Hermanos, demos gracias a Dios, nuestro Padre y Señor, porque
en medio de nuestras limitaciones ha confiado a su Iglesia la alegre
noticia de la salvación y su realización misma. De esta manera,
hermanos, se hace evidente que la obra es suya y no nuestra, pues
nosotros solamente cooperamos, y pobremente, en la obra que Él ha
indiciado por medio de su Hijo Jesucristo.
Las obras del Señor son admirables, hemos cantado en el salmo responsorial
de este domingo. Y así es, mis hermanos, porque todo es obra
de su misericordia y de su amor por nosotros. La salvación que
la Iglesia anuncia a todos los hombres comienza en un mundo nuevo
que es posible ya desde ahora porque es obra de Dios.
Los cristianos somos enviados a anunciar y a iniciar nuevas
realidades porque el Señor Jesús, con su muerte y su resurrección
las ha hecho posibles.
Este es el alegre anuncio de esperanza y optimismo que suscita una
gran alegría en los que lo acogen en la humildad.
Esta gran noticia contrasta con un mundo que vive sumergido
en la mentira, en el odio y la violencia y que se resiste a creer
en algo diferente, pues, por su actitud fatalista, da por descontado
que así tiene que ser. Por eso el cristiano que se encuentra
en medio de este mundo ha de aceptar que actúa, piensa y habla
contra corriente, con muchas oposiciones que lo pueden llevar incluso
a la muerte. Y Jesús lo sabe muy bien al grado de que advierte
que Él esta enviándonos como corderos en medio de lobos rapaces.
Cuántas veces, nosotros mismos, queridos hermanos, nos habremos
comportado, o tal vez todavía nos comportamos como lobos, pues dice
el filósofo Juan Jacobo Rouseau que el hombre es lobo para el
hombre, y desgraciadamente le damos la razón al comprobarlo
diariamente y, peor aún, actuando de ese modo.
Pero Jesús envía a sus discípulos a desmentir esa verdad
que parece incontestable. En este mundo que se distingue notablemente
por la violencia y la agresividad, los cristianos tienen la misión
de anunciar un mundo diferente, el que se distingue por la humildad
y la mansedumbre de los corderos. Su sola presencia, en la discreción,
es una condena a la violencia y al odio, así como a la venganza.
Y todavía más: los discípulos de Cristo, que no son
sólo los Doce, según nos hace ver el evangelio de Lucas, van
desprovistos de poder y de seguridades mundanas. Su equipaje
para la misión es su entrega generosa y alegre, es su única
riqueza la cual se expresa en carencia de dinero y de vestidos que
a los del mundo les da seguridad y prestigio.
En efecto, mientras que para el mundo cuenta mucho la marca
del vestido, la cantidad de dinero que se posee y el poder que
se tiene por los puestos y los títulos adquiridos, los enviados
de Jesús no tienen más que la alegría de servir a la causa del
Reino y se contentan tan sólo con la hospitalidad que reciben y
con que los escuchen. Con que los acojan y los escuchen se dan
por bien servidos. Los misioneros de Jesús se ocupan de la cercanía
del Reino de la cual dan testimonio con su pobreza, sus limitaciones
y su gran alegría en la libertad. Vivir todo esto, queridos
hermanos, es la máxima prueba de que la presencia del Reino ya tiene
un lugar en este mundo, pero no es del todo de este mundo, porque
tiende a la plenitud en el más allá de la salvación.
Anunciar el evangelio no asegura el éxito. Y el discípulo fiel de Jesús lo sabe.
Y más bien sabe que debe tener mucha paciencia y no desesperar haciendo
caer fuego del cielo por la falta de respuesta, como querían Santiago
y Juan. El rechazo de los samaritanos, de la escuchábamos el domingo
pasado, da ocasión a Jesús para instruir sobre la paciencia y la
tolerancia.
Los discípulos de Jesús, mis queridos hermanos, ha de aprender también a
convivir con situaciones desagradables a cambio del honor de ser
portadores de buenas noticias de salvación para todos; ésa es
su paga y la causa de una alegría tan profunda y auténtica que es
capaz de compensar todos los malos ratos y todas las carencias.
Así lo entendió san Pablo según nos lo hace ver en la
segunda lectura de este domingo. Para él, no hay otra ventaja
que la cruz de Cristo, por medio de la cual -continúa diciendo-
el mundo está crucificado para mi y yo para el mundo. Con esta expresión,
el apóstol señala precisamente la paradoja de la fe y del ministerio
del misionero: la debilidad del enviado, según los criterios
el mundo pone de relieve precisamente la fuerza de la cruz que trae
la salvación.
En la celebración gozosa y sencilla de cada domingo actualizamos,
mis queridos hermanos, el misterio de la muerte y resurrección
de Cristo que es su victoria sobre el mal de este mundo en el
que vivimos todos sumergidos y muchas veces comprometidos en él.
Nosotros, al entrar en la dinámica y la lógica de la fe, podemos
participar de la victoria de Jesús. Sin la Eucaristía no podemos
escapar a la influencia del mundo egoísta, injusto y violento que
nos rodea. Seamos perseverantes en la práctica fervorosa de
nuestra misa dominical a fin de ser verdaderos testigos y anunciadores
del los bienes del Reino.
Nuestra Muchachita y Dulce Señora nos acompaña con su ejemplo
a trabajar, discreta, pero firmemente en la predicación del mensaje
de Jesús y sobre Jesús su Hijo.
Amén.