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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XXX Domingo Ordinario.

26 de octubre de 2008
“Año de San Pablo”


EL MANDAMIENTO MÁS IMPORTANTE Y FUNDAMENTAL

Yo te amo, Señor, tú eres mi refugio, mi fuerza, mi salvación, mi escudo, mi castillo, en fin, mi esperanza, ¡Bendito Seas! Así hemos cantado al Señor, nuestro Dios, mis queridos hermanos y hermanas, en la respuesta a la primera lectura. Y no podía ser de otra manera, puesto que al dirigirnos a Él cada domingo en este ambiente de fiesta, en este ambiente celebrativo de la Eucaristía, no podemos hacer otra cosa que aclamarlo por todas las manifestaciones de su bondad y misericordia para su Iglesia y para cada uno de quienes nos encontramos en ella. ¡Bendito sea!

Hermanos, el pueblo de la Antigua Alianza recibió la ley como un don. Y así lo consideran, nuestros hermanos los judíos hermanos mayores, diría el Papa Juan Pablo II cuando dan a la Torah un verdadero culto en la liturgia sinagogal. La ley, para ellos es la máxima expresión de la ternura y del amor de Dios para con su pueblo. Es también concreción de la Alianza ya que con la observancia de los mandamientos ellos, por su parte, expresan su fidelidad a esa alianza con Dios. Eso es muy importante para la vida cotidiana de todos judíos, según lo afirma el gran rabino Jacob Neusner en su libro Un rabino habla con Jesús, con quien Benedicto XVI, a su vez, dialoga en su Libro Jesús de Nazaret.

“Los mandamientos de Dios son un compendio esencial del Antiguo Testamento” (K. Stock) y los rabinos habían recabado un número de 613 con los que se regulaba toda situación, de cualquier ámbito de la vida privada y social, tanto familiar, como laboral o comercial. Por eso, “lejos de ser un peso o una limitación de la libertad humana como frecuentemente se les considera, son una gran ayuda para poder usar de manera adecuada y salvífica la libertad humana y para poder evitar todo abuso que perjudique al hombre y lo lleve a la ruina” (K. Stock)

Frente a esta realidad, la pregunta del maestro de la ley, independientemente de su mala intención, está más que justificada. Y Jesús, haciendo caso omiso de la intencionalidad del maestro de la ley, responde de una manera sorprendentemente fiel a la tradición, sin dar lugar a réplica alguna por parte de aquel hombre. Pero además, Jesús añade sin que le sea solicitado otro mandamiento que también se encontraba en la ley, aunque en un libro diferente (Lv 19,18). Y es Jesús quien los pone en estrecha relación.

La pregunta sobre el principal mandamiento de la ley es muy importante, pues, primero por la cantidad de mandamientos que enseñaban los maestros de la ley; pero también es importante porque lo es en sí misma. La preocupación por conocer, dentro de esa maraña de preceptos, es saber para actuar conforme a los que más cuentan para agradar a Dios, lo que lo vincula más estrechamente con Él, lo que les permita dar con lo más importante a fin de alcanzar lo que Dios quiere de cada uno. En fin, mis hermanos, la pregunta es legítima si lo que se busca es la obediencia; el deseo de corresponder al amor misericordioso de Dios.

La clave está, entonces, hermanos, en el amor. El Señor Jesús responde clara y directamente con las palabras del Shema (Dt 6,5): “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. Miren, este Shema lo recitaba el pueblo de Israel por la mañana, por la tarde, siempre, verdad, en todo momento, como signo y expresión del amor. Pero, hermanos, hoy más que nunca conviene que caigamos en la cuenta de la profundidad de ese mandamiento fundamental en la práctica de la fe cristiana. Es cierto, que Dios, el Señor, debe ser amado por encima de todas las cosas. Tanto lo judíos de la época de Jesús, como los actuales y nosotros los cristianos, nos referimos, no a un Dios abstracto, lejano y ajeno a nosotros, sino al Dios que se ocupa de nosotros, noche y día, que nos protege, nos escucha y nos salva, como hemos expresado en el salmo. Más aún, mis queridos hermanos, cuando decimos amar a Dios, nos estamos refiriendo al Padre de nuestro Señor Jesucristo, tal como Él nos lo ha dado a conocer y nos ha hecho amar.

