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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por
Mons. Francisco Javier Chavolla José, Obispo de la Diócesis de Ciudad Altamirano, en ocasión de la peregrinación de la Diócesis de Ciudad Altamirano a la Basílica de Guadalupe.

13 de mayo de 2006

Muy queridos hermanos sacerdotes, hermanos y hermanas de la vida consagrada, hermanos y hermanas laicos, y en forma muy especial un saludo al seminario.

Qué bueno que nos hayamos, queridos hermanos, a los pies de Nuestra Madre, de la Señora de México, la Gran Mujer que ha orientado, ha caminado con el pueblo mexicano durante estos cuatrocientos setenta y cinco años, donde ha prodigado su amor, nos ha educado en la fe, nos ha impulsado a vivir la caridad, y como le pedimos también en la oración, sabemos que ella va intercediendo por esta nación, por este pueblo, para que camine por los senderos de la justicia y de la paz.

Por eso hoy, queridos hermanos, también nosotros venimos como pueblo humilde y sencillo a tributarle nuestro cariño, nuestro amor, ella es nuestra Madre, lo sabemos perfectamente. Venimos de tierra caliente, tierras guerrerenses para tributarle a Nuestra Madre el amor que ella se merece. Si hemos recibido el amor, la protección y el cuidado de ella, a nosotros también como hijos nos corresponde venir a darle culto y sobre todo a darle gracias por el amor que nos brinda, por que ella siempre intercede ante su mismo Hijo Jesucristo para protección, para que nos de su gracia y amor.

Queridos hermanos, es conveniente que en esta mañana, que venimos a darle gracias a Nuestra Señora, meditemos en el gran papel que ella va realizado en su maternidad, sabemos perfectamente que es la Madre del verdadero Dios por quien se vive. Es la Madre que viene también ha traernos al mismo Hijo Jesucristo, pero es la Madre también que viene a decirnos: que ella nos cuida que estamos bajo su regazo y cuidado. Es conveniente que nosotros como hombres y mujeres de fe reconozcamos y aceptemos esa maternidad de María, por un lado que nos brinda a su Hijo Jesucristo y por otro lado nos cuida y protege.

También  ella no solamente es nuestra Madre, es modelo, el cual estamos llamados a imitar, ella nos enseña ante todo como ser discípulos y misioneros de Jesucristo, el discípulo es ante todo el que ha sido llamado, esta es una característica especial e importante.

El discípulo de Jesús es llamado por el mismo Jesús, es elegido por el mismo Dios y nosotros somos ese pueblo elegido por el Señor para poder seguirle, escucharle e imitarle, por eso nosotros debemos ir tomando conciencia de esta elección: No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los ha elegido para que vayan y den fruto abundante.

Esta conciencia de que partimos del mismo querer de Dios, no somos nosotros los que hemos decidido simplemente elegirle y seguirle, Él es el que nos ha llamado conociendo ante todo nuestra realidad, nuestra condición de pecadores, venimos a pedirle y a suplicarle ante todo, que estando a sus pies podamos nosotros también como discípulos escucha, aprender de Él, como vivir en la vida, según el proyecto del Padre.

Es fundamental, mis queridos hermanos, que en el mismo discipulado que nosotros tenemos que ir viviendo día con día, vayamos en esa actitud y conciencia de ser llamados, en esa actitud abierta del escucha, pero también en la misma fidelidad del seguimiento.

El discípulo es el que ama a Jesús, el que vive como Jesús y el que pasa o camina por el sendero de la misma cruz, Él mismo no dijo: todo aquel que quiera ser mi discípulo, tome su cruz y me siga.

María entonces, nos enseña a ser los discípulos del maestro, ella es la primera discípulo, ella fue elegida para llevar una vocación singular espacialísima, ella nos enseña como podemos nosotros responder a la escucha de la palabra, también nos enseña como se responde a la invitación del Padre con una prontitud y entrega total, ella va también amando a Jesús, no solamente como su hijo, sino ante todo como su Dios, su Señor y va aprendiendo.

Como lo dice el Evangelio de San Lucas que iba guardando todas esas cosas en su corazón para ir profundizando ante todo en este misterio amoroso del querer del Padre.

Pero también, queridos hermanos, ella también nos enseña a hacer misioneros, portadores. El discípulo es el que aprende del maestro, quiere vivir como el Maestro y por nuestra propia vocación estamos llamados a configurarnos como el Maestro, ser por lo tanto el misionero es el que porta al Maestro, el misionero es el portador de Dios.

Así como María, ella vino a traernos a su mismo Hijo Jesucristo, lo vemos en sus entrañas, ella es la misionera, la que ha venido a evangelizar nuestros pueblos, culturas, a los hombres de todos los tiempos de aquí de nuestro México y en una forma especial, de América Latina.

Ella es la misionera también del Padre, nos ha dado a su mismo hijo Jesucristo, si el misionero es el portador de Dios, es el mismo testimonio vivo, hay una interrelación muy profunda entre ser discípulo y misionero, esta interrelación no la hace ver San Juan, ya que nos dice en su carta: lo que hemos visto, oído, palpado y vivido, eso es lo que ahora se los transmitimos, eso es ser misionero, el que ha sido discípulo de Jesús y ha vivido con Jesús, ha sido fiel a su misma enseñanza, ha aprendido a ser Jesús, como dice Pablo: vivo yo, más no yo, es Cristo quien vive en mí.

Él mismo también ante la misma urgencia y experiencia del amor del Padre manifestado en su mismo Hijo Jesucristo en ese amor de predilección que le da también a Pablo, Él mismo dice: hay de mí, sino evangelizare. Porque parte también de la misma experiencia que ha vivido y es Jesús el primer misionero del Padre.

María es la misionera que nos ha traído aquí a México a su mismo Hijo Jesucristo y nosotros tenemos que ir aprendiendo de ella, a portar a Dios en nuestro corazón, ser también testigos de la esperanza, de la fe, del amor, a llevar en nuestra vida la misma muerte y resurrección de Cristo para ser testigos y presencia del amor en medio del mundo.

Por eso, queridos hermanos y hermanas, hoy que venimos de esta tierra caliente, la Diócesis de Cuidad Altamirano a los pies de nuestra Madre, contemplémosla como Madre y Señora Nuestra, como modelo a seguir y sobre todo pidámosle que nos conceda la gracia de imitarla, de amar profundamente a su Hijo Jesucristo, de ser fiel a su enseñanza, de ser portadores del mismo Dios, por eso, queridos hermanos, hoy no pueden regresar a sus casas vacíos, sordos, desamparados; hoy regresan a su casa no solamente con el amor de María, su protección y su cuidado, sino ante todo regresan portando a Dios, son mensajeros, son discípulos del hijo amado, pero también misioneros del Padre.

Portan en su corazón a Dios, llévenlo a sus tierras, hogares, a sus seres queridos y manifiéstenles ante todo que el amor de Dios siempre está con ellos, que nunca los abandona y que Santa María de Guadalupe.

Pido al Señor que bendiga este presbiterio, que está pronto a recibir a su nuevo obispo, Dios mediante, si así lo quiere él, en un mes se de a conocer el nuevo obispo de la Diócesis de Ciudad Altamirano, que esta desiosa de tener nuevo obispo, como lo tuvo con Don Giles, como lo tiene ahora con Don Carlos, Raúl y los demás obispos que le han precedido, pido a Dios que los bendiga, proteja, que los llene de su gracia y amor.

 
 
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