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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el VIII Domingo Ordinario.

25 de mayo de 2008

JESÚS, EL CORDERO QUE QUITA EL PECADO DEL MUNDO

Queridos hermanos: el amor de Dios se sigue manifestando incluso en el hecho de llevarnos día a día, con su Palabra, como este domingo, a tomar conciencia de este misterio de su misericordia. Como lo meditábamos el domingo pasado –en el de la Trinidad– su amor es eterno y, por eso, en él tenemos el fundamento de toda nuestra vida. Démosle gracias, mis hermanos, y celebremos qué grande es nuestro Dios.

Retomamos hoy el curso del evangelio de san Mateo y más precisamente el sermón de la montaña, donde Jesús nos enseña los fundamentos de su doctrina, es decir, de la novedad de su ley y de las exigencias que ella implica para ser discípulo suyo. Una de estas exigencias es el total desapego no sólo de los bienes materiales y de los demás hombres, sino hasta de uno mismo.

La liturgia de la Palabra de este domingo comienza con la lectura del libro de Isaías donde el profeta nos hace ver a Dios como alguien que, siendo fiel a sí mismo y a su promesa, jamás dejará de amar a su pueblo y a cada uno de los que lo integran. Dios no nos ama en masa, sino a cada uno en particular. De la misma manera como una madre ama al hijo de sus entrañas hasta ser incapaz de olvidarse de él. De esta manera entramos en la razón última por la que podemos creer en lo que nos dice Jesús en el evangelio.

Entonces, siendo Dios alguien cuyo amor es eternamente estable, puede exigirnos que le demos toda nuestra confianza y nos entreguemos a Él distanciándonos al mismo tiempo de las cosas en las que solemos poner nuestra confianza.

Pero entendamos, de una vez, mis hermanos, que Jesús no nos está diciendo que no las tengamos y las busquemos como bienes que el mismo Dios no da y conseguimos con nuestras propias manos, sino que no las busquemos de una manera tan desmedida y con tanto afán que pareciera que toda nuestra seguridad y felicidad dependiera de poseerlas. El Padre bien sabe que tenemos necesidad de ellas (v.32b).

Hermanos, tenemos que aprender, según esta enseñanza de Jesús, a no sobrevalorar las cosas y las personas, así como lo que somos y tenemos, como son nuestras mismas capacidades o aptitudes, como algo de lo cual podemos gozarnos cada día, pero que son inestables. Se nos invita a relativizar todos los bienes tanto materiales como personales como realidades caducas, inestables, inconsistentes, para buscar lo que verdaderamente vale para la vida eterna.

Hemos de ir comprendiendo cada vez más que buscando sólo asegurar el éxito, la felicidad y la tranquilidad a partir de lo que podemos conseguir con el esfuerzo y el ingenio personales corremos el riesgo de poner nuestra seguridad en ellas. Más aún, hermanos, podemos llegar a confundir esas cosas como la meta de nuestra vida. Y, peor todavía, cuando las absolutizamos, ellas terminan usurpando el lugar de Dios hasta convertirse en ídolos tiranos implacables que nos exigen cada vez más nuestro sometimiento. De esta manera, en lugar de dueños de las cosas nos convertimos en esclavos suyos, cambiando, así el orden establecido por Dios.

 Aquí, mis hermanos, con la enseñanza de Jesús, podemos entender mejor el alcance del primer mandamiento: amarás al Señor sobre todas las cosas. Lo que el Señor nos pide, entonces, es que confiando totalmente en el Padre providente y que nos ama irrevocablemente, nos convirtamos sólo en administradores cotidianos de todo lo que tenemos, considerando sus limitaciones; sí capaces de darnos cierto bienestar y felicidad, a veces alivio y satisfacción, pero no absoluta sino relativamente.

Considerando así las cosas –y a veces también a las personas– podemos siempre anhelar valores más altos, como son el amor y la justicia. El amor nos permite, en primer lugar, ponernos al servicio de los demás, especialmente de quienes carecen de los necesario para vivir dignamente. Nos hace ser espléndidos, según nos lo quiere enseñar Jesús con la imagen del ojo como lámpara del cuerpo unos versículos antes de trozo del evangelio que hoy escuchamos (22-23).

Relativizando el bien que nos puede proporcionar lo material también nos hace ser justos, en nuestras relaciones con los demás, especialmente con quienes nos debemos por el amor y el deber, tal como es la voluntad de Dios expresado en el mandamiento supremo de Jesús.

Mis hermanos, la Sagrada Eucaristía nos enseña cada domingo a vivir en el proyecto de Dios el cual debe ocupar el primer lugar en nuestros intereses. Venimos, de hecho mis hermanos, cada ocho días, a experimentar el amor que Él nos tiene, a agradecer que no nos falta nada, porque mientras lo tengamos a Él en nuestra vida, en medio de la familia, de nuestras relaciones y ocupaciones, en realidad no nos falta nada. Teniéndolo a Él, nos puede faltar todo, especialmente aquello que nos hace olvidarnos de Él, aquello que nos esclaviza y nos hunde en la codicia, la soberbia y todos lo pecados que conllevan.

Que nuestra Madrecita y Celestial Señora, Santa María de Guadalupe, la pobre, obediente y humilde nos enseñe y nos ayude alcanzar lo que ella vivió con su Hijo Jesús.

Amén.

 
 
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