante, cuán
lejos nos vemos de haber completado su obra. En estos momentos bien
podría el Señor repetir de nosotros: "He visto la opresión
de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me
he fijado en sus sufrimientos", pero ahora esto es mucho
más trágico, mucho más culpable e inexcusable, ya que no se trata
de que hayamos invertido los papeles y giman los antiguos opresores
bajo el yugo de sus oprimidos, sino que somos el mismo pueblo, hermanos
contra hermanos.
Pidamos, muy
queridísimos fieles de Cristo, que María, Estrella de la evangelización
nos siga evangelizando desde su Casita Sagrada en el Tepeyac, para
que sigamos su método y proceder evangelizador, encarnando
en la cultura de las personas, el anuncio salvífico de Cristo Jesús.Unámonos, pues,
hermanos, en la Eucaristía pidiendo a nuestro Padre del Cielo,
por quien vivimos, y a nuestra Madre Santísima que nos lo trajo, por
la intercesión de este hermano nuestro, el más pequeño y amado de
sus hijos, Juan Diego Cuauhtlatoatzin, que "todos los que
estamos en esta tierra, y todas las variadas estirpes de hombres",
podamos estar de veras y para siempre en uno. Amén.
ORACIÓN
Padre
de misericordia,
te damos gracias
por el entrañable y especialísimo amor,
con que nos has amado desde un principio
a los hijos e hijas de América,
sobre todo al manifestarte
como el verdaderísimo Dios por quien se vive
en la sagrada imagen de nuestra Muchachita Guadalupe,
quien desde el momento mismo de su aparición
no ha dejado de manifestarnos tu amor y tu ternura.
Te pedimos, por intercesión de nuestra Señora de Guadalupe,
por todos los que hoy estamos aquí reunidos.
Mira a nuestras familias,
muchas de ellas se desvanecen
ante el falso encanto del mundo.
Concédeles, crecer en amor y en unidad,
aleja de ellas todo peligro, perversión y división.
suscita en nuestros niños y nuestros jóvenes
sentimientos de amor, respeto y cuidado hacia la vida.
Señor, nuestra oración quiere mirar también,
a los responsables del destino de las naciones,
especialmente los que gobiernan este país.
Dales sabiduría y acierto en su gobierno,
para que a nadie de los nacidos o refugiados en esta nación
carezcan de lo más necesario para vivir dignamente,
como lo es la salud, la educación, el trabajo, la vivienda y el sustento.
Mira, Señor, de manera muy especial,
a tus hijos e hijas que habiendo dejado su tierra
buscando nuevas y mejores oportunidades de vida
se han encontrado con el dolor, la soledad, la enfermedad y los abusos.
Anímalos en el esfuerzo, suscita en ellos la alegría de tu presencia.
Que en la nostalgia de la tierra,
recuerden qué los llevó a ser extranjeros de otra tierra
y revitalizados y confortados
con renovado empeño sigan caminando
buscando hacer tu voluntad.
Inspira, Señor, en los ministros de la Iglesia
y en todos los agentes de pastoral
sentimientos de colaboración y solidaridad
con todos los que sufren,
especialmente con los que menos son y tienen
en medio de la sociedad.
Reconfórtalos en su misión de ser colaboradores tuyos
en la construcción de un mundo mejor
donde los valores del Evangelio
brillen con todo su esplendor
e iluminen con su luz en camino de nuestra vida.
Todo esto Padre, te lo pedimos por intercesión
de nuestra tierna y compasiva Madre,
a quien los hijos de este continente
invocamos con especial predilección. Amén.