Queridos
hermanos: “El mundo es de los atrevidos” o
“Quien no arriesga no gana” oímos comúnmente.
Y Jesús también, de alguna manera, nos lo dice en
el evangelio de hoy. Esta frase puede tener distintas resonancias
y, por lo mismo, diferentes reacciones y resultados. Pero en
el plano de la fe y en el horizonte específico del Evangelio,
es necesario asumirlo con seriedad y compromiso ya que en
esto va nuestra salvación.
Dios
nos ha dado muchos dones o ‘talentos’ como los llama
Jesús. Especialmente los de la fe, la esperanza y el amor, que son precisamente
las virtudes teologales, es decir, que tiene su origen en Dios
y no en el hombre. No le pertenecen por naturaleza, ni los
puede alcanzar con méritos o fuerzas propias. Por eso tenemos
que dar cuenta de la administración, pues ella está
en nuestras manos. No debemos olvidar, queridos hermanos, que
nada se nos da totalmente gratis.
Esos
dones sobrenaturales de la gracia, mis hermanos, se nos dan
para que los pongamos a trabajar, de modo que valiéndonos
de ellos, se multipliquen de tal manera que, llegado el
momento de rendir cuentas, entreguemos buenos resultados.
Es el tema de este domingo que es el penúltimo del ciclo
litúrgico.
Para
ilustrar la escena del encuentro final de cada uno con Dios para
rendir cuentas, Jesús alude a una práctica
que, en el contexto de su mensaje global, nada tendría
que ver con éste. Es decir, el asunto de las prácticas
bancarias. En nuestra experiencia reciente, en los momentos
actuales de colapso económico mundial con el que comprobamos
que quienes verdaderamente pierden son los que menos tienen,
parecería hasta inoportuna la alusión a esas prácticas
tan salvajes como inhumanas. Pero no nos confundamos. Jesús
simplemente se refiere a una práctica que se da, diríamos
casi desde que el hombre existe. Y es tan mal vista como hasta
el día de hoy por las implicaciones de injusticia, de especulación
perversa y de usura que conlleva.
No
es,
entonces, que Jesús elogie una práctica en la
cual lo que cuenta es el resultado a costa de lo que sea.
No es así, como ya dije, hermanos, simplemente Jesús
hace una comparación o parábola en la que no se
deben tomar al pie de la letra los elementos retóricos
o literarios con los que se construye.
No
podemos, sin embargo, dejar de admirar la facilidad con la que
Jesús emplea hechos de la vida del pueblo para educarlo
en asuntos que tienen que ver con la salvación. Y me parece,
mis hermanos, que el tema del juicio en el que debemos
rendir cuentas de los bienes recibidos es de capital importancia.
Jesús
nos enseña, con ésta y las dos parábolas que le preceden
en el evangelio de san Mateo, sobre la vigilancia dinámica
y creativa con que debemos vivir permanentemente. Y esto es
muy importante puntualizarlo, mis hermanos, porque nos ayuda a
vivir serenamente el momento presente sin preocuparnos obsesivamente
por el futuro. Me explico, hermanos: en primer lugar debe
quedar bien claro que si bien es cierto que la salvación
y todo lo que supone, especialmente las virtudes teologales
que acabamos de mencionar, es don gratuito de la benevolencia
amorosa de Dios, también es cierto que tenemos una
gran responsabilidad sobre esos dones. El Reino de Dios no
es de los perezosos, indolentes y timoratos, ni de los conformistas
o mezquinos, no es de los que llevan una vida gris y menos de
los que viven un cristianismo “light”.
Pero
tampoco debe suscitar ansiedad y angustia hasta la desesperación.
Al contrario, al momento de la rendición de cuentas se
nos exigirán resultados en los que cuenta especialmente
la perseverancia y el interés que le ponemos día
con día para responder a la misericordia de Dios. De
manera que si hacemos diariamente, simplemente lo que se nos ha
encargado, sólo nos ha de quedar esperar ese momento tranquilamente.
El ejemplo de la mujer, ama de casa de la primera lectura, es
una imagen muy viva y adecuada de la actitud con la que debemos
vivir nuestra fe cotidianamente. No es necesario vivir con
la mirada en el futuro como para tener domino sobre él.
Para salvarnos basta con aprovechar diariamente, y si regateos
o mezquindades, lo que la misericordia de Dios nos concede a través
de la obra de Cristo Jesús. Es la mejor manera de dar
fruto, el que Dios espera de cada uno de nosotros y de la Iglesia.
No
debemos olvidar, entonces, mis hermanos, que, en el misterio
del Reino, todos tenemos responsabilidades que cumplir en
su instauración en el mundo, y para ello contamos con los
dones que continuamente nos da el Señor en la asamblea
eucarística, especialmente en la de cada domingo. Por
eso la misa es necesaria para mantener el ritmo de perseverancia
tranquila y profunda en la tarea que nos toca hacer en esa construcción.
Seguramente
nuestra amada Madrecita y celestial Señora, la Morenita,
nos asiste en este empeño. Amén.