TANTO MÁS HUMILDE CUANTO MÁS GRANDE
Hermanos, la humildad es uno se los valores mas altos del
Reino del cual somos llamados formar parte. Pero esta virtud
es especialmente difícil porque mientras más la buscamos y practicamos
corremos el riesgo de jactarnos orgullosamente ser humildes,
con lo cual entramos en contradicción. Pero, no lo olvidemos:
Ser humildes es una exigencia del Reino, para aceptarlo y para
permanecer en él.
Es lo que nos señala la Palabra de Dios en los textos de la
Sagrada Escritura que hoy se ha proclamado en la asamblea dominical.
El libro del Sirácide, llamado comúnmente Eclesiástico, es una obra que pertenece
al conjunto de libros conocidos como 'sapienciales', esto es,
libros que nos transmiten una sabiduría de lo más común
que podemos encontrar, pero que comúnmente no sabemos escuchar.
Se trata de la sabiduría popular y tan ordinaria que hasta
nos podemos preguntar con justa razón: ¿cómo es posible que
algo tan ordinario se haya incluido como texto inspirado y que,
por eso, contiene la Palabra de Dios? Parece que la respuesta
está en que precisamente Dios nos quiere mostrar cómo en la consideración
de las cosas más simples y tan sencillas como ordinarias, Él hace
oír su voz.
Pues bien, hermanos, en los libros sapienciales, tenemos ante
todo una sabiduría muy cercana a la experiencia humana.
Es el resultado de la observación de los comportamientos sociales
más comunes, pero tan llenos de enseñanzas. Y en esas situaciones
sociales el autor nos hace notar cómo siempre estamos tentados
a colocarnos unos por encima de otros. En ese contexto de reflexión
sapiencial, el autor nos señala precisamente que el sabio,
el verdadero sabio, medita los proverbios y desea estar siempre
a la escucha de los sabios. Por eso el autor elogia, en este
texto, la humildad ante Dios, pero también ante los demás.
En el evangelio, Jesús por su parte, nos enseña que
la humildad es un elemento necesario para aceptar y para entrar
al Reino. Y, en su contexto, Jesús hace esta enseñanza en
una comida a la que él ha sido invitado por un fariseo con intenciones
torcidas; como solían actuar los fariseos hipócritas.
El texto dice que Jesús observaba cómo los invitados escogían
los primeros lugares, comportamiento que Jesús desaprueba
con un comentario que hace mediante una parábola cuyo comentario
final no podemos dejar pasar por desapercibido: cualquiera
que se exalta será humillado, y quien se humilla será enaltecido.
Pero, como en otras ocasiones, mis hermanos, es necesario también
hoy entender correctamente lo que se nos enseña. Porque, como
acabamos de decir, al empezar esa reflexión, el tema de la
humanidad nos coloca en un terreno muy resbaladizo. De hecho,
me parece, mis hermanos, que debemos estar atentos a buscar y,
mejor, a pedir la virtud de la humildad como un don y no como
una conquista propia. Pues corremos el peligro de pedirla
como un valor en sí misma evitando sufrir lo que trae consigo:
la humillación; y bien sabemos, si contemplamos la vida
del Señor Jesús, que eso es imposible. De manera, mis hermanos,
que sin la humillación, no es virtud, sino soberbia disfrazada.
En efecto, mis hermanos, se puede dar el caso de que incluso
provoquemos ser humillados para sentirnos virtuosos y santos,
no olvidemos la imagen del 'hipócrita virtuoso' que muy bien caracteriza
Molière en su comedia cómica el Tartufo. Es que, como ya
hemos dicho, al buscar ser humildes, podemos estar buscando calculadamente,
otras cosas. En el lenguaje coloquial solemos decir que alguien
'se tira para que lo levanten'. Y pude suceder que ¡nadielo
levante! Y ¡vaya frustración! Más temprano que tarde saldrá
la verdad de las intenciones de quienes posan como humildes.
Mejor sería, entonces, sencillez y contentamiento, así
como gratitud por lo que se es y lo que se tiene. Par ello,
mis hermanos, es muy útil conocerse a sí mismo con humildad para
aceptar lo que somos o como somos. La humildad es la verdad.
Y la verdad es que todos tenemos límites en lo que somos, podemos
y tenemos. Esto es sabiduría; y sabiduría evangélica. Cristo,
el Hombre- Dios, vino a ponernos en nuestro lugar: eres hombre,
miserable, pobre, finito. Eres grande, pero delante de Dios
eres nada. Si amas a Dios entrañablemente serás como Él, y
lo encontrarás en los demás y los amarás como a Él.
No utilices a los demás para tu beneficio; no desprecies a tu hermano porque
es menos dotado que tú; no busques a quienes te pueden servir
de escalón para medrar. Ser humildes es el hombre que ante
Dios y ante los demás se siente pequeño. Humilde es aquel que
ayuda en las necesidades, que humaniza la ciudad, que alegra
a su familia, que es amigo de sus amigos y no tiene a nadie por
enemigo. Es orgulloso el que avasalla “porque las puede”;
el que roba porque “me han puesto aquí y sería un tonto si no
me aprovechara”; el que es “muy macho” y atropella a los débiles.
El que no vive en la amistad de Dios y de los hombres es un
ser orgulloso. El no produce bombas ni aparatos complicados,
pero también mata el amor. ¡El hombre es tan grande en Dios y
tan pequeño en su orgullo”
Como discípulos de Cristo, no tenemos otro modelo de humildad
auténtica que el que Él mismo nos ofrece. Y como Él, entonces,
hemos de escoger, antes que aparecer para ser vistos, servir
y especialmente a los marginados de cualquier clase, porque ellos
no nos van servir de escalón o plataforma para subir y ser vistos
y aplaudidos, al contrario, muchas veces se nos criticará
por no aprovechar oportunidades que según el criterio del mundo
nos dan brillo, nos aseguran el éxito y, por eso nos hacen importantes.
Esto es lo que hoy Cristo nos enseña: que la verdadera riqueza
está en la pobreza y en el servicio, que la verdadera fuerza
está en lo que el mundo considera debilidad, que la libertad más
auténtica está en hacerse esclavos y que, en fin, la verdadera
vida se gana perdiéndola.
Esta es la sabiduría que celebramos y buscamos hacer nuestra
en cada una de las actualizaciones del Sacrificio de la Cruz
que se dan en la celebración de la Eucaristía cada domingo.
La asamblea dominical en torno a Cristo y ante le Padre nos congrega
a los hermanos como miembros de un solo pueblo: el nuevo pueblo
cuya cabeza es Cristo que nos enseña con su vida, entregada por
amor, a servirnos unos a otros ocupando lo últimos lugares.
Estos son los valores del Reino. No son la competencia y la rivalidad
por ocupar los primeros lugares, no es la arrogancia del que se
siente poderoso y con derechos sobre los demás, para imponer su
propios y, por cierto, muy cortos, puntos de vista. De esto tenemos
mucho en nuestra sociedad en la cual tenemos que vivir contra
la corriente con el auxilio que se nos da por el Espíritu Santo
que hemos recibido.
Amén.