InicioPeticionesAparicionesOracionesHomilíasEstudiosSan Juan DiegoSantuario
     
Inicio >Homilías > Ciclo B
   
 

Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el II Domingo de Cuaresma.


Domingo 12 de marzo de 2006.

CUARESMA: A LA GLORIA POR EL CAMINO DE LA CRUZ.

Alabemos, hermanos, a Dios nuestro Padre que nos ha llamado, en su Hijo Jesucristo a la gloria de la Pascua de resurrección a través del camino de la Cuaresma. Este camino, por el que nos conduce el Espíritu, es el mismo que recorrió su Hijo y Señor nuestro. Así, nos sostiene la esperanza de que un día, con su auxilio y su ejemplo alcanzaremos lo que se nos promete.

Hermanos, escuchando las lecturas de este domingo, podemos quedar desconcertados por las escenas e imágenes que se nos presentan de forma contrastante entre la primera lectura y el evangelio con la segunda tan dramática como conmovedora y sorprendente. En nuestra reflexión, y como condición para obtener el mayor fruto de ella, vale la pena que tomemos las cosas tal como son  enunciadas, sin precipitarnos en consideraciones falsamente piadosas que nos impidan ahondar en el misterio que se nos propone.

Para empezar, tenemos que aceptar, de entrada, que Dios es desconcertante. ¡No faltaba más! Pues si no lo fuera no sería Dios. Escuchar en serio su Palabra exige siempre de nosotros salir de los esquemas religiosos que nos hemos fabricado a la medida de nuestros criterios y de nuestras capacidades de comprensión, con la terrible consecuencia de pretender aferrar a Dios y encerrarlo en ideas o conceptos muy ajenos a su misterio. Acerquémonos, pues, hermanos míos, a los textos que nos transmiten la Palabra por la que Dios, nuestro Padre, nos sale hoy al encuentro para acompañarnos en este camino cuaresmal.

Abraham vivía en medio de una cultura que amaba tanto a sus dioses que no se negaba a darles a sus propios hijos en sacrificio con tal de obtener sus favores. Pero creía en un Dios diferente, aunque no sabía qué tan diferente era, hasta el día en que prácticamente obtuvo por segunda vez a su hijo como un don suyo. La experiencia que el patriarca tenía de Dios era la que le había quedado por el llamado y la promesa cumplida en su hijo Isaac. Ahora, en la escena que estamos contemplando, Abraham, que ha dejado todo para seguir a un Dios que apenas empezaba a conocer como un Dios fiel y un Dios de la vida, tiene que aceptar ahora que, ante la pérdida de su hijo único, se desvanece su futuro, pues su hijo Isaac que se le está pidiendo en sacrificio, contiene todavía una promesa: la descendencia. Promesa que, de acatar la exigencia divina, no llegará a su pleno cumplimiento.

Hermanos, lo que Dios pide, es algo horrible a los ojos de Abraham y a los nuestros que, aunque conocemos el desenlace, no deja de impactarnos. Pero no dejemos de seguir los pasos que el patriarca da para cumplir lo que Dios le pide. Vemos que se encamina por tres días para acatar la demanda junto con su hijo quien también, llegado el momento, se somete en la obediencia. Estamos viendo, hermanos, que Dios, prueba a Abraham y a su hijo. No podemos más que admirar su fe que se manifiesta en la entrega total de la voluntad, es decir, en una obediencia tal que será el modelo de la fe no sólo en la tradición judía sino también en la cristiana. Abraham, creía ya conocer a Dios, pero este trago amargo le hizo crecer sobremanera en la fe y en el amor al Dios verdadero. Por eso Dios le confirmó la promesa.

En el evangelio se narra la transfiguración de Jesús ante sus discípulos escogidos, Pedro, Santiago y Juan. Aparentemente no tiene nada que ver con la primera lectura, como suele darse. Pero para entender la profundidad de este misterio es necesario recordar el contexto en que se da. Como le había sucedido a Abraham, a los apóstoles también se les han dado motivos para esperar de Jesús un futuro grandioso pues se ha dejado identificar como Mesías. Pedro lo había reconocido como Mesías, pero Jesús les aclaró —a él y a sus compañeros— inmediatamente, cómo era el mesianismo que iba a realizar mediante el sufrimiento y la muerte. Ante la descripción de este panorama tan dramático, Pedro intervino una vez más llevando a Jesús aparte para regañarlo y hacerlo desistir de ese proyecto tan absurdo. Jesús lo recriminó llamándolo Satanás pues pretendía disuadirlo de realizar el proyecto del Padre que era llevar a cabo la redención mediante su muerte en cruz.

Parece, hermanos, que Jesús escogió a los que serían testigos de otros acontecimientos para invitarlos a una experiencia que contrastara el desconcierto y el desánimo que la revelación de su misterio les había provocado. Y es en este contexto donde podemos encontrar el punto en común con la primera lectura: los apóstoles, como Abraham, son invitados a vivir la fe como una experiencia de obediencia en el amor. Los criterios religiosos comunes no bastan para comprender la profundidad y la anchura del misterio de Dios. Se necesita el abandono en la fe y el amor de Dios. A la manera de Abraham y de Jesús.

Ahora que estamos recorriendo el camino de la Cuaresma, tal vez, hermanos, tendríamos que empezar nuestra conversión cayendo en la cuenta de que una verdadera conversión no se expresa principalmente con las obras, por más piadosas que éstas sean, sino por el cambio de mentalidad frente a Dios. Es muy conveniente que permanezcamos atentos a los signos que nos va dando y a los que no va pidiendo y esperar que, cuando menos lo pensemos, nos sorprenda con que su Sabiduría está muy por encima de nuestros proyectos y expectativas.

El que no le perdonó la vida a su Hijo amado por amor a nosotros (segunda lectura) ¿qué nos irá a pedir cuando menos lo esperemos? Es necesario estar preparados mediante la conversión sincera del corazón y de la mente. Dejemos nuestro narcisismo al pensar que con ser “mejores” ya estamos en el camino hacia la Pascua. Con la ayuda de su gracia dejemos a un lado las pretensiones de querer agradar a Dios con nuestras artificiales penitencias que sólo satisfacen nuestro ego. Aprendamos de Jesús y de el patriarca Abraham a abandonarnos libremente en la manos de un Dios que sabemos nos ama y sólo quiere nuestro bien a pesar de las experiencias que nos hace pasar.

En la Sagrada Eucaristía, mis hermanos, especialmente en la dominical, Dios nos habla a través de su Hijo, su Palabra viva. El nos da un mandato muy sencillo y a la vez muy importante: ¡Escúchenlo! De esto depende todo lo demás; nuestra misma vida eterna. Nuestra Muchachita, Santa María de Guadalupe la obediente por excelencia entre los hijos del nuevo Pueblo quien desde hace 475 años camina a nuestro lado, nos ayude y nos acompañe en este camino de vuelta a Dios. Amén.

 
 
Agregar a FavoritosMapa del SitioContáctenosImprimir PaginaPágina anterior