| Como
cada año venimos a la casita de la Morenita del Tepeyac para
darle gracias por su tierno amor materno, con el que va acompañando
nuestros pasos, con el que va ayudándonos a profundizar en nuestra
fe, como lo decíamos en nuestra oración, y también ayudándonos
a crecer en el amor como hijos de Dios y como hermanos.
¡Cuántas cosas traemos en nuestro corazón, para darle gracias!
Pero, ¿cuántas otras cosas traemos en nuestro corazón, para
ponerlas en su regazo maternal?, para decirle: Madre, somos
tus hijos, tú conoces nuestros dolores, nuestras angustias y
sufrimientos. ¿A quién mejor que a ti podemos acudir para que
nos cobijes con tu manto lleno de estrellas?
Venimos también a poner bajo sus pies, en su regazo, todo lo
que somos y todo lo que tenemos, nuestras riquezas, nuestras
miserias y pobrezas.
Yo quiero, hermanos, de manera especial poner en el regazo materno
a mis hermanos sacerdotes y diáconos, y quiero pedirle de manera
muy especial, a Ella que fue la discípula y misionera por excelencia
que nos ayude a nosotros, sacerdotes, a ser verdaderos discípulos
de Cristo; es decir, a estar con Él, a estar cerca de Él y anunciarlo
con todo el corazón y nuestras fuerzas, anunciarlo no sólo con
la palabra sino con nuestra vida.
Quiero poner también a mis hermanos y hermanas, religiosos
y religiosas, que tanto bien hacen en nuestra diócesis, en nuestra
patria y en el mundo entero; para que a ellos los ayude también
a crecer en su entrega personal y hacer para todos nosotros
un signo cada día más perfecto de justicia, de amor y de paz.
No podemos, hermanos, dejar a un lado nuestras familias; ya
que en nuestras familias abrazamos a toda esa gama y mosaico
de personas que viven y que comparten la vida en todas las regiones
de nuestra diócesis.
A todos los ponemos en el regazo materno de la Morenita del
Tepeyac, de manera particular a nuestros enfermos, a nuestros
indígenas, a aquellos más pobres entre los pobres, para que
Ella los acaricie con su manto, los acaricie con su mano y los
ayude a vivir en la esperanza de una vida y un mundo mejor.
Creo, hermanos, que en éste momento no podemos olvidarnos de
nuestra patria, no podemos pensar sólo en nuestra patria chica,
tenemos que pensar en éste jirón de tierra que el Señor nos
regaló y que la Santísima Virgen María consagró con sus pies
en el cerrito del Tepeyac.
Y así, como le decíamos en la oración, queremos que nuestra
patria progrese, dé un paso adelante, pero que progrese por
caminos de justicia y de paz.
En este momento tan importante de nuestra patria no podemos
olvidarnos de Ella que nos ha acompañado siempre en los momentos
más dramáticos de nuestra historia y también en los momentos
de mayor esplendor de nuestra patria. Hoy tiene que estar presente
en el corazón de esta nuestra patria, para ayudarnos a todos
a salir fortalecidos de este momento difícil por el que estamos
pasando. No podemos perder nuestra esperanza, no podemos desconfiar
de su cercanía maternal.
Vamos a poner en sus pies todo lo que somos, lo que tenemos,
todo lo que traemos en nuestro corazón y poner también poner
a esta nuestra patria que Ella quiso adoptar como suya. En un
momento de silencio, hermanos, vamos a vaciar nuestro corazón,
en el corazón de nuestra Madre.
Que así sea. |
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