LA SABIDURÍA DEL
REINO
Mis amados hermanos y hermanas, fieles laicos
de Cristo. Muy amados hermanos y hermanas de la vida consagrada.
Hermanos de capacidades diferentes los saludo, están allá en una
de las capillas. Mis hermanos en el ministerio diaconal, presbiteral,
Cabildo de Guadalupe.
Demos gracias, a Dios nuestro Padre, por habernos llamado a
formar parte de su Reino, y porque en la Iglesia nos ha puesto
para que vayamos y seamos testimonios vivos, no sólo en las celebraciones
de la fe, sino también en la vida de cada día y en sus momentos
más sencillos.
No se puede, mis queridos hermanos y hermanas, ser verdaderamente
cristianos si no es a partir de la sabiduría que nos lleva a elegir
el Reino por encima de cualquier otro interés. Toda sabiduría
viene de Dios, es la convicción de la Sagrada Escritura, pero
especialmente la que nos lleva a apreciar en toda su dimensión
los valores más altos, los que están por encima de todos, es decir,
los que corresponden a los intereses de Dios y de sus proyectos.
Sin embargo, poco sabemos de este asunto en la vida ordinaria
de la Iglesia. Quiero decir, mis amados hermanos, que es muy escasa
la referencia que los cristianos, en general, hacen a este misterio
divino. Y sin embargo, no podemos ignorar que es tema central
en la revelación bíblica y en la teología. Más aún, ocupa un lugar
de primer orden en toda la predicación de Juan el Bautista, de
Cristo y de la Iglesia.
Por eso, mis amados hermanos y hermanas, es hoy una gran oportunidad
para reflexionar en este misterio que se ha hecho presente en
la persona de Cristo y se nos anuncia como algo futuro a lo cual
tendemos como al sentido propio de nuestra fe.
Veamos, como siempre, la primera lectura que nos introduce
muy sabiamente en el mensaje de este domingo que después Jesús
mismo nos explica y nos invita a reflexionar.
El primero libros de los Reyes, nos presenta a Salomón, el
sabio por antonomasia, en actitud de oración pidiendo con humildad
a Dios fidelidad, justicia y rectitud de corazón para gobernar
a su pueblo, el que Dios ha puesto bajo su cuidado. Según el autor
sagrado, a Dios le agradó tanto su oración que le concedió precisamente
lo que necesitaba para ser fiel, justo y recto de corazón, es
decir, le concedió sabiduría e inteligencia para todas sus acciones.
Sabemos, mis hermanos, que el rey Salomón pasó a la historia
por su asombrosa sabiduría al grado de que se le considera padre
de todo un conjunto literario de la Sagrada Escritura conocido
como género sapiencial dentro del cual está incluido este método
adoptado por Jesús de enseñar mediante parábolas.
El Evangelio que hoy escuchamos continúa exponiendo, ya por
tercera ocasión, la doctrina de Jesús acerca del misterio del
Reino mediante las últimas tres parábolas de la siete que contiene
el capítulo trece de san Mateo. La dos primeras parábolas que
hemos escuchado: la del tesoro escondido en un campo y la de las
perlas finas, nos instruyen sobre el misterio del Reino como algo
por lo que opta el hombre mediante el discernimiento. La parábola
de la pesca, mis hermanos, nos presenta, bajo otra imagen, el
mismo mensaje del final de la parábola de la cizaña y el trigo
al poner el acento en la separación de los buenos y los malos
al final del mundo.
Intentando hacer un resumen de los tres domingos en los que
san Mateo nos ha transmitido las enseñanzas de Jesús acerca del
Reino, podemos dejar en claro, amados hermanos y hermanas, que
en la etapa temporal de este Reino ya es posible hablar de magníficos
resultados de la siembra de la Palabra, a pesar de la resistencia
o la desidia de muchos para aceptarla. Esto se debe, mis hermanos,
a que la Palabra es eficaz por sí misma gracias a la fuerza que
posee. Pero no debemos olvidar que la respuesta a ella es muy
lenta y que a la paciencia que Dios nos tiene debe corresponder,
también, nuestra tolerancia y nuestra solidaridad fraterna ante
quienes todavía se resisten de alguna forma.
