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Homilía
pronunciada por Mons. Francisco Moreno Barrón,
Obispo de Auxiliar de Morelia, en ocasión de la peregrinación de la Arquidiócesis de Morelia a la Basílica de Guadalupe.

11 de octubre de 2006

Muy queridos hermanos peregrinos, este día, como cada año, venimos al encuentro con nuestra madre Santa María de Guadalupe en su santuario del Tepeyac, y aquí está ella desde hace 475 años en este bendito ayate, fiel a la cita desde hace 53 años con sus hijos peregrinos de la Arquidiócesis de Morelia.

El Acontecimiento del Tepeyac se realizó en 1531 y hoy continúa vivo en la mente y en el corazón de todos los mexicanos. Parodiando a San Pablo, quien escribió que Cristo es de ayer, es de hoy y es de siempre, nosotros podemos afirmar también que el Acontecimiento del Tepeyac y Santa María de Guadalupe son de ayer, son de hoy y son de siempre. La Santísima Virgen se presentó ante Juan Diego como la madre del verdadero Dios por quien se vive.  Nosotros somos el Juan Diego de hoy y la Virgen nos saluda y se nos presenta como la Madre de nuestro Señor Jesucristo.

Estamos viviendo aquí la misma experiencia de Santa Isabel en el evangelio cuando se encontró con la Santísima Virgen, quien llevaba en su seno al Salvador. La Virgen de Guadalupe ha salido a nuestro encuentro, nos ha acompañado durante el camino, nos trae a su casa, a este nidito de amor, y nos muestra a Jesús, a quien lleva en ese vientre abultado, en su seno inmaculado.

Digámosle, hermanos, con santa Isabel “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!”. La reconocemos y aclamamos como ‘la gran mujer’, por ser la madre del Dios encarnado y ha aceptado ser también nuestra madre. En su rostro podemos descubrir la presencia de la mujer madre, de la mujer esposa, de la mujer hija, de la mujer hermana, de la mujer amiga o conocida de cada uno de nosotros. ¡Qué tarea tan hermosa: reconocer en cada mujer, sin excepción, a nuestra querida Virgen de Guadalupe y tratarla de acuerdo a su gran dignidad por haber salido de las manos de Dios!. 

Hemos escuchado en la Carta a los Gálatas, que “Al llegar la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer…”. Esto sucedió, hermanos, hace más de dos mil años en Belén de Judá, pero aquí en nuestra tierra  no era aún conocido Jesucristo. Había muy escasos frutos de la labor que realizaban los misioneros. Fue necesario que la Santísima Virgen de Guadalupe se manifestara en este lugar para que los indígenas, nuestros antepasados, aceptaran el bautismo y abrazaran la fe.

Con Cristo en su seno, la Virgen nos ha traído la fe, el tesoro más grande de nuestro pueblo, el mejor regalo que hemos recibido de nuestros antepasados y la mejor herencia que podemos dejar a las nuevas generaciones. ¿No te daría tristeza que tus hijos, que tus seres queridos más cercanos, ya no amaran e invocaran a la Virgen de Guadalupe?. Qué desgracia tan grande si ellos ya no creyeran en Jesucristo como su Señor y Salvador, si ya no frecuentaran los sacramentos, especialmente la Eucaristía. No permita esto jamás la Santísima Virgen de Guadalupe, antes bien, nos alcance la gracia de madurar en nuestra fe y dar testimonio gozoso de ella en todas partes.

La Santísima Virgen nos pidió un templo donde pudiese escuchar nuestros ruegos y le hemos construido desde nuestra pobreza dos basílicas en este lugar y millares de templos y capillas a lo largo del territorio nacional. Pero aún no hemos acabado de construirle el verdadero templo que ella quiere: un templo espiritual formado por las almas unidas de todos sus hijos: un templo en cada hogar, un templo en cada parroquia, un templo en nuestra Arquidiócesis de Morelia, un templo en toda nuestra Patria.

La unidad en el amor de todos nosotros, es el templo que la Virgen nos sigue pidiendo y cada uno debemos poner nuestro mejor esfuerzo como ciudadanos y como católicos, para renovar estas estructuras, estos espacios de nuestra vida cotidiana. Sólo así podemos soñar despiertos con un mañana mejor para la Iglesia y para nuestra sociedad. 

La Santísima Virgen quiere que alcancemos una paz estable y verdadera en nuestra Patria y que alejemos de nosotros toda injusticia y egoísmo. Ella ruega en el cielo para que la Iglesia sea un signo de salvación en su preferencia por los pobres, brindando consuelo a los que sufren y sembrando la esperanza en quienes se sientes decaídos.

Ella quiere que nosotros, que somos personas de fe, demos a todos los mexicanos un claro testimonio de vida cristiana y que colaboremos en la prosperidad de nuestro pueblo. Una fe viva, una fe que se proyecte en la vida cotidiana y transforme con sentido cristiano las realidades temporales, es el verdadero templo que la Virgen aún espera de nosotros.

Nuestra Señora de Guadalupe no vino a nosotros y luego se nos desapareció, sino que ella peregrina siempre a nuestro lado. La historia de México es ante todo, la expresión de aquel diálogo incomparable de la Virgen con Juan Diego. La Virgen siempre ha estado con nosotros y por eso nada hemos de temer: “¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No corres por mi cuenta?”.

Aunque sobrevengan desgracias nada tememos porque Ella está con nosotros y nos llena de esperanza. Por eso hoy hemos escuchado de su propia boca lo que está escrito en el libro del Eclesiástico: “Yo soy la madre del amor, del temor, del conocimiento y de la santa esperanza….Vengan a mi, ustedes, todos los que me aman y aliméntense de mis frutos….los que me honran tendrán una vida eterna”.

Hermanos peregrinos, estas palabras sean un bálsamo en nuestro corazón para nuestras heridas, penas y aflicciones, estas palabras nos den la confianza de sentirnos amados y protegidos por la Virgen y nos impulsen a regresar a casa, a nuestros trabajos o estudios, jubilosos por el encuentro que aquí hemos vivido con ella.

Queridos hermanos, hemos venido en peregrinación para manifestarle a la Virgen de Guadalupe todo nuestro amor, lo hemos dejado todo, no nos ha importado el cansancio ni los contratiempos del camino. Ella recibe con agrado nuestra ofrenda y nos sonríe. Es el momento de confiarle, de encomendarle todo lo que somos y tenemos, en especial nuestras familias, llamadas a ser iglesias domésticas donde se viva el evangelio, y, puesto que ella nos ha dicho que quiere escuchar nuestros ruegos, abrámosle el corazón, confiados en que ella intercederá por nosotros ante su Hijo Jesucristo, Nuestro Señor. Así sea.  

 
 
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