DICHOSA LA QUE HA CREÍDO
Hermanos: Bendito sea Dios, nuestro Padre, porque en su inmensa
misericordia y sabiduría elige a quienes no cuentan o valen muy poco
para el mundo. Así podemos comprobarlo, hermanos, al ver que Él
quiso siempre hacerse presente en la historia humana valiéndose de
los medios humanos más humildes: un pueblo nada significativo:
Belén, en un país no más importante: y así, Israel, Abraham, Moisés,
Isaac, David en su vida pastoril, el Bautista, María y José, hasta
llegar a la irrupción de su Hijo en la pobreza de un pesebre y en
situaciones por demás oscuras e ignoradas.
En la Navidad celebramos el misterio de Jesús hecho hombre
en el vientre de María Virgen. El nacimiento del Hijo de Dios
significa su inserción en la historia. Dios ya había hecho
sentir su presencia en la historia con sus intervenciones en la historia
concreta del pueblo elegido de Israel. Pero su encarnación era
la culminación de la larga serie de promesas y acciones por las que
Dios anunció su interés por la salvación de la humanidad entera
y de cada uno de los que la integramos.
Pero María fue el instrumento elegido por el Espíritu Santo
para irrumpir definitivamente y de una manera más misteriosa en la
historia. “Por eso, la fiesta de Navidad se encuentra llena de
la presencia de María y de su gesto maternal respecto a Cristo”
(Xabier Pikaza y Gerardo Sánchez Cruz, Nueva Biblia de los Pobres
141, Bilbao 1991, DDB).
Como siempre, hermanos, centremos nuestra atención en la meditación
de las palabras que Dios nos ha dirigido amorosamente este domingo.
Así, pues tenemos que en la primera lectura, las palabras de Miqueas
nos invitan a apreciar la fidelidad de Dios que ha castigado a su
pueblo, pero que no deja de abrir puertas a la esperanza del perdón.
El mensaje profético nos muestra la “doble valencia de la acción de
Dios: La severidad del juicio no bloquea por completo la continuidad
de la historia de la salvación que se apoya en los más insignificantes
indicios para abrir nuevos horizontes de esperanza” dice un comentarista
(Pedro Jaramillo Rivas, en Comentario al Antiguo Testamento, 349.
PPC, Sígueme, Verbo Divino). El mismo profeta nos invita a contemplar
la simplicidad como camino elegido por Dios para llevar a cabo sus
planes al hacer que Belén, un pueblo pequeño de Judea fuera quien
nos diera al Mesías prometido por medio de los profetas extendiendo
su reino hasta los confines de la tierra.
En la segunda lectura, hermanos, el autor de la conocida carta
a los Hebreos, poniendo en labios de Jesús unos versículos del
Sal 39, quiere subrayar la perfección del sacrificio de Cristo al
grado de anular todos los sacrificios de la Antigua Alianza. La
superioridad del sacrificio de Cristo en la cruz, mis hermanos, nos
está en precisamente en la muerte en la cruz, sino en la obediencia
que, desde su entrada en el mundo (su Nacimiento), manifestó
para agradar a su Padre. Es decir, la muerte en la cruz, según
el autor, es la consecuencia de la obediencia y fidelidad a Dios por
parte de su Hijo. Vemos, entonces, aquí cómo el nacimiento del
Redentor está en armonía con su muerte redentora. Ambas acciones:
el nacimiento y la muerte en la cruz son parte de un proyecto divino
único asumido por Cristo desde el principio.
Pero no debemos pasar por alto, mis hermanos, que la redención
comienza con el nacimiento de Cristo al asumir la historia de la humanidad
con la Encarnación. Este acto lo hace verdadero hombre, es decir, un miembro
de la humanidad. Al respecto dice el Concilio Vaticano II: “El
Verbo de Dios, por quien fueron hechas todas las cosas, hecho Él mismo
carne y habitando en la tierra, entró como hombre perfecto en la historia
del mundo, asumiéndola y recapitulándola en sí mismo” (G et Sp,
38).
Tal vez, queridos hermanos, no sea por de más que insistamos
en que el Hijo de María es verdaderamente hombre, precisamente
por eso, por ser hijo de la humanidad a través de María, nacido
en Belén, en un lugar y en una fecha precisa, fue niño, tuvo hambre
y sed, sufrió la fatiga, se compadeció y se alegró. Es importante
que, no por subrayar su divinidad, se tenga en menor estima su
humanidad. Cristo es hombre no a pesar de su divinidad, sino precisamente
por su divinidad. Él es plenamente hombre, ya que nadie es tan humano
como Él y, por eso es el modelo de la humanidad tal como Dios la quiso
desde el origen.
El gran misterio del Dios-con-nosotros, se esconde, como estamos viendo, mis hermanos,
en la humildad de todos los elementos que lo rodean. Pero de
entre todos esos está la presencia de María. Ella como portadora de
la salvación aparece en sintonía con todos los personajes de la historia,
como los hemos enumerado al principio de esta reflexión. Frente a
su parienta Isabel, que le dirige la primera bienaventuranza del evangelio,
María aparece pobre y humilde reconociendo la grandeza de Dios.
Con María, queridos hermanos, la perfecta creyente,
nosotros nos reunimos, como Iglesia, cada domingo en la Eucaristía para
cantar también las grandezas de Dios nuestro Padre. Especialmente
cantamos y agradecemos el gran don de la salvación que es su Hijo,
nuestro hermano y Señor. No olvidemos que ella nos acompaña siempre
en el culto que le damos comunitaria e individualmente. Amén.