Frente al misterio del Reino que ha llegado con Jesús, hoy
se nos dice que siempre tenemos la oportunidad de decidir en el
riesgo de la libertad. Ésta es una aventura y exige valentía y
coraje para vivirla a fondo. La libertad, mis hermanos, no es
libertinaje irresponsable. Por eso para ejercerla en toda su dimensión
necesitamos de una buena dosis de sabiduría.
La sabiduría nos conduce por los caminos del análisis y del
discernimiento. Esto es búsqueda. Es anhelo de verdad. Vamos en
pos de una verdad que explique y de sentido a nuestra vida. Si
tenemos ideas claras, esperamos encontrar respuestas claras. Para
optar por el Reino se necesita de reflexión; se necesita de análisis
serio y responsable. Miren, mis amados hermanos y hermanas, esta
capacidad de opción atinada y oportuna se da gracias a la sabiduría.
El día de nuestro bautismo fuimos dotados de gracia, sabiduría
e inteligencia divina. Y todavía más, mediante el sacramento de
la Confirmación, se nos concedieron en abundancia los siete dones
del Espíritu, entre ellos el de la sabiduría. Esta virtud consiste
en una capacidad de discernir y elegir lo más conveniente para
nuestra salvación y para la gloria de Dios.
Es, mis amados hermanos, saborear, gustar, vivir la propia
vida y los acontecimientos a la manera de Dios, ya decíamos hace
un momento, de acuerdo a los intereses y a los proyectos de Dios.
Elegir el Reino de Dios consiste en optar por que Dios sea efectivamente
el único soberano de nuestra vida y de todo aquello con lo que
nos movemos en ella: personas, bienes materiales, intereses, proyectos,
que se yo. Es encontrar en el Reino el sentido pleno de nuestra
existencia. Y esto, todo esto, mis amados hermanos y hermanas,
ya es posible ahora, aunque se dará plenamente en el futuro, bien
lo reflexionábamos la semana pasaba. Construir el Reino de Dios,
es construir una Utopía y nosotros cristianos somos constructores
de utopías.
Nos movemos ya en el Reino cuando somos fieles a Cristo en
la observancia de su mandamiento de amor fraterno, de respeto
a la vida en todas sus etapas y manifestaciones, en la lucha por
la justicia y por la verdad. Ciertamente el Reino de Dios no es
de este mundo, pero se construye ya desde este mundo. ¡Eso es
parte de su misterio! Un misterio que sólo con la sabiduría de
su Espíritu descubrimos y valoramos para apreciarlo por encima
de cualquier otro valor humano y temporal.
En la Eucaristía dominical, mis amados hermanos y hermanas,
alimentamos esta sabiduría y crece en nosotros por la Palabra
que escuchamos y acogemos agradecida y alegremente, por el testimonio
de los que nos congregamos domingo tras domingo para la oración,
para la alabanza y la glorificación, y por la oración misma solidaria
con el mundo. Este sacramento es, en su celebración la Santa Eucaristía,
una oportunidad privilegiada de acogida del Reino.
Mis amados hermanos y hermanas, hagamos de nuestra Eucaristía
una participación viva, alegre, optimista. Vengamos con entusiasmo
y con gozo al encuentro del Señor para que el Reino crezca y madure
en nosotros.
En la Santa Eucaristía siempre aquí en la casita del Tepeyac
desde hace 476 años nos acompaña; nuestra Muchachita y Celestial
Señora, nuestra Madre y Maestra, Santa Virgen Santa María de Guadalupe,
modelo y guía en la opción por el Reino de Dios. Pues, que Ella,
que es trono de la Sabiduría, interceda por nosotros.
Amén.