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Homilía
pronunciada por Pbro. Elías Tarcisio Soto Castro,
Párroco de la Iglesia del Santo Niño de la Salud, en ocasión de la peregrinación de la Diócesis de Culiacán a la Basílica de Guadalupe.

20 de agosto de 2006

La unión con Dios en el cielo es la meta del hombre: por ello el hombre de fe acepta el camino de su vida, como venido de las manos de Dios, las penas y las alegrías, las cosas que nos hacen sufrir y las cosas que nos suponen dicha, y aún la muerte misma. Sin embargo, ese camino áspero y arduo a veces, terso y lleno de dulzura otros.

Hay también un atajo, una senda que abrevia y facilita el camino que es María. El pueblo cristiano. Por aspiración sin duda del Espíritu Santo, ha tenido siempre esta intuición divina; recordemos que siempre: "Es más fácil llegar a Dios a través de su Madre".

Nuestro muy querido Obispo de la Diócesis de Culiacán, Mons. Benjamín Jiménez Hernández, muy estimados hermanos sacerdotes y ustedes fieles peregrinos de nuestras parroquias que año con año muchos de ustedes han venido al Tepeyac. Hemos venido a saludarte Señora Nuestra, con un gozo inmenso, para darte gracias, para pedirte, para acogernos bajo tu manto. Bendita seas María.

Recordamos con gran alegría esa historia que nos llena de fascinación y hace que nuestro corazón se llene de regocijo, una o otra vez podemos escuchar el relato de sus apariciones y como algo nuevo y porque nuestra fe y esperanza se renueva.

Nos dicen los relatos: un sábado de 1531 a principios de diciembre, un indio llamado Juan Diego iba muy de madrugada del pueblo en el que residía a la Ciudad de México a asistir a sus clases de catecismo y oír la Santa Misa. Al llegar junto al Cerro del Tepeyac, amanecía y escucho una voz que lo llamaba por su nombre. El subió a la cumbre y vio a una señora de sobrehumana belleza, cuyo vestido era brillante como el sol, la cual con palabras muy amables y atentas le dijo: "Juanito, el más pequeño de mis hijos, yo soy la siempre Virgen María, Madre del Verdadero Dios por quien se vive. Deseo vivamente que se me construya aquí un templo para en el mostrar y prodigar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa a todos los moradores de esta tierra, y a todos que me invoquen y en mí confíen. Ve a donde el señor Obispo y di/e que deseo un templo en este lugar. Anda y pon en ello todo tu esfuerzo”.

Es por eso que estamos aquí ante nuestra Madre y Gran Intercesora, es por eso que la tenemos como auxilio nuestro, invocándola porque Ella tiene un corazón tan humano como el nuestro, para comprender nuestras miserias y ayudándonos siempre porque somos sus hijos.

El Evangelista San Lucas hace dos referencias al corazón de la Santísima Virgen que llaman poderosamente la atención. La primera nos describe a los pastores quienes convocados por un ángel del Señor, encontraron a la Sagrada Familia. Encontraron las cosas que les habían sido anunciadas sobre este niño y todos los que lo oyeron quedaron maravillados de cuanto los pastores les habían dicho. María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón.

En el mismo capítulo del evangelista, tras el episodio del niño perdido y hallado en el templo, encontramos una segunda y muy similar referencia: "su Madre, la Madre del Salvador guardaba todas estas cosas en su corazón".

A la luz del Evangelio, valdría la pena preguntarnos si esas cosas de Dios que aprendemos en la Sagrada Escritura, el algún retiro espiritual, o en la Eucaristía misma las estamos guardando en nuestro corazón. Pero además la dulcísima Madre de Cristo no solo las guardaba, sino que además las ponderaba. Sólo María era capaz, en su pureza y plenitud de Gracia ponderar y guardar las cosas de Dios en su corazón.

Pensemos que la Virgen, no solamente ha sido el más grande ejemplo de fe al decir al Ángel Gabriel: Hágase en mí según tu palabra", sino que la vemos como un modelo de amor humano. No es difícil imaginar a la Virgen Santa con el Niño Dios en brazos derramando amor y ternura, entregando su corazón plenamente a esa frágil criatura que es Dios mismo, hecho Hombre.

