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Homilía
pronunciada por Mons. Faustino Armendáriz Jiménez, IV
Obispo de la Diócesis de Matamoros, en ocasión de la peregrinación de la Diócesis de Tamaulipas, Tampico, Cd. Victoria y Matamoros a la Basílica de Guadalupe.

5 de agosto de 2006

"Confiamos a Santa María de Guadalupe, Patrona de México y de todo el continente, el destino de los pueblos americanos y de su nueva evangelización". Palabras de Su Santidad Juan Pablo II en su homilía durante la Misa Solemne en este mismo lugar en enero de 1999, durante su tercera visita a México.

Muy queridos hermanos en el Episcopado, que desde las distintas diócesis de Tamaulipas hemos venido en peregrinación acompañados de algunos de nuestros sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos que, en representación de nuestras parroquias, hemos caminado juntos, alabando a Dios, recorriendo avenidas y dando testimonio de nuestra fe, hasta llegar a esta casa, la casa de todos, donde Dios ha manifestado su amor misericordioso a millones de sus hijos, que como nosotros, día tras día nos acercamos confiados al Santuario de la Morenita del Tepeyac.

Queridos hermanos sacerdotes que junto con nuestro pueblo nos postramos ante la venerada imagen de nuestra Señora, Madre y modelo del SI sacerdotal.

A todos, de las diócesis hermanas de Tamaulipas, los saludos con gran afecto y comparto para ustedes y con ustedes el amor con el que hemos venido hoya honrar a nuestra Madre del Cielo.

Por Gracia de Dios me ha tocado presidir, a los pies de Nuestra Señora de Guadalupe, y en comunión con ustedes, esta Eucaristía como sacramento central y en Ella celebrar los grandes acontecimientos de nuestra salvación. Aunque de diferentes diócesis y diversos unos de otros, Cristo nos une en comunión unos con otros y a todos con el Padre Celestial.

Sabemos que, por naturaleza, nuestra Iglesia es Misionera y peregrina, y como cada año este peregrinar se reviste de una experiencia de fe que nos impulsa a vivir en nuestras comunidades y en todas partes, nuestro compromiso bautismal, que debe ser traducido en categorías de amor y servicio a Dios y a nuestros hermanos, en una entrega total y humilde a ejemplo de María, la esclava del Señor.

Realmente es conmovedor y mueve las fibras más íntimas de nuestra fe, el ser testigo de la profunda devoción que en todo nuestro País profesamos a la Virgen María. Devoción que se manifiesta en el gran amor que cada uno de nosotros le expresamos y entregamos.

Ese amor el que nos hecho acudir a su Basílica del Tepeyac llenos de fe para invocar su maternal intercesión y protección para nuestras diócesis, parroquias y familias. Para implorar esperanzados alguna gracia, para rendir amorosos un reconocimiento y para hallar al único Mediador, Cristo Jesús.

"Fue enviado por Dios el Ángel Gabriel a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una Virgen desposada con un hombre llamado José...; el nombre de la Virgen era María..." (Le. 1,26- 27). Si a Nazaret Dios envió a su mensajero Gabriel, a México envió a la Madre Grávida de su Hijo.

Así inició un camino evangelizador a la vez antiguo y nuevo, utilizando valores y símbolos de la cultura antigua y dándoles el toque maestro de madurez a través de su Hijo Jesucristo y del Espíritu Santo. María fue enviada como maestra de fe, esperanza y amor. Ella muestra como acercarnos a Jesucristo".

De estas palabras podemos desprender varias reflexiones:

* Ella apareció en cinta de pocos meses, la Virgen está de pie y su rostro se inclina delicadamente recordando un poco las tradicionales "Inmaculadas". Es muy bella, armoniosa y sencilla.

* En 1531, sabemos, diez años después de la conquista de Tenochtitlán, a los pocos días de diciembre, después de suspender la guerra y en tiempos de paz, aparece la imagen de Nuestra

Señora de Guadalupe en una maravillosa síntesis cultural como señal de una nueva historia religiosa y de encuentro entre dos mundos. La Madre de Dios asume la historia y el presente cultural y coyuntural, y se identifica con dicha realidad, logrando hacerse una de ellos. Les ayudó a ambos, nativos y españoles, a comprender que la fe cristiana no es propiedad de nadie, sino un don de amor para todos.

