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Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la celebración del IV Domingo de Adviento.


Domingo 24 de diciembre de 2006
Noche Buena

DICHOSA LA QUE HA CREÍDO

H
ermanos: Bendito sea Dios, nuestro Padre, porque en su inmensa misericordia y sabiduría elige a quienes no cuentan o valen muy poco para el mundo. Así podemos comprobarlo, hermanos, al ver que Él quiso siempre hacerse presente en la historia humana valiéndose de los medios humanos más humildes: un pueblo nada significativo: Belén, en un país no más importante: y así, Israel, Abraham, Moisés, Isaac, David en su vida pastoril, el Bautista, María y José, hasta llegar a la irrupción de su Hijo en la pobreza de un pesebre y en situaciones por demás oscuras e ignoradas.

En la Navidad celebramos el misterio de Jesús hecho hombre en el vientre de María Virgen. El nacimiento del Hijo de Dios significa su inserción en la historia. Dios ya había hecho sentir su presencia en la historia con sus intervenciones en la historia concreta del pueblo elegido de Israel. Pero su encarnación era la culminación de la larga serie de promesas y acciones por las que Dios anunció su interés por la salvación de la humanidad entera y de cada uno de los que la integramos.

Pero María fue el instrumento elegido por el Espíritu Santo para irrumpir definitivamente y de una manera más misteriosa en la historia. “Por eso, la fiesta de Navidad se encuentra llena de la presencia de María y de su gesto maternal respecto a Cristo” (Xabier Pikaza y Gerardo Sánchez Cruz, Nueva Biblia de los Pobres 141, Bilbao 1991, DDB).

Como siempre, hermanos, centremos nuestra atención en la meditación de las palabras que Dios nos ha dirigido amorosamente este domingo. Así, pues tenemos que en la primera lectura, las palabras de Miqueas nos invitan a apreciar la fidelidad de Dios que ha castigado a su pueblo, pero que no deja de abrir puertas a la esperanza del perdón. El mensaje profético nos muestra la “doble valencia de la acción de Dios: La severidad del juicio no bloquea por completo la continuidad de la historia de la salvación que se apoya en los más insignificantes indicios para abrir nuevos horizontes de esperanza” dice un comentarista (Pedro Jaramillo Rivas, en Comentario al Antiguo Testamento, 349. PPC, Sígueme, Verbo Divino). El mismo profeta nos invita a contemplar la simplicidad como camino elegido por Dios para llevar a cabo sus planes al hacer que Belén, un pueblo pequeño de Judea fuera quien nos diera al Mesías prometido por medio de los profetas extendiendo su reino hasta los confines de la tierra.

En la segunda lectura, hermanos, el autor de la conocida carta a los Hebreos, poniendo en labios de Jesús unos versículos del Sal 39, quiere subrayar la perfección del sacrificio de Cristo al grado de anular todos los sacrificios de la Antigua Alianza. La superioridad del sacrificio de Cristo en la cruz, mis hermanos, nos está en precisamente en la muerte en la cruz, sino en la obediencia que, desde su entrada en el mundo (su Nacimiento), manifestó para agradar a su Padre. Es decir, la muerte en la cruz, según el autor, es la consecuencia de la obediencia y fidelidad a Dios por parte de su Hijo. Vemos, entonces, aquí cómo el nacimiento del Redentor está en armonía con su muerte redentora. Ambas acciones: el nacimiento y la muerte en la cruz son parte de un proyecto divino único asumido por Cristo desde el principio.

Pero no debemos pasar por alto, mis hermanos, que la redención comienza con el nacimiento de Cristo al asumir la historia de la humanidad con la Encarnación. Este acto lo hace verdadero hombre, es decir, un miembro de la humanidad. Al respecto dice el Concilio Vaticano II: “El Verbo de Dios, por quien fueron hechas todas las cosas, hecho Él mismo carne y habitando en la tierra, entró como hombre perfecto en la historia del mundo, asumiéndola y recapitulándola en sí mismo” (G et Sp, 38).

Tal vez, queridos hermanos, no sea por de más que insistamos en que el Hijo de María es verdaderamente hombre, precisamente por eso, por ser hijo de la humanidad a través de María, nacido en Belén, en un lugar y en una fecha precisa, fue niño, tuvo hambre y sed, sufrió la fatiga, se compadeció y se alegró. Es importante que, no por subrayar su divinidad, se tenga en menor estima su humanidad. Cristo es hombre no a pesar de su divinidad, sino precisamente por su divinidad. Él es plenamente hombre, ya que nadie es tan humano como Él y, por eso es el modelo de la humanidad tal como Dios la quiso desde el origen.

El gran misterio del Dios-con-nosotros, se esconde, como estamos viendo, mis hermanos, en la humildad de todos los elementos que lo rodean. Pero de entre todos esos está la presencia de María. Ella como portadora de la salvación aparece en sintonía con todos los personajes de la historia, como los hemos enumerado al principio de esta reflexión. Frente a su parienta Isabel, que le dirige la primera bienaventuranza del evangelio, María aparece pobre y humilde reconociendo la grandeza de Dios.

Con María, queridos hermanos, la perfecta creyente, nosotros nos reunimos, como Iglesia, cada domingo en la Eucaristía para cantar también las grandezas de Dios nuestro Padre. Especialmente cantamos y agradecemos el gran don de la salvación que es su Hijo, nuestro hermano y Señor. No olvidemos que ella nos acompaña siempre en el culto que le damos comunitaria e individualmente. Amén.
 
 
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