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Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la celebración del XXXIII Domingo Ordinario.

Domingo 19 de noviembre de 2006

VIVIR EL PRESENTE PARA ASEGURAR EL FUTURO

Hermanos: Bendigamos al Señor y Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su providencia nos ha hecho, unidos a su Hijo, protagonistas de nuestra propia salvación pues, en su proyecto de amor por la humanidad, nos hace, por su Espíritu, participar a todos por la obediencia de la fe, la esperanza y el amor que vivimos cada día en la libertad y la responsabilidad.

Queridos hermanos: la salvación es una realidad misteriosa e histórica. Es misteriosa porque es un don de Dios y no tenemos ninguna clase de dominio sobre ella; es histórica porque exige ser acogida ahora en la historia por la criatura humana la cual ha de corresponder a este don en la libertad y en el amor. Esta dimensión histórica coloca a la fe cristiana —como a la judía— en un lugar muy diferente de otras religiones que se rigen por supuestas revelaciones y principios recibidos por el fundador, pero ajenos a la experiencia de la comunidad creyente.

Así nos lo hace ver el autor de la segunda lectura de este domingo, la carta a los Hebreos, al referirse al sacrificio de Cristo en la cruz; sacrificio, que realizado una sola vez y para siempre en la historia, obtuvo para toda la humanidad la plenitud de la salvación. 

Nosotros, al hacer nuestra, es decir aceptando, esta oferta de salvación, le damos su dimensión histórica que apunta hacia su plenitud en cada uno de nosotros ya desde ahora. Puesto que, aunque es algo ya realizado por Dios mediante el acto redentor de su Hijo, somos nosotros los que, con nuestra respuesta libre y agradecida, hacemos de esta realidad misteriosa algo histórico.

Por eso, mis hermanos, podemos afirmar que el cristiano está en tensión permanente entre el presente y el futuro; en este futuro en el que alcanzaremos la plenitud de lo que ya hemos recibido inicialmente. “Con la resurrección de Jesús, de hecho, el mundo y la historia han entrado en su fase final en la plenitud de los tiempos. Las promesas de Dios se han cumplido y los cielos y la tierra nuevos ya se han inaugurado” (de la Introducción a la XXXIII Domenica Anno B del Messale dell’Assemblea Cristiana). Son ya una realidad inicial presente, pero todavía tienen que llegar a su plena realización cuando Cristo sea todo en todos, como dice el Apóstol Pablo (1Co 15,28).

Existe en la Sagrada Escritura, queridos hermanos, un lenguaje que hemos de saber entender sin pretender tomarlo al pie de la letra. ¡Es imposible! Y es una verdadera equivocación tomar ese camino. La literatura apocalíptica, aunque es muy llamativa e impresionante, no deja de ser esencialmente simbólica. En esta literatura se encuentra el libro de Daniel del cual hemos escuchado la primera lectura. El autor habla de un gran final que estará precedido de “una gran conmoción histórica y cósmica que acarrea angustias y sufrimientos” (comentario al texto en Biblia de América), pero que consiste en una liberación total descrita también con el signo de la resurrección de los muertos.

Al final, según este texto, resucitarán tanto justos como impíos, uno para la vida eterna y otros para la muerte eterna. Pero en el texto del evangelio de san Marcos, Jesús emplea un lenguaje parecido y muy cercano al apocalíptico: el conocido entre los estudiosos como ‘escatológico’ es decir un lenguaje que se empeña en señalar más la participación libre y comprometida del hombre que el total protagonismo de un dios que sólo castiga o premia. Con esta forma de enseñar, Jesús nos invita a asumir nuestra responsabilidad en la historia tanto personal como social. Jesús invita a sus discípulos a saber vivir los diferentes momentos de la historia con la mirada puesta en el futuro; más concretamente, en su venida (parusía).

Como podemos ver, el modo de hablar de Jesús supera el tremendismo y pesimismo que caracteriza el lenguaje apocalíptico. En efecto, Jesús nos invita a una actitud expresada por la vigilancia o espera paciente y a otra muy dinámica que es la capacidad de observar con sabiduría el momento presente como el acontecer en el que tenemos de la oportunidad de construir un futuro. Esto es muy positivo y esperanzador. En medio de las tribulaciones, las adversidades y persecuciones existe la posibilidad de salvación por la certeza de la misericordia divina, pero también por la cooperación libre y responsable de cada uno.

No se trata, entonces, mis hermanos, de aterrorizarnos frente al futuro, sino de disponernos a vivirlo con la confianza de que en la nueva situación a la que somos llamados a participar, alcanzaremos la promesas que Cristo hace a quienes los siguen hoy en la fidelidad.

A este respecto dice un autor: “me pregunto si el discurso escatológico contiene más referencias al futuro o al presente. Ciertamente, el cuadro está dominado por las perspectivas de las realidades últimas, sobresale sin duda la visión del hijo del hombre. Sin embargo, la mirada está concentrada en el hoy. Como si la única manera para ser ‘contemporáneos’ del futuro consista en vivir en plenitud el presente. El único modo para permanecer fieles a lo eterno está en no traicionar el presente” (Pronzato).

Esta enseñanza de Jesús es un señalamiento sobre lo que verdaderamente importa: vivir intensamente el presente con el deseo de alcanzar el futuro. Un futuro que no sabemos cuándo vendrá pero para el cual hemos de estar preparados mediante la vigilancia paciente y responsable. Esto implica que afinemos la atención, es decir la capacidad de valorar en su justa dimensión los acontecimientos de la historia presente. De manera que no caigamos en el desánimo y de la angustia estériles, sino que veamos todo como oportunidades para crecer, para alcanzar lo que se nos promete en el amor y nosotros acogemos en la gratitud responsable. Nada por terrible que sea es del todo negativo. Con la ayuda divina podemos sacar bien, y mucho, del mal que nos hace sufrir.

Y nosotros los cristianos, específicamente los católicos, sabemos cómo; sólo es necesario que nos decidamos; porque tenemos siempre ante nosotros, cada domingo, la imagen, la enseñanza, el apoyo solidario y el espíritu de aquel que asumió con nuestra carne también nuestra historia para transformarla, junto con nosotros, de pecadora en justa… En fin, hermanos, cada domingo decimos: ¡Ven, Señor, Jesús! Y esto no es sólo un mero deseo. Es ante todo un compromiso de amor en el trabajo diario de darle vida en plenitud a nuestro mundo, pues somos, como dice un documento de la antigüedad cristiana: lo que es el alma en el cuerpo es lo que deben ser los cristianos en el mundo (Carta a Diogeneto, 6; hacia el 180).

Que Nuestra Niña y Señora Santa María de Guadalupe; Madre y maestra, nos aliente con su ejemplo y con su intercesión. Amén.

 
 
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