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Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el III Domingo Ordinario.

21 de enero de 2007

HOY SE CUMPLE LA PALABRA DE DIOS

Queridos hermanos, Dios jamás se calla. Nuestro Dios no es mudo como un ídolo que, supuestamente, tiene boca y no habla (Sal 114,5). Nuestro Dios ha hablado en muchas ocasiones y de muchas maneras… ahora, en este momento final, nos ha hablado por medio del Hijo… (Hb 1, 1.2). Esta es la certeza de nuestra fe: Dios habla hoy, especialmente por medio de la Sagrada Escritura, donde encontramos la palabra misma de Cristo, Palabra viva del Padre. Por eso decía san Jerónimo que ignorar la Escritura era lo mismo que ignorar a Cristo.

Este domingo, como cada ocho días, la Palabra de Dios nos congrega y, precisamente, para recordarnos y hacernos conscientes de esta verdad misteriosa de nuestra fe cristiana. Por eso antes de ver el contenido del mensaje y, precisamente, para recibirla con toda su profundidad, los invito, hermanos, a alabar y agradecer a nuestro Padre Dios, que a través de la Escritura, pero sobre todo, mediante su Hijo esté permanentemente en diálogo de amor con nosotros.

En la primera lectura, tomada del libro de Nehemías, tenemos prácticamente una descripción de una acción liturgia que hoy llamaríamos liturgia de la Palabra: una vez que se ha reunido el pueblo, éste alaba y da gracias a Dios, escucha con suma reverencia la palabra que se lee en medio de la asamblea y acoge con gran interés la explicación que los encargados de instruir al pueblo hacen de los textos sagrados.

Es importante resaltar la reacción que suscita la escucha de la Palabra en el pueblo: Ante la solemne proclamación de la Ley, hombres y mujeres están muy atentos; cuando Esdras abre el libro (rollo) a la vista de todos, el pueblo se pone de pié; cuando Esdras bendice a Dios todos participan respondiendo con solemne ‘amén’ y una postración por tierra; cuando los levitas explicaban los textos, todos comprendían; como todos lloraban conmovidos por la Palabra, fueron invitados por Esdras, Nehemías y los levitas a celebrar con una comida, con la consigna de convidar a los que carecieran de recursos para festejar.

Esta ceremonia fue lo último que hizo el pueblo luego que después del regreso de un exilio de cincuenta años en Babilonia restauraron el templo, reconstruyeron las murallas de Jerusalén y se purificaron. Este acto litúrgico fue la culminación de un proceso de restauración integral. Fue un momento de reencuentro con Dios a través de la Palabra. Ésta suscitó en ellos actitudes de arrepentimiento y conversión, así como de gratitud y de admiración ante la misericordia de Dios.

Esto nos lleva hoy, mis hermanos, a valorar también el gran regalo que Dios nos ha dejado en la Sagrada Escrit ura. La Palabra se cumple hoy, queridos hermanos, porque no es sólo una historia del pasado acaecida en personas ajenas a nosotros. La Escritura contiene nuestra historia personal; la de cada uno. Es a la luz de la Palabra como nosotros vemos y entendemos nuestra historia, nuestra vida. A través de ella, mis hermanos, descubrimos y nos encontramos con un Dios cercano que nos habla en nuestro propio lenguaje. La Escritura habla, ciertamente, de Dios, pero también de cada uno de nosotros y de nuestra comunidad, de nuestra Iglesia.

Los judíos del siglo V antes de Cristo se reencontraron consigo mismos como pueblo y se dejaron confrontar por la Palabra para volver al camino de la fidelidad a Dios y a su vocación y misión. Nosotros, como Iglesia y como individuos, a la luz del Evangelio, vamos ajustando también nuestra vida al plan de Dios revelado por Jesucristo. Pero es también en la Iglesia, asamblea santa de Dios, donde mejor escuchamos la Palabra con toda su fuerza transformadora.

De la misma forma lo vio Jesús aquel sábado cuando fue, según su costumbre, a la sinagoga, al lugar donde se reunía la asamblea de Dios (la qahal Ò Adonai). Allí Jesús escucha con fe, docilidad y amor la Palabra que Él mismo acaba de proclamar y concluye apropiándosela para iniciar su ministerio y llevar  cabo su misión. El Señor hace suya la profecía de Isaías y descubre que esa palabra se cumple hoy precisamente en Él.

La buena noticia no está en que Jesús recuerde este texto liberador, ni una promesa a mediano o corto plazo de Jesús, sino en que eso que anunció el profeta Isaías se cumple hoy: “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”.

A lo largo de su ministerio, Jesús no hará otra cosa que anunciar la Buena Nueva a los pobres y decir de muchos modos que la salvación es para hoy; “hoy, mañana y pasado mañana, tengo que seguir mi camino” (Lc 13,33), “Hoy ha llegado la salvación a esta casa” (Lc 19,9), “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23,43). El evangelio nos recuerda que la salvación es para hoy y que los cristianos tenemos mucho que hacer: Hoy mismo vamos a poner en práctica lo que acabamos de oír. 

A la luz de estos textos, que posibilitan el encuentro con Dios en nuestra historia, sea personal o comunitaria, queridos hermanos, hoy también como Jesús, es como nosotros descubrimos nuestra misión en el mundo actual.

Y nuestra misión, queridos hermanos, es, como la de Cristo, es decir, la de ser testigos ante el mundo del amor de Dios. Más aún, es unidos a Él como cumplimos juntos, como un solo cuerpo en la diversidad de dones o carismas (segunda lectura), la misión de ser su presencia histórica en el devenir del tiempo. Entonces, como Jesús, también nosotros entendemos nuestra vocación y nuestra misión como don del Espíritu Santo que nos consagra y nos envía.

En la Santa Misa dominical, queridos hermanos, tenemos el momento privilegiado (el kairós) para acoger, agradecer, asimilar para vivir la Palabra escrita y con ella a Cristo, Palabra viva del Padre. Por eso es importante que la escuchemos atentamente y no nos perdamos la riqueza de compartirla entre nosotros, especialmente en la homilía.

Que Nuestra Muchachita Santa María de Guadalupe, que siguió e imitó como nadie a su Hijo, nos enseñe y  nos acompañe a vivir la palabra hoy y a lo largo de nuestra vida. Amén.

 
 
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