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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el Viernes Santo.

6 de abril de 2007

ADOREMOS A CRISTO EN SU TRONO DE GLORIA

Mis amados hermanos y hermanas, muy queridos en Cristo muerto y resucitado. Tu cruz adoramos, Señor y tu santa resurrección alabamos y glorificamos. Por el madero ha venido la alegría al mundo entero.

Amados hermanos, estamos contemplando esta tarde el paso de Dios por la noche del hombre. Es verdad que Dios ha bajado mucho, ha descendido hasta las simas más oscuras de la existencia humana, hasta los infiernos de la soledad, hasta los infiernos de la tristeza y el dolor.  Pero este paso de Dios, realizado en Cristo, pudo iluminar todas  las noches humanas.  Cuando termine ese paso, cuando todos los rincones oscuros sean iluminados, podemos hablar del paso definitivo de la Pascua. Esta tarde nos reunimos para contemplar el rostro doliente de Cristo crucificado. Queremos acercarnos al misterio de su pasión y de su cruz, queremos comulgar con sus padecimientos, queremos agradecer la inmensidad de su amor. Nos amó hasta el extremo, hasta el vaciamiento de sí mismo. 

Al comenzar esta tarde la celebración litúrgica de la muerte de Cristo, nos habremos dado cuenta de su austeridad, celebración austera pero no triste, sobria pero cargada de emoción, cargada de sentimiento. Todos hemos caído por tierra, por lo menos nosotros los ministros. Ustedes se han arrodillado, se han postrado, prosternados en silencio meditativo y agradecido. Es la actitud de quien adora, mis hermanos. Ante esta realidad de un Dios que muere por nosotros, qué otra cosa podemos hacer, si no hecharnos por tierra, repitiendo en el corazón, que grande y que fuerte, Dios mio, es tu amor. Tu amor allegado hasta el fin, tu amor nos ha salvado, ¡gracias Señor Jesús!, muchas gracias.

Como he dicho ya, mis amados hermanos, la celebración de hoy es notablemente sobria y a la vez muy rica en signos y profundamente expresiva, toda ella se centra en la cruz, como signo privilegiado, diríamos, a manera de sacramento, por lo que ella significa y realiza en la vida del creyente. Hoy, de hecho, la Iglesia no celebra la Eucaristía, el más importante sacramento del culto católico, pero asistimos al memorial mismo de la cruz del cordero pascual, como que la Iglesia nos hace vivir el mismo acontecimiento dramático que da origen a la Eucaristía.

Veamos en la cruz, mis amados hermanos y hermanas, algunos aspectos que a lo largo del año litúrgico pasamos por desapercibidos. La cruz implica sufrimiento, pero se trata del sufrimiento que lleva a la alegría. Se trata de la muerte que lleva a la pascua. Hoy ya es pascua de alguna manera. A través de la humillación, vergüenzas y del escándalo que suscita en muchos, Jesús es glorificado por el Padre. Y Él por su parte da gloria al Padre. La cruz era espantosa, un espectáculo inhumano, pero desde que Cristo murió en la cruz es gloriosa. Lo que era instrumento de tortura se ha convertido en instrumento de salvación. Vamos acercarnos a ella como el lugar más sagrado, vamos acercarnos con devoción y agradecimiento a Cristo crucificado.

Hoy ponemos en alto la cruz para que fijemos nuestros ojos en ella. Se nos pide una mirada de fe, una mirada de fe, una mirada como la de aquellos israelitas envenenados en el desierto, que se curaban cuando miraban la serpiente de bronce levantada en un palo. No les salvaba la serpiente, mis hermanos, ni el palo, sino la mirada. Mira a Cristo, míralo en el madero de la cruz, mira a Cristo confesando que nos salva; dando la vida por nosotros, confiesa que murió por nuestros pecados, confiesa que es el cordero que quita el pecado del mundo, confiesa que es el pastor que desde la cruz llama a sus ovejas con silbos amorosos, confiesa que en sus cicatrices fuimos curados. Han crucificado a Cristo, hemos crucificado a Cristo, Palabra de Dios, desde la cruz nos ofrece preciosas lecciones como la del silencio y la no violencia, la de la paciencia y el despojo, la de la humildad y la confianza.