Sólo si somos conscientes de quién es ese Dios a quien decimos amar, podemos amarlo auténticamente y en verdad. Y esto sólo es posible, según nuestra fe, si escuchamos y conocemos a Jesús a través de su Palabra y de sus hechos, no sólo según nos lo dice la Sagrada Escritura, sino en la propia experiencia de una vida de relación viva, de relación existencial y permanente con Él. Lo cual se da de una manera privilegiada y permanente en la celebración de la Eucaristía, aquí en la Santa Misa, mis hermanos.

El segundo mandamiento que se encuentra en el Levitico, tan importante como el primero e indisolublemente unido a éste, es como diría san Juan en su primera carta (4,19-20), consecuencia directa y necesaria de amar a Dios, puesto que si de veras amamos a Dios, en la persona de Jesús, hemos de obedecerlo amando a nuestro prójimo que es, primordialmente, cualquier persona cercana a nosotros, inmediata a nosotros, que se encuentra en necesidad, que necesite ayuda, que necesite que le tendamos nuestra mano y le ofrezcamos nuestro servicio, nuestro cariño y nuestro afecto.

El libro del Éxodo al hablar del amor al prójimo, no hace afirmaciones genéricas y vacías, sino que enumera aspectos concretos que parecen tomados de la vida actual: no oprimir al forastero, es decir no oprimir al inmigrante, no explotar  a los débiles, viudas, huérfanos. Al principio cuanto amor a la viuda, pero después que pasan los meses y los años la viuda queda abandonada. Y aprovechándose de su necesidad, no abusar de los intereses en los préstamos, no ser usureros… Se ve, mis amados hermanos y hermanas, que son viejas las trampas que se nos ocurren ahora en el prejuicio de los débiles. Son unos ejemplos, que se amplían en otros pasajes que el mismo libro del Éxodo dedica a la Alianza: lo que nosotros resumimos como el “decálogo”.

El motivo es que Dios hace suyo el grito de queja de los oprimidos y los débiles: “Si explotan a viudas y huérfanos se encenderá mi ira contra ustedes… si ellos gritan a mí, yo los escucharé… porque yo soy compasivo” Es lo que Jesús nos dijo cuando describió cómo sería el “examen final” de nuestra vida: “Vengan, benditos de mi Padre porque me dieron de comer, me dieron de beber, me visitaron, me dieron su firmita cuando lo necesitaba y no tenía con que pagarles su centro”. Conmigo lo hicieron.

Hoy los ejemplos podrían ampliarse hablando de los inmigrantes con o sin papeles, de los distintos grupos de marginados que existen en nuestra sociedad, de los pobres, de los desocupados, de aquellos que no tienen trabajo y andan angustiosamente buscando, como ganarse el pan honestamente para su familia, para sus hijos. La justicia en el salario de los obreros, del escándalo de los niños obligados a trabajar, es altísimo el número de niños en el mundo que son obligados a trabajar.

Mis amados hermanos y hermanas, es un mensaje interpelante, que nos ayuda a reflexionar si estamos o no aprobando esta “asignatura” que Jesús considera fundamental en nuestra vida, no se puede ser cristiano auténticamente si no vivimos en el amor. Hoy el Señor nos cuestiona seriamente: ¿amamos? ¿amamos a Dios y al prójimo? ¿o nos amamos sólo a nosotros mismos? Y además, con la medida que hoy se recuerda: “como a ti mismo”. Todos sabemos cómo nos queremos a nosotros mismos. Más aún con la medida que nos da el mismo Señor Jesús: ámense, como yo los he amado.

Seguramente nuestra Muchachita y Celestial Señora, nuestra Morenita, la Virgen de Guadalupe, Madre del Amor siempre pronta a escuchar nuestras quejas, penas y lamentos; nos sirve de ejemplo y de ayuda en la comprensión y en la puesta en práctica de esta enseñanza de Jesús, nuestro Maestro y Señor.

Que así sea, mis amados hermanos.

 
 
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