Domingo 19 de marzo de 2006.
LEY, SABIDURÍA Y CULTO VERDADERO
Demos gracias a Dios, nuestro buen Padre,
que, además de el don de la Ley que nos humaniza, nos ha dado en
su Hijo Jesucristo la sabiduría que nos da el verdadero conocimiento
de su misterio y nos permite llegar a ser hijos del único y verdadero
Dios y darle el culto que Él solo merece.
Hermanos, dejémonos interpelar por
la Palabra viva que es Jesús mismo que, a través de la Escritura,
y específicamente hoy por el evangelio de san Marcos, por san
Pablo y Moisés, nos enseña y nos ayuda a entender la verdadera
religión. Dejemos que Él nos mire, porque sabe muy bien quiénes
somos y lo que hay dentro de cada uno de nosotros.
El pueblo de Dios, hermanos, Israel
se distinguió entre todos los pueblos de la antigüedad, por el
conocimiento que alcanzó de Dios, pues Él mismo se lo concedió
instruyéndolos con su Ley. El profeta Baruc (3,9-4,4), nos deja
saber que la Ley era el orgullo de ese pueblo, pues más que considerar
los mandamientos como obligaciones impuestas por un dios poderoso,
la veían como un don de Dios. Más aún como su sabiduría. De hecho,
hermanos, lo que ordinariamente entendemos como ley al referirnos
al Pentateuco, es visto por los judíos como ‘instrucción’, ‘enseñanza’
o ‘educación’. Conocer esto, hermanos, es más que interesante,
de gran valor y muy importante para nosotros los cristianos. Porque
también a nosotros, a la luz del misterio de Cristo, nos conviene
entender en esta dimensión tanto el Antiguo Testamento como el
Nuevo.
Esta sabiduría, la que contiene toda
la Escritura santa, nos hace libres. Nos da seguridad y alegría.
Nos permite experimentar que ser justos consiste fundamentalmente
en hacer lo que a Dios le agrada. La Escritura nos hace entender
que lo que más le agrada a Dios es que vivamos felices. Su Ley,
dice la Escritura, es la ayuda divina para ser felices. Por eso,
hermanos, quien no logra ser feliz en la tierra caminando por
los senderos de la Ley, muy difícilmente llegará a la vida plenamente
feliz en la eternidad. Que quede bien claro, hermanos, ¡Dios no
quiere imponernos su voluntad a la manera de los hombres prepotentes
y opresores! Lo único que quiere es nuestro bien y Él no se equivoca
como nosotros que confundimos el mal con el bien. Saber esto,
mis hermanos, como decía, nos hace libres y nos da seguridad.
Muchos de nosotros, mis queridos hermanos,
tenemos que hacer algo en serio a fin de cambiar la idea de que
los mandamientos son algo muy pesado y muy difícil de observar;
o como algo que sólo es para santos, y no para personas comunes.
Junto con este cambio vendrá necesariamente un cambio radical
en las imágenes o ideas que de su misterio tenemos tan equivocadas
como peligrosas.
Desde luego, mis queridos hermanos,
que también en la Ley hay jerarquías y Jesús nos enseñó que toda
la Ley se resume amar a Dios por encima de todas las cosas y amar
al prójimo. Así explicó el Señor la Ley y nos invitó a no perdernos
en la maraña de normas que los hombres pueden y, quizá deban,
imponer para preservar el orden y la convivencia pacífica y segura.
Si tan sólo cumpliéramos a fondo estos dos mandamientos ya estaríamos
en el camino de la salvación. Nos moveríamos en relaciones justas
con Dios, con el prójimo y con el mundo.
Pero no olvidemos, hermanos, que Jesús
enseñó todavía, a quienes quisieran ser sus discípulos, que su
justicia tenía que ser mayor que la de los escribas y los fariseos
quienes eran tenidos por gente de la más justa. Por eso nos mandó
en la última cena que nos amáramos, no sólo como a nosotros mismos,
sino como Él nos había amado, es decir hasta la muerte, y muerte
de cruz. Por eso san Pablo nos dice en la segunda lectura que
el camino del cristiano es como el de Cristo: el de la cruz; que
es locura para el mundo increyente y sabiduría para los que siguen
a Cristo que es ¡fuerza y sabiduría de Dios!
El santo evangelio de hoy, mis hermanos,
escuchando a san Juan, nos reporta un episodio que, a diferencia
de los sinópticos, este evangelista coloca al principio de la
vida pública de Jesús. Como siempre, la forma como tratan los
temas cada uno de los autores sagrados, tiene mucho que ver con
el mensaje que ellos, inspirados por Dios, quieren transmitirnos.
Así al colocar san Juan este episodio al inicio de su ministerio,
nos quiere dar a entender que con la presencia, la actuación y
la predicación de Jesús, inicia una nueva forma de relacionarnos
con Dios. Así pues, mis hermanos, la purificación del templo,
lugar tradicional del encuentro con Dios, una de las instituciones
más importantes del pueblo judío, más aún, la que resumía las
otras (sacerdocio, culto y Escritura) de una manera perfecta,
pasaba a ser obsoleta en mucho.
Jesús y el hombre son el “lugar” por
excelencia de encuentro del hombre con Dios. Jesús, el hombre
perfecto y totalmente Dios. Esta es la nueva Ley a la que nos
sometemos con humildad y obediencia los cristianos. Jesús enseñó
principalmente que la mejor imagen de Dios es el hombre, especialmente
porque Él mismo es hombre. De tal manera que quien quiera cumplir,
de veras, los mandamientos, nos puede soslayar a su prójimo. Más
aún, hermanos, quien diga que ama a Dios, si no ama a sus hermanos,
como dice san Juan en su primera carta, es un mentiroso. Y no
solamente porque es imposible amar a Dios a quien no se ve y no
amar al prójimo a quien sí se ve, sino principalmente porque el
amor verdadero a Dios e expresa en la obediencia. Y amar el prójimo
es mandato divino expresado ¡en siete de los diez mandamientos!
También Jesús, al purificar el templo,
lo libera de toda clase de manipulaciones que pretendemos hacer
de Dios a través del templo, más específicamente, mediante el
culto. Un culto meramente exterior, basado en intereses personales
para obtener ganancias de toda clase. Un culto que pretende comprar
la benevolencia de Dios mediante la oferta de cosas, menos de
la obediencia y del sometimiento de la voluntad en aras del verdadero
amor, como a Él le agrada. En fin, un culto hipócrita que pretende
alabar a Dios menospreciando y humillando a los hermanos, especialmente
a los más débiles, indefensos y que menos cuentan en un mundo
materialista.
La
Sagrada Eucaristía, mis hermanos, nos permite, a quienes
nos reunimos cada domingo, en el día del Señor, escuchar su instrucción
y agradecer el don de su Palabra que nos hace sabios y nos llena
de la verdadera vida. Nos reunimos mediante este encuentro fraterno
para participar de los dones de su gracia a fin de compartir unos
con otros no sólo lo que poseemos, sino sobre todo, lo que somos.
Estos son los verdaderos valores del Reino que se hace presente
ya en Jesucristo. Su Madre, nuestra Señora, nos acompaña, pues
está en medio de nosotros, en medio de la Iglesia, asistiéndonos
con su intercesión y su ejemplo. Amén.