¿CÓMO ACEPTAR LO DIVINO SIN DESPRECIAR
LO HUMANO?
Hermanos: el domingo pasado la misma Palabra
de Dios nos hacía ver la importancia que ella tiene en la vida de
todo creyente. Veíamos cómo los judíos del siglo V antes de Cristo
y Jesús mismo asumieron el mensaje de la Escritura dejándose iluminar
por ella. Los judíos se convirtieron de sus pecados y después celebraron
el reencuentro con Dios. Después, en el evangelio veíamos cómo Jesús,
por su parte, después de leer el libro del profeta Isaías, proclamó
que lo que contenía el mensaje leído ese sábado, se había cumplido
precisamente en Él. Jesús vio en el pasaje leído el programa completo
del ministerio que inició ese día.
Pero la segunda parte de esta unidad literaria del evangelio
que hoy acabamos de escuchar contrasta mucho con las primeras reacciones
de los judíos ante Jesús Mesías. En efecto, las primeras reacciones,
como lo vimos el domingo pasado, fueron de admiración y de respeto
por su sabiduría, pero este domingo estamos viendo que inmediatamente
se cuestionan sobre su identidad y, en lugar de sacar las conclusiones
adecuadas, empiezan a oponerse a su mensaje y al programa misionero
que acaba de asumir.
Sin embargo, estas actitudes de rechazo a su persona y misión
son como un anuncio de la suerte de Jesús que culminará en su muerte
y su resurrección. De manera que san Lucas, en este pasaje, que leemos
nosotros en dos domingos, nos presenta una síntesis del misterio de
Jesús como Mesías en su dimensión profética y como servidor de Dios
y de la humanidad. Tenemos hoy ya completo el programa del ministerio
de Jesús: desde la toma de conciencia de su misión hasta la suerte
que sufrirá en la cruz (el rechazo violento) y su triunfo definitivo
en la resurrección que, en el texto se anuncia con la libertad con
la que Jesús pasa entre sus enemigos.
Llaman la atención, en las lecturas de hoy, mis hermanos, dos
actitudes muy contrastantes: por un lado, la entereza de Jesús ante
su vocación y misión, así como su determinación de asumirla y cumplirla
desde le primer momento como profeta fiel a los intereses de Dios
a favor de los hombres. Y, por parte de los judíos, paisanos de Jesús,
es muy clara su actitud tan superficial, inestable y convenenciera;
pues primero se entusiasman oyéndolo para después rechazarlo y perseguirlo
hasta querer darle muerte.
Me parece, queridos hermanos, que esto nos está indicando hoy,
que debemos detenernos en reflexionar sobre el carácter, la función
y la suerte de los auténticos profetas, como son Jeremías y Jesús,
para tomarlos como modelos de la Iglesia y de cada uno de nosotros
que hemos recibido esta función desde el día de nuestro bautismo.
Reflexionemos, pues, especialmente partiendo de la primera lectura
y del evangelio.
La figura del profeta Jeremías nos ayuda a visualizar la identidad
del verdadero profeta de Dios. Así, en la primera lectura podemos
ver que el hombre, es decir, todo ser humano, está frente a Dios como
criatura ya que Él es quien lo llama a la existencia y luego le da
un destino bien claro, según su beneplácito. Dios elige y destina
al ser humano para una misión por medio de la cual, obedeciendo a
su creador, le da gloria y obtiene su salvación. Pero esta misión,
acorde con su propia y personal manera de ser —su propio carisma—
(cf. segunda lectura de hace ocho días y de hoy), es asumida, ciertamente
en la obediencia, en la libertad y en al amor. Es así, y sólo así
como el cristiano, a partir de su bautismo, asume como profeta, hace
suya y realiza su misión.
Esto pasa con Jeremías a quien Dios le pide que se arme de
valor y de una gran confianza porque Él quiere contar con su cooperación
libre y obediente. Es cierto que Dios da el encargo, la mayoría de
las veces muy pesado, pero también da la fuerza para realizarlo. Normalmente
el profeta tiene que hacer frente a adversidades, rechazos y persecuciones;
siempre por hacer el bien y por fidelidad a Dios. Podríamos afirmar
que las adversidades resaltan el carismo profético. El verdadero profeta
siempre estará en conflicto con estructuras, mentalidades y personas;
esto es inevitable; pero siempre tendrá la fortaleza y hasta cierta
alegría por servir a Dios y a sus hermanos. Este es un criterio que
no podemos descuidar a la hora de identificar a los verdaderos profetas
de nuestro tiempo; pero también es punto de referencia para revisar
nuestro carácter de bautizados y testigos del evangelio.
Cristo, mis queridos hermanos, es el profeta perfecto y mucho
más. Y nos enseña que si Él mismo fue objeto de tanta oposición y
rechazo, hasta la muerte, por parte de los enemigos de la verdad,
la justicia y la paz, la suerte de su Iglesia y la de cada uno de
nosotros, no puede ser otra.
Quizá nos preguntemos ¿por qué razón se admira al profeta y
al mismo tiempo o enseguida se le rechaza? Me parece que la respuesta
está en que es muy fácil pronunciarnos a favor de los valores evangélicos
siempre y cuando no nos comprometan; pero cuando percibimos la exigencia,
la renuncia, el esfuerzo y un compromiso serio, inmediatamente encontramos
mil razones para oponernos y para combatir propuestas que amenacen
nuestra tranquilidad y nos exijan un cambio de actitudes. Diríamos
que, cuando no se toma en serio la fe, resulta ser algo muy romántico
y no pasa de ser sentimental.
La
Eucaristía de cada domingo es fiesta y celebración por el amor
de un Dios misericordioso, lleno de ternura y providente. Y celebrar
eso no es mero romanticismo, sino una experiencia que nos lleva a
entender que amor con amor se paga. Lo cual se concreta en el deseo
profundo y humilde de ser profetas en un mundo de arrogancia y desprecio
de los valores del evangelio. La Eucaristía nos ayuda a asumir nuestra
propia vocación con valentía y decisión a ejemplo de Cristo que se
dejó llevar por el Espíritu para cumplir su destino. Es en la Eucaristía
dominical donde la Iglesia, Cuerpo de Cristo, se somete al impulso
del Espíritu como comunidad profética que se construye en el amor
y la fraternidad universal. Es aquí donde cada uno de nosotros renueva
constantemente su vocación a ser testigo en el mundo. Porque mientras
estamos en el mundo, es estando comprometidos en él como servimos
a la causa del Reino.
Con María, nuestra Señora, caminamos bajo su protección y su
ejemplo en el desempeño de lo que debemos hacer para gloria de Dios
sirviendo a los más necesitados. Amén.