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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XV Domingo Ordinario.

13 de julio de 2008 -
“Año de San Pablo”

ACOGER LA PALABRA PARA QUE DE FRUTOS

Amados hermanos y hermanas, alabemos a Dios, nuestro Padre misericordioso, que nos congrega cada domingo para iluminarnos, consolidar la unidad entre nosotros, enriquecernos, alegrarnos y consolarnos con su Palabra. Su Palabra es viva y eficaz, tan cortante como una espada de doble filo, como lo expresa el autor de la carta a los Hebreos. Esa Palabra suya tiene la eficacia del amor de Dios que nada nos escatima hasta el grado de encarnarse en su Hijo, Jesucristo, el acontecimiento más sorprendente y sublime jamás imaginado por el hombre. De manera que nosotros los cristianos nos sabemos interpelados, cuestionados, sacudidos por la Palabra viva que es su Persona, que es Jesucristo a quien escuchamos con devoción y gratitud, pero, sobre todo, acogemos en el amor.

Este domingo, amados mis hermanos y hermanas, la Iglesia nos invita a ser conscientes del compromiso que conlleva la escucha de la Palabra de Dios en su lugar privilegiado, en medio de la celebración Eucarística, si bien sabemos que no es el único. Aprovechemos, pues, este don suyo, escuchémoslo con docilidad y apertura de corazón, un poco más con esta reflexión.

En la primera lectura hemos escuchado cómo se refiere Dios mismo al aspecto misterioso y eficaz de su Palabra. Consideremos que si la palabra humana posee una eficacia cuando la pronunciamos, pues, sea que se acepte o se rechace o simplemente haya indiferencia ante ella, habrá siempre un resultado. Mucho más podemos afirmar de la Palabra de Dios en nuestra vida, ya que ella posee una potencia tal vez capaz de superar todo obstáculo y de realizar la voluntad de Dios que, como dice el texto sagrado de esta lectura, no regresa a Dios sin haber cumplido su misión. Tal como sucede con la lluvia.

Escuchamos por dondequiera, mis hermanos, desde el inicio de la predicación del Evangelio, incluso desde el tiempo mismo de Jesús, que su predicación es inútil. Se dice que a nadie le interesa, especialmente en nuestro tiempo. Se llega a decir, que es obsoleto y que la prueba de eso es precisamente a que, después de dos mil años, no ha logrado que la humanidad sea mejor. Por tanto el Evangelio carece de valor. No vale la pena escucharlo, así piensan algunos.

Pero Jesús, mis amados hermanos, quiere mostrarnos que la conclusión es muy equivocada. En la parábola del sembrador afirma que la Palabra, su Palabra, es como una semilla que tiene en sí toda la capacidad de fecundar el terreno donde cae y dar el mayor fruto posible. Por tanto el fracaso, miren, mis queridos hermanos, el fracaso no depende de la semilla, al menos no en la semilla-palabra.

Si se da el fracaso en el anuncio del Evangelio no es a causa de la semilla, es decir, de la Palabra, sino por su mala recepción, porque no es plenamente acogida. Y no es acogida porque, muchas veces es incómoda; siempre interpela, siempre cuestiona, siempre sacude la Palabra de Dios. Como sucede simplemente con la palabra humana, según hemos dicho. Si no la comprendemos o no nos interesa comprenderla, se la lleva el viento; es así como la hacemos inútil. Pero, entonces, mis amados hermanos, si somos honestos tenemos que reconocer que los causantes de su ineficacia somos nosotros mismos.

La afirmación de que a lo largo de los veinte siglos de cristianismo la humanidad no ha avanzado es totalmente desfasada. No corresponde a la realidad. Pues, no podemos negar cuánto ha contribuido la fe cristiana; cuánto ha contribuido aquellos hombres que han vivido intensamente la Palabra de Dios y se han dejado cuestionar e interpelar por ella —que es vivencia del Evangelio— cómo ha contribuido a mejorar las relaciones entre los hombres y los pueblos; que número tan inmenso de hombres y de mujeres santos que, a lo largo de la historia de la Iglesia, han hecho crecer a la humanidad en los valores, en los derechos, en fin, en el desarrollo integral de la humanidad.

Frente a la Palabra de Dios, hoy los cristianos tendríamos que darnos golpes de pecho y dar señales de conversión para proponernos acoger con mayor interés y gratitud su mensaje a fin de dejar que la Palabra obre con todo su poder en el interior de cada uno y en el interior de la Iglesia.

