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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XXXIII Domingo Ordinario.

16 de noviembre de 2008
Año de San Pablo

QUIEN NO ARRIESGA NO GANA

Queridos hermanos: “El mundo es de los atrevidos” o “Quien no arriesga no gana” oímos comúnmente. Y Jesús también, de alguna manera, nos lo dice en el evangelio de hoy. Esta frase puede tener distintas resonancias y, por lo mismo, diferentes reacciones y resultados. Pero en el plano de la fe y en el horizonte específico del Evangelio, es necesario asumirlo con seriedad y compromiso ya que en esto va nuestra salvación.

 

Dios nos ha dado muchos dones o ‘talentos’ como los llama Jesús. Especialmente los de la fe, la esperanza y el amor, que son precisamente las virtudes teologales, es decir, que tiene su origen en Dios y no en el hombre. No le pertenecen por naturaleza, ni los puede alcanzar con méritos o fuerzas propias. Por eso tenemos que dar cuenta de la administración, pues ella está en nuestras manos. No debemos olvidar, queridos hermanos, que nada se nos da totalmente gratis.

 

Esos dones sobrenaturales de la gracia, mis hermanos, se nos dan para que los pongamos a trabajar, de modo que valiéndonos de ellos, se multipliquen de tal manera que, llegado el momento de rendir cuentas, entreguemos buenos resultados. Es el tema de este domingo que es el penúltimo del ciclo litúrgico.

 

Para ilustrar la escena del encuentro final de cada uno con Dios para rendir cuentas, Jesús alude a una práctica que, en el contexto de su mensaje global, nada tendría que ver con éste. Es decir, el asunto de las prácticas bancarias. En nuestra experiencia reciente, en los momentos actuales de colapso económico mundial con el que comprobamos que quienes verdaderamente pierden son los que menos tienen, parecería hasta inoportuna la alusión a esas prácticas tan salvajes como inhumanas. Pero no nos confundamos. Jesús simplemente se refiere a una práctica que se da, diríamos casi desde que el hombre existe. Y es tan mal vista como hasta el día de hoy por las implicaciones de injusticia, de especulación perversa y de usura que conlleva.

 

No es, entonces, que Jesús elogie una práctica en la cual lo que cuenta es el resultado a costa de lo que sea. No es así, como ya dije, hermanos, simplemente Jesús hace una comparación o parábola en la que no se deben tomar al pie de la letra los elementos retóricos o literarios con los que se construye.

 

No podemos, sin embargo, dejar de admirar la facilidad con la que Jesús emplea hechos de la vida del pueblo para educarlo en asuntos que tienen que ver con la salvación. Y me parece, mis hermanos, que el tema del juicio en el que debemos rendir cuentas de los bienes recibidos es de capital importancia.

 

Jesús nos enseña, con ésta y las dos parábolas que le preceden en el evangelio de san Mateo, sobre la vigilancia dinámica y creativa con que debemos vivir permanentemente. Y esto es muy importante puntualizarlo, mis hermanos, porque nos ayuda a vivir serenamente el momento presente sin preocuparnos obsesivamente por el futuro. Me explico, hermanos: en primer lugar debe quedar bien claro que si bien es cierto que la salvación y todo lo que supone, especialmente las virtudes teologales que acabamos de mencionar, es don gratuito de la benevolencia amorosa de Dios, también es cierto que tenemos una gran responsabilidad sobre esos dones. El Reino de Dios no es de los perezosos, indolentes y timoratos, ni de los conformistas o mezquinos, no es de los que llevan una vida gris y menos de los que viven un cristianismo “light”.

 

Pero tampoco debe suscitar ansiedad y angustia hasta la desesperación. Al contrario, al momento de la rendición de cuentas se nos exigirán resultados en los que cuenta especialmente la perseverancia y el interés que le ponemos día con día para responder a la misericordia de Dios. De manera que si hacemos diariamente, simplemente lo que se nos ha encargado, sólo nos ha de quedar esperar ese momento tranquilamente. El ejemplo de la mujer, ama de casa de la primera lectura, es una imagen muy viva y adecuada de la actitud con la que debemos vivir nuestra fe cotidianamente. No es necesario vivir con la mirada en el futuro como para tener domino sobre él. Para salvarnos basta con aprovechar diariamente, y si regateos o mezquindades, lo que la misericordia de Dios nos concede a través de la obra de Cristo Jesús. Es la mejor manera de dar fruto, el que Dios espera de cada uno de nosotros y de la Iglesia.

 

No debemos olvidar, entonces, mis hermanos, que, en el misterio del Reino, todos tenemos responsabilidades que cumplir en su instauración en el mundo, y para ello contamos con los dones que continuamente nos da el Señor en la asamblea eucarística, especialmente en la de cada domingo. Por eso la misa es necesaria para mantener el ritmo de perseverancia tranquila y profunda en la tarea que nos toca hacer en esa construcción.

 

Seguramente nuestra amada Madrecita y celestial Señora, la Morenita, nos asiste en este empeño. Amén.

 

 
 
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