Homilía
pronunciada por Mons.
Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe y Rector del Santuario, en la Solemnidad
de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo.
Navidad, 2003
ÉL ES EL RESPLANDOR DE LA GLORIA DE DIOS
Alegrémonos,
queridos hermanos, alegrémonos siempre porque un niño
nos ha nacido, un hijo se os ha dado. Este niño, este hijo,
es uno de los nuestros, es un ser humano como nosotros sin dejar de
ser Dios, pero con su encarnación, la humanidad quedó
honrada para siempre hasta el grado de que podemos estar seguros de
que somos se estirpe y de linaje divino.
Toda la tierra verá la salvación que viene de nuestro
Dios, dice Isaías. Toda la tierra ha visto al salvador, hemos
cantado en el salmo responsorial. En efecto, mis hermanos, para esto
se hizo hombre el Hijo de Dios; para hacerse visible. Para ponerse
a nuestro alcance. El invisible se puso al alcance de nuestros sentidos;
el infinito se hizo criatura limitada y efímera; el todopoderoso
se hizo pobre; y, el eterno entró en la historia. Y todo esto
lo hizo para salvarnos. ¡Él es nuestra salvación!
Precisamente Jesús significa “Yahvé salva”.
Nosotros lo hemos visto con, los ojos de la fe y hemos creído
en Él.
Estamos, mis queridos hermanos, ante un gran misterio. Rebasa toda
nuestra capacidad de imaginación y de comprensión. Es
más, rebasa todos nuestros deseos o anhelos. Pero viéndolo
con los ojos de la fe, lo experimentamos en lo más íntimo
de nuestro ser. Precisamente ahí donde sólo Él
puede llegar. No terminamos de comprenderlo, pero Él nos invita
a creerlo y a vivirlo.
Y esto, mis hermanos, lo anunciamos cada año de una manera
más intensa, pero no deja de estar presente en la vida de la
Iglesia y de cada creyente. Es éste el misterio que brilla
en todo su esplendor en la noche del mundo. Es la luz que ilumina
a todo hombre que viene a este mundo, a todo hombre que busca y ama
la verdad, para que pueda llegar a ser hijo de Dios. Él es
la luz que da sentido a la vida de quienes se dejan amar por este
Dios de infinita misericordia. Él es quien nos hace ver las
cosas, precisamente con los ojos de Dios. Por eso podemos decir que
hemos visto la salvación.
Hermanos, toda la vida del cristiano está iluminada por la
Navidad, es decir por el acontecimiento de la encarnación del
Hijo de Dios, su Palabra. Nuestra vida ya no tiene sentido sin Él.
La historia no es la misma con Él que sin Él. Contemplemos
con humildad y profunda devoción este gran misterio y acerquémonos
con alegría a adorarlo.
Permitamos que toda nuestra vida se transforme en un espejo que refleje
la luz de este misterio de amor. Que resuene en la Iglesia la alegría
de la salvación y sea un signo visible y tangible de la gran
misericordia divina, de manera que anuncie con su ser y con sus obras
la cercanía de Dios-con-nosotros, es decir, del Emmanuel.
Hermanos, el Señor ha sido grande con nosotros por habernos
iniciado en la fe mediante el cumplimiento de sus promesas. Durante
el adviento escuchamos sus promesas de salvación y hoy las
vemos cumplidas. Sin embargo, no olvidemos que en el tiempo de la
Iglesia seguimos esperando que la segunda venida lleve a plenitud
lo que ahora contemplamos en la fe y la esperanza por el amor que
se ha derramado en nuestros corazones. En otras palabras, es cierto
que el Padre y su Hijo Jesucristo nos han dado su Espíritu
que nos hace ser hijos de Dios, pero este misterio tiene todavía
que personalizarse, interiorizarse y vivirse en la realidad de la
historia de cada día en la Iglesia y en los que la formamos.
Más aún, tiene que ser propuesta y anunciada a todos
los hombres para que crean y se salven.
Y me parece oportuno también, considerar, a la luz de los relatos
de hoy, que es conveniente tener presente la forma como Dios nos ha
revelado su misterio, es decir, a través de signos muy sencillos:
una humilde y sencilla mujer de Nazaret, un pueblecito desconocido
hasta entonces, unos personajes muy marginados como son los pastores,
el establo como marco de un nacimiento acontecido en medio de las
vicisitudes de un viaje para cumplir un mandato civil. Estamos hablando,
mis hermanos, de que Dios se revela prácticamente en el desarrollo
de una vida ordinaria.
Es en la vida sencilla de cada día donde aceptamos al Dios
cercano, al Emmanuel. Recibamos a Jesucristo, verdadero Dios y verdadero
hombre. Veamos en este Niño-Dios la mano de un Dios que ha
venido a nuestro encuentro. Pero también veamos en ese mismo
Niño-Dios la mano de la humanidad que se alza al Padre para
agradecer y para suplicar su misericordia y su amor. Él es
el único mediador y punto de encuentro entre nosotros y Dios.
Nada ni nadie lo puede igualar, pues es lo mejor que nos ha acontecido.
Pero descubrámoslo, como Él quiere, en los más
pobres en los necesitados, en los que sufren, en los perseguidos por
ser justos, o por ser pequeños. Más aún, hagámonos
sencillo y pobres como María y como los pastores para prepararle
en nuestro corazón una digna morada.
Que Santa María de Guadalupe, la humilde y pobre virgen de
Nazaret, sea nuestro modelo en la fe, para aceptar al Hijo de Dios
en nuestra vida y podamos, como ella, llevarlo a los que lo buscan,
lo anhelan, desde su pobreza y disponibilidad interior.
Amén.