Mis amados hermanos y hermanas, todos adoremos, al único Dios
verdadero que nos ha revelado su Hijo Jesucristo y nos ha dado
su Espíritu que habita en el corazón de la Iglesia cuyo signo
material es el templo y en el que es congregado el pueblo por
la Palabra de Dios. Démosle gracias a nuestro buen Padre Dios
por su bondad infinita porque ha querido formar esta Iglesia con
gente de todas las razas, pueblos y naciones a fin de manifestar
su gloria y su misericordia para que lo encuentren aquellos que
lo busquen con sincero corazón (cf.Plegaria IV).
Celebramos hoy a la “Madre y Maestra de todas las iglesias”
en su dedicación como Iglesia catedral del Papa como obispo de
Roma. San Juan de Letrán es un hombre muy conocido para nosotros,
muy familiar, recordemos la iglesia que llevaba su nombre, desgraciadamente
lo han cambiado. La Basílica de Letrán fue la primera catedral
del mundo (s.IV). Unidas a ella todas las iglesias del mundo le
reconocen la presidencia en la caridad, como decía san Ignacio
de Antioquía. Y como siempre, es ésta una fiesta del Señor, el
Verbo que, haciéndose hombre, ha plantado su tienda entre nosotros
como lo anuncia san Juan evangelista, patrono de esta iglesia
junto con el Bautista.
Al celebrar la dedicación de esta catedral del obispo de Roma,
estamos afirmando, hermanos, nuestra fe en que Cristo resucitado
está presente en su Iglesia toda; es su cabeza. En ella es Él
quien habla, es Él quien se da a sí mismo en alimento; es Él quien
preside a la comunidad reunida en oración al Padre; en fin, aquí
permanece con nosotros para siempre (cf. SC 7).
Pero también, mis hermanos, esta conmemoración en torno a la
iglesia de Roma, centrada en la catedral basílica papal nos permite
expresar y confirmar nuestra adhesión a Cristo cabeza de la Iglesia
universal en la persona del Papa, obispo de Roma, su vicario,
ahora Benedicto XVI.
El templo, en las diversas culturas del mundo, es siempre signo
del encuentro de la divinidad con el hombre, y su arquitectura
refleja siempre la imagen que los hombres tienen tanto de la divinidad
como de sí mismos. Así, podemos comprender el valor espiritual
que tienen las más humildes capillas o ermitas hasta las basílicas
o catedrales del Medioevo, del Renacimiento o de la Colonia en
nuestro caso mexicano o latinoamericano. Y así se han de ver también
las construcciones modernas como la de esta bella y funcional
Basílica de Guadalupe.
En esta línea, mis hermanos, hemos de ver en nuestras iglesias,
lo que encierran en sí mismas de noble y bello como reflejo de
las comunidades que albergan. Y si el edificio no es suficiente
por sí mismo para mostrar la grandeza y nobleza de lo que representa,
las piedras vivas, que la construyen con su presencia diariamente
y en los momentos más significativos de la vida religiosa, expresan
su mayor riqueza y valor. Mis hermanos, esas son las piedras vivas
que construyen el edificio espiritual cuya piedra angular es Cristo
resucitado.
Hablamos de ‘lugares sagrados’ par referirnos a nuestros templos,
pero no podemos olvidar que lo que realmente hace diferentes estos
espacios son las personas, es la asamblea sagrada, las piedras
vivas convocadas por la Palabra encarnada que es Cristo, como
nos lo acaban de recordar con mucho énfasis los padres sinodales
reunidos para la XII asamblea general ordinaria del Sínodo de
los obispos que concluyó el pasado 26 de octubre.
En estas casas de la Iglesia, es decir, del pueblo de Dios
congregado por su voluntad soberana y misericordiosa, se realiza
el culto debido sólo a Él en torno a su Hijo, Cristo cabeza de
la Iglesia, en la unidad del Espíritu. Aquí se celebran los sacramentos
de los que la Eucaristía es la expresión más acabada de los misterios
de la redención. A su vez, como lo han indicado recientemente
los padres sinodales en su mensaje final, la Iglesia ‒insistamos, convocada por el Espíritu‒ se constituye en “casa de la Palabra”
donde los fieles, a la manera de la iglesia primitiva, se reúnen
asiduamente para escuchar la enseñanza de los apóstoles y participar
en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones (Hch
2,42).
Esto, hermanos, lo realizamos, hoy, cada domingo en la celebración
del primer día de la semana, antes de hacer nuestras obras. Primero
el día del Señor y después la semana para lo nuestro; tan necesario
en muchos aspectos, pero fundado y lleno de sentido gracias al
encuentro con Dios, a través de Jesucristo en la Eucaristía, donde
lo escuchamos, lo conocemos, le hablamos y crecemos en la amistad
que Él nos ofrece.
Es muy importante, mis hermanos, que valoremos cada vez más
profunda y comprometidamente nuestra pertenencia activa a la Iglesia;
que la agradezcamos y caminemos seguros de que es un don de Dios
el que formemos parte de este gran pueblo que es la Iglesia y
aprovechemos los dones que se derivan este don primordial de Dios
a la humanidad. Aprovechemos, amados hermanos y hermanas, especialmente,
la Eucaristía como la celebración donde somos perfectamente asamblea
santa, pueblo de su propiedad, es decir Iglesia. Que Dios nos
haga comprender que amar la Iglesia es lo mismo que estar animados
por el Espíritu, en sintonía con Jesús, para amarlo a Él mismo
y por Él al Padre Celestial.
Quiera nuestra Amada Madrecita y Niña Guadalupe, interceder
por nosotros para que todo esto sea una verdadera experiencia
de fe y de obediencia al Espíritu de Dios.
Amén.