Exmos.
Sres. Obispos, estimados sacerdotes de las diferentes diócesis
que están aquí presentes, estimadas hermanas religiosas y
a todos Uds., hermanos que formamos esta porción del Pueblo
de Dios.
Es para mí una grande satisfacción el estar en este Santuario,
en unión de todos Uds., para encontramos con nuestra Madre,
la Virgen María, Nuestra Señora de Guadalupe.
De una manera en especial, cuando estamos celebrando el 475°
aniversario de las apariciones de Nuestra Santísima Madre
Nuestra Señora de Guadalupe, venimos a postramos a sus pies
para manifestarle nuestro agradecimiento por tan grandes beneficios
que nos ha concedido, a todos nosotros, sus hijos, al damos
a su Hijo para que nos rescatara de la esclavitud y la opresión
de nuestro enemigo que continuamente nos acecha y nos lleva
a la muerte.
Si me es permitido, podría decir que ahora nosotros somos los
Juan Diego, de aquel tiempo. En el ahora de nuestra vida con
tantas situaciones que nos afligen, con una forma de vida
que poco a poco nos va enfermando y nos va llevando a la muerte,
con la esperanza de vemos favorecidos por nuestro Dios, surge
esplendorosa nuestra Madre, Nuestra Señora de Guadalupe, la
Virgen María, que nos habla, nos conforta y nos llena de su
paz, ante nuestras múltiples necesidades. Es ella, Nuestra
Madre, la que nos toma de la mano y nos presenta ante su Hijo,
Nuestro Señor Jesucristo, y nos pide que le escuchemos, que
atendamos a sus enseñanzas en este nuestro caminar en la vida.
Qué gran regalo nos ha dado Nuestra Madre, pues nuestra vida
se llena de gozo en Dios nuestro Salvador que en ese caminar
de enseñanzas nos ha mostrado el camino de la luz, de la verdad
y de la vida.
Un caminar sin tinieblas y sin sombras de muerte; un caminar
sin cadenas que nos aten, sin la esclavitud y la opresión
de quien pretende quitamos la vida, de denigrada, de despojada
de sus valores y de pisotear nuestra dignidad. Un caminar
sin miedo a mostrar la verdad de la vida, una vida que nos
es dada por nuestro Creador y que es confiada para que sea
custodiada, defendida y promovida por cada uno de nosotros
como buenos administradores a quienes el Señor nos ha dotado
de su Espíritu, de sus dones, de su poder.
Un caminar donde Nuestro Señor nos arranca de los vicios del
mundo y de la oscuridad del pecado. Un caminar donde Cristo
asciende victorioso del abismo, vencedor del pecado y de la
muerte para hacemos partícipes de una nueva vida. Lava nuestras
culpas, nos devuelve la inocencia a los caídos, la alegría
a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia y doblega
a los poderosos.
En efecto, hermanos, un caminar donde Cristo Nuestro Señor
nos revela su vida, que es amor. De está vida es de la que
estamos hablando, una vida de amor que nos hace considerar
el caminar de cada uno de nosotros de una manera diferente.
Cristo Nuestro Señor nos ha dado la lección más grande y más
bella de amor, nos ha enseñado a saber compartir nuestra vida,
a dar la vida. Nos ha enseñado a saber morir a nuestro pecado,
a nuestro egoísmo, a ver sólo por nosotros mismos, a no tener
en cuenta a nadie, y nos ha hecho resucitar, en él a una nueva
vida.
Cómo no estar agradecidos con Nuestra Madre, Nuestra Señora
de Guadalupe, por tan grandes beneficios y por la oportunidad
que nos brinda, que en tan grande ocasión, tomados de su mano
y bajo la protección de su manto, disfrutemos de la solemnidad
de la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, en este octavario
pascual, que nos llena de esperanza y de gozo porque podemos
contemplar la victoria del amor de Dios y, al mismo tiempo,
entender que estamos llamados con Cristo a vencer el pecado
que invade nuestro mundo y la muerte que acecha, de tantas
formas, nuestra sociedad lastimada por la pobreza, por las
injusticias, por la corrupción, el vicio y la desintegración
familiar.
Nos toca ahora estar atentos a las enseñanzas que seguimos
recibiendo de Cristo Nuestro Señor, a través de los Apóstoles,
de los Santos Padres y del Magisterio de la Iglesia, para
no equivocamos en nuestro caminar y mantenemos fieles al Señor.
De una manera en particular, hoy hemos escuchado en San Pedro
ese mensaje kerigmático que nos sigue animando a la conversión
permanente, condición indispensable para la donación del Espíritu
de Cristo que renueva el corazón y realiza, en el hombre,
las promesas de Cristo. Así mismo, como María Magdalena, llenemos nuestro corazón de
la alegre noticia que la Iglesia proclama con toda su fuerza
y su entusiasmo.
¡Cristo ha resucitado!, ya quien llora le consuela, a quien
está desanimado rellena de aliento, a quien está caído le
llama a levantarse, a quien lucha por la paz y la justicia
le anima a perseverar hasta que se instaure el reino, a quien
desea servir le llama a no tener miedo, a quien está dispuesto
a darlo todo por amor al Reino y a los hermanos les ofrece
su amistad y cariño.
Cristo ha resucitado y nos envía al mundo a proclamar este
alegre mensaje, la muerte no es la última palabra sobre el
hombre y la mujer. Para el creyente hay un horizonte que se
abre más allá de la muerte hasta la vida eterna.
Regresemos de este Santuario como San Juan Diego bajó de la
montaña con su corazón lleno de júbilo porque había contemplado
a la Madre del verdadero Dios por quien se vive, vayamos a
nuestros hogares, a nuestras comunidades, a los diferentes
rincones de nuestra patria, llevando, como este indio santo
y admirable, las rosas de la esperanza que deben perfumar
nuestros ambientes por el testimonio elocuente de quien se
ha acercado a este lugar santo, donde se escucha a Dios en
la tierna mirada de quien le dio carne en sus entrañas a Nuestro
Señor Jesucristo.
Cómo no ser agradecidos con Nuestra Madre, Nuestra Señora de
Guadalupe, la Virgen María, quien nos hace posible que nuestro
corazón se llene de confianza en su Hijo Jesucristo a quien
ve, llena de alegría, Resucitado. Que Santa María de Guadalupe siga velando por nuestra Patria
y nos lleve de la mano por los senderos del Evangelio. Viva Cristo Rey, Victorioso y Resucitado. Viva Nuestra Madre,
Nuestra Señora de Guadalupe. Viva México católico y siempre
fiel. Así sea.