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Homilía
pronunciada por
Mons. Gónzalo Galván Castillo, Obispo de Autlán, en ocasión de la peregrinación de las Diócesis de Cd. Guzmán y Autlán a la Basílica de Guadalupe.

18 de abril de 2006


Exmos. Sres. Obispos, estimados sacerdotes de las diferentes diócesis que están aquí presentes, estimadas hermanas religiosas y a todos Uds., hermanos que formamos esta porción del Pueblo de Dios.

Es para mí una grande satisfacción el estar en este Santuario, en unión de todos Uds., para encontramos con nuestra Madre, la Virgen María, Nuestra Señora de Guadalupe.

De una manera en especial, cuando estamos celebrando el 475° aniversario de las apariciones de Nuestra Santísima Madre Nuestra Señora de Guadalupe, venimos a postramos a sus pies para manifestarle nuestro agradecimiento por tan grandes beneficios que nos ha concedido, a todos nosotros, sus hijos, al damos a su Hijo para que nos rescatara de la esclavitud y la opresión de nuestro enemigo que continuamente nos acecha y nos lleva a la muerte.

Si me es permitido, podría decir que ahora nosotros somos los Juan Diego, de aquel tiempo. En el ahora de nuestra vida con tantas situaciones que nos afligen, con una forma de vida que poco a poco nos va enfermando y nos va llevando a la muerte, con la esperanza de vemos favorecidos por nuestro Dios, surge esplendorosa nuestra Madre, Nuestra Señora de Guadalupe, la Virgen María, que nos habla, nos conforta y nos llena de su paz, ante nuestras múltiples necesidades. Es ella, Nuestra Madre, la que nos toma de la mano y nos presenta ante su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, y nos pide que le escuchemos, que atendamos a sus enseñanzas en este nuestro caminar en la vida.

Qué gran regalo nos ha dado Nuestra Madre, pues nuestra vida se llena de gozo en Dios nuestro Salvador que en ese caminar de enseñanzas nos ha mostrado el camino de la luz, de la verdad y de la vida.

Un caminar sin tinieblas y sin sombras de muerte; un caminar sin cadenas que nos aten, sin la esclavitud y la opresión de quien pretende quitamos la vida, de denigrada, de despojada de sus valores y de pisotear nuestra dignidad. Un caminar sin miedo a mostrar la verdad de la vida, una vida que nos es dada por nuestro Creador y que es confiada para que sea custodiada, defendida y promovida por cada uno de nosotros como buenos administradores a quienes el Señor nos ha dotado de su Espíritu, de sus dones, de su poder.      

Un caminar donde Nuestro Señor nos arranca de los vicios del mundo y de la oscuridad del pecado. Un caminar donde Cristo asciende victorioso del abismo, vencedor del pecado y de la muerte para hacemos partícipes de una nueva vida. Lava nuestras culpas, nos devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia y doblega a los poderosos.

En efecto, hermanos, un caminar donde Cristo Nuestro Señor nos revela su vida, que es amor. De está vida es de la que estamos hablando, una vida de amor que nos hace considerar el caminar de cada uno de nosotros de una manera diferente.

Cristo Nuestro Señor nos ha dado la lección más grande y más bella de amor, nos ha enseñado a saber compartir nuestra vida, a dar la vida. Nos ha enseñado a saber morir a nuestro pecado, a nuestro egoísmo, a ver sólo por nosotros mismos, a no tener en cuenta a nadie, y nos ha hecho resucitar, en él a una nueva vida.

Cómo no estar agradecidos con Nuestra Madre, Nuestra Señora de Guadalupe, por tan grandes beneficios y por la oportunidad que nos brinda, que en tan grande ocasión, tomados de su mano y bajo la protección de su manto, disfrutemos de la solemnidad de la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, en este octavario pascual, que nos llena de esperanza y de gozo porque podemos contemplar la victoria del amor de Dios y, al mismo tiempo, entender que estamos llamados con Cristo a vencer el pecado que invade nuestro mundo y la muerte que acecha, de tantas formas, nuestra sociedad lastimada por la pobreza, por las injusticias, por la corrupción, el vicio y la desintegración familiar.

Nos toca ahora estar atentos a las enseñanzas que seguimos recibiendo de Cristo Nuestro Señor, a través de los Apóstoles, de los Santos Padres y del Magisterio de la Iglesia, para no equivocamos en nuestro caminar y mantenemos fieles al Señor.

De una manera en particular, hoy hemos escuchado en San Pedro ese mensaje kerigmático que nos sigue animando a la conversión permanente, condición indispensable para la donación del Espíritu de Cristo que renueva el corazón y realiza, en el hombre, las promesas de Cristo. Así mismo, como María Magdalena, llenemos nuestro corazón de la alegre noticia que la Iglesia proclama con toda su fuerza y su entusiasmo.

¡Cristo ha resucitado!, ya quien llora le consuela, a quien está desanimado rellena de aliento, a quien está caído le llama a levantarse, a quien lucha por la paz y la justicia le anima a perseverar hasta que se instaure el reino, a quien desea servir le llama a no tener miedo, a quien está dispuesto a darlo todo por amor al Reino y a los hermanos les ofrece su amistad y cariño.

Cristo ha resucitado y nos envía al mundo a proclamar este alegre mensaje, la muerte no es la última palabra sobre el hombre y la mujer. Para el creyente hay un horizonte que se abre más allá de la muerte hasta la vida eterna.

Regresemos de este Santuario como San Juan Diego bajó de la montaña con su corazón lleno de júbilo porque había contemplado a la Madre del verdadero Dios por quien se vive, vayamos a nuestros hogares, a nuestras comunidades, a los diferentes rincones de nuestra patria, llevando, como este indio santo y admirable, las rosas de la esperanza que deben perfumar nuestros ambientes por el testimonio elocuente de quien se ha acercado a este lugar santo, donde se escucha a Dios en la tierna mirada de quien le dio carne en sus entrañas a Nuestro Señor Jesucristo.

Cómo no ser agradecidos con Nuestra Madre, Nuestra Señora de Guadalupe, la Virgen María, quien nos hace posible que nuestro corazón se llene de confianza en su Hijo Jesucristo a quien ve, llena de alegría, Resucitado. Que Santa María de Guadalupe siga velando por nuestra Patria y nos lleve de la mano por los senderos del Evangelio. Viva Cristo Rey, Victorioso y Resucitado. Viva Nuestra Madre, Nuestra Señora de Guadalupe. Viva México católico y siempre fiel. Así sea.

 
 
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