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Homilía
pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Don Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, en la Solemnidad de Santa María de Guadalupe, Misa de las Rosas.

12  de diciembre de 2007
12:00 hrs.

Queridos Hermanas y Hermanos:

Hoy, 12 de Diciembre, es un día muy especial, no sólo para los mexicanos sino para todos los que formamos este gran Continente Americano, para los Filipinos y otros muchos pueblos esparcidos por el mundo, ya que es la Fiesta de la Madre de Dios y Madre nuestra, de la Reina del Cielo, de la Virgen de Guadalupe. Esta es una Fiesta que se celebra desde lo más profundo de nuestro ser; es una Fiesta que nos une como hermanos, es una Fiesta de la unidad, de la armonía y de una vida nueva; es una Fiesta que nos llena de una fe profunda, de una esperanza renovada y de un amor inmenso que viene de Dios por medio de su Santísima Madre, la humilde sierva de Nazaret, María.

Especialmente en momentos tan difíciles, en situaciones tan adversas, en donde la injusticia es una lepra que carcome y sufre la sociedad; las divisiones destruyen toda relación humana, la sed de venganza ciega los corazones; los vacíos y soberbias destruyen el respeto que merecen los que están en nuestro entorno; los miedos y complejos desgarran y atropellan la dignidad y el derecho de los demás. En un mundo en donde los accidentes y desastres naturales, como hace poco han sufrido tantos hermanos nuestros que nos han afectado a todos. Pero Dios hace surgir de lo malo cosas tan buenas si de parte nuestra está la conciencia de ser partícipes de su amor, ya que todos estos retos nos ayudan a sacar las cosas buenas que el mismo Dios ha plantado en nuestros corazones; precisamente, en estos males y adversidades es donde se nos ofrece una gran oportunidad para consolidar los valores humanos más profundos como son la solidaridad, la fraternidad, la unidad, la generosidad, el respeto, la responsabilidad y tantos otros valores que con la fuerza de nuestra fe se fortalecen ante las adversidades que se nos presentan.

Esta fuerza, estos valores maravillosos, surgen, como lo he dicho, desde lo más profundo de nuestro ser para favorecer a nuestros hermanos; Dios los ha puesto en nuestros corazones para que fructifiquen amando a los demás; por lo que no es una simple filantropía, sino que es la misma fuerza de Dios que nos hace trascender. Nosotros somos instrumentos en las manos amorosas de Dios nuestro Padre, quien por medio de su Hijo todo lo entregó por amor a nosotros y este Padre e Hijo son quienes actúan dándonos ese Espíritu Santo que colma nuestros corazones y nos ayuda a palpitar con el corazón del que está a nuestro lado, especialmente el más necesitado, y con ello, dar un gran signo de esperanza. Todo esto nos lleva a comprender y a actuar como verdaderos hijos de Dios y hermanos entre sí.

Y para esta gran misión, Jesucristo nos dio a lo más precioso para El, su propia Madre, María. Ella es el testamento más sagrado que Jesucristo nos entregó en el momento dramático de la cruz; dice san Juan en su Evangelio: "Jesús, al ver a la Madre, y junto a ella, a su discípulo al que más quería, dijo a la Madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo» Después dijo al discípulo «Ahí tienes a tu madre» Desde ese momento, el discípulo se la llevó a su casa.”(1) María es el don más bello que nuestro Salvador nos ha dado, es con Ella con quien formamos nuestro hogar, es con Ella con quien compartimos nuestra vida, es con Ella con quien tenemos la esperanza que hemos sido creados no para la muerte sino para la vida. Es Ella, la primera discípula y misionera de Jesús, quien nos enseña a consagramos y ser también fieles discípulos y misioneros del amor de Dios; como lo proclamó el Episcopado Latinoamericano y del Caribe en Aparecida de Brasil: "María, con su fe, llega a ser el primer miembro de la comunidad de los creyentes en Cristo, y también se hace colaboradora en el renacimiento espiritual de los discípulos [...].

María es la gran misionera, continuadora de la misión de su Hijo y formadora de misioneros”(2). Precisamente Jesucristo es quien, con su inmenso amor manifestado en su propia Madre, nos hace capaces de ser signos de su presencia en este mundo que tanto necesita de la fe, de la esperanza y del amor.

