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Inicio > Homilías > Ciclo C, 2004
   
 

Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la Solemnidad de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo.

Navidad, 2003

ÉL ES EL RESPLANDOR DE LA GLORIA DE DIOS

            Alegrémonos, queridos hermanos, alegrémonos siempre porque un niño nos ha nacido, un hijo se os ha dado. Este niño, este hijo, es uno de los nuestros, es un ser humano como nosotros sin dejar de ser Dios, pero con su encarnación, la humanidad quedó honrada para siempre hasta el grado de que podemos estar seguros de que somos se estirpe y de linaje divino.
             Toda la tierra verá la salvación que viene de nuestro Dios, dice Isaías. Toda la tierra ha visto al salvador, hemos cantado en el salmo responsorial. En efecto, mis hermanos, para esto se hizo hombre el Hijo de Dios; para hacerse visible. Para ponerse a nuestro alcance. El invisible se puso al alcance de nuestros sentidos; el infinito se hizo criatura limitada y efímera; el todopoderoso se hizo pobre; y, el eterno entró en la historia. Y todo esto lo hizo para salvarnos. ¡Él es nuestra salvación! Precisamente Jesús significa “Yahvé salva”. Nosotros lo hemos visto con, los ojos de la fe y hemos creído en Él.
             Estamos, mis queridos hermanos, ante un gran misterio. Rebasa toda nuestra capacidad de imaginación y de comprensión. Es más, rebasa todos nuestros deseos o anhelos. Pero viéndolo con los ojos de la fe, lo experimentamos en lo más íntimo de nuestro ser. Precisamente ahí donde sólo Él puede llegar. No terminamos de comprenderlo, pero Él nos invita a creerlo y a vivirlo.
             Y esto, mis hermanos, lo anunciamos cada año de una manera más intensa, pero no deja de estar presente en la vida de la Iglesia y de cada creyente. Es éste el misterio que brilla en todo su esplendor en la noche del mundo. Es la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, a todo hombre que busca y ama la verdad, para que pueda llegar a ser hijo de Dios. Él es la luz que da sentido a la vida de quienes se dejan amar por este Dios de infinita misericordia. Él es quien nos hace ver las cosas, precisamente con los ojos de Dios. Por eso podemos decir que hemos visto la salvación.
             Hermanos, toda la vida del cristiano está iluminada por la Navidad, es decir por el acontecimiento de la encarnación del Hijo de Dios, su Palabra. Nuestra vida ya no tiene sentido sin Él. La historia no es la misma con Él que sin Él. Contemplemos con humildad y profunda devoción este gran misterio y acerquémonos con alegría a adorarlo.
             Permitamos que toda nuestra vida se transforme en un espejo que refleje la luz de este misterio de amor. Que resuene en la Iglesia la alegría de la salvación y sea un signo visible y tangible de la gran misericordia divina, de manera que anuncie con su ser y con sus obras la cercanía de Dios-con-nosotros, es decir, del Emmanuel.
             Hermanos, el Señor ha sido grande con nosotros por habernos iniciado en la fe mediante el cumplimiento de sus promesas. Durante el adviento escuchamos sus promesas de salvación y hoy las vemos cumplidas. Sin embargo, no olvidemos que en el tiempo de la Iglesia seguimos esperando que la segunda venida lleve a plenitud lo que ahora contemplamos en la fe y la esperanza por el amor que se ha derramado en nuestros corazones. En otras palabras, es cierto que el Padre y su Hijo Jesucristo nos han dado su Espíritu que nos hace ser hijos de Dios, pero este misterio tiene todavía que personalizarse, interiorizarse y vivirse en la realidad de la historia de cada día en la Iglesia y en los que la formamos. Más aún, tiene que ser propuesta y anunciada a todos los hombres para que crean y se salven.
             Y me parece oportuno también, considerar, a la luz de los relatos de hoy, que es conveniente tener presente la forma como Dios nos ha revelado su misterio, es decir, a través de signos muy sencillos: una humilde y sencilla mujer de Nazaret, un pueblecito desconocido hasta entonces, unos personajes muy marginados como son los pastores, el establo como marco de un nacimiento acontecido en medio de las vicisitudes de un viaje para cumplir un mandato civil. Estamos hablando, mis hermanos, de que Dios se revela prácticamente en el desarrollo de una vida ordinaria.
            Es en la vida sencilla de cada día donde aceptamos al Dios cercano, al Emmanuel. Recibamos a Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Veamos en este Niño-Dios la mano de un Dios que ha venido a nuestro encuentro. Pero también veamos en ese mismo Niño-Dios la mano de la humanidad que se alza al Padre para agradecer y para suplicar su misericordia y su amor. Él es el único mediador y punto de encuentro entre nosotros y Dios. Nada ni nadie lo puede igualar, pues es lo mejor que nos ha acontecido.
             Pero descubrámoslo, como Él quiere, en los más pobres en los necesitados, en los que sufren, en los perseguidos por ser justos, o por ser pequeños. Más aún, hagámonos sencillo y pobres como María y como los pastores para prepararle en nuestro corazón una digna morada.
             Que Santa María de Guadalupe, la humilde y pobre virgen de Nazaret, sea nuestro modelo en la fe, para aceptar al Hijo de Dios en nuestra vida y podamos, como ella, llevarlo a los que lo buscan, lo anhelan, desde su pobreza y disponibilidad interior.
             Amén.

 
 
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