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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XIV Domingo Ordinario.

8 de julio de 2007

EL REINO SE ANUNCIA CON MEDIOS POBRES

Hermanos, demos gracias a Dios, nuestro Padre y Señor, porque en medio de nuestras limitaciones ha confiado a su Iglesia la alegre noticia de la salvación y su realización misma. De esta manera, hermanos, se hace evidente que la obra es suya y no nuestra, pues nosotros solamente cooperamos, y pobremente, en la obra que Él ha indiciado por medio de su Hijo Jesucristo.

Las obras del Señor son admirables, hemos cantado en el salmo responsorial de este domingo. Y así es, mis hermanos, porque todo es obra de su misericordia y de su amor por nosotros. La salvación que la Iglesia anuncia a todos los hombres comienza en un mundo nuevo que es posible ya desde ahora porque es obra de Dios.

Los cristianos somos enviados a anunciar y a iniciar nuevas realidades porque el Señor Jesús, con su muerte y su resurrección las ha hecho posibles. Este es el alegre anuncio de esperanza y optimismo que suscita una gran alegría en los que lo acogen en la humildad.  

Esta gran noticia contrasta con un mundo que vive sumergido en la mentira, en el odio y la violencia y que se resiste a creer en algo diferente, pues, por su actitud fatalista, da por descontado que así tiene que ser. Por eso el cristiano que se encuentra en medio de este mundo ha de aceptar que actúa, piensa y habla contra corriente, con muchas oposiciones que lo pueden llevar incluso a la muerte. Y Jesús lo sabe muy bien al grado de que advierte que Él esta enviándonos como corderos en medio de lobos rapaces.

Cuántas veces, nosotros mismos, queridos hermanos, nos habremos comportado, o tal vez todavía nos comportamos como lobos, pues dice el filósofo Juan Jacobo Rouseau que el hombre es lobo para el hombre, y desgraciadamente le damos la razón al comprobarlo diariamente y, peor aún, actuando de ese modo.

Pero Jesús envía a sus discípulos a desmentir esa verdad que parece incontestable. En este mundo que se distingue notablemente por la violencia y la agresividad, los cristianos tienen la misión de anunciar un mundo diferente, el que se distingue por la humildad y la mansedumbre de los corderos. Su sola presencia, en la discreción, es una condena a la violencia y al odio, así como a la venganza.

Y todavía más: los discípulos de Cristo, que no son sólo los Doce, según nos hace ver el evangelio de Lucas, van desprovistos de poder y de seguridades mundanas. Su equipaje para la misión es su entrega generosa y alegre, es su única riqueza la cual se expresa en carencia de dinero y de vestidos que a los del mundo les da seguridad y prestigio.

En efecto, mientras que para el mundo cuenta mucho la marca del vestido, la cantidad de dinero que se posee y el poder que se tiene por los puestos y los títulos adquiridos, los enviados de Jesús no tienen más que la alegría de servir a la causa del Reino y se contentan tan sólo con la hospitalidad que reciben y con que los escuchen. Con que los acojan y los escuchen se dan por bien servidos. Los misioneros de Jesús se ocupan de la cercanía del Reino de la cual dan testimonio con su pobreza, sus limitaciones y su gran alegría en la libertad. Vivir todo esto, queridos hermanos, es la máxima prueba de que la presencia del Reino ya tiene un lugar en este mundo, pero no es del todo de este mundo, porque tiende a la plenitud en el más allá de la salvación. 

Anunciar el evangelio no asegura el éxito. Y el discípulo fiel de Jesús lo sabe. Y más bien sabe que debe tener mucha paciencia y no desesperar haciendo caer fuego del cielo por la falta de respuesta, como querían Santiago y Juan. El rechazo de los samaritanos, de la escuchábamos el domingo pasado, da ocasión a Jesús para instruir sobre la paciencia y la tolerancia.

Los discípulos de Jesús, mis queridos hermanos, ha de aprender también a convivir con situaciones desagradables a cambio del honor de ser portadores de buenas noticias de salvación para todos; ésa es su paga y la causa de una alegría tan profunda y auténtica que es capaz de compensar todos los malos ratos y todas las carencias.

Así lo entendió san Pablo según nos lo hace ver en la segunda lectura de este domingo. Para él, no hay otra ventaja que la cruz de Cristo, por medio de la cual -continúa diciendo- el mundo está crucificado para mi y yo para el mundo. Con esta expresión, el apóstol señala precisamente la paradoja de la fe y del ministerio del misionero: la debilidad del enviado, según los criterios el mundo pone de relieve precisamente la fuerza de la cruz que trae la salvación.

En la celebración gozosa y sencilla de cada domingo actualizamos, mis queridos hermanos, el misterio de la muerte y resurrección de Cristo que es su victoria sobre el mal de este mundo en el que vivimos todos sumergidos y muchas veces comprometidos en él. Nosotros, al entrar en la dinámica y la lógica de la fe, podemos participar de la victoria de Jesús. Sin la Eucaristía no podemos escapar a la influencia del mundo egoísta, injusto y violento que nos rodea. Seamos perseverantes en la práctica fervorosa de nuestra misa dominical a fin de ser verdaderos testigos y anunciadores del los bienes del Reino.

Nuestra Muchachita y Dulce Señora nos acompaña con su ejemplo a trabajar, discreta, pero firmemente en la predicación del mensaje de Jesús y sobre Jesús su Hijo.

Amén.

 
 
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