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Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el VI Domingo Ordinario.

11 de febrero de 2007

VIVIR COMO RESUCITADOS

Mis queridos hermanos: hemos cantado con el salmista: Dichoso el hombre que confía en el Señor. También hemos escuchado al profeta Jeremías con un tono sapiencial que nos dijo: Maldito el hombre que confía en el hombre. Podríamos sacar la conclusión de que en las lecturas de este domingo tenemos una confrontación entre Dios y la criatura humana. Pero no es así.

Dios y el hombre no están en competencia. Cada uno tiene el lugar que le corresponde. Lo que el profeta nos advierte es no podemos darle la categoría de un Dios a ningún hombre ni a criatura alguna; cosa que hacemos cuando ponemos toda nuestra confianza y seguridad en las cosas materiales, en uno mismo o en otro hombre.

Vamos, hermanos, a dar un repaso a las lecturas para que esto nos quede más claro a la luz de la Palabra de Dios.

En la primera lectura escuchamos al profeta pronunciando una maldición y en seguida una bienaventuranza. Hay maldición para quien se siente seguro de sí mismo, para el autosuficiente por lo que cree que es o cree tener haciendo a un lado, al mismo tiempo, a Dios. Hay, en cambio bendición para quien pone toda su confianza sólo en Dios, el Dios de la bondad y de la misericordia y reconociendo que lo que tiene y puede lo ha recibido de Dios y, entonces, lo aprovecha no sólo para su beneficio sino para servir especialmente a los que menos tienen o menos cuentan.

Quien no pone su confianza en Dios no tiene a qué atenerse y más bien está expuesto al fracaso total porque nada le podrá dar lo que con tanta ansiedad busca; mientras quien confía plenamente en el Señor nada teme ni nada le causa tristeza; más bien se contenta con lo que es y lo que tiene, porque sabe que su vida está totalmente en las manos de Dios.

En esta dirección, mis hermanos, va hoy la enseñanza de Cristo en su discurso enunciado también como el de Jeremías: a base de bienaventuranzas y malaventuranzas. Como podemos ver en el evangelio de hoy, Jesús adoptó, y superó con mucho, los métodos didácticos de los maestros de Israel. Pero la superioridad de la enseñanza de Jesús no está en las formas como los contenidos.

Todo tiene su principio en la misma encarnación del Hijo de Dios como un acontecimiento tan diferente a cualquier otro evento de la historia e insospechado como revolucionario, al grado de que todo lo que Él hace y dice crea una situación nueva que no se puede ignorar ni menos, superar. Hemos de aceptar que Jesús es subversivo no sólo en su doctrina; lo es primero en su persona. Pero no encontraremos jamás en la historia hombre más coherente que Jesús. Su forma de vida fue un desafío constante a los criterios y las formas de vivir ajenas al plan de Dios, pero tan comúnmente aceptadas por el mundo escéptico y tan material como superficial.

Por eso, hermanos, lo que el Señor Jesús enseña y exige está respaldado por su propia vida. Él es el modelo perfecto de dicha y alegría en su pobreza, en su inocencia, su humildad y su obediencia, pero sobre todo, puesto que es la imagen viva del Padre, también lo es en su amor por nosotros.

Este domingo nos asegura, contra la sabiduría de mundo, que podemos ser felices, ya desde ahora, en medio de la pobreza, el hambre y el sufrimiento. A la luz de los criterios humanos y mundanos, esto es aberrante, absurdo, sin sentido. Esto no es fácil de entender sin la fe y el amor de Dios. Sólo quien ha renacido verdaderamente a una vida nueva es capaz de vivirlo a profundidad. No olvidemos  que desde nuestro bautismo renacimos a una Vida Nueva.

Al invitarnos a ser felices siendo pobres, nos está animando el Señor a que nos atrevamos a no poner nuestra seguridad en los bienes materiales ni en nuestros logros personales, sino en la providencia amorosa del Padre que quiere siempre lo mejor para nosotros, aunque a los ojos del mundo sea algo absurdo.

Pero vivir con actitudes nuevas, que vayan a contracorriente, es posible, mis queridos hermanos, si hacemos nuestros no sólo la doctrina de Jesús sino su misma persona. Jesús y sus palabras son inseparables. Y adherirnos a Jesús implica también correr su suerte hasta la muerte, lo meditábamos ya el domingo pasado.

Por otra parte, mis hermanos, conviene que nos percatemos, en la fe, que la pobreza que nos exige Jesús, y de la cual estamos hablando, es un don que hemos de pedir con humildad dando así un primer paso en la pobreza, ya que es algo que está fuera de los criterios meramente humanos.

Por lo demás, esto, queridos hermanos, es posible por la resurrección de Cristo que ha superado toda barrera material y temporal propia del hombre sin Dios Es lo que nos dice Dios a través de san Pablo en la segunda lectura de hoy. Efectivamente, creemos, por la fe recibida en el bautismo, que los bautizados hemos resucitado con Cristo y nos mantenemos vivos para Dios y muertos para el pecado. Es decir, nos conducimos con criterios muy ajenos a este mundo de egoísmo e injusticia. Es así como damos el alegre testimonio de la resurrección.

El bautismo como decía ya, es el primer paso en el crecimiento a una nueva vida. La Eucaristía, especialmente, la dominical, en la que nos reunimos como pueblo santo y bendecido por Dios, nos ayuda a mantener el ritmo de ese crecimiento. Hoy, por ejemplo, si entendemos el mensaje y, al salir de esta reunión sagrada, empezamos a vivir más intensamente en la confianza que nos da el sabernos hijos de Dios y hermanos de Jesucristo, compartiendo todo lo que somos, sabemos y tenemos, entonces, mis hermanos, habremos crecido un poco más en nuestra condición de resucitados.

Que nuestra muchachita, Señora y Madre nuestra, Santa María de Guadalupe, maestra y compañera de este camino, nos guíe con su intercesión y su ejemplo. Que así sea. 

 
 
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