Mis amados hermanos y hermanas, dejémonos interpelar por la Palabra viva y eficaz de Cristo para ver con sinceridad qué clase terreno somos; qué es lo que esta impidiendo que la semilla del Evangelio eche raíces profundas en nuestro corazón. Tal vez haya en él dureza; tal vez haya en él superficialidad, inconstancia, en fin zarzas que la sofoquen e impidan que la semilla de la Palabra del Señor germine, crezca, se desarrolle y de frutos de verdad, de frutos de justicia, de frutos de paz y de frutos de amor.

Como hemos dicho ya desde le principio de esta reflexión, dejemos que su Palabra resuene en nuestro interior en el ambiente santo y privilegiado de la Eucaristía, como parte sustancial de ella. No olvidemos que en la comunión con su Cuerpo ratificamos cada domingo, la alianza, la que hemos aceptado como consigna que se nos da por su Palabra para nuestra vida. Y no dejemos, mis hermanos, de agradecer que su Palabra se nos de cómo luz y consuelo, pero también como fuerza para el camino.

Encomendemos a nuestra Niña y Muchachita, Santa María de Guadalupe, Celestial Señora nuestro deseo de escuchar con docilidad de espíritu su Palabra para recrearnos y gozarnos como ella haciendo siempre la voluntad de Dios. Tenemos el privilegio de sentirnos acompañados por esta dulce Señora desde hace 477 años, va la Señora empujándonos, impulsándonos y siempre diciéndonos desde el Tepeyac: “Hagan lo que mi Hijo les pida. Hagan lo que mi Hijo les diga”.

Pidámosle a esta dulce Señora, que seamos como una tierra fértil, como un terreno abierto. María es la Madre de la Palabra. Acudamos a Ella. María se alimentó de la Palabra con abundancia, fue hija predilecta de la Palabra. Pero así son las cosas del espíritu, Ella también llegó a alimentar a la Palabra, convirtiéndose por lo mismo en Madre suya; Madre espiritual; la concibió en su seno, en su mente y en su espíritu le dio forma femenina. La adaptó a su estilo y a su cultura, la presentó con su gracia y con su fuerza.

La Palabra cuando salía de su boca o cuando se manifestaba en sus signos y sus gestos, en sus acciones y actitudes era también hija suya, que increíble es esto. El Magnificat, por ejemplo: era Palabra de Dios, pero nacida en el campo de María. La supo hacer suya, la supo encarnar y nos la entregó. María se convierte, sí, en Madre biológica, concibió la Palabra en su vientre, se hizo carne en su seno, se alimento y desarrolló con su sangre y con su aliento. María vistió la Palabra de humanidad, la contagió de sentimientos amorosos, todo lo que una madre puede dar al hijo de sus entrañas.

Cómo no sentirnos animados, promovidos, impulsados por esta dulce Señora. Que hermoso que esta comunidad parroquia de nuestra Señora de Guadalupe de Santa Fe Nuevo México, acompañada por su párroco Fray Tien-tri Nguyen, venga hoy a la casita de Madre, para bendecir esta monumental imagen, que ha trabajado con tanto cariño Georgina Farias. Irá recorriendo nuestro país, el antiguo camino real, pasara por: Durango, por Chihuahua, por Parral, por Ciudad Juárez hasta llegar a Nuevo México, a Santa Fe. La Madre siempre nos está animando, nos está animando para vivir y encarnar la Palabra de Dios, para dejar que en nosotros eche raíces fuertemente. Y miren como la Señora cuando nace la Palabra, Ella nos dirá soy Madre, soy Mamá y se parecerá del todo esa Palabra encarnada, humanada a su Madre, no sólo en lo físico, sino en el estilo y en el talante, en todo su psiquismo, porque lleva sus genes por entero.

Al estar íntimamente prenotada por la Palabra de Dios, puede convertirse en Madre de la Palabra encarada y por eso acudimos a Ella, tenemos la gracia, la bendición de sentirnos empujados por esta dulce Señora, para acoger la Palabra de Dios. Los mexicanos particularmente tenemos una mayor responsabilidad en este Continente porque aquí está la Madre de la Palabra, animándonos,  impulsándonos.

Que la Señora, pues, del Cielo nos anime, nos aliente, nos aliente, nos disponga, nos de apertura y sencillez, para que como Ella en nosotros, también, se humane, en nosotros, también, se encarne la Palabra y la comuniquemos, la demos con gozo y entusiasmo.

Que así sea, mis amados hermanos.

 
 
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