TRADICIÓN Y TRADICIONES, ¿QUÉ ACTITUD
TOMAR ANTE ELLAS?
Hermanos, bendigamos al Señor, Dios nuestro porque ha usado
de su gran misericordia con nosotros al habernos llamado a participar
ya desde ahora en los tesoros del Reino que nos tiene prometido y con
su gracia esperamos alcanzar. Amén.
Mis hermanos, los cristianos somos afortunados por tener la
experiencia de un Dios cercano que, como concluíamos el domingo
pasado, nos invita a decidirnos por Él. Esta cercanía suya
la hemos conocido porque nos lo ha revelado a través de su Palabra.
Esa palabra suya que ha pronunciado en la historia de su pueblo escogido
y que culmina con su presencia histórica en la persona de Jesucristo,
verdadero Dios y verdadero hombre.
La
Biblia o Escritura Santa nos da testimonio de una verdadera y auténtica
Tradición por medio de la cual Dios ha hablado a la humanidad por
medio de su pueblo elegido. En efecto, tenemos, mis hermanos,
en la Escritura Santa, según nuestra fe, el testimonio más
claro de su interés por el hombre y de su proyecto de salvación
para éste.
Para eso, Dios se ha valido de palabras y acciones muy concretas
y bien definidas al alcance de la comprensión humana, puesto que ha
tomado el mismo lenguaje del hombre para comunicarse con él. Por eso
la Sagrada Escritura nos brinda el mensaje divino en palabras
humanas propias de un idioma y de una cultura bien determinada.
Es, entonces, en medio de la cultura hebrea que comprende varios siglos,
donde Dios se hace oír y conocer como el Dios de la salvación. Esta
consideración es muy importante, mis hermanos, porque para comprender
hoy el mensaje que contienen las Sagradas Escrituras es decisivamente
importante conocer, entre otras cosas, el contexto cultural,
así como el genio propio de la lengua en que se nos transmitió
ese mensaje. Es el aspecto material y humano de la revelación divina.
No basta, entonces mis hermanos, tomar una actitud de sometimiento
material al texto sin comprender el contexto con el pretexto de una
profunda fidelidad. Esto les pasaba a los fariseos. Agudos y muy puntuales
observantes de la Ley. Y muchos de ellos de buena fe. Tenemos que
hacer un generoso esfuerzo por entender, por un lado, que la
Ley, es justa y oportuna, así como necesaria en función
de nuestro propio bien, especialmente cuando se trata de la Ley
como Palabra divina. Pero también hemos de considerar, queridos hermanos,
que no es absoluta, pues tiene que adecuarse sabiamente a las personas
y a las circunstancias. Y esto es posible sólo teniendo en cuenta
el mandamiento supremo del amor a Dios y al prójimo. No debemos olvidar
que este mandamiento de nuestro Señor Jesucristo está por encima de
cualquier otro.
El culto a Dios mediante ritos y ceremonias es bello y noble. Más aún, necesario
cuando es comunitario, pues es el vínculo de comunión de los fieles
entre sí y de ellos, como pueblo suyo, con Dios. Pero debemos
tener cuidado, como nos lo pide Jesús en el evangelio, de no pretender
que la verdadera y auténtica religión se agote en el culto.
Éste por si mismo es poco, y tal vez, casi nada, si está desligado
de la caridad y la obediencia más profunda a Dios.
No todas las normas, por tradicionales que sean, son iguales a la hora de observarlas.
Y frecuentemente caemos en la tentación, mis queridos hermanos, de
ser muy observantes de normas que miran a lo meramente exterior y
vistoso. Igualmente estamos en peligro constante de entender la
Ley como algo que se impone de fuera, como una pesada carga que
hay que soportar par salvarnos. Pero con tales actitudes, terminamos
por pretender alcanzar y asegurar nuestra salvación más en la observancia
servil de las leyes que en la gratuidad del amor misericordioso de
Dios.
Precisamente una distorsión de la fe, en su expresión religiosa,
es la de apegarse a tradiciones que son muy secundarias. Que tuvieron
su valor y su función en situaciones y momentos muy específicos. No
se trata, hermanos, de deshacernos de las tradiciones. Se trata
de que éstas no suplanten o se pongan por encima de la verdadera tradición
contenida en el Evangelio. La que recibimos de Cristo a través
de los Apóstoles y se mantiene viva en lo más hondo de la vida de
la Iglesia.
Por eso, queridos hermanos, hemos de estar continuamente
confrontando nuestras prácticas religiosas con el Evangelio; pero
no sólo las prácticas cultuales, sino todos nuestros criterios y motivaciones
que sustentan nuestro vivir cotidiano en relación con Dios, el prójimo
y las cosas materiales. En esto, mis hermanos, hemos de actuar,
con la gracia de Dios, más responsablemente y al mismo tiempo
con la libertad de los hijos de Dios. Esto implica que renunciemos
a una observancia pasiva de la ley que sólo nos da una falsa seguridad,
pero no nos compromete auténticamente con la caridad y la esperanza
en un Dios que es Amor. Una observancia muy puntual de la Ley,
pero sólo exteriormente, puede ocultar no otra cosa que el egoísmo,
la apatía y la falta de sensibilidad ante el prójimo. Eso se llama
legalismo, pero no obediencia en la fe. Y es lo que Jesús reprueba
en la conducta de muchos de los fariseos entre los cuales había también
gente auténtica como san Pablo, Nicodemo y otros que incluso defendían
a Jesús (cf.Lc 13,31).
No sobrevaloremos, pues, las tradiciones. Cuando hacemos esto,
no hacemos, con frecuencia, otra cosa que disimular nuestra resistencia
al cambio, muchas veces necesario, frente a las exigencias o necesidades
de la Iglesia en los tiempos actuales. El tradicionalismo impide
a la Iglesia ser misionera. No miremos al pasado como la romántica
época de oro del cristianismo. Nuestro pasado sólo tiene valor como
punto de partida, pero no de llegada. Sería inmovilismo, sería muerte.
Miremos con fe y esperanza hacia el futuro, hacia la promesa.
Pero tampoco nos desentendamos del presente, pues el autor de la carta
de Santiago nos advierte hoy que la verdadera religión, pura e
intachable a los ojos de Dios Padre, consiste en visitar a los huérfanos
y a las viudas en sus tribulaciones y en guardarse de este mundo
corrompido (St 1,27).
Cuando nos reunimos para celebrar la Eucaristía dominical,
mis hermanos, nos ponemos en camino, en acción, (¡la Iglesia es
intrínsecamente peregrina!) haciendo presente y mirando al futuro
a través del memorial de la Pasión, muerte y resurrección del Señor.
¡Es la Tradición de la Pascua! Tradición que nos pone en armonía
con la vida del Espíritu del cual recibimos fuerza, valor y alegría
para ser testigos dinámicos del Evangelio, es decir, de Jesucristo.
María, nuestra Niña y dulce Señora: Santa María de Guadalupe,
nos acompaña como modelo de fidelidad libre y gozosa en el amor a
Dios nuestro Padre. Amén.