Hemos escuchado sus Siete Palabras, las meditamos, las recogemos como un tesoro valioso. Hemos encontrado enseñanzas sobre la manera de perdonar, sobre la generosidad, sobre el desvelo filial, sobre la confianza. Él quiere hablarte también a ti, esta tarde, esto es lo importante, que escuches la voz de Jesús en el leño de la cruz; quiere ofrecerte su perdón, quiere ofrecerte el paraíso, quiere regalarte a su Madre Santísima, quiere contagiarte de su ser, quiere renovar contigo la confianza plena en el Padre, guarda en tu corazón sus palabras, como María que empieza a rumiarlas, empieza a gustarlas. Si nos adentramos en lo más hondo del misterio de Cristo crucificado encontraremos la fuerza infinita del amor misericordioso, Él mismo nos dijo: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. El amor más grande, el que lo da todo, hasta la última gota de su sangre para salvarnos, el que entrega su vida para salvar nuestra vida, el que carga con nuestros sufrimientos y nuestras muertes para llenarnos del gozo del Espíritu.

Con palabras del Papa Benedicto XVI: en su muerte, dice el Papa, en su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo. Al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo, esto es amor, en su forma más radical. La violencia brutal, la crucifixión se transforma en un acto de amor, es la fisión nuclear llevada en lo más íntimo del ser, la victoria del amor sobre el odio, sobre la muerte.

Mis amados hermanos y hermanas, sintiéndonos unidos a Cristo en la cruz, con los sentimientos de Cristo que ofreció su vida por la salvación del mundo oremos por todos los hombres, absolutamente por todos. Queremos orar especialmente por todos los hombres y todos los pueblos que sufren en los cuales Cristo prologa su pasión que nuestra oración llegue hasta el trono del Padre. Oremos por la Santa Iglesia que esté unida, que sea pobre y samaritana. Oremos por el Papa, los obispos, la comunidad eclesial que sea testigo de la fe del amor misericordioso de Cristo. Oremos por quienes nos gobiernan para que el Señor les inspire decisiones que promuevan el bien común, en un ambiente de paz y de libertad. Particularmente, mis amados hermanos, oremos por lo atribulados, los enfermos, los especialmente graves. Oremos por los pobres en miseria y hambre, por lo oprimidos, excluidos, refugiados, inmigrantes que sufren todo tipo de rechazo. Oremos por lo encarcelados y torturados, por las víctimas de las guerras y del terrorismo, por las víctimas de accidentes y desgracias naturales. Oremos por los niños no nacidos que inocentemente son destrozados en el vientre de su madre, por los niños desarraigados, los niños de la calle, los niños vendidos, prostituidos, militarizados. Oremos por lo jóvenes que apenas empiezan a crecer y caen en falsos paraísos. Por aquellos que están en huelga, por aquellos que todavía no viven y sienten que la vida es un absurdo, un contrasentido y son víctimas de la droga y son víctimas del alcohol, del sida, del juego, del sexo. Oremos por las parejas sin posibilidad de casa, por las parejas sin posibilidad de hijos, ¡como sufren! Oremos por las mujeres víctimas de discriminación, de abuso y terrorismo. Oremos por los ancianos abandonados, desesperados, en fin, aquí caben todos los dolores y sufrimientos de la humanidad, en el dolor y sufrimiento de Cristo.

Que nuestra oración sea también de comunión, comulgando con ellos, comulgamos con Cristo. El dolor del mundo nos desborda, pero todo el dolor del mundo cabe en el corazón de Cristo. Hemos contemplado mediante la escucha del profeta Isaías, la figura del siervo que recorre la Pasión de Jesús y nos movemos a compasión, y esto es natural, pero la intensión de la Iglesia al hacernos vivir esta experiencia va mucho más lejos de una mera provocación de los sentimientos. San Juan en su Evangelio del cual hemos escuchado la Pasión de Cristo nos quiere llevar a contemplar la gloria de Jesús en el trono de la cruz, en el madero de la cruz.

En efecto, mis amados hermanos, el Viernes Santo no es una ocasión en la que se privilegie la compasión a Cristo, esta es la actitud tal vez más común en la piedad popular, pero la liturgia nos invita a ir más allá del sentimentalismo o incluso de un auténtico sentido de compasión. La Iglesia mediante esa liturgia nos invita a creer en el Mesías crucificado y aceptar en la fe que la muerte de Cristo es el acto de amor supremo de Dios por medio del cual nos salva y aceptar en la fe que Dios ha querido manifestar todo su poder en la debilidad de la cruz y aceptar en la fe que la locura de la cruz es más sabia que la sabiduría del mundo. Y a partir de la muerte de Jesús en el Calvario todo en la vida del creyente adquiere un sentido imposible de alcanzar por otros medios. Que en la cruz del Señor podemos tener la certeza de que todos nuestros pecados han quedado perdonados, que después de la cruz no existe otra fuerza mayor en el mundo que no sea el amor.

Y finalmente, mis hermanos, aceptar en la fe que la vida quiere su mayor sentido en el amor, en la entrega, en el servicio, hasta el vaciamiento. Adoremos a Cristo en su trono de gloria, adoremos a Cristo en la cruz.

 
 
 
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