ACOGER LA PALABRA PARA QUE DE FRUTOS
Amados hermanos y hermanas, alabemos a Dios,
nuestro Padre misericordioso, que nos congrega cada domingo para
iluminarnos, consolidar la unidad entre nosotros, enriquecernos,
alegrarnos y consolarnos con su Palabra. Su Palabra es viva y
eficaz, tan cortante como una espada de doble filo, como lo expresa
el autor de la carta a los Hebreos. Esa Palabra suya tiene la
eficacia del amor de Dios que nada nos escatima hasta el grado
de encarnarse en su Hijo, Jesucristo, el acontecimiento más sorprendente
y sublime jamás imaginado por el hombre. De manera que nosotros
los cristianos nos sabemos interpelados, cuestionados, sacudidos
por la Palabra viva que es su Persona, que es Jesucristo a quien
escuchamos con devoción y gratitud, pero, sobre todo, acogemos
en el amor.
Este domingo, amados mis hermanos y hermanas, la Iglesia nos
invita a ser conscientes del compromiso que conlleva la escucha
de la Palabra de Dios en su lugar privilegiado, en medio de la
celebración Eucarística, si bien sabemos que no es el único. Aprovechemos,
pues, este don suyo, escuchémoslo con docilidad y apertura de
corazón, un poco más con esta reflexión.
En la primera lectura hemos escuchado cómo se refiere Dios
mismo al aspecto misterioso y eficaz de su Palabra. Consideremos
que si la palabra humana posee una eficacia cuando la pronunciamos,
pues, sea que se acepte o se rechace o simplemente haya indiferencia
ante ella, habrá siempre un resultado. Mucho más podemos afirmar
de la Palabra de Dios en nuestra vida, ya que ella posee una potencia
tal vez capaz de superar todo obstáculo y de realizar la voluntad
de Dios que, como dice el texto sagrado de esta lectura, no regresa
a Dios sin haber cumplido su misión. Tal como sucede con la lluvia.
Escuchamos por dondequiera, mis hermanos, desde el inicio de
la predicación del Evangelio, incluso desde el tiempo mismo de
Jesús, que su predicación es inútil. Se dice que a nadie le interesa,
especialmente en nuestro tiempo. Se llega a decir, que es obsoleto
y que la prueba de eso es precisamente a que, después de dos mil
años, no ha logrado que la humanidad sea mejor. Por tanto el Evangelio
carece de valor. No vale la pena escucharlo, así piensan algunos.
Pero Jesús, mis amados hermanos, quiere mostrarnos que la conclusión
es muy equivocada. En la parábola del sembrador afirma que la
Palabra, su Palabra, es como una semilla que tiene en sí toda
la capacidad de fecundar el terreno donde cae y dar el mayor fruto
posible. Por tanto el fracaso, miren, mis queridos hermanos, el
fracaso no depende de la semilla, al menos no en la semilla-palabra.
Si se da el fracaso en el anuncio del Evangelio no es a causa
de la semilla, es decir, de la Palabra, sino por su mala recepción,
porque no es plenamente acogida. Y no es acogida porque, muchas
veces es incómoda; siempre interpela, siempre cuestiona, siempre
sacude la Palabra de Dios. Como sucede simplemente con la palabra
humana, según hemos dicho. Si no la comprendemos o no nos interesa
comprenderla, se la lleva el viento; es así como la hacemos inútil.
Pero, entonces, mis amados hermanos, si somos honestos tenemos
que reconocer que los causantes de su ineficacia somos nosotros
mismos.
La afirmación de que a lo largo de los veinte siglos de cristianismo
la humanidad no ha avanzado es totalmente desfasada. No corresponde
a la realidad. Pues, no podemos negar cuánto ha contribuido la
fe cristiana; cuánto ha contribuido aquellos hombres que han vivido
intensamente la Palabra de Dios y se han dejado cuestionar e interpelar
por ella —que es vivencia del Evangelio— cómo ha contribuido a
mejorar las relaciones entre los hombres y los pueblos; que número
tan inmenso de hombres y de mujeres santos que, a lo largo de
la historia de la Iglesia, han hecho crecer a la humanidad en
los valores, en los derechos, en fin, en el desarrollo integral
de la humanidad.
Frente a la Palabra de Dios, hoy los cristianos tendríamos
que darnos golpes de pecho y dar señales de conversión para proponernos
acoger con mayor interés y gratitud su mensaje a fin de dejar
que la Palabra obre con todo su poder en el interior de cada uno
y en el interior de la Iglesia.