* Ella es: - "La Siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios por quien se vive", le dice a San Diego en la primera aparición. - "La Siempre Virgen Santa María de Guadalupe", como pidió a Juan Bernardino fuera nombrada su bendita imagen. Vocablo con dos significaciones: "Río de luz" y "La que aplasta la serpiente" (coatlaxopeuh, el cual es pronunciado "quatlasupe").

* Santa María de Guadalupe es modelo de Evangelizadora y de Evangelización. Ese ser y proceder de la Señora del Tepeyac nos enseña a asumir cualquier realidad humana. Ella misma se expresó en la lengua nativa de los indios, el N ahuat1; además de su indudable influencia que tuvo en la conversión de todo un pueblo, el nuestro, el mexicano. Nos enseña a entablar diálogos con la gente de nuestro tiempo, que plenifiquen a las personas, mejoren sus interrelaciones y las animen en la felicidad y confianza en el amor trascendente de Dios, a hacer presente en la historia desde su particularidad y como pueblo, todo lo que el amor de Dios y su designio salvador nos quiere regalar. Ella continúa precediendo con su luz al caminante pueblo de Dios, como signo de esperanza cierta y de consuelo (Cfr. LG 68). La Guadalupana es para todo mexicano: luz y consuelo, gozo y esperanza. Todos los mexicanos llevamos en nuestros corazones a la Guadalupana, y la Virgen nos lleva a nosotros.

Además, podemos decir, Ella ha querido ser un faro plantado en el corazón del continente americano para atrae a todos a Cristo, salvador y vida. Su persona, que remite a los hijos a su hijo, 'es mestiza y se caracteriza por un amor gratuito y desbordante hacia todos, así como somos y cuales fueren nuestras circunstancias: "... deseo vivamente que se me erija aquí un templo, para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa Madre, a tí, a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confinen", le decía la Virgen a Juan Diego en su primera aparición.

Pidamos a Dios Padre de Misericordia, que ha puesto a este pueblo mexicano bajo la especial protección de la Siempre Virgen María de Guadalupe, Madre de su Hijo, que nos conceda, por su intercesión: - Que todos los Obispos, de manera particular, por aquellos que hemos venido de las diversas diócesis de Tamaulipas, para que sigamos conduciendo a todos los fieles por los senderos de intensa vida cristiana, de amor y de humilde servicio a Dios y a sus hermanos. - Que todos los sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles descubramos siempre en María ese signo que nos lleva al Señor. - Que todos los fieles y Pastores profundicemos en nuestra fe, y que a través de Ella vayamos continuamente a Jesús. Que proteja a nuestras familias para que estén siempre muy unidas. - Que así como favoreció a Juan Bernardino, sanándolo de su enfermedad, en ese su primer milagro, que siga favoreciendo a todos nuestros enfermos y afligidos. - Que conceda a nuestras diócesis la justicia, la prosperidad y la paz, de manera especial nos unimos a la plegaria del mundo entero por la paz en aquellos lugares que están en guerra, en especial por Líbano e Israel.

Consagramos en este día nuestra patria para que realmente México sea un país en el que alcancemos una convivencia pacifica y respetuosa, ya que todos buscamos el progreso, la justicia, el respeto a los derechos humanos y el bien de la patria.

Mas allá de las diferencias ideológicas compartimos una historia, unos valores, un destino que en estos momentos esta en juego. Si bien" en una familia caben legítimamente las diferencias y las divergencias, no es concebible el odio, y mucho menos la violencia que siempre es condenable y estéril.

Por ello, "Santa Maria de Guadalupe, nuestra Señora de la reconciliación te rogamos que nos ampares en el hueco de tu manto, en el cruce de tus brazos, que mantengas nuestra nación en la concordia y nos recuerdes que somos hermanos".

Te consagramos nuestras diócesis, nuestra vida, nuestros trabajos, alegrías, enfermedades y nuestros dolores. Permítenos, pues, que "nuestro corazón en amarte eternamente se ocupe, y nuestra lengua en alabarte, Madre Nuestra de Guadalupe" Así sea.

 
 
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