Muy
queridos hermanos peregrinos, este día, como cada año, venimos
al encuentro con nuestra madre Santa María de Guadalupe
en su santuario del Tepeyac, y aquí está ella desde hace
475 años en este bendito ayate, fiel a la cita desde hace
53 años con sus hijos peregrinos de la Arquidiócesis de
Morelia.
El Acontecimiento del Tepeyac se realizó en 1531 y hoy continúa
vivo en la mente y en el corazón de todos los mexicanos.
Parodiando a San Pablo, quien escribió que Cristo es de
ayer, es de hoy y es de siempre, nosotros podemos afirmar
también que el Acontecimiento del Tepeyac y Santa María
de Guadalupe son de ayer, son de hoy y son de siempre. La
Santísima Virgen se presentó ante Juan Diego como la madre
del verdadero Dios por quien se vive. Nosotros somos el
Juan Diego de hoy y la Virgen nos saluda y se nos presenta
como la Madre de nuestro Señor Jesucristo.
Estamos viviendo aquí la misma experiencia de Santa Isabel
en el evangelio cuando se encontró con la Santísima Virgen,
quien llevaba en su seno al Salvador. La Virgen de Guadalupe
ha salido a nuestro encuentro, nos ha acompañado durante
el camino, nos trae a su casa, a este nidito de amor, y
nos muestra a Jesús, a quien lleva en ese vientre abultado,
en su seno inmaculado.
Digámosle, hermanos, con santa Isabel “¡Bendita tú entre las
mujeres y bendito el fruto de tu vientre!”. La reconocemos
y aclamamos como ‘la gran mujer’, por ser la madre del Dios
encarnado y ha aceptado ser también nuestra madre. En su
rostro podemos descubrir la presencia de la mujer madre,
de la mujer esposa, de la mujer hija, de la mujer hermana,
de la mujer amiga o conocida de cada uno de nosotros. ¡Qué
tarea tan hermosa: reconocer en cada mujer, sin excepción,
a nuestra querida Virgen de Guadalupe y tratarla de acuerdo
a su gran dignidad por haber salido de las manos de Dios!.
Hemos escuchado en la Carta a los Gálatas, que “Al llegar la
plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de
una mujer…”. Esto sucedió, hermanos, hace más de dos mil
años en Belén de Judá, pero aquí en nuestra tierra no era
aún conocido Jesucristo. Había muy escasos frutos de la
labor que realizaban los misioneros. Fue necesario que la
Santísima Virgen de Guadalupe se manifestara en este lugar
para que los indígenas, nuestros antepasados, aceptaran
el bautismo y abrazaran la fe.
Con Cristo en su seno, la Virgen nos ha traído la fe, el tesoro
más grande de nuestro pueblo, el mejor regalo que hemos
recibido de nuestros antepasados y la mejor herencia que
podemos dejar a las nuevas generaciones. ¿No te daría tristeza
que tus hijos, que tus seres queridos más cercanos, ya no
amaran e invocaran a la Virgen de Guadalupe?. Qué desgracia
tan grande si ellos ya no creyeran en Jesucristo como su
Señor y Salvador, si ya no frecuentaran los sacramentos,
especialmente la Eucaristía. No permita esto jamás la Santísima
Virgen de Guadalupe, antes bien, nos alcance la gracia de
madurar en nuestra fe y dar testimonio gozoso de ella en
todas partes.
La
Santísima Virgen nos pidió un templo donde pudiese
escuchar nuestros ruegos y le hemos construido desde nuestra
pobreza dos basílicas en este lugar y millares de templos
y capillas a lo largo del territorio nacional. Pero aún
no hemos acabado de construirle el verdadero templo que
ella quiere: un templo espiritual formado por las almas
unidas de todos sus hijos: un templo en cada hogar, un templo
en cada parroquia, un templo en nuestra Arquidiócesis de
Morelia, un templo en toda nuestra Patria.
La unidad en el amor de todos nosotros, es el templo que la
Virgen nos sigue pidiendo y cada uno debemos poner nuestro
mejor esfuerzo como ciudadanos y como católicos, para renovar
estas estructuras, estos espacios de nuestra vida cotidiana.
Sólo así podemos soñar despiertos con un mañana mejor para
la Iglesia y para nuestra sociedad.
La
Santísima Virgen quiere que alcancemos una paz estable
y verdadera en nuestra Patria y que alejemos de nosotros
toda injusticia y egoísmo. Ella ruega en el cielo para que
la Iglesia sea un signo de salvación en su preferencia por
los pobres, brindando consuelo a los que sufren y sembrando
la esperanza en quienes se sientes decaídos.
Ella quiere que nosotros, que somos personas de fe, demos a
todos los mexicanos un claro testimonio de vida cristiana
y que colaboremos en la prosperidad de nuestro pueblo. Una
fe viva, una fe que se proyecte en la vida cotidiana y transforme
con sentido cristiano las realidades temporales, es el verdadero
templo que la Virgen aún espera de nosotros.
Nuestra Señora de Guadalupe no vino a nosotros y luego se nos
desapareció, sino que ella peregrina siempre a nuestro lado.
La historia de México es ante todo, la expresión de aquel
diálogo incomparable de la Virgen con Juan Diego. La Virgen
siempre ha estado con nosotros y por eso nada hemos de temer:
“¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No corres por mi cuenta?”.
Aunque sobrevengan desgracias nada tememos porque Ella está
con nosotros y nos llena de esperanza. Por eso hoy hemos
escuchado de su propia boca lo que está escrito en el libro
del Eclesiástico: “Yo soy la madre del amor, del temor,
del conocimiento y de la santa esperanza….Vengan a mi, ustedes,
todos los que me aman y aliméntense de mis frutos….los que
me honran tendrán una vida eterna”.
Hermanos peregrinos, estas palabras sean un bálsamo en nuestro
corazón para nuestras heridas, penas y aflicciones, estas
palabras nos den la confianza de sentirnos amados y protegidos
por la Virgen y nos impulsen a regresar a casa, a nuestros
trabajos o estudios, jubilosos por el encuentro que aquí
hemos vivido con ella.
Queridos hermanos, hemos venido en peregrinación para manifestarle
a la Virgen de Guadalupe todo nuestro amor, lo hemos dejado
todo, no nos ha importado el cansancio ni los contratiempos
del camino. Ella recibe con agrado nuestra ofrenda y nos
sonríe. Es el momento de confiarle, de encomendarle todo lo que somos
y tenemos, en especial nuestras familias, llamadas a ser
iglesias domésticas donde se viva el evangelio, y, puesto
que ella nos ha dicho que quiere escuchar nuestros ruegos,
abrámosle el corazón, confiados en que ella intercederá
por nosotros ante su Hijo Jesucristo, Nuestro Señor. Así
sea.
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