Mis amados hermanos y hermanas, dejémonos interpelar por la
Palabra viva y eficaz de Cristo para ver con sinceridad qué clase
terreno somos; qué es lo que esta impidiendo que la semilla del
Evangelio eche raíces profundas en nuestro corazón. Tal vez haya
en él dureza; tal vez haya en él superficialidad, inconstancia,
en fin zarzas que la sofoquen e impidan que la semilla de la Palabra
del Señor germine, crezca, se desarrolle y de frutos de verdad,
de frutos de justicia, de frutos de paz y de frutos de amor.
Como hemos dicho ya desde le principio de esta reflexión, dejemos
que su Palabra resuene en nuestro interior en el ambiente santo
y privilegiado de la Eucaristía, como parte sustancial de ella.
No olvidemos que en la comunión con su Cuerpo ratificamos cada
domingo, la alianza, la que hemos aceptado como consigna que se
nos da por su Palabra para nuestra vida. Y no dejemos, mis hermanos,
de agradecer que su Palabra se nos de cómo luz y consuelo, pero
también como fuerza para el camino.
Encomendemos a nuestra Niña y Muchachita, Santa María de Guadalupe,
Celestial Señora nuestro deseo de escuchar con docilidad de espíritu
su Palabra para recrearnos y gozarnos como ella haciendo siempre
la voluntad de Dios. Tenemos el privilegio de sentirnos acompañados
por esta dulce Señora desde hace 477 años, va la Señora empujándonos,
impulsándonos y siempre diciéndonos desde el Tepeyac: “Hagan
lo que mi Hijo les pida. Hagan lo que mi Hijo les diga”.
Pidámosle a esta dulce Señora, que seamos como una tierra fértil,
como un terreno abierto. María es la Madre de la Palabra. Acudamos
a Ella. María se alimentó de la Palabra con abundancia, fue hija
predilecta de la Palabra. Pero así son las cosas del espíritu,
Ella también llegó a alimentar a la Palabra, convirtiéndose por
lo mismo en Madre suya; Madre espiritual; la concibió en su seno,
en su mente y en su espíritu le dio forma femenina. La adaptó
a su estilo y a su cultura, la presentó con su gracia y con su
fuerza.
La
Palabra cuando salía de su boca o cuando se manifestaba en sus signos
y sus gestos, en sus acciones y actitudes era también hija suya,
que increíble es esto. El Magnificat, por ejemplo: era Palabra
de Dios, pero nacida en el campo de María. La supo hacer suya,
la supo encarnar y nos la entregó. María se convierte, sí, en
Madre biológica, concibió la Palabra en su vientre, se hizo carne
en su seno, se alimento y desarrolló con su sangre y con su aliento.
María vistió la Palabra de humanidad, la contagió de sentimientos
amorosos, todo lo que una madre puede dar al hijo de sus entrañas.
Cómo no sentirnos animados, promovidos, impulsados por esta
dulce Señora. Que hermoso que esta comunidad parroquia de nuestra
Señora de Guadalupe de Santa Fe Nuevo México, acompañada por su
párroco Fray Tien-tri Nguyen, venga hoy a la casita de Madre,
para bendecir esta monumental imagen, que ha trabajado con tanto
cariño Georgina Farias. Irá recorriendo nuestro país, el antiguo
camino real, pasara por: Durango, por Chihuahua, por Parral, por
Ciudad Juárez hasta llegar a Nuevo México, a Santa Fe. La Madre
siempre nos está animando, nos está animando para vivir y encarnar
la Palabra de Dios, para dejar que en nosotros eche raíces fuertemente.
Y miren como la Señora cuando nace la Palabra, Ella nos dirá soy
Madre, soy Mamá y se parecerá del todo esa Palabra encarnada,
humanada a su Madre, no sólo en lo físico, sino en el estilo y
en el talante, en todo su psiquismo, porque lleva sus genes por
entero.
Al estar íntimamente prenotada por la Palabra de Dios, puede
convertirse en Madre de la Palabra encarada y por eso acudimos
a Ella, tenemos la gracia, la bendición de sentirnos empujados
por esta dulce Señora, para acoger la Palabra de Dios. Los mexicanos
particularmente tenemos una mayor responsabilidad en este Continente
porque aquí está la Madre de la Palabra, animándonos, impulsándonos.
Que la Señora, pues, del Cielo nos anime, nos aliente, nos
aliente, nos disponga, nos de apertura y sencillez, para que como
Ella en nosotros, también, se humane, en nosotros, también, se
encarne la Palabra y la comuniquemos, la demos con gozo y entusiasmo.
Que así sea, mis amados hermanos.