EL SEÑOR ASUMIÓ SU MISIÓN EN SU BAUTISMO,
¿TAMBIÉN NOSOTROS?
Mis hermanos, por la gracia inmensa del bautismo,
el Padre nos ha introducido en la vida trinitaria haciéndonos
hijos suyos con la vocación de alcanzar su vida misma; pero
también por medio de este sacramento hemos sido iniciados en el
misterio de la Iglesia en la que participamos en la celebración
fiel y perseverante de los demás sacramentos.
Permítanme hoy, mis hermanos, empezar este comentario
a la Palabra de Dios con una breve reflexión sobre una realidad
triste pero que no podemos soslayar. Me refiero al hecho de
que muchos de nosotros fuimos bautizados, pero vivimos como
si no fuéramos cristianos. Nos hemos quedado en la entrada
y de ahí no hemos pasado. No nos interesamos por conocer más
a Aquel en quien decimos creer y a quien decidimos seguir. No
tenemos claridad en el contenido de la fe y por lo tanto no nos
empeñamos en crecer y madurar esa fe; nos quedamos sólo en
las prácticas de una religión de ritos externos; pensamos que
ser cristiano es observar, en primer lugar, mandatos y evitar
los que se prohíbe. Muchas veces nuestras prácticas, dizque
cristianas no pasan de ser culturales y folclóricas, es decir,
no son otra cosa que cuestión de usos y costumbres cristianas
vacías de su contenido original. Por eso, no fallamos en asistir
el último día del año y bendecir las velas para luego encenderlas
los días primeros de mes, como si se tratara de algo mágico; por
eso vamos a misa "cuando nos nace", y de la misma forma
tomamos la ceniza al inicio de la cuaresma, pero sin ningún
sentido de conversión. Y así, hermanos, podríamos seguir describiendo
esta situación de muchos bautizados, pero poco o nada cristianos.
Hoy que celebramos la fiesta del Bautismo del Señor,
mis queridos hermanos, podemos entender que una de las causas
fundamentales que explicarían esa realidad es que con mucha frecuencia
se celebra el bautismo con mucha ligereza, por costumbre, por
conveniencia social o por otras motivaciones de carácter mágico.
Hoy quiero invitarlos, queridos hermanos a que, iluminados
por el bautismo del Señor, tomemos conciencia de la importancia
de vivir permanentemente la gracia de nuestro bautismo y de asumir
cada quien, en lo que le toca, la propia responsabilidad al acercar
a los niños a este sacramento.
Para el Señor Jesús, su bautismo expresó la aceptación
de la misión que su Padre le había asignado. No se lo pidió al
Bautista porque tuviera necesidad de penitencia, puesto que en
Él no había pecado. Lo solicitó porque quería manifestar a
hacer la voluntad de su Padre. Y es su Padre quien da el significado
de esta acción con su intervención mediante la voz que Jesús oyó:
“Este es mi Hijo amado, en quien he puesto todo mi amor”,
igualmente lo hace el Espíritu que desciende sobre él como una
paloma. De esta forma aparece como el Mesías e Hijo de Dios
anunciado por los profetas, precisamente como lo anunció Isaías
a quien hemos escuchado en la primera lectura. Entonces, la misión
que asume Jesús ese día de su bautismo está bien descrita por
este profeta: promover y hacer brillar la justicia sobre todos
los pueblos. Justicia, en el lenguaje bíblico ha de entenderse,
queridos hermanos, como la adecuación del actuar del creyente
a la voluntad de Dios. Es por eso que Jesús dice al Bautista
que es necesario cumplir lo que Dios quiere. Y lo que Dios
quiere de Jesús es que sea semejante a todos, excepto en el pecado
y que con su obediencia hasta la muerte los salve a todos.
Éste es el sentido de su Bautismo. Si Jesús asume su
bautismo en buena parte es como aceptación de su misión. ¿Con
qué sentido somos nosotros bautizados? Ciertamente, nosotros,
a diferencia de Jesús, lo recibimos para el perdón de nuestros
pecados. Pero ¿qué tanta conciencia tenemos de la actitud
de conversión con la que debemos vivir permanentemente? ¿Qué tan
responsables somos con la alianza de amor que Dios ha hecho con
cada uno de nosotros en su amor? El día de nuestro bautismo
fuimos hechos inicialmente, pero también de una manera irrevocable,
hijos de Dios en su Hijo ¿Cómo vamos por la vida correspondiendo
a este don tan grande? ¿Y cómo nos empeñamos en acrecentarlo,
precisamente con la práctica de los otros sacramentos que son
como el refrendo de nuestro bautismo?
En el momento de esta celebración de la Eucaristía dominical,
preguntémonos ¿por qué estamos aquí? ¿Por costumbre? ¿Para
que me vaya bien? O más bien ¿para mantenerme en relación
cada vez más profunda con Él que me ama tanto? ¿Para vivir la
comunión fraterna cada vez más sólidamente como Él me lo manda?
Mis amados hermanos, la mejor manera de expresar cada
día que somos bautizados, es decir, de que somos criaturas nuevas,
es buscar hacer siempre la voluntad de nuestro Padre, precisamente
como se lo hemos pedido en la primera oración de esta misa.
Que Él nos lo conceda y que nuestra Niña y Madrecita
Santa María de Guadalupe nos alcance del Padre la gracia de
irnos conformando cada vez más a la imagen de su Hijo, especialmente
en el cumplimiento de su mandamiento del amor. Amén.