Como ya lo expresaba el amado y recordado siervo de Dios, Juan Pablo II, el Acontecimiento Guadalupano es el "gran ejemplo de evangelización perfectamente inculturada".(3) También en la Conferencia Episcopal de América Latina y del Caribe en Aparecida de Brasil se retomó y confirmó lo dicho en la Conferencia de Santo Domingo: "La visitación de Nuestra Señora de Guadalupe fue acontecimiento decisivo para el anuncio y reconocimiento de su Hijo, pedagogía y signo de inculturación de la fe, manifestación y renovado ímpetu misionero de propagación del Evangelio.”4

Así pues, Dios nos ha entregado a María como Madre de todos nosotros, cumpliendo de esta manera la misión de enseñarnos que sólo Jesucristo es el Camino, la Verdad y la Vida. Y es Ella, Santa María de Guadalupe, quien ha elegido a un indígena humilde y sencillo, Juan Diego Cuauhtlatoatzin, embajador fiel de su mensaje para el mundo entero. De una manera espléndida así se expresó en el Documento de Aparecida: "[María], así como dio a luz al Salvador del mundo, trajo el Evangelio a nuestra América. En el acontecimiento guadalupano, presidió, junto al humilde Juan Diego, el Pentecostés que nos abrió a los dones del Espíritu.”(5)

Santa María de Guadalupe es quien pide se erija un templo para ofrecer todo su amor que es su propio Hijo, nuestro Señor Jesucristo, en su casita sagrada; que si bien, desde la mirada española de aquella época del siglo XVI era importante; para los indígenas también implicaba la fundación y formación de un nuevo pueblo, una nueva civilización que integra a todos como hermanos, por lo tanto, una verdadera civilización del amor.

En este templo, Santa María de Guadalupe se hace morada, forma hogar, funda una familia; en su rostro mestizo da testimonio de la unidad que debe prevalecer en toda raza, cultura, pueblo y nación. Por ello, Santa María de Guadalupe viene al encuentro de todo ser humano, tanto por los que estamos en esta tierra como de las más variadas estirpes, los que confíen en Ella, los que la invoquen, los que la busquen, los que la amen; para que en esta casita sagrada, fundamento de la nueva civilización del amor, Ella sea nuestro consuelo, nuestra protección, nuestra ayuda, nuestro refugio; la Madre del Amor que enjuga toda lágrima de nuestros ojos; es precisamente en esta casita sagrada, hogar de su Hijo Jesucristo, en donde cambia al soberbio su corazón de piedra que no sabe amar en un corazón de carne que sabe humildemente palpitar con el corazón del hermano.

De aquí se desprende la gran responsabilidad de manifestar un testimonio del verdadero Dios por quien se vive, participando con alegría en favorecer al hermano quitándonos todo egoísmo, luchar por la justicia y por la paz, poner todo nuestro esfuerzo en favorecer al desprotegido, al más pobre y necesitado; formamos en la honestidad, el respeto y la verdad. Es ahora más que nunca cuando debemos comprender que es importantísima nuestra misión en este mundo y en ello no estamos solos, es Santa María de Guadalupe quien nos impulsa, es Ella quien nos da la fuerza, es Ella quien nos da la sabiduría, es Ella quien nos cuida, nos protege y nos llena de la vida de Dios para el mundo entero.

¡No tengan miedo! Santa María de Guadalupe está aquí, y es nuestra Madre, Ella es nuestra sombra y resguardo. Ella es la fuente de nuestra alegría. Todos estamos en el cruce de sus brazos, en el hueco de su manto ¡No tengan miedo, Ella es nuestra Madre!

Gracias Santa María de Guadalupe, discípula fiel y misionera del amor de Dios por conducirnos a la vida y al corazón de tu Hijo, Jesucristo nuestro Señor, nuestro Dios y Salvador, nacido en un pesebre y muerto en una cruz para que nosotros pudiéramos nacer a la vida plena en su Resurrección y participar humildemente en esta civilización del Amor.


Notas

(1) Jn 19,26-27
(2) DA, 266 Y269.
(3) Ecclesia in America, 11.
(4) SD, 15; DA, 4
(5) DA, 269

 
 
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