HOY SE CUMPLE LA PALABRA DE DIOS
Queridos hermanos, Dios jamás se calla. Nuestro Dios
no es mudo como un ídolo que, supuestamente, tiene boca y no habla
(Sal 114,5). Nuestro Dios ha hablado en muchas ocasiones y de muchas
maneras… ahora, en este momento final, nos ha hablado por medio
del Hijo… (Hb 1, 1.2). Esta es la certeza de nuestra fe: Dios
habla hoy, especialmente por medio de la Sagrada Escritura, donde
encontramos la palabra misma de Cristo, Palabra viva del Padre.
Por eso decía san Jerónimo que ignorar la Escritura era lo mismo que
ignorar a Cristo.
Este domingo, como cada ocho días, la Palabra de
Dios nos congrega y, precisamente, para recordarnos y hacernos
conscientes de esta verdad misteriosa de nuestra fe cristiana. Por
eso antes de ver el contenido del mensaje y, precisamente, para recibirla
con toda su profundidad, los invito, hermanos, a alabar
y agradecer a nuestro Padre Dios, que a través de la Escritura, pero
sobre todo, mediante su Hijo esté permanentemente en diálogo de amor
con nosotros.
En la primera lectura, tomada del libro de Nehemías,
tenemos prácticamente una descripción de una acción liturgia que hoy
llamaríamos liturgia de la Palabra: una vez que se ha reunido el pueblo,
éste alaba y da gracias a Dios, escucha con suma reverencia la
palabra que se lee en medio de la asamblea y acoge con gran
interés la explicación que los encargados de instruir al pueblo
hacen de los textos sagrados.
Es importante resaltar la reacción que suscita la escucha de
la Palabra en el pueblo: Ante la solemne proclamación de la Ley, hombres
y mujeres están muy atentos; cuando Esdras abre el libro (rollo)
a la vista de todos, el pueblo se pone de pié; cuando Esdras bendice
a Dios todos participan respondiendo con solemne ‘amén’ y una postración
por tierra; cuando los levitas explicaban los textos, todos comprendían;
como todos lloraban conmovidos por la Palabra, fueron invitados
por Esdras, Nehemías y los levitas a celebrar con una comida,
con la consigna de convidar a los que carecieran de recursos para
festejar.
Esta ceremonia fue lo último que hizo el pueblo luego que después
del regreso de un exilio de cincuenta años en Babilonia restauraron
el templo, reconstruyeron las murallas de Jerusalén y se purificaron.
Este acto litúrgico fue la culminación de un proceso de restauración
integral. Fue un momento de reencuentro con Dios a través de la
Palabra. Ésta suscitó en ellos actitudes de arrepentimiento y conversión,
así como de gratitud y de admiración ante la misericordia de
Dios.
Esto nos lleva hoy, mis hermanos, a valorar también el gran
regalo que Dios nos ha dejado en la Sagrada Escrit ura. La Palabra
se cumple hoy, queridos hermanos, porque no es sólo una historia
del pasado acaecida en personas ajenas a nosotros. La Escritura
contiene nuestra historia personal; la de cada uno. Es a la luz
de la Palabra como nosotros vemos y entendemos nuestra historia, nuestra
vida. A través de ella, mis hermanos, descubrimos y nos encontramos
con un Dios cercano que nos habla en nuestro propio lenguaje. La Escritura
habla, ciertamente, de Dios, pero también de cada uno de nosotros
y de nuestra comunidad, de nuestra Iglesia.
Los judíos del siglo V antes de Cristo se reencontraron consigo
mismos como pueblo y se dejaron confrontar por la Palabra para volver
al camino de la fidelidad a Dios y a su vocación y misión. Nosotros,
como Iglesia y como individuos, a la luz del Evangelio, vamos ajustando
también nuestra vida al plan de Dios revelado por Jesucristo.
Pero es también en la Iglesia, asamblea santa de Dios, donde mejor
escuchamos la Palabra con toda su fuerza transformadora.
De la misma forma lo vio Jesús aquel sábado cuando fue, según
su costumbre, a la sinagoga, al lugar donde se reunía la asamblea
de Dios (la qahal Ò Adonai). Allí Jesús escucha con fe, docilidad
y amor la Palabra que Él mismo acaba de proclamar y concluye apropiándosela
para iniciar su ministerio y llevar cabo su misión. El Señor hace
suya la profecía de Isaías y descubre que esa palabra se cumple
hoy precisamente en Él.
La buena noticia no está en que Jesús recuerde este texto liberador,
ni una promesa a mediano o corto plazo de Jesús, sino en que eso
que anunció el profeta Isaías se cumple hoy: “Hoy
mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”.
A lo largo de su ministerio, Jesús no hará otra cosa que
anunciar la Buena Nueva a los pobres y decir de muchos modos que la
salvación es para hoy; “hoy, mañana y pasado mañana,
tengo que seguir mi camino” (Lc 13,33), “Hoy ha llegado la
salvación a esta casa” (Lc 19,9), “Yo te aseguro que hoy estarás
conmigo en el paraíso” (Lc 23,43). El evangelio nos recuerda que
la salvación es para hoy y que los cristianos tenemos mucho
que hacer: Hoy mismo vamos a poner en práctica lo que acabamos
de oír.
A la luz de estos textos, que posibilitan el encuentro con
Dios en nuestra historia, sea personal o comunitaria, queridos
hermanos, hoy también como Jesús, es como nosotros descubrimos nuestra
misión en el mundo actual.
Y nuestra misión, queridos hermanos, es, como la
de Cristo, es decir, la de ser testigos ante el mundo del amor
de Dios. Más aún, es unidos a Él como cumplimos juntos, como un
solo cuerpo en la diversidad de dones o carismas (segunda lectura),
la misión de ser su presencia histórica en el devenir del tiempo.
Entonces, como Jesús, también nosotros entendemos nuestra vocación
y nuestra misión como don del Espíritu Santo que nos consagra
y nos envía.
En la Santa Misa dominical, queridos hermanos, tenemos el momento
privilegiado (el kairós) para acoger, agradecer, asimilar para
vivir la Palabra escrita y con ella a Cristo, Palabra viva del
Padre. Por eso es importante que la escuchemos atentamente
y no nos perdamos la riqueza de compartirla entre nosotros, especialmente
en la homilía.
Que Nuestra Muchachita Santa María de Guadalupe, que siguió
e imitó como nadie a su Hijo, nos enseñe y nos acompañe a vivir
la palabra hoy y a lo largo de nuestra vida. Amén.