Una vez más desde la casita de la dulce Señora
del cielo, nuestra niña y muchachita, Santa María de Guadalupe,
los saludo a todos, y los invito a interiorizar, a profundizar
la Palabra que el Señor nos entrega este domingo: Bendito y
alabado sea el Señor, Dios nuestro, que en su misericordia nos
ha perdonado por los méritos de su amado Hijo y nos ha hecho su
pueblo santo.
Mis hermanos y hermanas, la Palabra que Jesús nos regala hoy,
es muy clara y contundente, pero no por eso fácil de asimilar.
Quiero decir, que fácilmente podemos llegar a la conclusión objetiva
y real de la parábola, pero no siempre nos la apropiamos con honestidad,
porque inmediatamente contraponemos como si fuera el principal
mensaje, la virtud y el prestigio, es decir, concretamente la
arrogancia contra la humildad y lo más común es que nos sintamos
del lado de nuestro pueblo, nunca del lado de los arrogantes,
¡sólo eso faltaba!, mis hermanos.
Parece, también, que Jesús en esta parábola nos está invitando
a ver a un Dios que ante todo es misericordioso y que conoce muy
bien lo que hay en cada corazón. El Señor, atención mis amados
hermanos, el Señor no se deja llevar por las apariencias, hemos
escuchado la primera lectura tomada de Libro del Eclesiástico
o Sirácide. Los seres humanos nos equivocamos hasta para
hacer juicios sobre nosotros mismos, con cuanta mayor facilidad
nos equivocamos al juzgar a los demás. Quien verdaderamente nos
conoce, en serio y ha profundidad es Dios, por eso es Él quien
puede juzgarnos con certeza absoluta, y además diré: Él lo
hace con misericordia.
Lucas, el evangelista, señala que Jesús pronuncia la parábola
precisamente viendo que algunos se pelean por mejores que los
demás, despreciándolo. Y claro, mis hermanos, la oración es el
momento menos indicado para hacerlo, este momento es sagrado,
es el terreno del encuentro con el verdadero Dios ante quien deberíamos
tener conciencia de ser tal y como somos, de ser humildes. Y la
humildad, decía, la gran mística Santa Teresa: es caminar en la
verdad. El hecho es que no lo podemos engañar, a nuestro Dios
desde luego, entre nosotros sí, aunque si podemos como sucede,
como con el fariseo, engañarnos a nosotros mismos.
Mediante esta parábola Jesús nos está diciendo hoy a los creyentes
de este domingo del siglo XXI que practicar en todos aspectos
la fe cristiana, más aún católica, no nos da derecho a creernos
mejores que otros y tenemos, mis hermanos, que reflexionar seriamente
en esto que el Señor quiere entregarnos. Y menos tenemos el derecho
de apropiarnos de todos los méritos ¿quiénes somos?
En los domingos anteriores habíamos tenido la oportunidad de
meditar sobre la gratitud ante la gratuidad de la salvación. Hoy
vemos que el fariseo de la parábola, según nuestras reflexiones
pasadas comienza bien, pero no acaba igual. Tanto centra la oración
en su “yo”, como el protagonista de su salvación que resulta contraproducente.
Claro que es importante y más ante Dios ser agradecidos, lo que
meditábamos los domingos anteriores, mis hermanos. Pero es importante
no desviar la atención hacia nosotros, no centrarnos en nosotros.
Para ver los favores que Dios nos ha hecho y agradecerlos; no
tenemos que compararnos con nadie, porque no sabremos distinguir
con la misma claridad que Dios el bien del mal. No olvidemos que
esa fue la pretensión del ser humano desde sus orígenes, conocer
el bien y el mal. El Génesis nos lo dice. Pero no debemos olvidar
que a pesar de nuestras pretensiones nos equivocamos rotundamente
al distinguir el bien del mal, más aún mis hermanos, más aún,
hasta lo confundimos, no sólo al intentarlo, sino lo que es peor
al hacerlo. Esa es nuestra realidad más dramática que no logramos
aceptar, por eso, mis queridos hermanos, llevamos dentro de nosotros
esta imagen farisaica y llevados de nuestro moralismo fariseo
nos gusta clasificar todo, especialmente a las personas entre
buenas y malas, y si llegamos a identificarnos entre las malas,
muchas veces es de una manera falsa, es decir: no nos sentimos
verdaderamente pecadores, no nos sentimos verdaderamente necesitados
de perdón, necesitados de misericordia, de manera que nos viene
bien ser humildes, recordemos que la humildad, insisto en esto
mis hermanos, es una virtud muy difícil de vivir y expresar, es
caminar a la verdad.
Miren, mis hermanos, de manera que al pretender ser humildes
resultamos ser ni más ni menos como el fariseo de la parábola.
Jesús nos invita entonces este domingo a ser más sencillos y humildes,
empezando por no clasificar ni siquiera a nosotros mismos porque
hasta en eso nos equivocamos, ni menos a colocarnos por encima
de los demás.
Estaba bien que el fariseo agradeciera, desde luego, es una
actitud muy noble, pero ¿por qué a costa de la dignidad de los
demás? ¿por qué humillar y pisotear a los otros, para sobresalir
nosotros y ante Dios? Con esto, mis hermanos, además de ser arrogantes
cometemos el error de tratar a Dios como si fuera uno de nosotros
a quien se puede impresionar o presionar con mentiras. Cuando
nos veamos a nosotros mismos; y los invito, mis hermanos, a que
miremos dentro de nuestros corazones, dentro de nosotros mismos.
Cuando nos veamos a nosotros mismos en todo caso debemos dar gracias
a Dios porque nos trata amablemente, porque nos perdona tantos
y tan grandes pecados, porque tiene una gran misericordia para
con nosotros. Señor si llevaras cuenta de los delitos, de nuestras
fechorías ¿quién resistiría?
Mis hermanos y hermanas, esa es nuestra realidad: ante el Señor,
ante el Espíritu Santo, ante el Señor Jesucristo no somos más
que pecadores, aunque amados y perdonados. El Espíritu Santo,
precisamente a nosotros nos mueve a la conversión, nos anima a
la conversión, nunca nos va a condenar. El Espíritu Santo nos
va ayudar a reconocer nuestros propios pecados. Somos pecadores
y por eso muy lejos de ser mejores que los demás.
Yo los invito, mis amados hermanos y hermanas, a que hagamos
como María, nuestra niña y muchachita, esta morenita del Tepeyac
que en su himno de alabanza a Dios, señala como causa de su gozo,
de su alegría y de su gratitud profunda, que ha mirado la humildad
de su sierva. Aprendamos de esta dulce Señora, Santa María de
Guadalupe a orar por los demás con el espíritu de los favorecidos
y no de los que reclaman méritos.
Que así sea, mis amados hermanos.