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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XIX Domingo Ordinario.

10 de agosto de 2008
“Año de San Pablo”
¡NO TEMAN, SOY YO!

Mis amados hermanos y hermanas, fieles laicos de Cristo. Muy amados hermanos y hermanas de la vida consagrada, mis queridos hermanos en el ministerio diaconal, presbiteral, Cabildo de Guadalupe.

¡Muéstranos, Señor tu misericordia! Le hemos dicho al Señor en el salmo responsorial de este domingo. Es la expresión de la confianza total del pueblo que se ha puesto en las manos de su Señor y Padre bondadoso. Es la certeza de que Dios, que actúa siempre a favor nuestro, saldrá en nuestro auxilio en el momento de la angustia y la confusión.

Mis amados hermanos y hermanas, las lecturas de hoy presentan dos escenas en las que el Señor todopoderoso se hace presente, sí, con su poder, pero sobre todo con toda su misericordia y su bondad. Al profeta Elías Dios se presenta en la discreción de la brisa; a los apóstoles se les hace presente en la persona de su Hijo Jesús como Señor de las fuerzas del mar y a favor de éstos. El salmo responsorial, por su parte, expresa la salvación en su rica terminología de paz, misericordia, fidelidad y justicia: los dones espacialísimos con los que Dios ha mostrado siempre su relación con su pueblo. Son entonces, los dones que mejor expresan la peculiaridad y la trascendencia de la salvación. Mis amados hermanos y hermanas, acerquémonos un poco a los textos que la liturgia nos ofrece para nuestra consideración.

El profeta Elías, en la primera lectura, va huyendo de Jezabel que busca matarlo porque él se opone a la idolatría que el rey ha introducido en la casa real al contraer matrimonio con ella que es pagana. Elías fortalecido con un alimento que Dios le ha enviado llega hasta el monte de Dios, el Horeb, lugar donde Moisés se había encontrado con Dios después del pecado del pueblo. Como Moisés, Elías también tiene una experiencia especial de Dios que se le manifiesta de un manera muy sencilla y pacífica, como el murmullo de  la brisa a la manera de un encuentro íntimo de amor. Como es la experiencia de un Dios de amor y de bondad.

En la narración del evangelio, Mateo nos da, de una manera muy propia una imagen de Jesús en relación con sus discípulos. Ellos no han aprendido que Jesús está siempre con ellos aunque físicamente no se encuentre con ellos. En este episodio parece que el evangelista quiere enseñarnos que gracias a su presencia, aunque no fuera física, la victoria sobre las fuerzas del mal, simbolizadas en el mar, como suele verse en la literatura bíblica, es efecto de la fe en la presencia salvadora de Jesús.

Mis hermanos y hermanas, la fe no tiene nada que ver con el miedo, la duda; pero también nos dice el evangelista que de nada sirven entusiasmo alguno y  la seguridad en sí mismo. Es necesario aceptar, en la humildad, que hay situaciones en las que no basta el optimismo y es, más bien, necesario gritar pidiendo el auxilio divino, la ayuda de quien realmente puede salvarnos.

Una vez que se da el milagro, viene la calma, regresa la paz y, entonces, los discípulos se postran ante el Mesías que aparece así como el Dios que salva. A Dios, mis hermanos, se le reconoce en la calma, en la paz.

Miren, mis hermanos, también nosotros nos encontramos con frecuencia en situaciones semejantes a la de los discípulos en la barca. Estamos en el mundo como en una barca a merced del mar de situaciones adversas y dificultades: ignorancia y confusión ante diversas situaciones; carencias y necesidades de diversa índole, problemas de relación con los otros, violencia. Y, lo peor, nos sentimos solos, sin nadie a quien acudir. Muchas veces, aunque pensamos haber superado, con nuestros esfuerzos, ciertas adversidades, nos volvemos, para desilusión nuestra, con las mismas situaciones y, a veces, peores.

Pero todo eso, mis amados hermanos y hermanas, sucederá siempre. El Señor nos quiere enseñar hoy que, si nos mantenemos en comunión con Él por la fe y la confianza, pero sobre todo por el amor, podemos crecer, ante las adversidades, en la certeza de que siempre estará a nuestro lado para protegernos del mal más grave: el pecado que nos lleva a la muerte eterna.

Notemos, mis amados hermanos y hermanas, que es Jesús quien va a su encuentro hacia la madrugada, después de que los discípulos han remado toda la noche. Ellos no lo esperaban y hasta lo confunden con un fantasma y se sienten amenazados. Pero, Jesús estaba al pendiente de ellos y va a su encuentro. Sabe que tienen necesidad de Él.

Mis amados hermanos y hermanas, cuando nos reunimos para la celebración dominical, acudimos al encuentro de quien sabemos que está siempre con nosotros. Es importante que nos mantengamos muy atentos a los diversos modos de presencia suya en la Eucaristía, de manera que podamos realmente encontrarnos con Él. En efecto, cada domingo, mis hermanos, nuestra confianza en él aumenta y los miedos, las angustias se tienen que ir haciendo menos. En la Eucaristía, en cada Santa Misa, el Señor Jesús nos dice: “Aquí estoy, a tu lado, estoy con ustedes, ánimo. Están bajo mi protección. No tengan miedo”. Y además nosotros sentimos esa protección y ese auxilio en nuestra Niña y Muchachita Santa María de Guadalupe. Su auxilio está muy por encima de toda ayuda o asistencia humana o de cualquier otra seguridad. Esto, mis hermanos, también nos lanza a la comunidad para apoyar a quienes se sienten débiles, para apoyar a quienes se sienten confundidos o necesitados; no porque seamos fuertes y poderosos, sino porque nos sabemos enviados por el que todo lo puede, por el que jamás puede fallarnos: “Estoy contigo siempre, a tu lado, ánimo”

Nuestra Muchachita y Celestial Señora de Guadalupe, es un ejemplo vivo de la misión que Dios nos encomienda, pues Ella conociendo su misión y con una gran confianza en el poder de Dios pregunta a Juan Diego: “¿No estoy aquí que soy tu Madre. No estás bajo mi regazo…?”  Estoy aquí siempre dispuesta a escuchar su llanto, su tristeza, diferentes miserias, sus penas, sus dolores”. Nada más propio de una Madre, mis hermanos, que: escuchar llanto, que curar miserias, penas y dolores. Y tratándose de la Madre de Dios que puede alcanzarnos todo de su Hijo Jesucristo. Que mejor. Todos estamos sintiendo las sacudidas que sufre esta Iglesia en estos momentos. Esos vientos contrarios que vienen de fuera y de dentro nos hacen sentir cierta angustia, cierto miedo y nos preguntamos ¿qué irá a pasar con esta Iglesia? ¿a dónde iremos a dar? Y el Señor nos dice: “Ánimo, no tengan miedo, no tengan miedo”. Jesús extenderá su mano y vendrá la calma. Santa María de Guadalupe no nos soltará de su mano, nos tendrá siempre en su regazo de Madre, pero sigamos remando, sigamos remando tratando de dominar la tempestad.

Mis amados hermanos y hermanas, esta es nuestra misión, esta es nuestra tarea.

Amén.

 
 
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