29 de junio de 2008
Mis queridos hermanos y hermanas en el corazón de Cristo Jesús.
“Estos son los santos apóstoles que en su vida terrena han
fecundado con su sangre la Iglesia, han bebido del cáliz del Señor
y han venido a ser amigos de Dios”. Así reza la antífona de entrada oficial de la misa con la que honramos
a San Pedro y a San Pablo en esta solemnidad. Desde tiempos muy
antiguos se ha festejado juntos a estos dos maestros de la fe
y columnas de la Iglesia. Llama la atención que aparece en el
siglo IV en el Santoral Romano, aún antes de la Fiesta de Navidad.
Ellos son testigos de la fe y fundamento de la tradición apostólica,
y como servidores fieles del Evangelio son, por eso, dos figuras
de la única Iglesia que tiene Jesucristo como cabeza y centro
de la fe católica. La Iglesia se nutre de la palabra del apóstol
pedro y del ministerio profético y misionero de Pablo.
En la primera lectura, tenemos, mis hermanos, un episodio de
la vida del apóstol Pedro, que nos transmite el libro de los Hechos
de los Apóstoles. Tenemos en esta narración de Lucas una prueba
de como se cumplen las advertencias de Jesús acerca de la suerte
de sus discípulos. En efecto, en el texto vemos como la vida de
los testigos de Cristo, refleja la del Maestro, y muy de cerca,
mis amados hermanos. Pues, el apóstol Pedro es capturado, como
Jesús, en el día de la Fiesta de los Ázimos. Como a Jesús, a Pedro
lo encarcelan porque con su predicación resulta muy incómodo para
muchos, especialmente para las autoridades religiosas de los judíos.
Por el Evangelio sabemos que Jesús muchas veces se escapó de ser
asesinado, porque aún no había llegado su hora. Miren, mi hermanos,
lo mismo nos hace ver san Lucas que le sucede a Pedro, pues su
misión no ha terminado. Es importante señalar en el texto, mis
hermanos, el papel de la Iglesia, mediante la oración para alcanzar
la liberación del apóstol.
En la segunda lectura, que hemos escuchado de la segunda carta
de Pablo a Timoteo, tenemos las recomendaciones que Pablo le hace
desde la prisión en Roma donde se encuentra ya muy próximo a dar
testimonio de la fe con su propia vida. Él se siente sólo y abandonado
por todos, excepto por el Señor que lo ha hecho fuerte para llevar
hasta el final su servicio al Evangelio, es decir a Cristo, a
favor de todos los que lo escuchan. De esta manera se siente seguro
y alegre de poder ofrecerse, con todos los que él ha conquistado
para Cristo, como un sacrificio de alabanza a Dios.
El Evangelio de san Mateo, por su parte, nos ha ofrecido un
pasaje de suma importancia para la vida de la Iglesia. Tenemos
en la narración evangélica dos partes: la confesión de Pedro,
como representante de los doce acerca del mesianismo de Cristo,
por una parte. Y en la segunda, la promesa del primado de Pedro,
que Jesús le hace.
Pedro, confesó, según le dice Jesús, inspirado por el Padre
Celestial, fue Él quien se lo dio a conocer y es Jesús quien,
como Hijo de Dios, encomienda a Pedro una misión nueva, para un
pueblo nuevo que sustituye al de Israel. El cambio de nombre significa
ese cambio en su vida. En adelante Simón Bar Jonas, serás Kefas,
serás Pedro. Pedro será su representante, aunque todavía lo va
a negar y lo va a abandonar en el momento de la Pasión. Pero no
hay que desconocer, mis amados hermanos y hermanas, que a partir
de ese momento Pedro es una nueva creatura. Ahora es roca, es
decir, firmeza para los que creen en Jesús en el nuevo pueblo.
Es, también, quien representa al dueño de la casa con poder para
abrir y cerrar, lo cual se significa la entrega de las llaves.
Puede, entonces, hacer entrar, expulsar y dejar nuevamente entrar
como ejercicio de la autoridad conferida por Jesús, al servicio
de la Iglesia.
La gran tradición de la Iglesia ha visto siempre en Pedro y
en Pablo las columnas de la única Iglesia querida por Jesús; por
más que los protestantes se identifiquen más bien con Pablo y
digan que los católicos somos seguidores de Pedro. Lo cierto,
mis hermanos, es que la Iglesia católica siempre ha considerado
que la identidad de la Iglesia, con su organicidad animada por
la fe y su enseñanza, se funda en el testimonio de ambos apóstoles
elegidos por Cristo para misiones complementarias.
La fidelidad a la fe en Cristo profesada por Pedro y la misión
como encargo de Jesús y que Pablo entendió y llevó a cabo de una
manera única. Ellos son, entonces, para todos nosotros hoy en
el tercer milenio, modelos y figuras de lo que ha de ser la Iglesia
en todos los tiempos y en todas sus actividades.
Este Año Jubilar Paulino, que el Papa Benedicto XVI ha decretado
y ha iniciado el día de ayer, ojalá sea para nosotros los católicos
una gran oportunidad para volvernos e interesarnos un poco más
por la palabra contenida en las Sagradas Escrituras de la cual
el apóstol fue gran expositor al explicar el misterio de Cristo.
Ojalá, mis amados hermanos y hermanas, la autoridad institucional,
si así podemos llamarla, la de Pedro y la autoridad carismática,
si se nos permite el calificativo de Pablo, es una en el servicio
fiel, se una en el servicio fiel y testimonial de toda la Iglesia
ante el mundo, pero de una manera especial de los que por la consagración
del Sacramento del Orden Sacerdotal, hemos recibido un encargo
especial, como el de los apóstoles que hoy celebramos, y que consiste
en anunciar con la Palabra y con la vida el amor. El amor misericordioso,
bondadoso de Dios a todos los hombres para que se salven y más
nosotros experimentamos esto, en este rostro dulce, tierno y sereno
de nuestra niña y muchachita Santa María de Guadalupe, que es
trasunto de Dios, que es manifestación de la ternura, del amor,
de la misericordia de Dios.
En la Sagrada Eucaristía construimos juntos la Iglesia a la
que Dios nos llama a integrar en el amor, la esperanza y la fe.
Y no hay, entonces, alegría más grande para los creyentes que
reunirnos en torno a Cristo crucificado, para crucificarnos con
Él, como dice san Pablo, puesto que el estar crucificados con
Él es el signo más vivo de salvación.
Estar crucificados para el mundo quiere decir, mis hermanos,
estar disponibles para nuestros hermanos que esperan de la Iglesia
que cada vez más sea un signo creíble del amor del Padre. La unidad
que se simboliza en la Fiesta de Pedro y Pablo, es un signo que
se vive en la Eucaristía y que el mundo hoy necesita. Esta fiesta
centrada en la Eucaristía, es también una invitación a mantener
la unidad en torno al Papa, a los obispos y todo el orden sacerdotal.
Que nuestra Muchachita y Celestial Señora, la Virgen del Tepeyac
nos animé como siempre y nos acompañe en el cumplimiento de la
misión que nos ha encomendado el Señor como Iglesia de México
para el mundo. Y Ella, Madre Cristo Sumo y Eterno Sacerdote nos
mantenga siempre bajo su mirada misericordiosa y compasiva, para
que los que hoy cumplimos años de ordenación sacerdotal seamos
sacerdotes según el corazón de nuestro Señor Jesucristo.
Amén.