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Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la celebración del XXII Domingo Ordinario.

Domingo 3 de septiembre de 2006

TRADICIÓN Y TRADICIONES, ¿QUÉ ACTITUD  TOMAR ANTE ELLAS?

H
ermanos, bendigamos al Señor, Dios nuestro porque ha usado de su gran misericordia con nosotros al habernos llamado a participar ya desde ahora en los tesoros del Reino que nos tiene prometido y con su gracia esperamos alcanzar. Amén.

Mis hermanos, los cristianos somos afortunados por tener la experiencia de un Dios cercano que, como concluíamos el domingo pasado, nos invita a decidirnos por Él. Esta cercanía suya la hemos conocido porque nos lo ha revelado a través de su Palabra. Esa palabra suya que ha pronunciado en la historia de su pueblo escogido y que culmina con su presencia histórica en la persona de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.

La Biblia o Escritura Santa nos da testimonio de una verdadera y auténtica Tradición por medio de la cual Dios ha hablado a la humanidad por medio de su pueblo elegido. En efecto, tenemos, mis hermanos, en la Escritura Santa, según nuestra fe, el testimonio más claro de su interés por el hombre y de su proyecto de salvación para éste.

Para eso, Dios se ha valido de palabras y acciones muy concretas y bien definidas al alcance de la comprensión humana, puesto que ha tomado el mismo lenguaje del hombre para comunicarse con él. Por eso la Sagrada Escritura nos brinda el mensaje divino en palabras humanas propias de un idioma y de una cultura bien determinada. Es, entonces, en medio de la cultura hebrea que comprende varios siglos, donde Dios se hace oír y conocer como el Dios de la salvación. Esta consideración es muy importante, mis hermanos, porque para comprender hoy el mensaje que contienen las Sagradas Escrituras es decisivamente importante conocer, entre otras cosas, el contexto cultural, así como el genio propio de la lengua en que se nos transmitió ese mensaje. Es el aspecto material y humano de la revelación divina.

No basta, entonces mis hermanos, tomar una actitud de sometimiento  material al texto sin comprender el contexto con el pretexto de una profunda fidelidad. Esto les pasaba a los fariseos. Agudos y muy puntuales observantes de la Ley. Y muchos de ellos de buena fe. Tenemos que hacer un generoso esfuerzo por entender, por un lado, que la Ley, es justa y oportuna, así como necesaria en función de nuestro propio bien, especialmente cuando se trata de la Ley como Palabra divina. Pero también hemos de considerar, queridos hermanos, que no es absoluta, pues tiene que adecuarse sabiamente a las personas y a las circunstancias. Y esto es posible sólo teniendo en cuenta el mandamiento supremo del amor a Dios y al prójimo. No debemos olvidar que este mandamiento de nuestro Señor Jesucristo está por encima de cualquier otro.

El culto a Dios mediante ritos y ceremonias es bello y noble. Más aún, necesario cuando es comunitario, pues es el vínculo de comunión de los fieles entre sí y de ellos, como pueblo suyo, con Dios. Pero debemos tener cuidado, como nos lo pide Jesús en el evangelio, de no pretender que la verdadera y auténtica religión se agote en el culto. Éste por si mismo es poco, y tal vez, casi nada, si está desligado de la caridad y la obediencia más profunda a Dios.

No todas las normas, por tradicionales que sean, son iguales a la hora de observarlas. Y frecuentemente caemos en la tentación, mis queridos hermanos, de ser muy observantes de normas que miran a lo meramente exterior y vistoso. Igualmente estamos en peligro constante de entender la Ley como algo que se impone de fuera, como una pesada carga que hay que soportar par salvarnos. Pero con tales actitudes, terminamos por pretender alcanzar y asegurar nuestra salvación más en la observancia servil de las leyes que en la gratuidad del amor misericordioso de Dios.

Precisamente una distorsión de la fe, en su expresión religiosa, es la de apegarse a tradiciones que son muy secundarias. Que tuvieron su valor y su función en situaciones y momentos muy específicos. No se trata, hermanos, de deshacernos de las tradiciones. Se trata de que éstas no suplanten o se pongan por encima de la verdadera tradición contenida en el Evangelio. La que recibimos de Cristo a través de los Apóstoles y se mantiene viva en lo más hondo de la vida de la Iglesia.

Por eso, queridos hermanos, hemos de estar continuamente confrontando nuestras prácticas religiosas con el Evangelio; pero no sólo las prácticas cultuales, sino todos nuestros criterios y motivaciones que sustentan nuestro vivir cotidiano en relación con Dios, el prójimo y las cosas materiales. En esto, mis hermanos, hemos de actuar, con la gracia de Dios, más responsablemente y al mismo tiempo con la libertad de los hijos de Dios. Esto implica que renunciemos a una observancia pasiva de la ley que sólo nos da una falsa seguridad, pero no nos compromete auténticamente con la caridad y la esperanza en un Dios que es Amor. Una observancia muy puntual de la Ley, pero sólo exteriormente, puede ocultar no otra cosa que el egoísmo, la apatía y la falta de sensibilidad ante el prójimo. Eso se llama legalismo, pero no obediencia en la fe. Y es lo que Jesús reprueba en la conducta de muchos de los fariseos entre los cuales había también gente auténtica como san Pablo, Nicodemo y otros que incluso defendían a Jesús (cf.Lc 13,31).

No sobrevaloremos, pues, las tradiciones. Cuando hacemos esto, no hacemos, con frecuencia, otra cosa que disimular nuestra resistencia al cambio, muchas veces necesario, frente a las exigencias o necesidades de la Iglesia en los tiempos actuales. El tradicionalismo impide a la Iglesia ser misionera. No miremos al pasado como la romántica época de oro del cristianismo. Nuestro pasado sólo tiene valor como punto de partida, pero no de llegada. Sería inmovilismo, sería muerte. Miremos con fe y esperanza hacia el futuro, hacia la promesa. Pero tampoco nos desentendamos del presente, pues el autor de la carta de Santiago nos advierte hoy que la verdadera religión, pura e intachable a los ojos de Dios Padre, consiste en visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones y en guardarse de este mundo corrompido (St 1,27).

Cuando nos reunimos para celebrar la Eucaristía dominical, mis hermanos, nos ponemos en camino, en acción, (¡la Iglesia es intrínsecamente peregrina!) haciendo presente y mirando al futuro a través del memorial de la Pasión, muerte y resurrección del Señor. ¡Es la Tradición de la Pascua! Tradición que nos pone en armonía con la vida del Espíritu del cual recibimos fuerza, valor y alegría para ser testigos dinámicos del Evangelio, es decir, de Jesucristo. María, nuestra Niña y dulce Señora: Santa María de Guadalupe, nos acompaña como modelo de fidelidad libre y gozosa en el amor a Dios nuestro Padre. Amén.

 
 
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