Esa Madre amorosa que abraza al Pequeño Niño, es la misma que acogió en su regazo el cuerpo inerte de Jesús Crucificado, y es la misma que nos acoge a nosotros los mexicanos. "¿Qué no estoy yo aquí que soy tu Madre?, ¿Qué no estas bajo mi regazo"? Palabras de la Virgen de Guadalupe que las llevamos grabadas en nuestro corazón. Es el mismo corazón el de María que se llenaba de gozo y pronunciaba: "Un cántico lleno de belleza y poesía. Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava".

La Virgen nos enseña de un modo muy especial con la visitación, las virtudes de la humildad, de la caridad, de la generosidad, así como el deseo de servir con prontitud. Y ella, Santa María de Guadalupe nos ha visitado para mostrarse Madre amorosa y oír nuestros ruegos y suplicas y darnos a conocer a Jesús como el Pan de Vida, a transmitirnos la fe como la Gran Evangelizadora de nuestro Continente.

Porque nadie como Ella vivió las verdades del Evangelio predicado por su Hijo, como la primera mujer que creyó en Jesús y se convirtió en el primer Sagrario aquí en la tierra. La Primera Cristiana, que nos viene a mostrar a Jesús como el camino, la verdad y la vida, y como alimento en nuestro caminar y a decirnos que: "Siempre Jesús será el pan de Dios en medio de la gran masa de los creyentes y que para comulgarlos solo es necesario creer en Él y esperar en Él, y entonces solo entonces, poder vivir como Él.

El corazón de María es el que con el cuerpo exánime de Jesús en los Brazos parecía escuchar: ¿"A dónde se fue tu amado, oh la más hermosa de las mujeres?, ¿A dónde se marchó en que tú quieres, y le buscaremos contigo"? (Cant. V, 17).

Ese corazón entregado eternamente a Dios aún antes de la anunciación, es el mismo que gime y solloza al pie de la cruz. Ese mismo corazón en el que se guardaban las maravillas que ocurrían en torno a el Salvador, es Él, el que remueve con fuerzas de terremoto ante el sacrificio del Rey de Reyes. Y era un corazón humano el que daba tanto amor y sentía el más profundo de los dolores, y ese corazón, el de María, era humano como el tuyo y como el mío. Santa María no tuvo más corazón, ni más vida que la de Jesús, una vida y un corazón humanos, pero de Jesús.

¿Podemos acaso, tu y yo amar y entregamos de igual manera? El corazón humano de María pudo hacerlo, tu y yo tenemos su propio corazón, como un escalón a la puerta Santa de la Madre de Dios, no solo sabemos que podemos amar a Cristo, debemos amarle así porque la tenemos a Ella como intercesora.

Santa María de Guadalupe a lo largo de nuestra historia ha manifestado el gran amor hacia nuestro pueblo, mostrándonos todas las bondades divinas, arrancando milagros del cielo ante nuestras súplicas, poniendo atención a nuestras peticiones. Nos ha mostrado un corazón generoso y tierno como por naturaleza de toda mujer que es madre, el de María la Santísima Virgen nos inspira profundamente.

Un corazón amoroso y entregado, un corazón fiel que nos muestra todas las emociones encontradas que un corazón es capaz de sentir. Es el corazón de la Virgen María tan grande y generoso que ha sido nuestro propio refugio y un gran consuelo para la aflicción, y cada uno de nosotros lo hemos experimentado, vivido y sentido, por eso al pensar cada día en Nuestra Señora de Guadalupe, al venerarla exclamando cantos, vivas, queremos manifestarle nuestro profundo agradecimiento por esa gran distinción de amamos tanto.

Desde niño aprendí a amar a Santa María De Guadalupe y aquellas palabras del catecismo guadalupano que dice: "Que no ha hecho nada igual con ninguna nación y hasta el día de hoy". Sólo nosotros podemos decir que tenemos este regalo del cielo, la Imagen Bendita y preciosa de la Madre de Dios. Ella pide un templo para mostrarse Madre amorosa con los que la invoquen y en Ella confíen. No solo se le ha construido un templo, sino millones de templos, porque en cada hogar, en cada familia veneramos su Bendita Imagen.

Es Ella, Santa María de Guadalupe, Nuestra Madre a quien hemos de acudir para pedirle que nos enseñe a amar, a entregamos, a ser justos, a rogarle que con su corazón nos proteja, nos enseñe y nos guié. Bendita seas María. Alabado sea Jesucristo.

 
 
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