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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XVII Domingo Ordinario.

27 de julio de 2008
“Año de San Pablo”

LA SABIDURÍA DEL REINO

Mis amados hermanos y hermanas, fieles laicos de Cristo. Muy amados hermanos y hermanas de la vida consagrada. Hermanos de capacidades diferentes los saludo, están allá en una de las capillas. Mis hermanos en el ministerio diaconal, presbiteral, Cabildo de Guadalupe.

Demos gracias, a Dios nuestro Padre, por habernos llamado a formar parte de su Reino, y porque en la Iglesia nos ha puesto para que vayamos y seamos testimonios vivos, no sólo en las celebraciones de la fe, sino también en la vida de cada día y en sus momentos más sencillos.

No se puede, mis queridos hermanos y hermanas, ser verdaderamente cristianos si no es a partir de la sabiduría que nos lleva a elegir el Reino por encima de cualquier otro interés. Toda sabiduría viene de Dios, es la convicción de la Sagrada Escritura, pero especialmente la que nos lleva a apreciar en toda su dimensión los valores más altos, los que están por encima de todos, es decir, los que corresponden a los intereses de Dios y de sus proyectos.

Sin embargo, poco sabemos de este asunto en la vida ordinaria de la Iglesia. Quiero decir, mis amados hermanos, que es muy escasa  la referencia que los cristianos, en general, hacen a este misterio divino. Y sin embargo, no podemos ignorar que es tema central en la revelación bíblica y en la teología. Más aún, ocupa un lugar de primer orden en toda la predicación de Juan el Bautista, de Cristo y de la Iglesia.

Por eso, mis amados hermanos y hermanas, es hoy una gran oportunidad para reflexionar en este misterio que se ha hecho presente en la persona de Cristo y se nos anuncia como algo futuro a lo cual tendemos como al sentido propio de nuestra fe.

Veamos, como siempre, la primera lectura que nos introduce muy sabiamente en el mensaje de este domingo que después Jesús mismo nos explica y nos invita a reflexionar.

El primero libros de los Reyes, nos presenta a Salomón, el sabio por antonomasia, en actitud de oración pidiendo con humildad a Dios fidelidad, justicia y rectitud de corazón para gobernar a su pueblo, el que Dios ha puesto bajo su cuidado. Según el autor sagrado, a Dios le agradó tanto su oración que le concedió precisamente lo que necesitaba para ser fiel, justo y recto de corazón, es decir, le concedió sabiduría e inteligencia para todas sus acciones.

Sabemos, mis hermanos, que el rey Salomón pasó a la historia por su asombrosa sabiduría al grado de que se le considera padre de todo un conjunto literario de la Sagrada Escritura conocido como género sapiencial dentro del cual está incluido este método adoptado por Jesús de enseñar mediante parábolas.

El Evangelio que hoy escuchamos continúa exponiendo, ya por tercera ocasión, la doctrina de Jesús acerca del misterio del Reino mediante las últimas tres parábolas de la siete que contiene el capítulo trece de san Mateo. La dos primeras parábolas que hemos escuchado: la del tesoro escondido en un campo y la de las perlas finas, nos instruyen sobre el misterio del Reino como algo por lo que opta el hombre mediante el discernimiento. La parábola de la pesca, mis hermanos, nos presenta, bajo otra imagen, el mismo mensaje del final de la parábola de la cizaña y el trigo al poner el acento en la separación de los buenos y los malos al final del mundo.

Intentando hacer un resumen de los tres domingos en los que san Mateo nos ha transmitido las enseñanzas de Jesús acerca del Reino, podemos dejar en claro, amados hermanos y hermanas, que en la etapa temporal de este Reino ya es posible hablar de magníficos resultados de la siembra de la Palabra, a pesar de la resistencia o la desidia de muchos para aceptarla. Esto se debe, mis hermanos, a que la Palabra es eficaz por sí misma gracias a la fuerza que posee. Pero no debemos olvidar que la respuesta a ella es muy lenta y que a la paciencia que Dios nos tiene debe corresponder, también, nuestra tolerancia y nuestra solidaridad fraterna ante quienes todavía se resisten de alguna forma.

Frente al misterio del Reino que ha llegado con Jesús, hoy se nos dice que siempre tenemos la oportunidad de decidir en el riesgo de la libertad. Ésta es una aventura y exige valentía y coraje para vivirla a fondo. La libertad, mis hermanos, no es libertinaje irresponsable. Por eso para ejercerla en toda su dimensión necesitamos de una buena dosis de sabiduría.

La sabiduría nos conduce por los caminos del análisis y del discernimiento. Esto es búsqueda. Es anhelo de verdad. Vamos en pos de una verdad que explique y de sentido a nuestra vida. Si tenemos ideas claras, esperamos encontrar respuestas claras. Para optar por el Reino se necesita de reflexión; se necesita de análisis serio y responsable. Miren, mis amados hermanos y hermanas, esta capacidad de opción atinada y oportuna se da gracias a la sabiduría.

El día de nuestro bautismo fuimos dotados de gracia, sabiduría e inteligencia divina. Y todavía más, mediante el sacramento de la Confirmación, se nos concedieron en abundancia los siete dones del Espíritu, entre ellos el de la sabiduría. Esta virtud consiste en una capacidad de discernir y elegir lo más conveniente para nuestra salvación y para la gloria de Dios.

Es, mis amados hermanos, saborear, gustar, vivir la propia vida y los acontecimientos a la manera de Dios, ya decíamos hace un momento, de acuerdo a los intereses y a los proyectos de Dios. Elegir el Reino de Dios consiste en optar por que Dios sea efectivamente el único soberano de nuestra vida y de todo aquello con lo que nos movemos en ella: personas, bienes materiales, intereses, proyectos, que se yo. Es encontrar en el Reino el sentido pleno de nuestra existencia. Y esto, todo esto, mis amados hermanos y hermanas, ya es posible ahora, aunque se dará plenamente en el futuro, bien lo reflexionábamos la semana pasaba. Construir el Reino de Dios, es construir una Utopía y nosotros cristianos somos constructores de utopías.

Nos movemos ya en el Reino cuando somos fieles a Cristo en la observancia de su mandamiento de amor fraterno, de respeto a la vida en todas sus etapas y manifestaciones, en la lucha por la justicia y por la verdad. Ciertamente el Reino de Dios no es de este mundo, pero se construye ya desde este mundo. ¡Eso es parte de su misterio! Un misterio que sólo con la sabiduría de su Espíritu descubrimos y valoramos para apreciarlo por encima de cualquier otro valor humano y temporal.

En la Eucaristía dominical, mis amados hermanos y hermanas, alimentamos esta sabiduría y crece en nosotros por la Palabra que escuchamos y acogemos agradecida y alegremente, por el testimonio de los que nos congregamos domingo tras domingo para la oración, para la alabanza y la glorificación, y por la oración misma solidaria con el mundo. Este sacramento es, en su celebración la Santa Eucaristía, una oportunidad privilegiada de acogida del Reino.

Mis amados hermanos y hermanas, hagamos de nuestra Eucaristía una participación viva, alegre, optimista. Vengamos con entusiasmo y con gozo al encuentro del Señor para que el Reino crezca y madure en nosotros.

En la Santa Eucaristía siempre aquí en la casita del Tepeyac desde hace 476 años nos acompaña; nuestra Muchachita y Celestial Señora, nuestra Madre y Maestra, Santa Virgen Santa María de Guadalupe, modelo y guía en la opción por el Reino de Dios. Pues, que Ella, que es trono de la Sabiduría, interceda por nosotros.

Amén.

 
 
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