LA
VIDA, DESTINO FINAL DEL HOMBRE
Señor, tú no eres un Dios que ame la muerte. Tú eres, más bien,
el Dios de la vida. Y si nos hallamos tan sedientos de vida, es porque nos hiciste para
ti, en quien nuestra vida haya su plenitud. Nos hiciste para ti,
Señor. Y nuestro ser está inquieto hasta que descanse en ti decía san
Agustín. Y has querido, Señor, que sea tu Hijo quien nos conduzca
a esa vida que sólo Tú nos puedes dar. Por eso creer en tu Hijo,
Jesucristo, es ya tener vida en abundancia. Así nos lo reveló Él y así
lo creemos hoy.
Hermanos, esta intensa jornada dominical se ve iluminada
por la Palabra del Señor que nos habla de vida y de fe. La primera
lectura es muy directa al decirnos: Dios creó al hombre para la
inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser (Sb 2,23), mientras
en el evangelio Jesús dice: tu fe te ha salvado (Mc 5,34). ¡El creyente
vive de la fe! Acerquémonos, pues, a la fuente de nuestra fe, que
es su Palabra.
En la primera lectura un sabio judío del siglo anterior a Cristo
hace oír su voz para afirmar que Dios nos ha creado para la vida
y que el mal, en general, y la muerte, su expresión más triste
y dramática, no son obra suya. Tenemos una prueba de esto en
que cuando Dios interviene en la historia es para bien, cuya cima
es la vida misma. Incluso cuando debe castigar, Dios aparece con
tan gran misericordia que lo hace con lentitud y paciencia dando
tiempo al arrepentimiento de todos y cada uno de sus hijos, que son
todos los hombres.
El texto sagrado añade, además, que la muerte entró en la
historia por envidia del maligno; por el pecado del hombre. Es
esto, sin embargo, una explicación, mis hermanos, que desata más preguntas
que responder al misterio del mal y que tanto angustia al hombre.
Lo que sí debe quedar claro es que todo mal, en cierto modo, es
una carencia de vida y, por lo mismo, no está en el plan original
de Dios. En fin, hermanos, el texto representa un momento muy
importante en la tradición bíblica que afirma, desde el inicio hasta
el fin, que la vida es el sentido de todo lo que Dios ha creado y
existe. En el Génesis se dice que Dios plantó en el centro del
Paraíso el árbol de la vida cuyo fruto debería dar vida para siempre
(2,9;3,22).
Pero es en el evangelio donde nos da Jesús la prueba
más contundente de esta verdad del proyecto divino con respecto
al hombre. Es Cristo mismo quien nos revela al Dios de vivos y
no de muertos a través de los milagros que realiza a favor de la vida
en plenitud. El evangelista san Lucas, mediante la narración de
dos acciones milagrosas, nos presenta a Jesús como él único
que puede dominar no sólo la muerte sino la enfermedad, como disminución
de la vida.
Podríamos ver, hermanos, en la narración evangélica dos
formas de fe ente Jesús como Señor de la vida. La del hombre,
jefe de la sinagoga, que, con su actitud decidida de fe suplica
e indica a Jesús exactamente lo que quiere que haga. Se trata
de una certeza tan segura que se da el derecho de señalar a Jesús
no sólo el qué sino el cómo de la intervención que le solicita: Ven
a imponerle las manos para que se cure y viva. Mientras que la
actitud de fe de la mujer, que ha padecido en manos de tantos
médicos durante doce años, está muy cerca de la magia: piensa que
con realizar sólo un rito podrá obtener un beneficio de Jesús: si
logro tocar tan sólo su mato, quedaré sana. ¡Pero prácticamente
intenta robar el milagro a Jesús! Y Él no lo permite, sino que la
descubre y la hace que asuma su actitud en toda la dimensión y alcance
que implica.
Hermanos, si fuimos creados para la vida y Jesús se muestra
como Señor de la vida, puesto que Él mismo la vida, eso significa
que toda nuestra existencia nos tiene otra razón de ser que estar
orientada hacia la vida. Eso significa también que la vida
es lo que da sentido a todo lo que el hombre realiza. Todas sus
instituciones y sistemas carecen de sentido si no están encaminadas
a hacer de la vida del ser humano algo digno de los hijos de Dios.
Aunque a veces pueda dar la impresión contraria, el hombre
busca ante todo la vida; aunque sus acciones contradigan de momento
este anhelo innato en él. Todos los hombres, mis hermanos, tenemos
el derecho a desear siempre un nivel de vida cada vez mejor (que no
quiere decir de confort, consumismo y materialismo) como adelanto
actual de una vida plena y superior en todos sentidos.
Por eso la Iglesia, aunque a veces parezca lo contrario,
no puede hacer otra cosa que proponer y comunicar vida: todas
sus instituciones, sus sacramentos, su Tradición, su Palabra y sus
acciones son para eso. Y cuando se ve conculcada, tiene el deber
de defenderla, así como de denunciar valientemente cualquier atentado
en contra de ella. La vida, hermanos, tiene una valor tan alto
que es lo mejor que se puede dar, ya sea transmitiéndola o entregándola
por amor a Dios y los hermanos. Tal como lo hizo Jesús por nosotros.
La mortificación por sí misma carece de sentido. Por sí misma no santifica
sino en la caridad. La vida se da libre y gozosamente, y se recibe
agradecidamente.
Ahora que estamos decidiendo una nueva etapa en nuestra
historia nacional, seamos muy conscientes de que las instituciones
públicas, civiles, políticas y militares no pueden estar más que orientadas
a la vida: la de las comunidades y la de los individuos que las
formamos; en esto consiste el bien común ¿o acaso existe algo mejor
que la vida? Esto se traduce, mis hermanos, en salud, educación,
acceso a la trabajo y a los bienes materiales necesarios para un desarrollo
integral de las personas.
A quien celebramos cada domingo con Jesús es al Señor de
la Vida. Lo
que celebramos en la Eucaristía es la vida que el mismo
Señor nos da en abundancia a través de su Palabra, del Cuerpo sacramental
de su Hijo y de la fe comunicada en el testimonio de los que
nos congregamos guiados por el Espíritu Santo. La Eucaristía es
adelanto de lo que Dios nos promete y gustaremos para siempre en el
encuentro definitivo con Él. Que María, nuestra muchachita y Señora
Celestial, que con su obediencia y su respuesta amorosa nos
dio al dueño de la vida, nos ayude a obtenerla y comunicarla a
quienes la buscan. Amén.