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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XXXII Domingo Ordinario.

9 de noviembre de 2008
Año de San Pablo
Dedicación de la Basílica de Letrán

EL TEMPLO, SIGNO DEL “DIOS CON NOSOTROS”

Mis amados hermanos y hermanas, todos adoremos, al único Dios verdadero que nos ha revelado su Hijo Jesucristo y nos ha dado su Espíritu que habita en el corazón de la Iglesia cuyo signo material es el templo y en el que es congregado el pueblo por la Palabra de Dios. Démosle gracias a nuestro buen Padre Dios por su bondad infinita porque ha querido formar esta Iglesia con gente de todas las razas, pueblos y naciones a fin de manifestar su gloria y su misericordia para que lo encuentren aquellos que lo busquen con sincero corazón (cf.Plegaria IV).

Celebramos hoy a la “Madre y Maestra de todas las iglesias” en su dedicación como Iglesia catedral del Papa como obispo de Roma. San Juan de Letrán es un hombre muy conocido para nosotros, muy familiar, recordemos la iglesia que llevaba su nombre, desgraciadamente lo han cambiado. La Basílica de Letrán fue la primera catedral del mundo (s.IV). Unidas a ella todas las iglesias del mundo le reconocen la presidencia en la caridad, como decía san Ignacio de Antioquía. Y como siempre, es ésta una fiesta del Señor, el Verbo que, haciéndose hombre, ha plantado su tienda entre nosotros como lo anuncia san Juan evangelista, patrono de esta iglesia junto con el Bautista.

Al celebrar la dedicación de esta catedral del obispo de Roma, estamos afirmando, hermanos, nuestra fe en que Cristo resucitado está presente en su Iglesia toda; es su cabeza. En ella es Él quien habla, es Él quien se da a sí mismo en alimento; es Él quien preside a la comunidad reunida en oración al Padre; en fin, aquí permanece con nosotros para siempre (cf. SC 7).

Pero también, mis hermanos, esta conmemoración en torno a la iglesia de Roma, centrada en la catedral basílica papal nos permite expresar y confirmar nuestra adhesión a Cristo cabeza de la Iglesia universal en la persona del Papa, obispo de Roma, su vicario, ahora Benedicto XVI.

El templo, en las diversas culturas del mundo, es siempre signo del encuentro de la divinidad con el hombre, y su arquitectura refleja siempre la imagen que los hombres tienen tanto de la divinidad como de sí mismos. Así, podemos comprender el valor espiritual que tienen las más humildes capillas o ermitas hasta las basílicas o catedrales del Medioevo, del Renacimiento o de la Colonia en nuestro caso mexicano o latinoamericano. Y así se han de ver también las construcciones modernas como la de esta bella y funcional Basílica de Guadalupe.

En esta línea, mis hermanos, hemos de ver en nuestras iglesias, lo que encierran en sí mismas de noble y bello como reflejo de las comunidades que albergan. Y si el edificio no es suficiente por sí mismo para mostrar la grandeza y nobleza de lo que representa, las piedras vivas, que la construyen con su presencia diariamente y en los momentos más significativos de la vida religiosa, expresan su mayor riqueza y valor. Mis hermanos, esas son las piedras vivas que construyen el edificio espiritual cuya piedra angular es Cristo resucitado.

Hablamos de ‘lugares sagrados’ par referirnos a nuestros templos, pero no podemos olvidar que lo que realmente hace diferentes estos espacios son las personas, es la asamblea sagrada, las piedras vivas convocadas por la Palabra encarnada que es Cristo, como nos lo acaban de recordar con mucho énfasis los padres sinodales reunidos para la XII asamblea general ordinaria del Sínodo de los obispos que concluyó el pasado 26 de octubre.

En estas casas de la Iglesia, es decir, del pueblo de Dios congregado por su voluntad soberana y misericordiosa, se realiza el culto debido sólo a Él en torno a su Hijo, Cristo cabeza de la Iglesia, en la unidad del Espíritu. Aquí se celebran los sacramentos de los que la Eucaristía es la expresión más acabada de los misterios de la redención. A su vez, como lo han indicado recientemente los padres sinodales en su mensaje final, la Iglesia insistamos, convocada por el Espíritu se constituye en “casa de la Palabra” donde los fieles, a la manera de la iglesia primitiva, se reúnen asiduamente para escuchar la enseñanza de los apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones (Hch 2,42).

Esto, hermanos, lo realizamos, hoy, cada domingo en la celebración del primer día de la semana, antes de hacer nuestras obras. Primero el día del Señor y después la semana para lo nuestro; tan necesario en muchos aspectos, pero fundado y lleno de sentido gracias al encuentro con Dios, a través de Jesucristo en la Eucaristía, donde lo escuchamos, lo conocemos, le hablamos y crecemos en la amistad que Él nos ofrece.

Es muy importante, mis hermanos, que valoremos cada vez más profunda y comprometidamente nuestra pertenencia activa a la Iglesia; que la agradezcamos y caminemos seguros de que es un don de Dios el que formemos parte de este gran pueblo que es la Iglesia y aprovechemos los dones que se derivan este don primordial de Dios a la humanidad. Aprovechemos, amados hermanos y hermanas, especialmente, la Eucaristía como la celebración donde somos perfectamente asamblea santa, pueblo de su propiedad, es decir Iglesia. Que Dios nos haga comprender que amar la Iglesia es lo mismo que estar animados por el Espíritu, en sintonía con Jesús, para amarlo a Él mismo y por Él al Padre Celestial.

Quiera nuestra Amada Madrecita y Niña Guadalupe, interceder por nosotros para que todo esto sea una verdadera experiencia de fe y de obediencia al Espíritu de Dios.

Amén.

 
 
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